lunes, 31 de marzo de 2014

Poetas de 1956; primeras ediciones de Paz

En 1956 publicaron, en libros, periódicos, revistas, suplementos nacionales, 320 poetas, la mayoría mexicanos, unos cuantos españoles (León Felipe, Manuel Altolaguirre, por ejemplo), cubanos (Cinto Vitier), colombianos (Alfonso López Michelsen, luego presidente de su país); algunos datos curiosos: entre esos poetas se contaron Herminio Ahumada, el segundo diputado en increpar a un presidente en plena Cámara de Diputados (a Miguel Alemán; el primero había sido Aurelio Manrique, quien le gritó “¡farsante!” a Plutarco Elías Calles; Ahumada estaba un tanto protegido no sólo por su popularidad –atleta olímpico en 100 y 200 metros planos—, diputado antireeleccionista y yerno de José Vasconcelos; algo así como Everio, el poeta-deportista de De perfil); también, Hexiquio Aguilar, uno de los mayores especialistas en Derecho de Autor; otros: Juan José Arreola, con un soneto; Ricardo Garibay, con una canción; y Jorge Saldaña, con su nombre completo: Jorge Isaac; Enrique Soto Izquierdo, diputado después; Miguel Álvarez Acosta, director de Bellas Artes; Griselda Álvarez, mejor poetisa que gobernadora de Colima, aunque nació en Jalisco; las dos poetisas con la fama de haber sido las escritoras más bellas de la literatura mexicana: la costarricense Eunice Odio y la estridentista María del Mar (asmo, completaba Novo); Héctor Azar, mejor conocido como dramaturgo; Miguel Castro Ruiz, más famoso como periodista; Horacio Espinosa Altamirano, quien habitaba en los cafés de la ciudad.
            Entre todos ellos, quienes siguen en activo son Juan Bañuelos y Dolores Castro. Los mayores libros de ese año fueron Práctica de vuelo, de Carlos Pellicer; Las provincias del aire, de Jaime García Terrés; Tarumba, de Jaime Sabines, y Palabras en reposo, de Alí Chumacero.

Más o menos así comencé mi participación en la presentación del más reciente libro de Kyra Galván, quien nació en 1956; por cierto, ese año también publicó poemas Mercedes Durand, que escribió las palabras preliminares de Un pequeño moretón en la piel de nadie, el primer libro de Kyra, publicado por Raúl Guzmán en su pequeña pero célebre Contraste (Raúl fue el jefe de la Librería Universitaria, en Insurgentes, la que se cayó por el terremoto de 1985; tuvo la librería Contraste en Leibinz, donde luego estuvo por alguno meses una sucursal de la Librería Del Sótano; otra Contraste estuvo en Insurgentes Centro, que después fue la Librería Buñuel); lo más sobresaliente fue, para Durand, el nombre de la autora: “¡qué extraño nombre para una mujer!”
            Los verdaderos presentadores fueron Angelina Muñiz-Huberman y José María Espinasa; el editor del libro y pretenso moderador debió de haber sido Víctor Roura, quien no se presentó y no tuvo la decencia de dar explicaciones; tampoco estuvieron sus escuderos. La presentación se efectuó en la librería Elena Garro, bella pero incómoda. No hubo tampoco presencia alguna de los funcionarios de la librería, ni de la editorial; nadie quien recibiera, presentara, despidiera.

Habíamos quedado que la biblioteca que se construyó durante el periodo presidencial de Manuel Ávila Camacho, bajo el cuidado de Jaime Torres Bodet, se llama Biblioteca México, y la que está en Buenavista se llama Vasconcelos; así, confiados en el anuncio de que antier sábado se inauguraría la exposición Pasión bibliográfica, que exhibiría todas las primeras ediciones de los libros de Octavio Paz, fuimos Lourdes y yo; para llegar a tiempo, tomamos un taxi que nos cobró 85 pesos porque gracias al metrobús, que debe ahorrar tiempo, Insurgentes es un desmadre; pero resulta que no era allí, sino en la México que ya no se llama así; haciendo muina, nos fuimos de Buenavista a la Ciudadela; llegamos con 15 minutos de retraso; cuando entrábamos nos topamos de frente con Salvador González, a quien tuve que zarandear para que nos reconociera. “Vine a comparar mis ediciones”, dijo; nosotros también íbamos a palomear y, como en la época de los álbumes, decir “ya, ya, ya, ya, chin, ésta no”. Pero resulta que a pesar del anuncio en periódicos, murales y Letras Libres, siempre no, que se inaugura hasta las 16 horas de hoy lunes 31 de marzo; o fuimos muchos los que no supimos leer o unos cuantos que no saben escribir. Tampoco algún funcionario dio explicaciones, y nos remitían con los policías quienes tuvieron que aguantar imprecaciones y cuestionamientos, aunque no toletazos ni cocteles Molotov. Nomás de puro coraje, pongo en ocho fotografías mis primeras ediciones de los libros de Octavio Paz, algunos bastante raros; muy pocos se me escapan (Salamandra, por ejemplo, que tengo en segunda edición, lo mismo que Cuadrivio, que juraba que tenía en primera, pero no). El Consejo Nacional para la Cultura y las Artes insiste en equivocarse sin importarle lo que sufran los lectores.

Dice Octavio Paz en su correspondencia con Arnaldo Orfila Reynal que la crítica debe ser “parcial, apasionada, polémica”. Ojalá todos pensaran así. Por cierto, en esas cartas temía que Poesía en movimiento fuera apabullada, borrada por la Poesía mexicana del siglo XX, de Carlos Monsiváis. Hoy, Poesía en movimiento sigue siendo un referente, y de la de Monsiváis sólo se acuerdan los coleccionistas.

Tres acotaciones: 1) Dèja Lu regresa con ánimos, confiando en su mala memoria, en la mala memoria de la gente, en mi mala memoria, y en el nulo juicio de sus mecenas; 2) ¿Qué tan lícito es que se condicione la publicación de una nota en una revista de prestigio, a que se hable mal de un escritor laureado? 3) ¿de quién nos acordamos al releer el epigrama que recoge Daniel Cosío Villegas al hablar de un político del siglo XIX que dice: “¡Qué personaje tan pobre, / qué personaje tan tonto; / y lo malo es que tan pronto / comenzó a enseñar el cobre!”?








Y Borges tenía razón en lo del futbol.



miércoles, 19 de marzo de 2014

Cine, homenajes y lecturas de Freud

Días después de haber evocado algunas cintas, vuelvo a verlas, menos bien que en el cine, mucho mejor que en las viejas pantallas de televisión, y mucho mejor que en una tableta, un teléfono celular o una pantalla de computadora; El espectáculo más grande del mundo enfrenta a dos tipos duros, Charlon Heston y Cornel Wilde, aunque no con la misma rivalidad de Burt Lancaster (duro) y Tony Curtis (menos duro) en Trapecio. Cornell y Wilde dejan que Betty Hutton escoja al que quiera, al fin que el premio de consolación, Gloria Ghaham, es más bella, más sensual, más inteligente y menos parlanchina.
                Nunca me gustó el circo, aunque alguna vez creí que sí; los payasos no me divertían pues su rutina era la misma todas las temporadas y terminaban con ridículas corretizas, además de que siempre se caían de las sillas. Así, James Stewart pierde elegancia, galanura y simpatía, además de que no engaña al policía que lo acosa; y las mujeres, en mallas y remedos de traje de baño pierden poder de seducción.

Creo recordar en dónde vi casi cada película; a veces, en qué canal. Gracias a las carteleras de estrenos que rememora Jorge Ayala Blanco, refuerzo la mejoría que, lo dice Nietzsche, se deja engañar; no puedo olvidar el estreno de Muñeca reina en el cine Orfeón porque fuimos todos los de Equipo Creativo: Gustavo Sainz, Alfonso Rodríguez Tovar, Nemorio Mendoza, Arturo Jiménez, Perico, Aníbal Angulo; Alfonso, Arturo y Aníbal obtuvieron premios o menciones en el concurso de cartel para promover la cinta, y ese día les entregaron sus premios; las edecanes llevaban las faldas más cortas que encontraron los promotores, pero no se pusieron de acuerdo ni en el modelo ni en el color de las tarzaneras. La película no me gustó, y sigue sin gustarme; las veces que la proyectaron en televisión sólo vi hasta cuando Ricardo Rocha seduce a su secretaria Anel, aunque me parecía que cortaban abruptamente la escena; terminaba de verla cuando Helena Rojo, seducida por segunda vez, habla y habla en vez del llanto de esa primera vez. Hace unos días la vi completa, y creo que distorsiona la historia, el final es patético, y excepto algunos diálogos, salidos del relato de Fuentes, la cinta es floja, rígida; la falda de Amilamia es demasiado corta aunque se trata de una cinta de los años setenta, cuando las minifaldas parecían más taparrabos que faldas. En ninguna de las veces que la había visto advertí, hasta hace unos días, la referencia a Él, de Buñuel: cuando Rocha y Rojo hacen planes para cuando vivan juntos, él habla de tener un departamento en un piso alto, para ver a la gente desde arriba, como hormigas, sintiéndose superior; Rojo dice que siempre ha vivido en planta baja. Pero en ninguna de las reseñas que leí de esa cinta vi que mencionaran la referencia; a la mayoría de los críticos se les pasó, lo mismo que a mí.

Intento no repetir aquí las notas que hago para El Librero, en El Universal, pero en esas páginas no podía, por espacio, abundar en todos los errores de Freud en México (FCE), en tantas visiones equívocas, en tantos lugares comunes y exclamaciones tan bárbaras y sin sentido.
                Uno de los primeros errores es asegurar que como Freud inventó el psicoanálisis, practicó en otros lo que no podía hacer por sí mismo; es decir, que fue el pionero en analizar los traumas y las obsesiones de sus pacientes, sin tener antecedentes; Rubén Gallo olvida que Freud basó su sistema en los experimentos de su maestro Jean Martin Chacot, quien hipnotizaba a los adictos a ciertas drogas para curarlos, y que los que se sometían a este método no recordaban lo que hacían o decían en esas sesiones; no puede afirmarse que desconociera las reacciones, sólo que en vez de curar adicciones, buscó las causas de los miedos, las obsesiones, lo que paralizaba a la gente (véase la biografía de Freud, de Jones, publicada en Barral Editores, en 1971, en tres volúmenes); los malos lectores de Freud, dice Gallo, lo consideran un obseso del sexo; Gallo, sin darse cuenta, cae en el mismo error.
                Gallo tiene el acierto de rescatar versos paródicos, imitaciones, bravatas en poemas satíricos que Salvador Novo publicó en la revista El Chafirete, pero se basa sólo en La estatua de sal para rescatar la práctica de autoanálisis; La estatua, que Gallo afirma que fue publicada en el Fondo de Cultura Económica (la primera edición fue en el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes), es un libro que Novo no quiso publicar; hace referencia a él en la entrevista con Emmanuel Carballo publicada en el suplemento La Cultura en México, suplemento de Siempre!¸ en septiembre de 1965 (entrevista que tuvo efectos inesperados: Novo dice que Jaime Torres Bodet no tuvo vida, que desde siempre tuvo biografía; Novo sintió que traicionaba al amigo [¿o al funcionario influyente?], y Torres Bodet se cuestionó si era eso verdad, si había desperdiciado su vida por sus labores como funcionario, un funcionario cumplido, cabal y patriota); dice que una vida como la suya no es apta para las buenas conciencias. Carballo, en una plática que tuve con él, me refirió algunas de las anécdotas que cuenta Novo, sobre todo la que habla de la elección que debió de hacer entre el pitcher y el manager del equipo de beisbol en que jugó en la adolescencia; es decir, supe de esa anécdota casi 20 años antes de que se publicara el libro; Novo completa allí el poema “El amigo ido”, con datos más íntimos de su relación con Napoleón, compañero de escuela y de escarceos sexuales.
                La estatua de sal iba a salir publicado en Empresas Editoriales, en donde Carballo, gracias a la gentileza y la calidad de Rafael Gimenes Siles, publicó varias series: Nuevos Escritores Mexicanos del Siglo XX Presentados por sí Mismos, Carta a un Joven, Toda la prosa y los primeros tres volúmenes de La vida en México en el periodo presidencial de, de Novo; los tres mejores, por cierto; las antologías de la poesía mexicana de los siglos XIX y XX, la primera de José Emilio Pacheco y la segunda de Carlos Monsiváis; las Lecturas Históricas Mexicanas de Ernesto de la Torre Villar y algún tomo del pensamiento de la reacción mexicana, de Gastón García Cantú. Desconozco si fue por el temor de Novo de manchar la reputación de varios personajes importantes de la vida pública mexicana, entonces aún vivos, o se dio cuenta de que su prosa, en ese libro, era mala, mediocre, que se leía sin la fluidez de sus crónicas y sus ensayos, que las historias se cortan abruptamente, que se detiene, acelera, vuelve a interrumpirse, que no hay malicia en los relatos. El proyecto se suspendió; al publicarse en los años noventa ya no escandalizó, recibió elogios por la valentía de Novo de hablar sin escrúpulos de su vida sexual, y balconear a mucha gente; pocos se fijaron en que, fuera de esos aciertos, no había literatura, no había la buena prosa de uno de los mejores prosistas mexicanos de toda la historia, en un periodo de su vida en que escribía de manera maravillosa.
                Si sólo hubiera autoanálisis de Novo en La estatua de sal, entendería uno que Gallo se fijara tanto en sus confesiones y en sus lecturas de Freud; pero resulta que toda la prosa de Novo, en ensayos y crónicas, y hasta en poemas, abunda en relatos de sueños y sus posibles interpretaciones; que muchas veces, las más, los toma a broma; que sus sueños los hace públicos y que pocas veces se refiere a relaciones íntimas, en las que es más indiscreto cuando por alguna carta, una charla, rememora a alguien que se fue; y antisentimental, no intenta retener a nadie; en ocasiones lo invade la melancolía, pero la vence al revivir los buenos momentos.
                Gallo también se hubiera fijado en que lo de El Chafirete y el haber sido seducido por el chofer de la familia era una coincidencia, y no lo obsedían tanto los choferes como los luchadores, algún jardinero, los obreros que lucían su musculatura al realizar trabajos frente a su casa o su oficina, algunos actores, en fin…, que Gallo se obsesionó tanto con una figura, que la hizo única; y también es de resaltar que no se fijó en que Novo era un provocador, un transgresor, y sus angustias no se limitaban, si es que lo afectaban, en su vida sexual. Pero Gallo encuentra algo y se fija (de fijación) en él y lo repite hasta que aburre; a eso me referí cuando dije que debería de someterse a un análisis para saber si su tendencia a repetirse es por inseguridad o por su ausencia de autocrítica o simplemente por carecer de cualidades literarias.
                (Un paréntesis: si Gallo quería fijarse en literatos para hablar de su relación con el psicoanálisis debió haber leído a Sergio Pitol, quien en su juventud, para que el psicoanalista lo entendiera, leyó frente a él su “Vitorio Ferri cuenta un cuento”, y al terminar, lo encontró dormido, por lo que, indignado abandonó la consulta, abandonó el psicoanálisis, y comenzó a escribir con más entusiasmo; sin embargo, en su segunda autobiografía relata cómo, en su intento por dejar de fumar, las sesiones lo condujeron a recuerdos que no eran como los creía, y que aquellos sucesos lo perturbaron de manera brutal, para casi toda la vida, y que en cuanto los exorcizó, lo abandonaron como angustia y dolor. Carlos Fuentes, en cambio, se negó a someterse al, psicoanálisis, por temor a curarse de sus angustias y obsesiones; le dijo a James R. Fortson: ¿te imaginas a Dostoievsky en el diván del psicoanalista? Adiós Crimen y castigo.)

Es más breve lo que puede comentarse de la lectura de Gallo a la obra más popular y más personal de Samuel Ramos, El perfil del hombre y la cultura en México: en un párrafo Gallo descubre y no entiende algo elemental: que se trata de un análisis del pueblo mexicano; sólo que hay una circunstancia: eso es sociología, no psicología; la una habla de la sociedad, la otra del individuo; los métodos son diferentes, lo mismo que sus motivaciones. (Otro olvido de Gallo: dice Pacheco que a Freud le costó una vida llegar a la conclusión a la que llegó Calderón de la Barca con un solo verso.)

¿Para qué abundar en su muy mala lectura de El laberinto de la soledad, de Octavio Paz; cierto, Paz menciona a Freud, lo que no quiere decir que se base en él; hay más cercanía a Husserl, a quien también menciona, sin que Gallo lo advierta.

A estos agravios se agrega otro: al hablar de Lemercier Gallo se desvía y diserta sobre la calidad de las obras sobre el tema: el drama de Leñero, la novela de Mauricio González de la Garza, la novela de Manuel Capetillo (a la que califica de noveau roman, tendencia que, dice, estaba de moda; tuve el privilegio de publicarla para la Universidad Veracruzana, en los años ochenta; la antinovela mexicana se dio a finales de los sesenta y principios de los setenta; Capetillo se acerca más a la literatura neogótica que, por esos años, emprendieron en México algunos autores, como Luisa Josefina Hernández y Juan Tovar), más que a la obra de Lemercier, al que, por cierto, le da unos llegues fuertecitos Leñero en una de sus Vivir del teatro en que hace retratos poco favorables de mucha gente. Y para que más nos duela, Gallo compara a Leñero-González de la Garza-Capetillo nada menos que con El monasterio de los buitres, de Francisco del Villar, una de sus obras más patéticas, aunque con una escena memorable: una poco sensual Irma Serrano se hace acompañar de una más seductora Macaria para, al agacharse y mostrar las piernas a un indefenso monje, insinuar que las mujeres son instrumentos del demonio para tentar al inocente.
                Además omite que El monasterio de los buitres está basada en Pueblo rechazado, sólo que cumpliendo los requerimientos del cine, y además de las cintas de Del Villar: que haya mujeres grotescamente sexuales (fue capaz de quitarle la elegancia y delicadeza a Cecilia Pezet en El llanto de la tortuga y a Helena Rojo en Los perros de Dios).
                Para hablar de la cultura de un país hay que conocer al país. Gallo no lo conoce bien y lo esquematiza, lo ve sin las muchas sutilezas, bastante a ciegas.

Un oxímoron sugerido por Borges: “la literatura española”.

La Real Academia de la Lengua anuncia la aparición, en octubre, de la vigésima tercera edición de su Diccionario; por lo que anticipa, vuelve ser en un solo tomo seguramente poco manuable, porque eliminan unas cuantas palabras no en afán de ligereza ni de corrección, sino porque se usan poco; en cambio, agregan cinco mil definiciones más; vuelve a ser políticamente correcto, aunque no se autocensura, pues no quita palabras ofensivas (las palabras no son ofensivas, sino la intención con que se usen: madre no es mala palabra a menos que la anteceda un adjetivo ése sí cizañero [iba a decir cizañoso, pero en la XXII aún no está admitido]), pero aclara que son majaderas; hará convivir algunas con sus sustitutas complacientes, y caerá, seguramente en imprecisiones: en la edición vigente se dicen que modista es una mujer que posee una tienda de modas, y una persona que se dedica por oficio a crear prendas de vestir; modisto no es un hombre que posee una tienda de prendas de vestir, sólo un hombre que por oficio las diseña y confecciona; o sea que es un hombre, no una persona. Ya lo he dicho, pero no me canso de repetirlo: si es modisto porque es hombre, ¿por qué no hablan de futbolistos, beisbolistos, deportistos, dentistos, ensayistos?
                Además, ya tienen una mala, porque dicen, según las fuentes que anuncian esa nueva edición, que jonrón en un batazo tan fuerte que sale del campo (en el beisbol es parque, no campo) y le permite al que lo pegó recorrer las cuatro bases; además de que el Diccionario del Español de México ya trae esa definición, los académicos ignoran que aunque no salga del parque puede permitirle, por la fuerza y la colocación, recorrer las cuatro bases; se le llama jonrón de campo. Y quienes saben de beisbol conocen el jonrón de cuadro, de Babe Ruth, que pegó un batazo tan elevado que cuando cayó, él ya estaba barriéndose en home (¿cómo le llamarán los académicos?).

Grace Slick ha sido admirada por aquellos a quienes le gusta la música: su poderosa voz, su manera de cantar, su belleza, su picardía; es mejor su época en Jefferson Airplane que la de Jefferson Starship en su última etapa, y sus discos solistas son buenos a secas. Ahora, más cerca de los 70 que de los 60 años, sigue alegre, activa, con una vitalidad envidiable; y a diario nos muestra, a sus forofos, además de videos de sus piezas clásicas (casi todas) de su conjunto, y de otras muchas personalidades a las que admira, sigan vivas o no; Kate Bush también nos recuerda a cantantes a los que sigue y la entusiasman; Stevie Nicks a diario habla de sus pasiones, entre las que resalta a las hermanas Wilson; la violinista Stephanie Chase pone en las redes fragmentos de conciertos de músicos que la mantienen joven y entusiasta, y fue quien informó que Vanessa Mae iba a competir en los Juegos Olímpicos de Invierno, sin dejo de envidia, antes al contrario; Michael Tilson Thomas, director de la Sinfónica de San Francisco, al enlistar sus cinco piezas favoritas, pone en tercer lugar (después de unos lieders de Mahler y unas canciones de Webern), “A Day in the Life”, de Beatles. ¿Por qué los literatos, sin abandonar la crítica, no pueden dejarse de envidias y celos?

En aras de la no discriminación (perdón por la horrible sintaxis) y en épocas en que se exige igualdad de género, ¿van a prohibir “Los nenes con los nenas, las nenas con las nenas”, del Filósofo de Tabasco?


lunes, 3 de marzo de 2014

Cineadicción, cine por televisión

La conmovedora escena de Day for Night, en la que el director del filme, encarnado por el director del film, François Truffaut, sueña que va de niño a robarse los cartelones de un cine, debe haber provocado que miles de cinéfilos se hayan identificado, si no en el hecho, cuando menos en las ambiciones.
                Alrededor del rumbo donde viví desde 1952 hasta 1974 había varios cines, al alcance, cuando mucho, de un tranvía: el Cine de la Villa, al que nunca fui pero sí lo visitó Isaac Arriaga Soto, según me confesó muchos años después, y también sus motivos, que no revelaré; estaba, a la vuelta de la casa, el Tepeyac, y a unas cuantas cuadras, el Lindavista; al tiro de un viaje en camión estaba el Soto, y más lejos, pero que lo visité varias veces para ver Nevada Smith, Tamy Show y alguna otra, el Cosmos, que ahora será convertido en antro de cultura, aún indefinido; y cercanos a la Alameda, es decir, frente a la terminal de los camiones que iban a la Estrella y a Fundidora de Monterrey, el Alameda, el Variedades, el Regis, el París, el Paseo, el Del Prado; ya en la adolescencia llegaba hasta el Robles, el Diana cuando recién estrenado, el Chapultepec, frente a la Diana (que no estaba donde está hoy, por ignorancia de las autoridades); alguna vez, de pinta, fui al cine México a ver Hawaii, que no hubiera visto por mi voluntad; antes, cuando dependía de mis mayores, vi el Cinelandia, el Mariscala; en el Orfeón, el día que se estrenó, El castillo de los monstruos, una de las pocas cintas donde Evangelina Elizondo no mostró sus piernas prodigiosas; nos llevó Chata; en el Cinelandia, caricaturas que decía que me gustaban, aunque en realidad no tanto; allí, también, muchos cortos de los Tres Chiflados, cuya mejor actuación es un cameo en The Dance Girl, en la que Clark Gable le da una nalgada a Joan Crawford, que ella agradece.
                De las cintas estrenadas entre 1950 y 1959 vi, o he visto, poco más de 1,300, ritmo que mantuve hasta los años ochenta, en que fueron desapareciendo muchos cines. Si hago un ejercicio de memoria que me deje como al profesor Alba cuando se esforzaba mucho, podría recordar no la fecha, sí en qué cine las vi; en el Teresa, ahora de cintas cachondas, vi en un programa doble Singin´in the Rain y Freud, que nada tienen que ver; en el Latino un inspector no dejaba entrar a Lourdes a ver El Santo Oficio; a la salida le agradecimos sus buenas intenciones. Creo que nunca entré al Diana, pero recuerdo con claridad la noche en que regresamos, a pie, del Lindavista a Escuela Industrial, luego de haber visto, seguro que en estreno, El espectáculo más grande del mundo, del que, al verla ahora en televisión, recuerdo casi todas las escenas, aunque entonces no entendí la trama; y pude ver las escenas del trapecio porque no me había invadido la acrofobia que hace unos años me impidió ver el corto de Roger Rabitt en la montaña rusa (me dio acrofobia sin que me haya desprendido de ella cuando, en 1978 o 1979, crucé por un puente movedizo el Viaducto, por culpa de las obras de la línea 3 del Metro; debo haberme tardado media hora en cruzarlo, y a cada paso que daba se movía como en muchas cintas de guerra). Recuerdo menos Candilejas, que también vimos allí.
                Si a mi tío Pepe le debo prácticas deportivas que ahora me asombra que haya podido desempeñar, a mi tío Enrique le debo la pasión por el cine, sobre todo por el western; iba los domingos por mí, y veíamos las tres películas de la matiné; él iba con algunos amigos, y aún recuerdo, debe haber sido 1959 o 1960, cómo se asombraron, y lo expresaron con silbidos de admiración (fiu fiu, dice la Real Academia que debe escribirse) cuando apareció Angie Dickinson en corsé, mostrando sus piernas largas y torneadas, ante un no tan impávido John Wayne, en Río Bravo; con él vi El pistolero invencible, que apenas hace un par de años pude conseguir en video; también me emocioné con Scaramouch y con El prisionero de Zenda, con Stewart Granger, sobre todo en el duelo a espadazos que mantiene con James Mason, que la verdad, espadeaba mejor que Granger; con éste, vi La carreta de la muerte, en la que alterna con Robert Mitchum, y creo recordar que Mitchum era el villano; en el Tepeyac vi la mayoría de las películas que gocé en la infancia y adolescencia; ya mayorcito, con Mario Magallón íbamos a desaburrirnos cuando no había juego de dominó, y un día llevamos a Delfina Careaga a ver Winchester 73, la décima vez que la veía (y la he visto doce veces más).
                Pero en el Tepeyac, sobre todo, iba a ver los cartelones; empezaba los domingos, a la salida de la matiné, que ya anunciaban los de la siguiente semana; los martes los cambiaban de lugar y los ponían en los escaparates laterales, en las escaleras, junto a la taquilla; en los escaparates o vitrinas que daban a la calle ponían las de la siguiente semana; cambiaban de martes a jueves, y el viernes ponían dos cintas que exhibían hasta el siguiente lunes. Era cuando estrenaban en sus pantallas las cintas que habían recorrido el circuito de los cines Variedades o Robles, que pasaban al Cosmos y luego al Tepeyac, o al revés, y terminaba su recorrido en el Soto.
                Cuando mis andanzas me llevaban más lejos, me acercaba al Lindavista para ver los cartelones; uno de los atractivos era ver las fotografías, que luego identificaba en las escenas cumbres, porque era obvio que para eso las ponían, porque eran las escenas cumbre. Nunca me interesó comprarlos en la Lagunilla, cuando era posible visitarla; era como tener una infidelidad permitida; tampoco intenté robar ninguno.

Si exceptuamos los programas que consistían en dos o tres cintas de Pedro Infante (Nosotros los pobres, Ustedes los ricos, Pepe el Toro; ATM, ¿Qué te ha dado esa mujer?; ¡Ahí viene Martín Corona!, El enamorado, Necesito dinero), casi no exhibían cine mexicano, aunque allí, demasiado chico para no conmoverme, en un solo programa exhibieron Juan Charrasqueado, En la Hacienda de la flor, Yo maté a Juan Charrasqueado. Es tarde perdí una bufanda, y no volví a tener una sino hasta los ochenta. Un programa que ponían cada año era El manto sagrado y Demetrio el gladiador, pero como era en Semana Santa, no me dejaban ir; de hecho, apenas las vi hace unos meses. Pero durante una larga época no me perdí, salvo por alguna circunstancia imprevisible, ninguna matiné; allí vi más de 20 cintas de Laurel & Hardy, vi Escuela de sirenas con Red Skelton y la pantorrilluda Esther Williams, en una época en que comencé a distinguir a las actrices por sus muslos más que por sus rostros; en 1967, estrenando la precartilla, nos dejaron entrar en el Tepeyac a Paco Alvarado y a mí para ver una cinta que entonces titularon Espía por error, con Doris Day (no he vuelto a verla: ¿Caprice?, ¿The Glass Buttom Boat?), en la que en una escena en la que Day corretea a ¿Elizabeth Traser?, junto a una puerta le arranca el vestido; aparece ¿Traser? desnuda una fracción de segundo, sin que se note nada, porque en cuanto reaparece por otra puerta, en la misma carrera, ya está cubierta con una toalla. No satisfizo nuestra curiosidad, aunque la cinta, creo que de Frank Tashlin, nos divirtió mucho.
                Cada año exhibían La mandrágora, y se anunciaba como clasificación D, es decir, para mayores de 21 años; cuando pude entrar a verla me aburrió muchísimo; con la sala casi vacía, a la espera de algo excitante, alguien que iba en pandilla gritó: ¡cómo los tienen!, y otra voz anónima contestó: ¡grandotes!, lo que provocó la risa de todos, incluido el que lanzó el primer grito. Fue lo más divertido de esa función.
                El primer desnudo que vi en cine fue uno de Mia Farrow en Rosemary’s Babe, en la época de los estrenos simultáneos en varias salas; una de ésas, el Tepeyac; en una escena, en un yate, Farrow se despoja de la ropa para bajar a la cabina para que se la eche el Diablo, que al parecer fornicaba con mucho ritmo; durante unos segundos aparece de espaldas, con las nalgas muy visibles; se asegura, sin embargo, que no eran las suyas, porque estaba demasiado delgada (en el Mad dijeron, sin embargo, que el trasero de Farrow era menos delgado que el de la doble); en otra escena, en una cópula con John Cassavetes, se le ve un pecho; esas escenas, importantes, son lo menos importante de la cinta; además, cuando la han retransmitido por televisión, las eliminan.
                Las nalgas de Fay Dunway, auténticas pero de lejos, las vimos en The arragentment, cuando está desnuda, en una playa; los expertos dicen que también las enseñó Deborah Kerr, pero no la recuerdo (y la recordaría). Por esa misma época, Angélica María mostró las piernas y las pantaletas varias veces en Cinco de chocolate y uno de fresa, que vi en el Variedades, acompañado de una amiga que no sabía dónde meterse; en ese mismo cine, Mario Magallón y yo contemplamos atónitos el trasero de Ana Martin en una cinta que no he vuelto a ver más que una vez, suprimida esa escena (Trío, cuarteto).
                Aunque dice la historia que el primer desnudo frontal en cine comercial fue el de Hedy Lammar en Éxtasis, tan temprano como en 1932, en realidad, ya con la intención de ir rompiendo los esquemas de la moralidad, hubo tres desnudos, breves pero excitantes en Blow-Up, con la dirección de Antonioni basado en un cuento de Julio Cortázar, en la época en que comenzábamos a admirar a ambos; pero cuando la vi en cine, los desnudos de Vanessa Redgrave, de Gillian Hills y sobre todo el frontal de Jane Birkin, los habían suprimido. Vi en el cine Tlatelolco con una amiga, cuando se inauguró, Romeo y Julieta sin las escenas de desnudos, que ahora pasan en televisión en pleno mediodía. Cuando leí un pasaje memorioso de Woody Allen, que va a ver Mónica, de Bergman, no por la película sino por un desnudo, recordé el éxito de Blow-Up no por la trama ni la dirección, sino por los desnudos que aquí no se vieron. Se vieron, en cambio, los traseros de las protagonistas de Las margaritas pervertidas, que nada tenían que ver con la trama, aunque sí con su espíritu. En los setenta, en una reseña, Amparo Muñoz, que dos o tres años antes había sido Miss Universo, abría y cerraba su bata, mostrando su desnudez plena, en una escena que dura casi un minuto (a propósito, dice El Doctor que el Miss Universo es el más racista de todos los concursos, porque sólo han triunfado terrícolas).

He visto muchas películas desde 1952 en que me llevaron a ver Cenicienta en el cine Alameda, y lo que más me impresionó fue el cielo que parecía tachonado de estrellas, más que el argumento, del que no creí que los ratones hablaran, ni me importó la historia de amor. Lo he dicho varias veces: suelo responder, espontáneamente, a cualquier pregunta, con frases de películas, muy diversas; casi nunca mi interlocutor identifica la frase; la vida nos da muchas oportunidades y no hay que despreciarlas; en la librería Madero antes de que fuera Antigua me presentaron a un sacerdote, quien me preguntó cuál era mi gracia: no me quedó más que responder: la facilidad de palabra; por desgracia, azorado de esa oportunidad, achaqué la farse a Tin Tan más que a Mario Moreno, que es quien la pronuncia.
                Pero la vida no es como el cine: aunque he visto romances como si fueran argumentos de película, como el de Antonio Flores González con La Reventada (su nombre, en chino, significa “la que llega con el amanecer”); aunque conozco aventuras que en el cine parecerían inverosímiles, aunque trato a gente que ha vivido como las tragedias de José María Linares Rivas (con mucho, mi actor favorito del cine mexicano), sé que el cine es ficción, que la vida continúa después de la palabra fin, que al mismo tiempo que las pasiones y la diversión subsisten las penurias, a veces laborales y a veces económicas; que hay trampas, que no siempre el Diablo viene y se pone de nuestra parte (aunque nunca nos abandona del todo), que los amigos fallan y a veces traicionan; que la vida se parece más al cine de Woody Allen que al de Jacques Tati. ¿Qué es lo que me hace pensar de esa manera fatalista, por qué me quejo de que la vida no sea como en el cine? En ninguna escena ni Jorge Negrete ni Pedro Infante ni David Silva ni Emilio Tuero ni Pedro Armendáriz ni José María Linares Rivas (sólo a veces Dean Martin y John Wayne) se quitan el sombrero y quedan despeinados y sudorosos, como yo en estas fechas.

Algunas irreverencias de mi pasión por el cine: me gusta más The Magnificent Amberson que Citizen Kane; me gustan más Laurel & Hardy que Chaplin (a últimas fechas, lo soporto más); soy capaz de ver La sombra del otro con tal de ver a Viruta y Capulina cantando “En dónde está mi saxofón” y “Una aventura más”; me gustan más los westerns de John Ford que sus obras dramáticas, y sigo disfrutando mucho el cine de Raoul Walsh, aunque hace casi 45 años que no veo de nuevo Gentleman Jim, y fui al cine más por ver los rostros de Vivien Leigh, Virginia Mayo, Audrey Hepburn, Pier Angeli, Claudette Corbett, Susan Hauward, Maureen O’Hara, Maureen Sullivan, Eleanor Powell, Gene Tierney, Lauren Bacall, Joan Fontaine, Norma Sheare, Olivia de Havilland, Eleanor Parker; es decir, rostros perfectos.
                Otra confesión sentimental: me daban unas inmensas ganas de llorar al escuchar el vals, interrumpido varias veces, en la escena de la coronación en Scaramouch.

Escuché en mi infancia algunas canciones que llevo en los oídos, pero que pocas veces he vuelto a oír: “Voy a mandarles pedir a los ángeles del cielo / una pluma de sus alas para poderte escribir”; “el Diablo salió a pasear / y le dieron chocolate / y tan caliente que estaba / que hasta se quemó el gaznate”; “que viva y viva, que viva y va / el partido por la mitad” (en esa canción hacían ministra a María Victoria); “un muerto resucitó cuando estaba en el velorio porque de pronto sintió las piernas de Carolina [que no son largas ni son finas]”; “en una casa enfrente de la Universidad / habita una muchacha que es una calamidad” (compré una de las peores cintas de Pardavé, Mil estudiantes y una muchacha, sólo por la canción, que cantan incompleta); “píntame de colores pa’ que me llamen Supermán” (que Carlos Fuentes cita en La región más transparente), y sobre todo “la televisión / pronto llegará”, que pasó de moda cuando llegó a México, como preveía la canción.
En donde vivía éramos los únicos que teníamos televisión; los domingos iban a la casa algunos de los otros niños del edificio, para ver el Teatro Fantástico; por las tardes completaba mi educación viendo Hopalong Cassidy, El llanero solitario, una breve temporada Cisco Kid, las aventuras de un detective, Boston Blackie, protagonizado por Chester Morris; no olvido su lema (“amigo de los que no tienen enemigos; enemigo de los que no tienen amigos”), Rin-Tin-Tin y la más sensiblera Lassie, que ayudaba a sus amos pero pocas veces atacaba como Rin-Tin-Tin; vi casi todos los episodios de Sherlock Holmes con Basil Rathbone, e identifico a Johnny Weismuller más con Jim de la selva que con Tarzán (aunque recuerdo el desfile de pantillorrudas en Tarzán y las sirenas, que se filmó en Acapulco y que fue cuando Weismuller no quiso competir con los clavadistas de la Quebrada, supongo; ahora disfruto el faje de la primera cinta de él como Tarzán, en el agua, con Jane tocándose mutuamente el pecho, y en la segunda, cuando ella se cala unas medias); vi casi todos los cortos de Laurel & Hardy y de Harold Lloyd; vi las aventuras de Ivanhoe, pero años después no pude leer la novela; si vi unas cuantas cinta de Pedro Infante en alguna matiné del Tepeyac, nunca he visto ninguna de Jorge Negrete (y conozco toda su filmografía) en cine, todas en televisión. Cuando estaba en El Financiero, que llegaba a casa al filo de la medianoche pero con las pilas prendidas, me hice experto en la filmografía de los hermanos Almada y la de Jorge Reynoso; así, un día, me topé con referencias políticas en una cinta de Gilberto Martínez Solares, Ahi vienen los gorrones, descubrimiento que me birlaron y escamotearon los que después escribieron sobre el asunto; ahora no entiendo cómo me gustaba El Gran Premio de los 64 mil pesos, cuyo primer triunfador fue mi amigo Carlos González Correa, con el tema Shakespeare; entiendo que me gustara Adivine mi chamba, 20 preguntas, Tres generaciones y Variedades de mediodía, aunque aún no averiguo de quién eran las piernas de los anuncios de la primera (medias Cannons) ni quién era la bailarina que abría el segundo. A la televisión le debo tanto como al cine.

Grace Slick, que demuestra que es muy difícil envejecer, envía una caricatura de ancianos en un asilo, que discuten sobre quiénes son sus músicos favoritos: Deep Purple, Black Sabath, Led Zeppelin, The Clash, ACDC, Hendrix; hace más de 30 años, Quino dijo que de viejito defendería a los Beatles como los viejos de entonces el tango; en Married with Children le dieron un golpe a mi vanidad, cuando la protagonista junta en su casa a las admiradoras de Elvis, que resultan unas ancianas. Pero lo reafirmo: la música (ni el cine, ni el cine por televisión) permiten envejecer, por más que la mayoría de los ingresos se nos vayan en medicinas y en análisis.

Y alguien ya dijo por allí: el premio al guión de Gravity debieron dárselo a sir Isaac Newton, y la cinta con ese nombre es la mejor película mexicana filmada en el extranjero sin capital mexicano. Pero revivió un nacionalismo que, como dijo Borges, echó a perder el espíritu de nobleza dentro de la competencia que debería de reinar en el deporte (y hubo quien dijo que como Borges no pudo triunfar como futbolista, se dedicó a escribir).

                

sábado, 1 de febrero de 2014

Otras anécdotas de Pacheco

Gustavo Sainz me encargó una entrevista a Luis Spota para Eclipse; no salió allí, sino en Él, la revista sucesora de Caballero que dirigía James R. Forston, antes de que se independizara y emprendiera Eros. Spota me preguntó si escribía y dije que sí; me pidió que le llevara un cuento, que apareció el 23 de enero de 1972 en la última página de El Heraldo Cultural. El cuento se llamó “And then I’ll go spoil it all by say something stupid like I love you…”; al día siguiente me llamó José Emilio Pacheco para corregirme: me parece que es un gerundio, “by saing”.
                El 28 de octubre de 2013 hablé con él en persona por última vez; entre las cosas que me dijo fue que tengo razón: “es cierto, Vicente escribe muy bien”, en referencia a una reseña que publiqué en septiembre, semanas antes, acerca del Diario abierto de Vicente Rojo. Ya referí que algún día me confesó, para mi estupor, que una reseña mía lo había convencido que, fuera de los pocos poemas de Manuel Maples Arce recogidos en antologías, poco de su obra reunida y publicada por el Fondo de Cultura Económica valía la pena.
                José Emilio Pacheco leía todo, a todos, con un interés y una generosidad muy poco frecuente en nuestro medio; se enteraba de todo, y lo platicaba con tanto sabor como Monsiváis, o más, porque pasaba de un asunto a otro, pero relacionándolos; ese mismo 28 de octubre nos contó el chiste más reciente sobre el presidente venezolano y su filósofo favorito, su alergia a una fruta, el papelón que hizo al comer paella, y muchas otras cosas que nos tenían muertos de las carcajadas.
                Aun con su rigor, encontraba palabras de aliento para todos los aspirantes a escritores (eso somos todos, excepto unos pocos, frente a él), hallaba méritos y los invitaba a seguir escribiendo, aunque en lo particular se quejaba de los demasiados libros que inundan las librerías sin que tengan ninguna trascendencia; hacía excepciones, claro, como cuando habló de una funcionaria cultural que se atrevió a publicar una novela y que, afirmó José Emilio, “le salió de la chingada”.
                Nunca dejó de preocuparse por los demás, los conociera o no. Más de una vez abogó por que le diera espacio a un articulista, un reseñista, un crítico, que lo necesitara o hubiera perdido su chamba; se molestó con Huberto Batis cuando éste me reclamó que me llamaran de otros diarios a publicar críticas; otro día, Batis me preguntó por qué me elogiaba tanto Pacheco, y éste, cuando anuncié que me retiraba de El Financiero, me escribió para ofrecer sus relaciones para que me admitieran en algún periódico o editorial; aun cuando le expliqué mi propósito de ya no trabajar de tiempo completo sin mengua de mis ingresos, me dijo que no dejara de publicar; cuando comenzó a aparecer El Librero en El Universal me sugirió que usara esas reseñas también aquí, en errataspuntocom, y cuando narré aquí las experiencias terribles, angustiosas por las que hemos pasado, no dejó de llamarme o de escribirme; cuando Diego fue sorprendido en Chile por uno de los seísmos más potentes de los últimos años, volvimos a platicar de lo que vivió en 1985, cuando estaba ausente de México aquel 19 de setiembre. También volvió a recordar el día angustioso que pasaron en vela Juan Manuel Torres y él, esperando vanamente que se desmintiera el accidente fatal de José Carlos Becerra (Juan Manuel y José Carlos, sin menosprecio de otras amistades, fueron sus mejores y más entrañables amigos dentro del ámbito literario); no muchos recuerdan que la primera publicación de Las batallas en el desierto tenía una sola dedicatoria; y cuando estaba ya en producción el libro, sucedió el otro accidente, donde Juan Manuel perdió la vida en la calzada de Tlalpan; José Emilio tuvo la gentileza, innecesaria, de pedirme permiso para incluir a Juan Manuel en la dedicatoria; ni me atrevería a oponerme, ni era algo en lo que debiera pedirme nada, ni siquiera avisarme, pero siempre que se refería a la novela, me decía “nuestra novela”.

Antes que a él, conocí a Carlos Monsiváis, a José Agustín, a Gustavo Sainz, pero con José Emilio tuve una amistad muy estrecha; Juan José Rodríguez me dice que pensaba que yo era un mito urbano, pero que Elena Vilchis le había confirmado mi existencia, y que José Emilio le había hablado de mí con afecto; lo supe siempre mi amigo, y amigo de toda la familia; de muchas maneras, he dependido de él; cada que escribo pienso en qué dirá, qué errores va a corregirme, las repeticiones que va a reprobar, las redundancias que entorpecen los originales, las rimas involuntarias, o si me reprocharía que me adjudicara un hallazgo que no me correspondiera, o ampliarme una información que expusiera a medias; aunque no lo busqué para ninguna recomendación, siempre sentía la seguridad de su respaldo, de su confianza, de su ayuda; creo que nunca dejaré de escribir esperando su aprobación, temiendo su rechazo, tratando de imitar su ejemplo: no permitió la reedición de su magnífica Antología del modernismo porque allí reveló la identidad de la mujer de la que vivió y murió enamorado Ramón López Velarde, y años después una escritora se adjudicó el descubrimiento, y José Emilio no quería seguir con la afirmación si no era suya, o bien darle a ella el mérito de la investigación; y por mucho tiempo lamentó la confusión entre Marcelino Dávalos y Balbino Dávalos; más que lamentarla, lo apenaba; así, sus libros, aunque fueran extraordinarios, los consideraba mejorables; por ello, los volvía a trabajar, encontraba un dato erróneo, cambiaba un adjetivo (dos cambios significativos hay entre las primera y segunda ediciones de Las batallas en el desierto, ninguno de los cuales fueron advertidos por los especialistas que analizaron el libro en una mesa redonda). Sólo Octavio Paz y Gabriel Zaid corrigen con tanto esmero; tener todos las ediciones de sus libros en los que hay cambios es una tarea casi imposible de realizar, y poco el espacio necesario para contenerlos; aunque se le rindieron muchos, era enemigo de los homenajes y se burlaba de ellos, como se burlaba de las confusiones que sufría, como de muchos escritores que quisieron su aval para consagrarse (aunque no regaló elogios, no hizo uno solo en el que no creyera); es envidiable su modestia (cuando cumplió 40 años me confesó que sentía que nada había hecho, que sus obras no eran lo que esperaba, que estaba muy lejos de la calidad deseada), su humildad, pero también su entereza y su confianza.
                En algo se diferencia de muchos otros escritores; alguna vez dijo que repartió sus libros entre varias editoriales para no cargarles la mano con las pérdidas; así, entre la UNAM, el Fondo de Cultura Económica, Joaquín Mortiz (por convenio, por haber obtenido el  premio de poesía de Aguascalientes), Era y Siglo XXI publicaron sus primeros libros; ahora que parece competencia entre escritores para ver qué tantos títulos al año publican, con cuántos premios, y en una muy variada cantidad de editoriales, con adelantos jugosísimos aunque no recuperen la inversión y terminan en librerías de viejo chafas, porque no los admiten en La Torre de Lulio, José Emilio publicó sólo con Era desde hace más de 20 años, los títulos individuales, y la compilación de poemas, en el Fondo de Cultura Económica (cuando apareció la más reciente edición de Tarde o temprano hizo las cuentas: parece mucho, pero son quince poemas por año). Frente a autores que tienen su obra en tres o cuatro editoriales, simultáneamente, Pacheco parece anacrónico, y no es más que honrado. Se negó a publicar un libro que apareció en una edición limitada si en esa nueva edición no aparecía el prólogo original.
                Sus libros, al principio, se vendían poco; Viento distante y No me preguntes cómo pasa el tiempo se reeditaron una vez; se convirtió en best-seller con Las batallas en el desierto, que es lo contrario a un best-seller, aunque por el sentimiento que despierta en los lectores todos creen que es muy sencillo; por muchas razones, se identifican con el enamoramiento imposible de los protagonistas, por la historia que parece fantasmal, o por la ciudad perdida que algunos recuerdan y otros imaginan. Hubo quienes, ensoberbecidos, se dieron a la tarea de atacar al libro y, otros, incluso, dedicaron casi todo un número de una revista para burlarse de la novela, para intentar ridiculizarla. Pero el libro soportó y venció esas injurias. Pacheco, varias veces, me dijo, y no estoy seguro que no haya sido en broma: de haberlo previsto, te hubiera dedicado un libro desde mucho antes.

Un día Miguel Ángel Flores y yo, platicando en la esquina de Avenida Juárez y Dolores, nos encontramos con José Emilio y con Salomón Láiter; años después Salomón me contó que iban de prisa y no pudieron detenerse más que a saludar, porque querían terminar esa tarde (o en esos días) el guión de El obsceno pájaro de la noche, que debería de haber filmado Láiter. El proyecto se congeló y después se suspendió, pero Salomón decía, con orgullo, que había aprendido a trabajar viendo la disciplina, el rigor y el humor de José Emilio.

Mi pesar es muy hondo. Me quedan el cariño y la amistad de Cristina y de Laura Emilia. Y secretos que José Emilio compartió conmigo, y yo con él (sólo consigno sus carcajadas por mi confesión de que, hace muchos años, despedí de un trabajo a un altísimo funcionario actual, aunque ese funcionario no lo recuerda).

José Emilio Pacheco era un  artesano magistral en el cuidado de libros, revistas y suplementos; me fastidia no poder pasarle este dato, que lo divertiría: un editor, para no tener que cambiar a cada rato el hispanismo “tarta” por el más mexicano “pastel”, tuvo la ingeniosa idea de programar en la computadora el paso “elegir todo”, llamó el siguiente paso, “buscar”; tecleó “tarta”, luego “remplazar” y tecleó “pastel”; así, se ahorró tener que leer todo el libro para cambiar la palabra que aparece decenas de veces; sólo que no se le ocurrió teclear “la tarta” y “el pastel”, entonces en todo el libro aparece “la pastel”; peor: no se le ocurrió que uno de sus personajes sufriría un tartamudeo, que por esa magia electrónica se convirtió en “pastelmudeo”.

Una página célebre donde hacen la historia de muchas palabras, tanto por su etimología como por su desarrollo, por lo regular es amena, seria e informativa, pero recientemente en la sección de preguntas pedían que se determinara cuándo Sol, Luna y Tierra se escriben con mayúscula; la respuesta fue que cuando se referían no al sustantivo común, sino al nombre propio de esos “tres planetas”. Los académicos siguen desorientados y desorientan a quienes los consultan de buena fe. Y hay quien cree en wikipedia.

Álex Rodríguez se amparó contra la suspensión de 211 juegos por mentir sobre consumo de esteroides y otras drogas que ayudan ilegalmente al desarrollo del cuerpo; antes había aceptado que, cuando estaba con Texas, las ingirió, pero que en esos años no era ilegal (sólo inmoral), y que desde entonces estaba limpio; la acumulación de pruebas lo condenó, y con el amparo (no es la figura, sólo el símil) se le redujo a 162 partidos y los restantes, si Yanquis pasa a la postemporada; volvió a inconformarse y demandó a las Ligas Mayores, a la unión de jugadores de las Ligas Mayores, y al juez que no lo absolvió; ve perdido su caso (con más cinismo aún, dijo que el castigo lo beneficia porque no ha descansado desde su ascenso a las Mayores), pero insiste en demandar. Sólo falta que se demande a sí mismo como lo han hecho algunos personajes ridículos en la historia.
                El problema no es él; su castigo serviría de ejemplo a sus seguidores y a los que quisieran imitarlo; quedan algunos problemas por resolver: sus números, que nadie acepta como reales porque los consiguió con recursos externos, ¿los van a diferenciar con un asterisco, éste no infame como el que le impusieron a Roger Maris sólo porque el comisionado en 1961 había sido amigo y forofo de Babe Ruth y no consideraba parejos los cuadrangulares que conectó Ruth en 1927 y los de Maris de 1961? Rodríguez le pidió a su conseguidor que lo auxiliara a ser el mejor bateador de todos los tiempos, y no es justo que sus jonrones los equiparen a los de Ruth, Mantle, Ted Williams, Hank Aaron, Frank Robinson, Willie Mays, Mel Ott, Ernie Banks, Stan Musial, Hank Greenberg y muchos más. Pero tampoco pueden omitirlos.
                Hay otro problema; muchos cronistas se niegan a dar votos para el Salón de la Fama a jugadores que, sospechosos o no, jugaron durante la era de los esteroides (que no ha terminado: hay varios suspendidos en las Mayores y en las Menores), y muchos, con méritos, pueden quedarse fuera de la inmortalidad beisbolera, como Craig Biggio, y puede pasar con Iván Rodríguez, el súper cátcher.
                Algunos cuchichean que incluso Greg Maddux, que está calificado como uno de los mejores lanzadores de todos los tiempos, se benefició de los esteroides, y aumentó su velocidad de 83 a 85 millas por hora.

(La última vez que platicamos, fue en una clínica Médica Polanco, Federico Campbell por un problema estomacal, y yo por algo más relacionado con mi edad, como me lo confirmó la técnica que me practicó el ultrasonido; hipocondriacos como somos, estábamos angustiados, pero alcanzó a decirme, con la rudeza acostumbrada en él: ¿te das cuenta que lo mejor que has escrito en tu vida fue esa estampa de Ted Williams –que había publicado en la sección Galerías, en El Financiero–, que ésa sí es una obra maestra? No iba a avergonzarme de algo en lo que ponía muchas ganas, mucho esfuerzo. Con Federico he compartido pasión por el beisbol, trivia beisbolera –siempre le gano–, entusiasmo por literatura acerca del deporte, más algunas otras confidencias que le guardaré celosamente. Ahora está enfermo de un mal que me aquejó hace cuatro años. Salí fortalecido; él, que es más sano que y, seguro saldrá con más entusiasmo a impartir su sabiduría. Y volveremos a jugar trivia en la que lo venceré, pero él, como en otra comida en el Veracruz, me informará de los apodos que le asesta a los malos poetas mexicanos.)

En un escrito poco difundido, Daniel Cosío Villegas afirma que al contrario de los sajones, los mexicanos sólo tenemos tres maneras de hacer fortuna: por recibir una herencia, por corrupción (en cualquiera de sus formas) y por trabajo, aunque esta última forma sea la menos frecuente; 90 años después, sigue teniendo razón.

jueves, 26 de diciembre de 2013

Librerías sin tertulias; la magia de Septién; las fiestas de la Industrial

La historia de la literatura mexicana cuenta, alrededor de ella, las tertulias que se armaban a diario en las librerías; es de suponer que en todo el país, pero especialmente en la ciudad de México; es fama que Victoriano Salado Álvarez iba a diario a alguna de las librerías alrededor del Zócalo, y se encontraba con otros escritores, lectores, libreros, editores, y se pasaba las tardes en charlas animadas.
                En los años sesenta, cuentan Leñero, Sainz, Monsiváis, Pitol, Prieto Reyes, que se encontraban en alguna de las librerías Zaplana donde empezaban en una plática que terminaba en los cafés Sorrento, Kikos, o en Sanborns, según relatan Novo o Carlos Fuentes, en crónicas y en las páginas de La región más transparente.
                En 1969 Gustavo Sainz me recomendó que fuera a Libros Escogidos, y me presentara con su dueño, Polo Duarte, al que había leído alguna página de mi primera novela; desde esa tarde, hasta algunos años después, iba casi a diario y allí conocí a Gerardo de la Torre, Juan Manuel Torres, Juan Bañuelos, Jaime Labastida; o a los pintores Adrián Brun, Armando Villagrán, Rodolfo Nieto, y a Beto Bojórquez; allí conocí a Delfina Careaga, a Otaola, Raúl Renán, Juan Jiménez Patiño, y me acompañaron muchas veces Paco Alvarado y Arturo Federico Valdés Olmedo.
                Pero no era Libros Escogidos la única librería donde iba a platicar; enfrente, cruzando la Alameda, estaba la Librería del Prado, donde don Félix, Carlos, Humberto y Álvaro tenían siempre una plática, no pocas veces alguna discusión agria por política; pese a que era pequeña, me topé varias veces con Gabriel Careaga, Miguel Ángel Flores, Miguel Flores Ramírez. Menos asiduo, pero no menos cálido, era el grupo que de pronto se formaba en la Librería Universitaria alrededor del inolvidable Raúl Guzmán, o en la Librería del Sótano (no la insípida El Sótano), donde nos juntábamos Rubén Maní, Alejandro Rosales, Arturo Luciano, Patricia Proal, y charlábamos, a veces hasta que cerraban, con Gerardo López Gallo. No pocas veces discutíamos con desconocidos, que también iban en busca de libros, y de discusiones, que se trasladaban a cafés o a cantinas. La actitud de los dueños era importantísima, pues permitían la tertulia, y la mayoría de las veces participaban en ella, olvidando a los clientes ocasionales que pedían algún libro, sobre todo si era best-seller. 

Busco un ejemplar de La mafia, la divertida, iconoclasta, experimental, desacralizadora novela de Luis Guillermo Piazza; fue publicada en 1966, antes de que se dispersaran los grupos intelectuales; debo hablar mucho de este libro, al que le debo tardes, días enteros de relecturas frenéticas, algunos descubrimientos; a veces encuentro claves, quién es el verdadero protagonista de retratos que aparentemente presentan a personajes históricos, quiénes cometieron crímenes literarios y de los otros; quiénes hablan por teléfono, y cuáles cartas son reales y cuáles inventadas.
                Entro a todas las librerías alrededor de Donceles, desde Brasil hasta Allende; muchachos atentos se acercan a preguntar qué buscamos, en esas islas amontonadas, cerros de ejemplares maltratados, con la portada sucia y el canto desigual y el lomo quebrado, en un equilibrio precario; ya no busco ejemplares de mis libros porque fui expulsado de sus plúteos cuando critiqué una publicación que les servía de órgano informativo, aunque no se habían dado cuenta de lo que publicaban; a veces encuentro algún título olvidado de Steinbeck, o de Waugh, o de Durrell; por lo regular, no los pido, los busco, aunque no siempre están en orden, y revuelven mexicanos con extranjeros, y novelas con biografías. Últimamente han contratado a jóvenes que trabajan medio tiempo, y descansan dos días a la semana, nunca en sábado o domingo, dicen las ofertas de empleo que colocan en sus anaqueles. Desconozco las condiciones de trabajo, pero sí que los contratados no son estudiantes de letras, o que los profesores de las carreras de letras son indolentes y descuidados. En todas las librerías pedí, cuando muy atentos se acercaban ofreciendo sus servicios, La mafia, de Luis Guillermo Piazza, e invariablemente iban a la sección de best-sellers, pensando que se trata de una novela de gangsters (bueno, no están muy equivocados), sicilianos que disputan mercados negros. No sólo desconocen la novela, también al autor, y lo peor, la colección Del Volador, emblema de Joaquín Mortiz. Probablemente Piazza se divertiría muchísimo, como yo, aunque luego de la tercera librería comencé a mortificarme.

El jueves 19 falleció Pedro Septién, motejado como El Mago, en honor de los trucos que hacía en sus narraciones. Aunque no perteneció a la primera generación de deportistas periodísticos, ni siquiera en el beisbol, se le considera en los medios como el más aguerrido, el más sabio, con memoria fotográfica.
                Es cierto que tenía buena memoria, como la debe tener todo el que se dedique a la crónica deportiva para saber si está viendo algo histórico, si delante suyo se establece una marca y se rompe un récord, o cuando menos se empata. Tenía una voz agradable, y era considerado el mejor en la materia. Pocos recuerdan por qué le decían El Mago. En las épocas no muy lejanas en que las transmisiones radiofónicas (mucho antes de las televisivas) eran locales, él reproducía juegos completos desde las cabinas de la radiodifusora, hasta donde llegaban los telegramas, enviados desde Tampico, con códigos indescifrables para los no conocedores: 6-3, 8↑, 5→, K, y otros, que quieren decir rola al short stop, elevado al jardín central, línea a tercera base, ponche, y otros menos difíciles, como las bases por bolas, los hits y los extrabses, las carreras empujadas.
                Con esas simples, y complejas, marcas, él recreaba el juego, y hacía que los radioescuchas se emocionaran; después, con las transmisiones a control remoto, impensables antes de mediados de los cincuenta, desde el palco de prensa del Parque Delta o del Parque del Seguro Social, se comía el micrófono relatando las jugadas emocionantísimas; sucedió que llegaron, a finales de los cincuenta o principios de los sesenta, los “su raditos” (como les llama José Agustín en De perfil), los radios de transistores, y los aficionados los llevaron al Parque; se extrañaban de que un elevado fácil a cualquier jardín, el Mago lo describía con gritos emocionados: “se va, se va, se va, atrapadón del Diablo (o de cualquier jardinero)”; las jugadas de trámite él las convertía en hazañas de fildeo, o de velocidad; pero los asistentes al parque veían desconcertados que no era lo que el Mago decía; mucho de su prestigio se perdió en aquellos años. Comenzaron a chotearlo: se va se va se va, la atrapa el short stop.
                Se dice que, en un día en que se perdió la comunicación, Septién reseñó todo un round en una pelea de boxeo, sin mayores consecuencias, y por eso se ganó el mote de Mago, pero los viejos aficionados al beisbol aseguran que fue durante un juego de Serie Mundial entre los Yanquis de Nueva York (su equipo favorito, aunque los cronistas no pueden tener equipos favoritos, y menos hacerlo evidente) y los Dodgers entonces de Brooklyn; supongo que fue en 1955, cuando el huracán Janet (entonces los huracanes tenían sólo nombres femeninos) provocó una inundación en todo el puerto, y se cortaron las comunicaciones que llegaban desde Nueva York, con los telegramas que relataban el juego; según Septién, sus Yanquis habían vencido a los Dodgers; todos los periódicos explicaron que por la falta de comunicaciones no podían dar la información, excepto un diario dirigido por Antonio Andere, que sí  le creyó a Septién; despedido de su chamba, Andere fue a buscar a Septién para reclamarle a golpes su acción. Al menos, es la historia que se escuchaba en las redacciones en los años sesenta.
                Septién, un mago de la narración, fue desplazado por cronistas cuando menos tan hábiles como él, quien nunca tuvo la chispa de Jorge Alarcón, mejor conocido como Sony, pícaro como él solo; en los años ochenta, en pleno auge de la Fernandomanía, el Mago veía desesperado cómo Alarcón y Antonio de Valdés se lo comían en los juegos de Valenzuela, que tuvieron la virtud de hacer que comenzaran a transmitirse más partidos que un resumen semanal, abreviado. De Valdés, hijo de otro excelente cronista, sabía tanto como el Mago y era menos rígido, más natural en la crónica; Septién trató entonces de desprestigiarlos: ustedes no saben nada, el beisbol de antes era mucho mejor, nada podrían hacer estos chamaquitos frente a las grandes figuras del pasado, qué no saben que antes los pitchers ponchaban a más de 500 bateadores por temporada (y De Valdés, por decencia, no lo desmentía: sí, ponchaban a muchos, pero cuando la loma estaba mucho más cerca del home, y las bases por bolas eran con siete lanzamientos malos, y los faules no se contaban como strikes y desde entonces se acabaron los bateadores de .400; Septién se refería a las Ligas Mayores del siglo XIX); se ponía a exagerar, y tuvieron que retirarlo, dejarlo exclusivamente para los juegos de postemporada o de Serie Mundial; sacaba sus enciclopedias en plena trasmisión y, mientras buscaba un dato, se le pasaban jugadas, por lo que perdía el hilo del juego.
                Cuando Pete Rose rompió el récord de más hits, superando el de Ty Cobb, de 4,191, Septién se presentó en el noticiero de Guillermo Ochoa para desmentir la noticia: ningún récord superado, y puedo demostrarlo; su argumento era patético: Rose no había pegado más hits, porque lo había hecho en muchas más veces al bat que Cobb, por lo tanto, no tenía más hits; Septién quería decir que pese a que Rose lo había superado, tenía menor porcentaje de bateo, no menos hits, como afirmaba. Y cuando en las Mayores revisaron los box-scores históricos, advirtieron que a Cobb le habían atribuido un hit más; por lo tanto, su total fue de 4,190, no 4,191; el berrinche que hizo el Mago fue histórico; se le vio enojado, desmintiendo a los compiladores de las Mayores.
                Sus forofos le atribuyen mayor corrección gramatical al narrar los partidos; sólo quiero recordar su explicación de obstrucción: cuando un jugador de cuadro “obstrucciona” a un corredor, en lugar de decir “obstruye”; no era mejor, sólo más rebuscado; era superior a otros periodistas como Tomás Morales, Agustín González Escopeta, pero no mejor que Enrique Yáñez, De Valdés (quien sigue siendo muy bueno, aunque sólo narra la mitad de los partidos, ante los reclamos de los asistentes al parque: no te vayas, no se ha terminado el juego). No fue imparcial, tampoco muy objetivo: no reconocía la calidad de muchos jugadores, y exaltaba a todo el que vistiera la camiseta de los Yanquis. Lo peor: para él, todo pasado fue mejor, y no admitía réplicas. Lo retiraron contra su voluntad, y se dijo que siguieron pagándole salario completo para evitar que se fuera a la competencia, porque era muy respetado. Es un raro caso: le sobrevive una leyenda que pocos conocen; él se derrumbó cuando llegaron los radios de transistores al parque del Seguro Social, y definitivamente con la televisión, a la que no le encontró el ritmo; se defendió repitiendo frases, muletillas; la frase que más le recuerdan sus forofos, “esto no se acaba hasta que se acaba”, no es suya, sino de Yogi Berra, cuando dirigía a los Mets de Nueva York en 1973, y los descartaban para el campeonato de la Liga Nacional, que finalmente conquistaron luego de sobreponerse a una desventaja que consideraban insuperable. Septién no se preocupó de aclarar, luego de pronunciarla, “como dijo Yogi”.
Entraron a la secundaria casi un mes después de iniciado el curso, pero no sólo por eso llamaron la atención: frescas, provocaban con sus movimientos que todos se volvieran a verlas, inclusive los maestros; Sandra y Lola pusieron de cabeza no sólo a los de primero, sino a todos, hasta a los de tercero; estaban en primero A, pero ni a los de su grupo les dirigían la palabra; no se mezclaban con las demás, y sólo admitían la compañía de Azucena y de Estela, pero por lo regular andaban solas. En el refrigerio (el descanso más prolongado), caminaban solas por el patio, y todos les abrían camino; los muy audaces trataban de acercárseles, y sólo recibían una mirada burlona; de esas pulgas no brincan en nuestro petate, dictaminó alguien. Pronto, los que acababan de egresar se enteraron de su existencia, y se aparecían al final de las clases, sin éxito; ambas vivían en la Aragón, y se iban juntas, y no se dignaban contestar a las invitaciones para acompañarlas a sus casas; se supo, quién sabe cómo, que los hermanos de Sandra eran fieros, de la pandilla de la colonia, a quienes temían los de la Estrella, así que la población masculina se conformaba con observarlas de lejos; pizpiretas, miraban a los maestros con intención, pero en cuanto alguno se acercaba a ellas, volvían a mirar con frialdad; o peor, con superioridad. Imposible recordar si eran bonitas, pero lo parecían.
                Las autoridades de la escuela tenían la mala costumbre de pegar los resultados de las pruebas semestrales en el corcho casi a la entrada del plantel; y cuando regresamos de las breves vacaciones de mediados de año, observamos quiénes habían sacado las mejores calificaciones; entre los pocos que habían obtenido algún 10 estaban Cuauhtémoc Valdés, Víctor Tovar, Eduardo Santana, Edmundo Jardón, Maximino Ortega Aguirre; el mío fue en Geografía, con el aliciente de que era la maestra más joven, más atractiva y más estricta.
                Supuse que gracias a ese 10, al segundo día del retorno a clases me interceptaron Sandra y Azucena; me preguntaron nombre, grupo en que estaba, mi edad, me dieron la mano en señal de amistad, y se despidieron, con la promesa de que me buscarían al día siguiente; aturdido, con la mirada asombrada de algunos compañeros detrás mío, fui a buscar a José Alós, mi más cercano amigo en esos días; antes de que le contara, me dijo, con la mirada perdida: se me acaban de acercar Lola y Estela; a mí Sandra y Azucena. Fuimos los más envidiados de toda la escuela a partir de entonces; hasta el maestro Ceniceros, el más alburero y quien se llevaba más pesado con las alumnas, nos vio como preguntándose por qué a nosotros.
                Nuestras pláticas eran tan insulsas que a veces nos conformábamos con pasar junto a ellas y decirles “adióoos”, ante su gesto de picardía, y de burla. Hasta que, cerca de octubre, cuando se iban acercando las pruebas finales, Sandra me interceptó; iba con varias compañeras, más o menos de su estatura; me informaron que iba a haber un the danzante para reunir fondos, el boleto costaba un peso, e iba a celebrarse el siguiente sábado, en la calle de Cruz Azul, en plena Industrial, a partir de las cinco de la tarde. Llevaba el peso porque ese día no habían llegado temprano los voceadores; camino a la escuela compraba El Nacional, que era el periódico que distribuían más temprano; a veces podía conseguir La Afición, o El Heraldo, que eran los que mejor información publicaban de deportes. A veces me conformaba con El Día; cuando me dio Sandra el boleto, me alejé, pero cometí la indiscreción de volverme a verla, y la observé pegando brincos como de celebración. No supe qué hacer. Alós no fue al the danzante, pese a que su familia era muy consentidora; era de los más adinerados de la escuela, pues su padre era dueño de un restaurante en el centro; vivía en una casa con jardín y todo en la Lindavista, y con frecuencia comía en mi casa, y alguna vez yo en la suya; muchas tardes, luego de hacer alguna tarea particularmente difícil, caminábamos hacia General Popo, aunque las hermanas Quiroz ya no le hablaban a nadie.
                En cambio, fue Modesto Nahúm Novia Serna (a quien muchos años después encontré como presidente municipal de Cocotitlán, Estado de México, pueblo que conocí cuando, en quinto año, nos llevaron de excursión, el día que descubrí  la discriminación, cuando las maestras Esther y Rosita, jóvenes y bonitas, se quejaron, sin advertir que las oía, del acoso de mi maestro Benigno Laguna, recién viudo –lloró desconsolado cuando regresó, al día siguiente del sepelio de su esposa—; dijeron de él: “indio xochimilca”); llegamos a las cinco en punto de la tarde, pero nadie había llegado, ni estaba preparado el patio, no habían puesto sillas, ni habían sacado el tocadiscos; nos salimos apresuradamente y comenzamos a caminar por las calles cercanas; se nos ocurrió comprar cigarrillos; ni él, que era de los mayores y más desenvueltos del grupo, ni yo, menos aún, sabíamos fumar; compramos Del Prado, y  a la primera fumada nos mareamos; nos recargamos en un árbol, a que se pasara el efecto.
                Cuando regresamos a la fiesta ya estaban las más achispadas alumnas de tercero: Patricia, Ernestina, Marta, Silvia, Marilú, Isabel; de segundo: Blanca Estela, Blanca (vivía a dos calles de Tenayo), Malena (conocida como La Chiva Loca); no habían llegado Sandra ni Lola, que eran las más esperadas; recargados en la pared, vimos cómo las anfitrionas se encargaban de repartir refrescos, de invitar a los asistentes a que bailaran (por esos días lo más difundido era el twist, aunque aún sonaban los primeros rocanroles de Teen Tops, Las Camisas Negras, Los Crazy Boys, Los Apson); el momento más tenso fue cuando aparecieron Sandra y Lola, quienes sin el uniforme parecían haber perdido el encanto; se veían aniñadas; las de tercero, en cambio, se veían más desenvueltas, alegres y mayores; además, iban los hermanos de Sandra, con el gesto de que nadie se les acercara, excepto Ricardo Blackmore, de segundo, al que daban permiso de pretender a Sandra.

                Ni modo de acercárseles; en cambio, Patricia, Ernestina y Marta se me acercaron: tú eres el que anda siempre con la brujita, ¿verdad?, la de primero; es una loca, no le hagas caso, te va a llevar a la perdición; muertas de la risa, me cercaron. No bailes con ella, no te conviene, sólo te busca por tus calificaciones, mejor vente a bailar con nosotras. Nadie fue más popular que yo ese mes, el último escolar.

lunes, 9 de diciembre de 2013

Feminización del lenguaje; más de la Industrial; Cristina Pacheco

La Real Academia (de la Lengua) Española se braga y dice que dejará de ser sexista, que en la próxima edición de su diccionario dará más espacio a la feminización de las profesiones antes sólo adjudicadas a los hombres; es decir, que a las mujeres que se dediquen a impartir justicia en vez de “la juez” podrá decírsele “la jueza”; claro que tendrá, para este caso, modificar la acepción actual, porque jueza es “esposa del juez”, además de que ya existía desde la edición de 2001, desde entonces anacrónica.
                Pero se meterá en problemas en otros casos: por ejemplo, las que se dediquen a la albañilería podrán ser mencionadas como las “albañilas”, que era como le decía Jorge Ibargüengoita a las obreras de la construcción en la Unión Soviética; resulta que ya existe “albañila”, pero bajo la acepción de “abeja”, lo que puede prestarse a chistes suicidas. En general, habría que pedirle a los académicos que revisen bien su trabajo, porque en muchos casos, la mayoría, desde la edición actual (es un decir) con ponerle la “a” al oficio ya lo considera adjetivo o sustantivo femenino, pero desperdician espacio, porque, por ejemplo, existe la entrada “carpintera”, que remite: “véase carpintero”, pero resulta que en la entrada a la que remite dice “carpintero / ra”.
                Podría pensarse que, como dice Lucy Van Pelt cuando renuncia a un beso de Schroeder por conectar un cuadrangular, que se trata de otro triunfo del movimiento feminista; más bien habría que verlo como una debilidad de la RAE que hace creer a las mujeres que les da la razón, sin remitirlas al diccionario para que vean que no estaban tan discriminadas, y una concesión que, en todo caso, volverá caducas y anticuadas algunas obras literarias, y muchos filmes, y obsoletos demasiados discursos políticos.
                Falta ver si las mujeres admiten como triunfo esta medida, porque a la fecha se niegan a aceptar las palabras que designan la feminización de muchos oficios: no he visto que en los diarios designen a las mujeres que conducen un auto como “choferesas”, que es el término que le da el DRAE a las mujeres que, “por oficio”, conducen un automóvil, sin darse cuenta que en la acepción de “chofer” (o “chófer”) no se dice del hombre que conduce un automóvil, sino la “persona” que lo hace. Hasta donde sé, las mujeres no aceptan una palabra tan fea como choferesa, ¿pero ahora aceptarán que se les diga “chofera”? Tampoco aceptan que el término con el que se designa a la mujer que escribe poesía sea el de poetisa, y prefieren la masculinización de su oficio, que la RAE, en su afán de quedar bien, lo hace convivir con el de poeta, que ahora ya no se le adjudica al hombre, sino a la persona que la escribe (bien o mal; claro, habría que ser justos y adjudicarlo, en todo caso, al que escribe buena poesía), y se olvidan de la etimología de persona, que es “máscara de actor”, “personaje te-atral” (la RAE debería de cuidar sus ediciones y evitar esos errores, típicos de la tipografía de computadora), y sobre todo, que la segunda acepción del término es “hombre o mujer cuyo nombre se ignora o se oculta”. Con esa lógica, habría que hablar no de la alcalde o la alcaldesa, sino de la alcalda.
                Las feministas no aceptan tan fácilmente que con una simple feminización se acabe la injusticia laboral, social, judicial, política, económica; no pueden, no deben conformarse con un aparente triunfo que no oculta la verdadera discriminación, que está en el significado de algunos términos, como los casos sabidos de zorro y zorra, hombre público y mujer pública, puto y puta, y que no borrarán los académicos con una simple “o /a”; en todo caso, ¿quién será el académico que se ponga a actualizar las obras que desde hace más siete siglos han usado esos términos en miles de poemas, relatos, novelas?
                Y en todo caso, habría que exigirle a la RAE que masculinice algunos términos; ya lo hizo con “modisto”, gracias sobre todo a la cinta de René Cardona con Mauricio Garcés, Modisto de señoras; pero faltan los dentistos, los futbolistos, los beisbolistos, los novelistos, los ensayistos y, en todo caso, los poetos, porque todos estarán de acuerdo que no es lo mismo la poesía masculina que la femenina, y no hablo en términos de calidad (¿cuántos buenos poetos no quisieran tener la calidad de Kyra Galván o Malva Flores?), sino de delicadeza, pensamiento, actitud. En vez de eso, la Academia, cuando menos la mexicana, podría llamar la atención de los publicistas: se cuidan de lo políticamente correcto y menosprecian la verdad científica y el buen uso del idioma; dice la publicidad que ingerir azúcar provoca diabetes (los diabéticos no pueden consumirla, pero eso es otra cosa), que antes que refrescos debemos tomar vasos con agua; tienen la misma cultura que los meseros, que cuando uno pide un vaso de agua dicen según ellos sarcásticos: será de cristal; mejor ni regañarlos, capaz que la llevan con un escupitajo. Más digno es cancelar la orden.

Y hablando del asunto, Margarita García Flores nos contó a Manuel Gutiérrez Oropeza y a mí que, en una reunión de feministas, allá por los años setenta cuando las mexicanas quisieron secundar a las estadounidenses y formaron grupos radicales con nombres tan exóticos como “tetas al aire”, varias manifestaron su decisión de no seguir permitiendo discriminación, injusticias, iniquidades, malos tratos hacia las mujeres; estaban de acuerdo en todo, hasta en el tono; de pronto, la anfitriona, hoy una de las más famosas y reconocidas feministas, aprovechando un silencio repentino, hizo sonar una campanita para llamar a la sirvienta y le preguntó a sus invitadas: ¿más galletitas, muchachas?

En la colonia Industrial las calles tienen nombres de industrias, fábricas, marcas comerciales, así como la Irrigación, de presas nacionales; son colonias congruentes, no como Polanco y Anzures, que combinan escritores (Cervantes, Shakespeare, Ibsen) con científicos (Kepler, Herschel, Leibniz), filósofos (Platón, Plinio –no dicen si el Viejo o el Joven--, Hegel, Kant) y políticos (Thiers) sin ninguna lógica, lógica que tampoco se aplica en la Cuauhtémoc, que tiene calles con  nombres de ríos, y la imita la Anáhuac con ríos, lagos y lagunas (algunos inventados, como Gascasónica); la Roma y la Condesa tampoco son congruentes: sus calles recuerdan los nombres de ciudades de la provincia mexicana.
                Las calles de la Industrial (aunque por allí se cuelan Robles Domínguez, Roberto Gayol y Basilisio Romo Anguiano) muestran la edad de esas industrias: La Polar (¿se referirá a la grasa para zapatos? No por las birrias, desde luego), La Carolina (telas), Necaxa (¿por la compañía de luz?; no por el equipo de futbol, que sí tomó su nombre de esa compañía) Cruz Azul (por la cementera; el equipo nació muchos años después), La Corona (¿por los chocolates o el jabón?), El Tepeyac (el jabón), General Popo (las llantas) Euzkadi, Éuzkaro, Tolteca (Cemento) Buen Tono, Larín (también chocolates), La Sirena, Victoria, La Imperial, Fundidora de Monterrey, El Fénix, La Primavera, La Huasteca, Río Blanco, Ánfora, Fortaleza.
                En las vacaciones de 1960-1961, en toda la colonia Industrial más las primeras calles de la Tepeyac Insurgentes sucedieron dos cosas sorpresivas: que podían los preadolescentes peinarse para atrás, y esos mismos descubrieron a las hermanas Quiroz, rubias costarricenses que enloquecieron a los de su edad; vivían en General Popo, en la misma que Sara y Marialex; en esa calle comenzaron a celebrarse thes danzantes. General Popo se convirtió en el destino de quienes vivían en Fortaleza, Corona, Cruz Azul; tanto las Quiroz como Sara y Marialex se divirtieron provocando grietas y rupturas en el antes unido grupo de muchachos que compartían la sabiduría futbolera y la habilidad para practicar ese deporte; las costarricenses llamaron “maripepos” a los muchachos que se paraban en la esquina de Fortuna y General Popo, enfrente del edificio donde vivían; de pronto aparecía la madre, que los corría a gritos; ellos esperaban a que saliera alguna de las cuatro (Rosa, Olga, Guadalupe –rubia y se llamaba Guadalupe, “absurdo y antipatriótico”, según los Tres García– y la menor, de la que no recuerdo su nombre), por el pan, pero casi nunca salían solas.
                Las descubrieron Humberto Huerta, José Luis Desachy y Carlos Silva en una de sus excursiones en bicicleta, actividad que antes tampoco practicaban; pero un día decidieron descubrir el mundo más cercano y se toparon con las Quiroz; en la esquina de La Victoria con Huasteca encontraron una peluquería que, por una cuota extra, les hizo un corte de pelo que simulaba que se peinaban para atrás; al regresar de las vacaciones e ingresar a sexto año los vimos (también a Jorge López Sánchez, Soto, y otros) con los cabellos parados. Los imitamos, y por un buen lapso dejamos de pedir casquete corto.
                Fui de los últimos en todos esos aspectos; ya llevaban dos meses tratando a las Quiroz y a las Ferrer cuando las conocí; dos meses tratando de domesticar el cabello, y dos meses manejando bicicleta a más de diez calles de sus casas, teniendo que cruzar Misterios, Huasteca, Buen Tono y Fundidora, calles de mucho tránsito. Tuve la ventaja de que mi hermana Ana tuvo como compañera de grupo a Guadalupe Quiroz, y ella me informó del calificativo de “maripepos”, palabra que no encuentro en ningún diccionario, ni el DRAE, ni los de mexicanismos, ni el Panhispánico, ni en el de adjetivos ni en los de dudas; sospecho sin embargo que era ofensivo e insinuante de mariconería.
                En mucho menos tiempo domestiqué el cabello y desde entonces pude peinarme para atrás (bastaron litros de vaselina, y dormir con una media durante un par de semanas); me hice muy amigo de las Ferrar y sufrí la arrogancia de las Quiroz con más fortuna que mis amigos; vivo desde entonces con el infortunio de no haber aprendido a manejar bicicleta.

La colonia era tranquila para pasear; Insurgentes, uno de los límites fronterizos, como era carretera, tenía grandes terrenos a los lados, espacio donde se podía jugar futbol o futbol americano; el parque María Luisa era menos propicio para los remedos de deportes, servía para correr, lo mismo que el pequeño jardín entre Huasteca y Misterios y Eúzkaro; más se jugaba en el Parque Deportivo 18 de Marzo, con un diamante de beisbol bastante grande porque carecía de bardas, unas tribunas pequeñas, y unos dugouts inservibles por el olor a orines y absoluta falta de higiene; pegadito, un campo de tiro al blanco de arquería, que ya para entonces no tenía blancos, y estaba rodeado de árboles, por lo que servía para los primeros escarceos eróticos de los que se iban de pinta; una cancha de futbol con medidas reglamentarias, y que un tiempo sirvió de sede para los entrenamientos del Atlante, cuando era pobre pobre; una piscina olímpica donde, dicen, iba a entrenar Joaquín Capilla; dos pequeñas canchas de basquetbol, un gimnasio siempre cerrado, y un espacio con columpios y resbaladillas; alrededor de todo, pistas olímpicas que no servían porque en esa época no existía la moda de trotar para bajar de peso. Ya he contado varias veces que sirvió de escenario, por la cercanía de los estudios Tepeyac, para el juego de beisbol en la que don Gregorio pega un jonrón larguísimo en Hay lugar para… dos; en la cinta, la bola llega hasta el frontón, hasta el otro extremo del parque.
                Desde luego, cada año una de las atracciones era la carrera Panamericana, por todo Insurgentes; fuera de las fronteras de la Industrial había una abandonada estación de ferrocarriles; había estado en actividad durante la Revolución, y se dice que fue escenario de algunas escaramuzas de las que no encuentro registros en los libros sobre la Revolución, aunque fue probablemente donde López Velarde no se subió al tren en que dejaban la ciudad los carrancistas, rumbo a Tlaxcalaltongo; uno de los motivos: se despedía de María, que según el poema del mismo López Velarde y las reconstrucciones sobre todo de Gabriel Zaid, vivía cerca de la estación.
                Como en las escaramuzas hubo víctimas, seguramente, el rumbo se llenó de historias de aparecidos, de muertos sin sepultura que se aparecían en ese desolado lugar, que evitábamos de día y del que huíamos de noche, no obstante la cercanía de la papelería El Globo y de la Farmacia Briseño (debía decirle botica, porque todavía preparaban, en una hora, el jarabe de eucalipto que no curaba la tos, pero disminuía el dolor de garganta). Las dos historias más conocidas eran la del jinete sin cabeza y la del caballo sin jinete; al Bofré (beau-frère: cuñado, porque a todos le decía así) se le apareció un perro del tamaño de un caballo; era dado a las exageraciones, pero cuando llegó a la casa de Arturo Magallón a contarlo, todavía sudaba frío y traía el cabello, literalmente, de punta; también tenía los pelos parados el gato de la casa de Mario y Arturo Magallón, que salió corriendo de la recámara, huyendo sin regresar nunca, a causa de un monje que salió de un ropero, según el testimonio de Barradas, quien también estaba pálido y con el cabello de puntas. Se dice que en la Basílica, a medianoche en punto, se escuchaba un lamento angustioso; algunos explicaban que era la acumulación de rezos durante todo el día, y que escapaban de la cúpula cuando ya estaba todo en silencio.
                Por la cercanía de la Basílica se escuchaban con claridad las campanas que daban la hora; muchos de mis compañeros sabían reconocer si era el cuarto o la hora exacta, y qué hora; para mí era tan inidentificable como las marcas de autos que Jaime García Sánchez, Humberto Huerta, Jorge Sánchez López, Carlos Silva y otros podían reconocer desde lejos; los más populares de mis compañeros lo fueron sólo un año, porque Mario Cerón Buendía (Mario sacó un cero un día, mi primer juego de palabras) reprobó primero, y Renato Vaca, mi compañero en cuarto, seguía en quinto cuando yo ya estaba en secundaria.
                Viví en Tenayo desde 1955 hasta 1973; estaba a media cuadra de Fortuna, calle fronteriza entre la Tepeyac Insurgentes y la Industrial; en Fortuna, entre Tenayo y Atepoxco, ocupaban un cuarto de manzana los baños Guadalquivir, cuyos vigilantes eran los hermanos Reyes, no el conjunto musical sino Eduardo y Arturo y su hermana Araceli; su padre era el cuidador, y quien entregaba las toallas y las llaves de los casilleros en vapor general. Araceli ponía a flotar a toda la población masculina de mi edad, más o menos; asombró a todo el barrio cuando se casó con Temo, el más feroz de los pandilleros del rumbo: ¿cómo, ella tan bonita?, decían las señoras; pegada a los baños estaba la peluquería también Guadalquivir donde me trasquilaron toda mi infancia, hasta que descubrí otra en Ricarte donde me dejaban el corte regular al que los de la Guadalquivir se negaban, amigos de mi padre, ni a dejarme el cabello largo; en la esquina había una papelería; cruzando la calle, la secundaria 24, de puras mujeres; enfrente, esquina de Fortuna y Misterios, una papelería que atendían unas muchachas coquetas y risueñas; enfrente de los baños, la carnicería de don Manuel, forofo del Toluca y hermano del Cuate Arellano, suplente del Fumanchú Reynoso, el mejor medio del Necaxa (en Fortuna y Hernández, en la glorietita, vivían Araceli y Gloria Arellano, sobrinas de Jaime Arellano, el otro medio del Necaxa y al que le decían también el Cuate porque era amigo del  otro cuate); en Hernández y Atepoxco vivían los hermanos Gama, tackles de Pumas de la UNAM y grillos políticos; se dice que a media cuadra vivía Felipe de la Garma,  pero no pude comprobarlo.
                En las esquinas sur de Fortuna y Tenayo había dos tiendas: la de Don Antonio (La Guadalupana), pequeña y bien surtida, y otra, que llegó después, donde le regalaban una cerveza al que podía tomarla de un solo trago, como lo hacía El Ciego Melenas, que fue durante unas semanas miembro de las fuerzas infantiles del América; a media cuadra había una verdulería, una bolería, una paletería donde una vez al año comprábamos nieve; en Fortuna y Unión, una gran ferretería, atendida por Pepe Infante, quien vivía arriba; su esposa, la señora Yolanda, era amiga de las señoras de la colonia; su cuñado famoso andaba en su moto asediando a las señoras jóvenes y diciéndole cuñado a sus hijos pequeños. En la frontera norte había un garaje gigantesco, y pegado, y hasta Zacatenco, el cine Tepeyac, propiedad de mi tío Ramón, según los decires. Todos los días, de lunes a viernes, iba a ver los cartelones de las funciones de los siguientes días, como el niño de los sueños de Truffaut en La noche americana. En Ticomán, que no llegaba a Fortuna porque la cortaba la parte trasera del cine, vivía la hermana de Pepe Ruiz Vélez, uno de los conductores de Estrellas Infantiles Tofico; los chiclosos Tofico fueron responsables de las caries que sufrieron cuando menos tres generaciones de escritores mexicanos; su sobrina Verónica fue mi amiga durante muchos años, y mi cómplice de travesuras en la secundaria; me llevaba muy bien con sus hermanos, y nuestras madres se  juntaban con frecuencia para platicar; Fito, uno de los hermanos mayores, fue quien me protegió cuando quisieron raparme, como novatada, cuando ingresé a la secundaria 12; como insistían, Agustín Granados, quien ya estaba en la prepa 1, y sus amigos Mario Mazú, Luis Vega y Jorge Orta, amenazaron con agredir a quien se atreviera a tocarme un pelo.

Al hablar de algunas de mis amistades he sido injusto; debí de haber hablado antes de mis larguísimas charlas con Cristina Pacheco, su cpumulo de anécdotas, de impresiones; con la reciente muerte de Doris Lessing vinieron aquel intercambio de libros, sus orientaciones y su amabilidad al pedirme juicios; nos veíamos en las redacciones de periódicos, a veces de prisa, a veces con la suficiente calma como platicar durante muchos minutos, y siempre quedamos con las ganas de continuar una tertulia a veces inconclusa, siempre pendiente… Pero como con José Emilio, siempre temo quitarle el tiempo, a ella que hace tantas cosas y con una perfección envidiable en el periodismo mexicano, sin las veleidades de otros reporteros, y con la señalización de injusticias e iniquidades; cuando hablo con ella me quedo con la sensación de que soy más optimista de lo debido, y que me pierdo de aspectos en los que se demuestra que no estamos tan bien como a veces creo. Y por elogiar su periodismo nos quedamos sin disfrutar de su prosa no por exacta menos rica.
                Es gran amiga de mi hijo Diego, quien editó algunos de sus libros; su amistad no ha dependido mi amistad con José Emilio; hemos compartido tareas, y he sido beneficiario de sus muchos oficios, de los que no todos están enterados; por ejemplo, la primera colección de libros publicada por Contenido, a su cargo; de lo que hizo en Labor, donde, entre otras cosas, publicó la mejor edición en español de Frankenstein, mejor incluso que la muy buena de Alianza Editorial; con ella tuvo una de sus mejores épocas la Revista de la Universidad de México,  en la que tuvo la gentileza de invitarme, sin rechazar mis notas, excepto una, y en la que me salvó de alguna impertinencia. También olvidamos que con ella, el legendario sábado tuvo su mejor época, aunque no la más polémica.
                Alguna vez reseñé uno de sus libros, Sopita de fideo, y tuvo la amabilidad de agradecerla con unas palabras que no he olvidado, casi textuales: “es que te tenemos miedo, Lalito, te tenemos miedo”; si no señalé errores fue porque no los hallé; de ella, entre otras pocas personas, aprendí que la amistad se demuestra no con elogios sino con observaciones justas. Para Contenido preparamos la condensación de uno de sus libros de entrevistas; al seleccionar las fotografías tuvimos varias sesiones llenas de anécdotas y carcajadas, lo que no quiere decir que no sea extremadamente seria en su trabajo. Me tardé mucho en regresarle las fotografías, no por desidia, sino por recordar la explicación que me dio de cada una.
                Es y ha sido una gran amistad la suya, y sólo lamento el poco tiempo que hemos tenido; nuestra charla, a lo largo de casi 40 años, no tiene fin, aunque haya tenido muchas interrupciones. Bueno, también lamento no haber tenido la oportunidad de publicar alguno de sus libros.


En uno de los programas televisivos, CSI Miami, el principal protagonista, quien siempre anda con la cabeza ladeada, resuelve, a lo largo de dos episodios, una lucha contra la burocracia diplomática; para atrapar al malo y que reciba su merecido, no se detiene en hacerle ver al padre del malo que su mujer le fue infiel; así, cuando meten al malo a la patrulla, el héroe de la serie le hace gestos con la mano, como diciendo lero lero; en el futbol americano, el árbitro principal le tiraría el pañuelo amarillo (to flag a mistake: señalar un error) para marcar conducta antideportiva y lo castigaría con 15 yardas. Pero en la vida real tampoco lo hacen: el head coach de Pittsburgh se metió a la cancha para interrumpir un regreso de patada; la interrumpió y evitó una anotación; la multa fue de cien mil dólares, aunque debieron de haberlo expulsado (tampoco expulsaron de por vida a Javier Aguirre, cuando tacleó, como entrenador, a un jugador del equipo rival, con lo que manchó de manera irremediable su antes limpia trayectoria).