miércoles, 29 de octubre de 2014

Nuevo DRAE, políticamente correcto

Con puntualidad no siempre acostumbrada, apareció la nueva edición, la XXIII, del Diccionario de la Lengua Española, editado por la Real Academia Española y publicado por Espasa; el primero es conocido como DRAE, y la segunda como RAE, siglas que facilitan la redacción pero no la pronunciación.
                La RAE fue puntual en presentar a la prensa el DRAE, de manera simultánea, en los países que oficialmente hablan y escriben en español (o castellano, ya no sé; España es donde menos bien hablan el idioma, dijeron Reyes y Borges), pero Espasa no lo fue en ponerlo a la venta; en las librerías que me quedan cerca, aunque cercadas por las obras en Mazarik, no lo tenían; en Porrúa ignoraban que se hubiera presentado el jueves 16  de octubre, y con la información, afirmaron que lo tendrían pasado el fin de semana siguiente, porque ya lo tenían en las bodegas; en la Gandhi ya lo tenían, aunque la persona que atiende por teléfono ignoraba que ya hubiera aparecido, y me exigió el ISBN, que conseguí en la misma página de la Gandhi en Internet; como pedí el DRAE, me regañó: no se llama DRAE, sino Diccionario de la Lengua Española; lo apartó en mi nombre y me dio tres días para pasar a recogerlo, es decir, entre sábado y lunes; pasé dos horas después, y en efecto, estaba en la caja, a mi nombre; cuesta dos pesos menos que la edición anterior, aunque está encuadernado en rústica, y es mucho más voluminoso.
                (Esto de las nuevas librerías es un desastre: los vendedores, aunque tengan localizada la sección donde están los géneros, o las editoriales, tienen que acudir a la computadora para encontrar el libro que uno le pide; en la Gandhi de Polanco había un empleado melenudo, eficaz, informado y atento [todos son atentos, en realidad], que no necesitaba la computadora; no sé si lo ascendieron o se fue a otro lugar; los que se quedaron no son tan eficaces. Pero en todas las librerías pasa lo mismo: consultan en computadora en vez de ir a la sección de poesía, o novela hispanoamericana, o europea, a buscar el título requerido; suelo preguntar por libros agotados, aunque no necesariamente inexistentes; casi nunca encuentran lo que pido; llevo casi un año buscando una edición decente del  Quijote de Avellaneda; si cuento las respuestas creerán que las invento, como si tuviera tan grande imaginación.)

La primera tentación es ver la lista de los académicos; subsiste en muchos países premiar la calidad o la popularidad de los escritores con el nombramiento de académicos; hay algunos que pertenecen a dos academias y en ambas viola las más elementales normas gramaticales; hay alguno que ha confesado que ignora la diferencia entre verbos y preposiciones, otros que no saben conjugar verbos y muchos que no saben contar número de sílabas, o de plano que no saben qué es una sílaba. Aunque hay muchos que por su calidad de científicos, o filólogos su aportación es valiosa; otros, porque manejan el lenguaje coloquial aunque sean derrotados por los que abominan el lenguaje coloquial; pero más de uno ha demostrado ignorancia no sólo gramatical, también en otras áreas.
                La segunda tentación es ver cuál fue el criterio para aceptar o desechar palabras; se supone que, por orden histórico, muchas palabras de uso antiguo van antes que en la acepción moderna; sin embargo, la de “vestuario”, la que en 1970 era la novena acepción ahora es la tercera, y la más usada en la prensa deportiva española (y sus repetidoras Televisa y Canal 13) aunque existe la palabra “vestidor”, que sólo tiene esa acepción.
                Alguno de sus amigos me contaba que Antonio Alatorre pensaba que las reuniones de académicos serían aburridas, por lo que ni siquiera consideraba formar parte de la AM; lástima, se hubiera divertido muchísimo al encontrar que la definición de “a” es “el sonido de la letra a”; que “noviazgo” es el tiempo que dura el noviazgo (ya lo dije en mi reseña en El Librero, de El Universal, pero no deja de divertirme), y que desaparece “puta”, o más bien se une a “puto”, pero ya no se habla de la mujer que ejerce la prostitución, sino en un muy discreto cuarto lugar, y con terminación masculina; persiste “prostituta” como persona que mantiene relaciones sexuales a cambio de dinero, con lo que ignoran a quienes lo ejercen para conseguir un ascenso, una calificación o por simple gusto de la variedad en que se encuentra el gusto, variedad determinada por la palabra “piruja”, que si en México es sinónimo de puta, en el DRAE tiene una acepción más reconfortante, que es “mujer —ellos son los que lo dicen—joven, libre y desenvuelta”, aunque en la práctica eso remitiría a coqueta, que según el DRAE es quien gusta agradar por el simple gusto de agradar, pero más aún la que gusta de agradar a muchos, sin que conlleve cópula, que en su segunda acepción es juntarse sexualmente; coquetear es tener una relación en la que no se compromete quien coquetea, aunque para eso ya adoptaron un término de las revistas del corazón, el ”amigovio”, que se distingue del amante en que se toma las cosas más a la ligera y no anda veriguando si la pareja coge o no con la esposa/so, o con otras personas. En la realidad, amante es la persona que exige exclusividad sexual, que no económica.
                No se entiende por qué, si todas las acepciones de período (que prefieren a periodo) conllevan la noción de tiempo, cada vez que lo mencionan le dicen “período de tiempo”, lo que es una redundancia (“repetición o uso excesivo de una palabra o concepto”), pero la limitan a éste, no lo usan en subir; nunca dicen “subir para arriba”, aunque todas las acepciones tienen ese sentido: “ir hacia arriba”, “llegar a un nivel más alto”…
                Ha habido muchos críticos al DRAE a lo largo del tiempo; Raúl Prieto se especializó en leer lo que él llamaba El Mamotreto, y se burlaba despiadadamente de cada error que encontraba, cuando menos uno por página, tanto por la ceguera, el empecinamiento de la RAE de creer que el idioma se centraba en el habla madrileña y menospreciaba las muy ricas variantes en toda la América española; los madrazos eran memorables y muy divertidos (Madre Academia y variantes, en diversas ediciones y editoriales); muchos académicos mexicanos, me consta, insistían en que tenía tanta razón que debería tener un sillón confortable en la Academia donde pescara todos los errores y ayudara a enmendarlos. Él veía esa invitación, o insinuación, como una afrenta y pensaba que hacía más bien con la crítica que con los consejos; consejos que, además, aunque los mexicanos aceptaran en España desecharían. Por ejemplo, allá siguen diciendo “mejicanidad” y “mejicano”, sin que la Academia Mejicana proteste, o ponga una nota manifestando su inconformidad.
                Pero las críticas y puyas calaron; la actitud de la RAE ha sido menos arrogante, menos altanera, y aunque subsiste su lema de pulir, fijar y dar esplendor al lenguaje, es más permisiva o tolerante o de plano negligente, y se pasa de dejada; acepta, por ejemplo, lonchera, el recipiente pequeño, de plástico, metal u otro material que sirve para llevar comida ligera, especialmente los niños a la escuela; ¿por qué decir “comida ligera” si arribita de esa definición aceptan la de “lonche”, que es precisamente la “comida ligera” (ligera en qué: ¿en carbohidratos, calorías, proteínas?); ¿por qué no poner que es un recipiente para llevar lonche? Ora que, ¿dónde se dice lonche? Según Gilberto Martínez Solares, es un vocablo regiomontano en boca de Agustín Isunza, pero en el DF, aunque las loncherías se llamen loncherías, pronunciamos “lonch” y escribimos "lunch"; ¿y por qué en especial los niños? ¿No han visto a los obreros con su lonchera en glorietas y parques y banquetas a la hora del lonch? Y si oficializan lonch, ¿por qué no “guajolota”, que es un alimento matutino tan popular y nutritivo como el lonch, o más? ¿Y si quieren llevar los huevos duros, dicho sea inocentemente, como ya no es comida ligera pierde el apelativo de lonchera? ¿O se refiere al peso del alimento?
                En donde más se advierte que la RAE busca si no complacer cuando menos no enmuinar a los hispanohablantes no hispanos, es en su aceptación de que la “v”, en la actualidad, se pronuncia como “b”, aunque no lo acepte Gutiérrez Vivó. Lo enfatiza (y pongo enfatiza nomás por hacer enmuinar a Juan José Utrilla, pero más muina debe darle saber que la RAE ya oficializó “enfatizar”): se pronuncia como “b”, sin darse cuenta, como dijimos hace unos pocos meses, que no se pronuncia como “b” en “envase”, “envío”, “envidia”, a menos que pronunciemos “embase”, “embío”, “embidia”; si se pronuncia la “n”, por fuerza la “v” se pronuncia como “v” y no como “b”; ¿cómo ven? También acepta “desapercibido” como sinónimo de inadvertido,  lo cual empobrece el lenguaje y pierde el sentido de dejar de percibir.
                Trescientos años en la vida de una institución pueden ser muchos o muy pocos; en caso de la RAE, es muy reciente que aceptó que su actitud en la política, la ciencia, la religión y en cuestiones sociales era, cuando menos, conservadora, y en muchos casos reaccionaria; pensaba que América, todavía muy entrado el siglo XX, seguía siendo una colonia que permitía que en sus (con)dominios no se metiera el Sol, aunque frente a otros idiomas era sumisa, más que humilde; incapaz de darle nombre a las prendas que adoptaba para la vida diaria, aceptó “suéter” aunque permitía que se escribiera sweater; al fondo le llama combinación (menos mal que no lo nombra como los cubanos, fondillo);  a los calzones  o pantaletas (derivación de calzas o de pantalones), bragas, cuando las mujeres no tienen qué bragarse; al brassier o sostén, sujetador (¡y en una edición española, de Ultramar, de Mirándola dormir le hicieron ese cambio a Homero Aridjis, sin considerar ritmo y acentuación); para estacionar un auto emplean un horrible anglicismo, españolizado: aparcar, aunque alegan que no viene de parking, sino de parque, pues en su sexta acepción es el lugar donde guardan transitoriamente algunos vehículos; y aún se atreven a decir que en México (¿o Méjico?) decimos parqueo, sin que los hayan desmentido (a quién le habrán preguntado o dónde lo habrán leído? Sospecho el nombre de la culpable, que estudia las palabras desde un cubículo sin oír ni leer fuera de él.)
                Frente a una literatura combativa, audaz, experimental tanto en estructura como en lenguaje, con una posición social respetable y honesta, como es la española desde hace tres siglos; frente a un cine divertido, inteligente, singular, original, desinhibido; frente a una música que no desmerece de otras artes y que respeta a sus clásicos (aunque Serrat, Autie, Sabina, canten feo), la RAE y el DRAE desmerecen muchísimo, están muy a la zaga, y no comparten los adelantos hispanos, desdeñan a todo un continente (hispanohablantes en Estados Unidos inclusive), e ignoran que el español está vivo, se transforma sin perder elegancia ni formalidad; muchas palabras (quizá y quizás; incluso e inclusive, por ejemplo) son tratadas con ligereza y descuido. Insisto: la RAE, por miedo a las críticas, admitió voces que no tenían por qué estar en el DRAE, y ya desde hace dos ediciones antes ha cambiado: ya no es normativo, es un diccionario de uso, pero muy inferior al de María Moliner (útil sobre todo para escritores, más que para lectores) y el de Manuel Seco. Y muy atrás, en el caso de la utilidad para los mexicanos, del excelente Diccionario del Español de México.

Llega una noticia cómica de tan dramática: en Australia se prohibirá la puesta en escena de Carmen, la ópera,  no porque la protagonista sea ligera de cascos (¿coqueta, piruja, puta?) sino porque es cigarrera (no los vende, los fabrica) y porque en la obra se fuma, y ya sabemos que los hitlerianos guardianes de la vida ajena se molestan cuando ven que alguien fuma, y se arrogan atribuciones que no son suyas, alegan cuestiones científicas falsas apoyados en la muy mentirosa OMS; ¿podríamos imaginar qué va a pasar si no detenemos a esos guardianes del orden y la vida sana? Modificar la portada de Abbey Road, suprimir las escenas de Help!, Casablanca, Cartas marcadas, Manhattan, La Cucaracha y omitir de la lista de nuestras favoritas “Fumando espero”, igual de buena con Sarita Montiel que con Nacha Guevara, ambas, enemigas de lo políticamente correcto.
                No lo digo de ardido: ayer 28 hizo un año fumé mi último cigarro, aunque puedo recaer y seguramente lo haré; lo hice sin ganas, porque se me ha desaparecido el apetito del tabaco, que disfruté muchos años sin abusar (los agentes de seguros me decían: eso no es fumar, aunque las autoridades perredistas ahora dirían que un cigarrillo es suficiente para provocar las muertes propia y varias ajenas –sin que uno pueda escoger a la víctima involuntaria o pasiva); fumé por hacer enojar a José Emilio Pacheco, no porque él me prohibiera fumar, sino porque decía que como ya nadie fumaba, todos le gorreaban los cigarros; le volé uno, pero su muina duró menos de un minuto, y se dedicó a contarnos chistes, anécdotas, sucesos, durante más de una hora. Creo que podré reproducir cada una de las las palabras que nos dijo ese memorable día; lo malo es que podré repetir muy pocas de ellas; si dijera todo, molestaría a muchos.
                Vigilan que no fumemos, que pongamos poca azúcar y nada de sal a nuestros alimentos, y permiten a los fotógrafos indiscretos que anden cazando a las famosas que, deliberada o inadvertidamente muestran las piernas, el aguayón (que, me repito, en la edición conmemorativa de La región más transparente de la RAE aseguran que se refiere a los pechos femeninos), las tarzaneras  o las chichis.
                Y aquí es cuando vuelvo a discordiar con la RAE; para nosotros, chichi es pecho, derivado del náhuatl (como cacahuate); de allí también chichón, chipote y Chichonal; para el DRAE, eso es chiche y en cambio chichi es coño (vulva [¿bulba?] y vagina); y en otra acepción, es “inútil”. Allá ellos.
                ¿Por qué vigilan la vida privada y permiten que invadan la vida privada de los famosos, célebres o populares? ¿Será que las fotografías, como los cadáveres en los clósets, no pueden ocultarse, aunque uno las desniegue?


(Como ven, en algunos párrafos quiero molestar, aunque espero que mis amigos no se molesten.)

miércoles, 8 de octubre de 2014

De futbolistas, de inteligentes, los libros de MM y de la conciencia de la historia

Más frases de futbolistas: Los primeros 90 minutos son los más importantes; Quiero que mi hijo sea cristianizado, pero no sé todavía en qué religión; A veces en el futbol tienes que hacer goles; Perdimos porque no ganamos; Voy a dar un pronóstico: puede pasar cualquier cosa; Tengo uno (un pulmón), como toda la gente; El futbol es lo más importante de las cosas menos importantes (ésta es una variante menor de una de las mejores sentencias de Woody Allen: “el sexo sin amor es una experiencia vacía, pero es la mejor de las experiencias vacías”); No sé si vaya a Madrid o a Milán, pero en Italia; En qué país (lo contratarían), no puedo decirlo, sólo puedo adelantar que se trata de un equipo brasileño. En las páginas de la red de internet hay decenas, o centenares de frases similares, y muchas son atribuidas a dos o tres de las más grandes glorias del balompié, así que no hay por qué poner a los autores. Pero no puedo omitir uno más de Franz Beckenbauer, repito, uno de los considerados jugadores más inteligentes en los últimos dos siglos: “hubo un año en que jugué quince meses”. Me sigo preguntando cómo es que estos futbolistas tienen tantos admiradores mucho más inteligentes y cultos que ellos.

Luego de 20 temporadas se retira Derek Jeter; preguntan los cronistas en qué lugar lo colocarían entre los short stop, y antes que los refuten, comienzan a hacer un recuento: junto a Ozzie Smith, Carl Ripken, Ernie Banks; ninguno mencionó a Eddie Brikman, ni a Joe Cronin, Luke Appling, Joe Tinker; los tres últimos están en el Salón de la Fama; Cronin conectó 170 jonrones; Appling 45, Tinker, 31, y Brikman, 60: Jeter pegó un número mucho más aparatoso, 260, que bien mirado, significan 13 por año, muy lejano de los muchos cuadrangulares de Ripken. Ni qué decir que se trataba de otras épocas, con estadios con bardas muy lejanas, y proliferaban los buenos lanzadores. Brikman, en los años setenta, tuvo una temporada de ensueño, en la que cometió sólo siete errores en toda la temporada; si se toma en cuenta que su compañero en la tercera base era Aurelio Rodriguez, quien pifió sólo 17 veces en la posición más difícil, se entiende que Tigres de Detroit haya ganado el campeonato de la Liga Americana.
                Aunque haga mi mayor esfuerzo, no lograré recordar el nombre del dentista, amigo de mi padre, que una vez por semana nos inyectaba calcio en las encías a mi hermana y a mí; no sé si reforzaron mi dentadura, sólo recuerdo que cuando me preguntó qué posición jugaba cuando me elegían para integrar algún equipo en el recreo, me contestó que con un soplido me harían a un lado los delanteros; que en cambio podía ser short stop, porque para esa posición se necesita agilidad, buena vista, buenas manos, y mucho coraje; en los escasos libros que aparecían en México, cuando aconsejaban cómo armar un orden al bat, decían que el short stop debería ser el primero en el orden, porque sabía manejar el bat para colocar la bola donde no hubiera nadie; el segundo sería el segunda base, igual de chaparro pero más malicioso, y haría avanzar al short que se embasaría por un sencillo que apenas rebasaba el cuadro, o por una base por bolas gracias a su corta estatura; el segundo bat lo adelantaría a la siguiente base con un sacrificio, con un hit al jardín derecho, y ya vendrían tercero, cuarto y quinto bats, por lo regular el jardinero central, el primera base y el jardinero izquierdo, que eran los que empujaban las carreras; completaban el orden el tercera base, con poder pero sin mucha consistencia,  el jardinero derecho, poderoso pero que se ponchaba mucho, y el catcher, al que no le pedían más sacrificio que el de estar en cuclillas, levantándose en cada pitcheada, y además dirigiendo el juego desde atrás de home; como no había bateador designado, el noveno era el pitcher, aunque si era como Arturo Cacheux, Lino Donoso, Martín Dihigo, Lázaro Salazar en México (que llegaban a ser, los dos últimos, cuarto bat; los otros, séptimo u octavo), o Warren Spahn o Don Drysdale o Walter Johnson en las Mayores, entonces el noveno escaño era para el short stop. ¿Ejemplos? En los Diablos Rojos, Chero Mayer y Natas García; en Tigres, Carlitos Ramírez y Beto Ávila; o años después, Fernando Remes y Kiko Castro; en Puebla, Jorge Fitch y Moi Camacho; en los Yanquis de los sesenta, Tony Kubek y Bobby Richardson, en Orioles, Luis Aparicio y Jerry Adair; en los Dodgers, Maury Willis y Jim Gilliam; en Cardenales, Dick Groat y Julian Javier; en Filis, Bobby Wine (o Rubén Amaro) y Tony Taylor.
                El dentista tenía razón; los delanteros me esquivaban sin esfuerzo; en el beisbol, en cambio, cumplí con una de las sentencias: sólo pegué dos jonrones, uno de zurdo, un batazo muy fuerte y lejano, por el center, y uno de diestro, y no por poder, sino porque me enredé (expresión que sólo entienden quienes hayan jugado beisbol; la sensación es indescriptible: uno pierde de vista la bola, el swing no es natural, sin querer se contrae el codo izquierdo en el momento adecuado, y cuando uno se da cuenta la bola va de línea, elevada, hasta pasar la barda). Tuve buenas manos, pero no buen brazo, lo que me explico (o quiero explicarme)  por el pie plano y varo, nunca atendido; era tan lento corriendo que una vez vacié las bases con una línea por toda la raya del derecho, hasta el fondo, y apenas pude llegar a primera, ante el azoro de Víctor Tovar, quien me aseguraba que debería de haber sido triple.
                A lo que iba: ¿en qué momento se rompieron los esquemas y comenzaron a llegar los jugadores de 6’3 como short stop? ¿Cuándo los segundas bases llegaron a ser más altos que los terceras bases? ¿Mejoró el beisbol? ¿No se perdieron los grandes fildeadores, y sólo quedaron los espectaculares? Finalmente, Ernie Banks fue convertido en primera base, donde se desenvolvía muy bien; ganó dos veces el título de fildeo como parador en corto y uno como primera base, pero de por vida, como inicialista tuvo el lugar 55 de todos los tiempos, y como short, el 92. Su estatura, de 6’1, era más adecuada para la primera base. Jeter, con su 6’3, ganó dos títulos de fildeo, lo que no quiere decir mucho; su trigésimo lugar de todos los tiempos está muy por debajo del decimoséptimo del mexicano Juan Gabriel Castro, a quien apodaban Manos de Oro, rivales y compañeros.

Pocos jugadores del pasado están entre los mejores fildeadores, en porcentaje; las condiciones han cambiado: cubrían más terreno, eran un cuarto jardinero además de un quinto jugador de cuadro; los guantes ahora son más grandes y cómodos, permiten más seguridad; el porcentaje de fildeo no es un punto de comparación; Jeter, sin duda, es uno de los mejores short stop que ha habido, tomando en cuenta el bateo; fue de los más valiosos de los Yanquis en una época en que los Yanquis no tenían tantos jugadores valiosos; fue más disciplinado que Álex Rodríguez, más oportuno, y en la vida íntima, copuló con más y más guapas mujeres que su rival Rodríguez, aunque tuvo la desgracia de que una de ellas, y de las más famosas, lo contagió de herpes. En los años veinte y treinta, ¿se hubiera comparado con Ruth, Gehrig, Tony Lazzeri? ¿Hubiera desbancado a Kouning? En los cuarenta y cincuenta, ¿le hubiera bajado a DiMaggio a Marilyn Monroe, hubiera competido en fiereza con Rizzuto? En los sesenta, ¿le hubieran hecho lugar Mantle, Maris, Berra, Tresh, Howard, hubiera visto a la cara a Cletis Boyer, le hubiera cargado el guante a Kubek, hubiera competido en popularidad con Pepitone, le hubieran hecho caso Doris Day o Mammie van Doren? Hay que agradecerle su entereza, su entrega, sus ganas de ganar. Pero como dijo Horacio Rodríguez cuando escuchó muchos panegíricos en la muerte de Parménides García Saldaña: “ahora resulta que se murió Joyce”.

No puedo recordar la obra ni el autor, y los eruditos Víctor Díaz Arciniega y Héctor Perea tampoco, pero en un drama un personaje exclama una frase que divirtió mucho a Alfonso Reyes: “Nosotros, los hombres de la Edad Media”. Ni en la Prehistoria ni en la Antigüedad ni en la Edad Media ni en el Renacimiento ni en la Edad Moderna la gente sabía en qué período vivía, a qué etapa pertenecían; ahora sabemos que pertenecemos a la Edad Contemporánea, que dentro de poco, parece, sufrirá un cambio de nombre porque ya no seremos contemporáneos de los del futuro; pero al tener conciencia de ese privilegio, saber en qué época histórica se vive, se sobrevaloran los actos, las personalidades, las obras. Obra maestra, decía Luis Guillermo Piazza, es el producto de alguien a quien podemos saludar; en las redes sociales proliferan los elogios, los superlativos; hay quien publica uno o dos libros al año, y de inmediato son calificados como magistrales.
                Con tantos adjetivos se acaban, se devalúan los que debemos de aplicar a los mejores. Repito, no trato de restar méritos a Derek Jeter, ¿pero es mejor que Honus Wagner? Los números apenas pueden compararse: en porcentaje de bateo, dobles, triple, producidas, robos, Wagner es muy superior; en hits, ahi se van, y en campeonatos de fildeo, con números menores, tuvo más Wagner; si se observa la evolución del fildeo a lo largo de la historia, puede verse que ahora tienen más facilidad para buenos números, lo que no refleja habilidad, brazo, colocación, alcance. Por las diferencias en la época, los jugadores de hace cien años nos parecen mejores que los de ahora, pero es difícil saber si en igualdad de condiciones se desempeñarían igual: distintos parques, diferencias en el campo, más tolerancia para los bateadores en contra de los pítchers. ¿Cómo compararlos? Sobre todo, ¿qué necesidad? ¿Simplemente por asentar que somos testigos de la historia? No se tenía conciencia de la historia: Willie Keeller se retiró cuando le faltaban 45 hits para llegar a los 3,000, y hubiera sido de los muy pocos con tantos batazos; en realidad, el segundo en alcanzarlos, sólo abajo de Cap Anson, y si hubiera pegado 68 más, hubiera sido el mayor hitero de la historia, hasta ese momento. Ahora pierden porcentaje, respeto, habilidad, con tal de alcanzar una cifra conmemorativa o significativa.
   
Me detuvo Claudia Fernández: con una sonrisa amable me dijo que (olvidé el nombre) el presidente de la Concanaco, o de la Coparmex, o del CCC, le había manifestado su admiración por algunos de mis escritos en la sección de Deportes de El Financiero, en especial un par donde objetaba los méritos de Hugo Sánchez en el futbol español; expliqué, en unas columnas que desataron cierto escándalo, que los goles de Sánchez en el Real Madrid, y antes en el Atlético de Madrid (excepto en el primer año) no le servían al equipo, sólo a Sánchez; no es extraño: en sus mejores tiempos, los propios compañeros de Rod Carew se quejaban de que su habilidad bateadora la usaba sólo para tener un mejor porcentaje, aunque la mayoría de sus hits ayudaban poco a sus equipos; por esas épocas, en cambio, Tony Oliva llamaba la atención sobre la actuación del mexicano Jorge Orta, entre los primeros de su equipo en todos los aspectos aunque aficionados y periodistas sólo se fijaban en Carew que, insistía Oliva, hacía menos por el equipo que por sus récords.
                Alegué, en aquellas columnas, que los goles de Sánchez no daban puntos a su equipo, aunque a él le daban el famoso trofeo con nombre estúpido; los goles de Sánchez eran el tercero y cuarto de un 5-1; el tercero de un 3-1, nunca el primero de su equipo, que por lo regular anotaban Sanchís o Butragueño o Valdano; Hugo, un cazagoles, se aprovechaba de que el equipo contrario, urgido del empate, se iba al ataque dejando sólo un defensa y el portero, cuando mucho, y los demás trataban de acortar distancias o anularlas; mientas el campo del contrincante estaba ocupado por medios y defensas, Sánchez no sobresalía; lo hizo, en cambio, sin muchos defensas, o a veces ninguno.
                En uno de los debuts del mexicano Hernández consiguió dos goles, el séptimo y el octavo de un 8-0. Y sonaron los claros clarines, y proclamaron que ahi la lleva, en el mismo camino que Sánchez. Tienen razón: anotó sin defensas, contra un equipo al que le daba lo mismo perder por 6-0 que por 8-0, lo que buscaban, amontonados, era anotar para perder al menos por 6-1 o 6-2.

Ya llevan cuatro jornadas en el futbol americano, del que decía Manuel Seyde que es un deporte para brutos que los brutos no pueden jugar; tampoco lo pueden ver, porque creen que sólo con chingadazos derrotan a los contrincantes; el Jefe Raúl Rodríguez preguntaba con sensatez: ¿cómo detiene un hombre que pesa cien kilos a otro que pesa 120? No es con fuerza, sino con maña, inteligencia. De pronto hubo demasiada violencia: es el deporte con más contacto físico, y paradójico: la defensiva ataca, la ofensiva defiende; algunos coaches ordenaban a sus jugadores que lastimaran a los contrincantes, y hubo desmanes, golpes tardíos cuando el rival no los esperaba y no podían defenderse; golpes directos a la cabeza que producían conmociones que los asistentes no detectaban, y jugaban sin darse cuenta de su estado físico y mental; las autoridades, incapaces de contener las rudezas innecesarias, pues los castigos impuestos eran menores a las multas y suspensiones en sus equipos, decidieron marcar todo exceso o que parezca intencional; el resultado: ahora parece tochito; como el juego defensivo es mucho más rudo que el ofensivo, ahora sancionan hasta las miradas frías; ahora todos los resultados son apabullantes, y desmienten que se trata del deporte más equilibrado. Ahora, en vez de que los juegos terminen con diferencia de tres o siete puntos, hay cada vez más victorias donde anotan 40 o más puntos, y los defensivos fueron despojados de sus armas, y ya no hay manera de defender un buen pase. Lo peor: si continúan así, será un juego de nenitas, como dice El Doctor Netas.

Publican en facebook la lista completa de los 430 libros que tenía Marilyn Monroe; no es la primera vez que se habla de ellos, e incluso alguna redactora que se decía feminista intentó burlarse: serán guiones, porque libros, seguramente no; tuve el placer de contradecirla y afirmarle que era prejuicio suyo pensar que por ser bella, por representar papeles de tonta (Cómo atrapar a un millonario,  Monkey bussines –que los españoles llaman Me siento rejuvenecer—, Los caballeros las prefieren rubias y algunas otras) era incapaz de leer, como la que pretendía burlarse de MM. Ahora desglosan esa pequeña pero bien nutrida biblioteca; cierto, hay biografías y ensayos sobre ella, algunas obras de teatro que seguramente le dio Arthur Miller, películas noveladas, recetas de cocina –porque aparentemente sabía cocinar, para completar el catálogo de sus virtudes—, pero tenía completo En busca del tiempo perdido, dos novelas, las más amargas, de Bernard Mallamud, uno de mis novelistas favoritos (legado de Gustavo Sainz), una antología de James Thurber, tres libros de Joyce, entre ellos el Ulises que leyó, como consta una fotografía muy famosa que fui de los primeros en divulgar en México; el más intenso de los libros de Dylan Thomas, a quien conoció; un par de novelas, y no de las más fáciles, de Norman Mailer; una novela de Kazantsakis (la tercera mujer que sé que lo leyó), algunos de F. Scott Fitzgerald, varios de Thomas Mann, de John Steinbeck, William Styron, Hemingway, Ellis, Dreiser, Sherwood Anderson, James Agee (nada menos que Una muerte en la familia, chance mi novela favorita en los últimos años); James Purdy, ¡Max Weber!, Aristóteles, Zola, los cuatro tomos de Ernst Jones sobre Freud (que me tardé como tres meses en leer), Dostoievski, Tolstoi, Lawrence Durrell, Graham Greene, Faulkner (y no los sencillos, más bien los más difíciles), Emily Dickinson, Schopenhauer (entre otros, El amor, la muerte, las mujeres), Alexander Pope, Ludwig, Somerset Maugham (Henry Hathaway, comentan en la lista, quería filmar Servidumbre humana con MM y James Dean), Rilke, Emerson, Einstein, Yeats, Frazer…
                La pregunta de quien subió a la red esta página no es si MM leyó esos libros, y no sólo los que le dedicaron los autores (alguno, ella se lo obsequió a DiMaggio); la pregunta es al lector de la página: ¿cuántos de estos libros has leído?

                Asombra la diversidad de temas, autores, géneros, épocas, estilos. Siempre se ha elogiado su inteligencia, de la que fueron testigos muchos de sus contemporáneos, aunque también han hablado de su informalidad, su inseguridad, sus caprichos (uno de los cuales, se dice, provocó directa o indirectamente su muerte –¿o asesinato?) Se asegura que Jayne Maynsfield era tanto o más inteligente que MM, pero que tuvo peor suerte como actriz, con pocas cintas relevantes, y pocas oportunidades de mostrar sus talentos, más que los físicos. ¿Qué otras actrices han mostrado tanta inteligencia como ellas? ¿Katherine Hepburn, Audrey Hepburn, Sharon Stone, Susan Sarandon, Emma Watson, Wynona Ryder, Lisa Kudrow, Heddy LaMar, Natalie Portman, Katherine Turner, Diane Keaton, Emma Thompson, Jodie Forster? ¿Podríamos agregar a algunas mexicanas? Por el momento, no se me ocurren, espero para la próxima estar más inspirado. También espero sugerencias.

Carlos Ramírez promueve castigos a quienes incurran en maltrato a los animales. Le respondo que a los cuatro, a los siete y a los 19 años me mordieron perros sin que los hubiera mordido antes; que duran te casi un año el Peluso no me dejaba entrar a la casa y tenían que salir los hijos de la portera a detenerlo; que las arañas me descubren y me persiguen, que en sueños recurrentes me topo con leones que me asedian como a Laurel y a Hardy, que la perra de una vecina fue educada y ya no le ladra a nadie, más que a mí. ¿Puedo promover una asociación para evitar la crueldad de ciertos animales? Sólo debo excluir a una llama que en el viejo Zoológico de Chapultepec me coqueteó, se me acercaba y demostraba disgusto cuando me alejaba de su jaula. Pero ha sido la única.

martes, 16 de septiembre de 2014

En defensa de lo correcto; deporte vs cultura; ¿cacahuates o cacahuetes?

Una comisión que revise el pasado desde nuestra óptica actual debe de prohibir la exhibición de ciertas películas de nuestros mayores ídolos cinematográficos y discográficos; por ejemplo, Jorge Negrete golpeando el trasero de Lilia Michel, puesta en sus rodillas, en No basta ser charro, nada más para quitarle lo caprichuda y voluntariosa, ante la mirada complaciente de don Manuel Noriega, su papá de ella, que no supo educarla; Michel, por su parte, pronuncia un provocativo “respeta mi dolor” mientras se soba los glúteos; al mismo Negrete cuando le canta a Gloria Marín “quiera Dios que si es bonita le dé la viruela loca” por burlarse de sus características físicas; Tin-Tan debe ser excomulgado no sólo por la lascivia con que observa a propias y extrañas, sino por decirle “enano” a Tun-Tun en vez de “Pequeñín”; deben de prohibir también El mil amores, sobre todo la escena en la que Infante le canta a varias adolescentes arrobadas “te miras re mona, de pies a cabeza”, tanto por alusión a su semejanza con una especie no humana, como por la insinuación de pederastia; y por la escena en que Martha Alicia Rivas recibe el epíteto, de parte de Infante, de “escuincla” en vez de llamarle la atención, con maneras suaves, para que no ande divulgando los varios romances que tiene el que ella cree que es su padre; y la escena en la que Infante (aunque me regañen los que se la saben de memoria) le canta a la supuesta quinceañera Anabelle Gutiérrez una canción sentimental, y le dice que le gusta un montón, también por pederastia; y la escena en que varios niños turbados comentan que las piernas de Rosita Quintana no pueden ser de niña, mientras ella se las muestra a un más turbado aún Abel Salazar en Menores de edad; y por violencia doméstica, cuando la misma Quintana es sometida a nalgadas por un brutal Pedro Armendáriz en El charro y la dama, en vez de mostrarle con ejemplos cómo se calienta el café; por lo mismo, se debe suprimir todo El inocente, porque Infante es incapaz de tolerar la ineficiencia de Silvia Pinal como ama de casa. Y todas las cintas donde Mario Moreno Reyes le dice “changuita” a cualquier dama apetecible, y donde Marín lo moteja de Chato; y las canciones de José Alfredo Jiménez donde se queja de que, a pesar de ser muy macho, tiene ganas de llorar; o en las que muestra su dolor en una cantina, donde de tan borracho se le caen la copas sin darse cuenta; o las de Lara en donde se desquita del desprecio de su enamorada espetándole que vende caro su amor; o en la que insinúa un amasiato en donde le advierte a su compañera que mostrará su deseo arrodillándose para besarla, sea por la insinuación de cunnilingus o por la de su baja estatura, que más bien debe decirse “su talla menuda”; la historia deportiva de nuestro país deberá borrar las páginas donde se hable de Rodolfo Casanova como El Chango; a Raúl Macías nunca más se le deberá motejar como El Ratón; el Club Deportivo América no mencionará nunca más a varios de sus jugadores paradigmáticos, como El Monito Rodríguez, El Gato Lemus o El Tigre Gómez; el Club Guadalajara borrará las referencias al Tigre Sepúlveda (estos últimos, por compararlos con especies animales) y al Jamaicón Villegas por su proclividad a llorar cuando extrañaba el ají (para evitar la alusión sexual al mencionar el chile) insinuando una discriminación por falta de machismo; o al Pájaro Huerta o el Piolín Mota, por su talla menuda; en el beisbol, entre otros, no debe mencionarse al Tribilín Cabrera por burlarse de su estatura descomunal, lo mismo que al Grandote Peña; al Superratón Zamudio y al Cañitas Moreno, ambos por su estatura menuda; al Charolito Orta por su color afroamericano (como, en el boxeo, al Canelo Urbina) ni, en general al Galliña Peña, al Avestruz Rivera, al Becerril Fernández, al Bicho Pedrozo, al Borrego Álvarez, al Pulpo Remes, al Burro Hernández, al Camaleón García, al Camarón Álvarez, la Coyota Ríos, el Canguro Amaro, el Pajarito Guerrero o el Pajarito  Moreno, el Gato  Gastélum, el Mosco Reyes, la Rata Vargas, el Toro Valenzuela, el Conejo Díaz, la Coyota Ríos, la Tuza Ramírez, por sus motes con que los semejan a animales, o la Lulú Palmer por su prudencia a la hora de los cocolazos, al Chololo Díaz por sus calzonzotes (literalmente), o los apodos despectivos dependiendo de sus rasgos, su cabello, la Muñeca el Peluche Peña, Huevo  y Huevito Romo, Toche Peláez, el Mamerto Dandrige, el Zurdo Ortiz, el Pecas Serrano. En otras actividades, nadie tiene derecho a burlarse del Samurai de la Canción, de La Estatua de Canela, El Yeti de la Canción, CapulinaLa Güera Rodríguez. Nunca más debe de leerse al doctor Spock, porque aunque recomendaba educar con dulzura, llegó a decir que una nalgada a tiempo evitaba travesuras peligrosas.
                (A propósito de la persecución en las redes sociales, nadie se queja de las acusaciones a personajes públicos por delitos o actitudes no probadas, por sospechas injuriosas, por inventar cuestiones sexuales que en todo caso son privadas o íntimas, sin recibir por ello castigos o reprimendas, sino aplausos, y casi siempre de manera anónima, como los cobardes que llaman pendejos a quienes opinan, critican, juzgan con los pelos en la mano, basándose en ese anonimato que le da valentía, incapaces de dar la cara ni el nombre, aunque su nombre sea insignificante.)

Hay rivalidades mayores que las propiciadas por el futbol , pero que no enfrentan a los contendientes; bueno, a veces, se terminan amistades no tan firmes como se creería; en la música no pueden estar juntos en la misma sala los que admiran a Herbert von Karajan y los que rinden pleitesía a Wilhelm Furtwängler; los primeros admiran la disciplina, la perfección técnica y la puntualidad de Karajan para tocar, casi sin variaciones, sus piezas favoritas, entre ellas las Séptima y Novena Sinfonías de Beethoven, que son las que emocionan a quienes creen que Furtwängler pone un acento marcial, pero no militar, a esas obras, a las que le da un ritmo insuperable que hace que se enchine la piel al descubrir el diálogo entre una flauta delicada y un bajo impetuoso, y que a 60 años de haber sido interpretada, esa versión de la Novena reverenciada por los melómanos, nada menos que en Beirut, sigue estremeciendo a quienes la escuchan en una versión discográfica no tan perfecta como la ejecución.
Viene a cuento porque el 31 de agosto el director de varias orquestas, entre ellas la de Minería de la UNAM, Carlos Miguel Prieto, estaba a punto del llanto al terminar su versión de esa Novena de Beethoven que, como él mismo explicó, es una de las obras más conocidas por los públicos de todo el mundo, incluso los que no saben de música pero les gusta, o a los que no les gusta pero van a las salas a dormir plácidamente.
                Lo que no sabemos es si lloró emocionado, o por el resultado de su interpretación; estaría disculpado, porque ese domingo se demostró que el deporte sí es enemigo del arte; ese día se le ocurrió a las autoridades del Distrito Federal organizar un maratón para desquiciar el tránsito de la ciudad, y obligó a los músicos a recorrer casi diez kilómetros cargando sus instrumentos para tratar de llegar a la hora sideral, la que gustaba a Silvestre Revueltas, Carlos Chávez, Luis Herrera de la Fuente y Eduardo Mata para comenzar puntuales sus conciertos; el violinista que tocó muy bien el concierto para violín de Brahams (uno de los considerados como los cinco mejores hasta la fecha, junto al de Beethoven, al de Tchaikovski, el primero de Mendehlsson y al segundo o al cuarto de Paganini), superando por mucho a la orquesta, llegó agotado por la carencia de vías y porque la mayoría de las arterias estaban cerradas para que los corredores simularan que corrían mientras contaminaban las calles por detenerse a orinar sin importar que los vieran los vecinos curiosos (de las categorías premiadas, las autoridades no nos informaron del resultado de la más difícil: correr —o trotar o caminar— mientras hablaban por su teléfono celular o enviaban mensajes de texto); el propio Prieto presumió de haber recorrido a pie esos ocho kilómetros, demasiados para quienes no caminan su media hora reglamentaria.
                Prieto nada más cargaba la batuta, y algunos violín, o viola, o trompeta; pero los que llevaban el tololoche, o el arpa, o el piano, o los timbales, ¿cómo le hacían? No todos llegaron a tiempo. Los cantantes llegaron hasta el tercer movimiento. Fue evidente que los músicos estaban cansados, que empezaron media hora tarde, y que les urgía tocar con rapidez, así que los compases maestosos del primer movimiento de la Novena de Beethoven los interpretaron no majestuosamente, sino con prisa, lejanos de la majestuosidad de las versiones de Karajan y de Furtwängler, sino de la inquietud de Toscanini, un director al que no aprecia ningún ferviente beethoveniano. Luego desperdició el tercer movimiento, el favorito de los mismos beethovenianos, y el cuarto fue un desastre: al bajo se le iba la voz, el tenor parecía más barítono, y la diferencia de altos entre la soprano y la contralto era notabilísima. Los coros los superaron por mucho.
                Tenía razón Prieto para llorar: Mancera le echó a perder el lujo de una pieza que se sabe de memoria todo forofo de la música; le queda el consuelo de que no fue peor que la versión de Simon Rattle, tan sobrevalorado.

Que Mancera presuma el maratón es lógico: ahora no le dio patatús a ningún corredor, nadie se colapsó, y sólo hubo unos cuantos desmayados; pero las autoridades siguen pensando que la política deportiva es presionar para los ejercicios domingueros, y privilegiar a una elite de por sí privilegiada por la naturaleza; pero la verdadera educación deportiva no consiste en lograr que una mínima parte de la población alcance niveles competitivos, sino que la gente aprecie todos los deportes y no sólo el más ñoño, que se divierta y se entusiasme con el golf, que no crea que el futbol (el mal llamado americano) consiste sólo en la fuerza bruta, y que no menosprecie a los que no consiguen el triunfo o el campeonato; que la gente aprenda a beber, a comer, como debe ser, no que deban poner a correr a todos, cuando es evidente que la mayoría no tenía posibilidades de competir, sólo de participar: por mi ventana vi a los que iban en los primeros lugares, y luego vi pasar a los restantes veintitantos mil; sólo que cuando nada más habían pasado unos pocos centenares, los triunfadores ya iban llegando a la ex Ciudad Universitaria, y que cuando estaba la ceremonia de premiación seguían desfilando frente a mi ventana unos cuantos miles.
                Lo que no puede entenderse es que Mancera o sus asesores no advirtieran que con su carrera (en la que ganan siempre extranjeros) entorpecieran un concierto, que se retrasó, y que por ello posiblemente no fue lo que pudo haber sido. Ora que ya está acostumbrado, porque los domingos hace que se contamine la ciudad al cerrar largas calles para que los ciclistas de domingo las ocupen toda la mañana hasta mediodía, y cierra la mitad de Chapultepec, y permite que esos deportistas dominicales anden en las banquetas, o con patrullas que les abren el paso aunque estén en alto los semáforos sin preocuparse de los peatones. ¿Mancera ignora que los cardiólogos, y en general los médicos, advierten que los deportistas dominicales en vez de ganar salud se exponen a una muerte más temprana? Lo mismo en el Metro Polanco, donde aconsejan subir las escaleras sonoras, y con eso ignoran que el abuso en el uso de las escaleras, estando a disposición del público los ascensores y las escaleras eléctricas, arruina las rodillas. Deberían consultar a especialistas.

Hace poco dije que a Sandra Bullock le tocan los glúteos más que a ninguna otra actriz, cuando menos públicamente; debo incluir también a Jessica Alba, a Jennifer Anniston y a Maddona, a quien la manosea Al Pacino en Dick Tracy como si intentara corregirle sus errores coreográficos. Pero repito una de mis escenas favoritas de butt grab: en apenas su sexta película Faye Dunaway fue dirigida por Vittorio de Sica y alternaba con Marcello Mastroianni, en Amantes; ella, como Marnie, es una ladrona, una carterista, y le quita la cartera a Mastroianni; éste advierte el robo y la sigue, con sigilo; Dunaway ya había mostrado brevemente un pecho en Bonnie and Clyde  y los glúteos, recostada en una playa, absolutamente desnuda, durante varios segundos, en El arreglo; claro, la toma es lejana, y desde arriba, y puede que haya sido una extra. Mastroianni la alcanza, y le quita la cartera de la bolsa trasera del pantalón; ella debe respingar, pero no le salía, y De Sica cortaba la escena para pedirle que respingara con naturalidad, pero el director no quedaba satisfecho, hasta que, sin avisarle, él le quitó la cartera dándole una nalgada que la hizo respingar; la conclusión de los técnicos fue que a Dunaway le gustaba cómo la tocaba Mastroianni; parece que al final no tuvieron que doblar a ninguno de los dos.

¿De dónde saca Gibbs a tanta pelirroja? ¿Habrá alguna o varias artificiales? Seguramente no muchas podrán presumir, como Julianne Moore, que ella es tan pelirroja que sus desnudos tienen un plus.

En la entrevista de Myriam Moscona a Raúl Ortiz y Ortiz, recogida en El imperio de la armonía  se lee “se lo dije (a ellos)”; son muy pocos los escritores que entienden esa regla; lo mismo las diferencias entre “incluso” o “inclusive”, o entre “quizá” y “quizás”; lo grave ya ni siquiera es que los escritores ignoren eso, sino sus editores. Lo malo fue que no le dijo que a las mujeres que escriben poesía se le dice poetisa.

Se lee en algunos libros: por el Paseo de la Reforma transitaban tranvías (en algún punto lo cruzaban, solamente, y ni era Reforma, sino Rosales); que en la primera mitad del siglo XX había taxis (sólo aparecieron con ese nombre cuando fueron obligados a poner taxímetros, en tiempos del regente Uruchurtu; antes el costo del viaje era a juicio del ruletero —porque daban vueltas por la ciudad como una ruleta—, a quien se le preguntaba “¿cuánto al pueblo de Tacuba?”); que el emperador Maximiliano dormía de piyama; que manoseaba a meseras por debajo de las pantaletas (ninguna de esas prendas se usaba cuando Maximiliano llegó aquí a la nación); estas fallas deberían de ser detectadas por los editores, que en cambio, a la manera de las protagonistas de películas cursis, se atreven a hacer sugerencias en la trama de las novelas.


Se lee en los programas de televisión, e incluso en cabezas (y notas) de periódicos “béisbol” y “fútbol”: se lee en el Nuevo diccionario de de dudas y dificultades de la lengua española “en América —no en todas partes— la forma preferida es futbol,  con acentuación aguda”; ¿por qué esa subordinación a la gramática hispana, al grado de hablar de “cacahuetes”, aunque el original nahua es cacahuate; más indignante que en el Diccionario de Mexicanismos, de la Academia Mexicana de la Lengua, la entrada correspondiente remite al hispano cacahuete. Eso se llama subordinación, dependencia y colonialismo, o cómo se le ocurre a la Academia encargar un diccionario de mexicanismos a una española.

martes, 12 de agosto de 2014

Reclamos de un forofo de Sarita; b y v; inútiles divagaciones sobre el deporte

Me escribe un enfurecido español, escudado en su anonimato, para tacharme de mediocre y loco por atreverme a dudar de la capacidad histriónica de Sarita Montiel, por afirmar que luego de Veracruz (tiene razón en reclamarme por adjudicársela a Anthony Mann, no al culpable Robert Aldrich, autor también de Apache, Doce del patíbulo, Cuatro por Texas) nada memorable hizo; me reprocha no entender que Sarita Montiel (Marco Antonio Campos me aclara que le hizo el feo a Pedro Infante, una de las pocas que se le escaparon) es la máxima estrella cinematográfica que dio España (por encima de Carmen Maura, Maribel Verdú, Candela Peña, por no hablar de las legendarias actrices de teatro como Emma Penella, o de los actores Fernando Fernán Gómez, Fernando Rey, Francisco Rabal, o alguno de los eficaces actores actuales), y sobre todo, por no entender la conmoción que sufrió España entera a la muerte de la muy mediocre Montiel. Si es un símbolo de España, puedo decir, junto a Ninón Sevilla, Arturo de Córdova y Viruta: “Ahora lo comprendo todo”.

En su Gramática española (1975; aún no cumple 40 años) de Juan Alcina French y José Manuel Blecua, se habla de la v labiodental; en los recientes Ortografía de la lengua española, el Nuevo diccionario de dudas y dificultades (de Manuel Seco), el anterior, Diccionario de dudas de la lengua española, en el Diccionario panhispánico de dudas, El buen uso del español y otros, se burlan de quienes hablan de las letras labial y labiodental; en todos estos diccionarios y manuales, al contrario de French y Blecua, afirman que en el buen español se pronuncian exactamente igual, y que quienes, como en el pasado, juntan labios y dientes para pronunciar vino, vino, venir, son exagerados y pecan de ultracorrección, que lo correcto es pronunciar igual bello y vello (para quienes estas palabras tengan igual significado deben sufrir al recordar mejores tiempos), baca y vaca, y dejan el sentido de labial y labiodental a las prácticas privadas del erotismo.
                Pero los gramáticos y los académicos, como los sabios redimidos de Bola de fuego, no conocen el lenguaje corriente, el de la calle, el indómito, que cabe a duras penas en los diccionarios y menos aún en las gramáticas. Una de las reglas ortográficas es que b va después de m, y v después de n y de d; es decir, al pronunciar envase, envuelto, enviado, adviento; en esos casos, lo natural es pronunciar la v juntando labio inferior y dientes; si se pronuncia, como quieren los gramáticos, usando sólo los labios, se interrumpe la pronunciación natural, o pronunciamos mal: emvuelto, embase (a menos que sea término beisbolero).  ¿Alguna vez los gramáticos hablarán en voz alta y se darán cuenta de lo que escriben? ¿Leerán lo que escriben los poetas, los novelistas?
                Cuando menos, en sus avances, tímidos y temerosos, los académicos advierten (con v labiodental) que el criterio gramatical seguirá siendo el gramatical y no el políticamente correcto; que el  género predominará sobre el sexo, y que lo correcto es “los diputados” y no “los diputados y las diputadas”, aunque se admiten los lugares comunes de “señoras y señores”, “damas y caballeros” o, como decía La China Mendoza, “señoras y señores, niños y niñas y Monsiváis”; hay quien afirma que la Academia ya ordena esa imposición de los alumnos y las alumnas, o la utilización de la arroba para determinar ambos sexos en un vocablo impronunciable y además absurdo. Cuando menos, por ahora no.
                Y si los gramáticos leyeran, sabrían que “guión” y “rió” se pronuncian, sindudamente, como bisílabos; por lo corto de estas palabras creen que son monosílabos, lo que da lugar a que buenos libros que no aceptaron la ya obsoleta sugerencia (¿o sugestión?) de eliminar acentos indispensables, escriban guion y rio (de reír), lo que los incluyen en el género de libros híbridos.
                Y para que más le duela a los académicos, ninguna editorial seria, y sólo una revista seria, aceptaron esas sugerencias; y para regocijo de académicos inteligentes (que los hay), se seguirán acentuando sólo y éstos (y sus derivados), porque lo absurdo de que el contexto del texto aclara el sentido de esas palabras fue derrotado; los escritores tendrán que aprender a acentuar cuando se debe y cuando no, y no dejarlo al arbitrio de los lectores, que han demostrado ser más inteligentes que los autores.

Circularon por poco tiempo los comentarios más tontos o incoherentes o absurdos de algunos futbolistas; algunos dijeron que no importa perder todos los juegos si al final ganan el campeonato, o que perdieron porque no metieron un gol, o cosas por el estilo, que no asombran aunque sí divierten; los emiten jugadores que cobran millones de pesos, dólares o euros, que tienen los favores sexuales de actrices, modelos o niñas bien que, es de suponer, los superan con mucho en elegancia, atractivo físico y seguramente en inteligencia y en preparación, y que sólo precipitan el fin de sus carreras y la ruina moral de sus vidas, por andar recordando lo que pudo haber sido y no fue. Pero casi al final de esas compilaciones, casi como remate, pusieron una frase monumental de Franz Beckenbauer, quien tuvo la fama de haber sido uno de los jugadores más finos y elegantes, y sobre todo, de los inteligentes: explicó las finalidades de su deporte: sólo hay una opción: ganar, perder o empatar.
                Si Beckenbauer dijo eso, el futbol está perdido; qué puede esperarse de los demás; lo triste es que tienen admiradores y forofos mucho más inteligentes que ellos.
               
Tal parece que el país escoge el peor de todos los deportes para hacerlo el más popular, al menos entre los televidentes: los clavadistas mexicanos se llevan un buen número de preseas en justas internacionales; los arqueros destacan también (por estos días se llevaron dos medallas de oro y una de plata), el Checo Pérez está entre los mejores en cada carrera de Fórmula 1, a menos que lo choquen y le pongan trampas; cada vez hay más atletas que se cuelan en los primeros lugares, en volibol tanto varonil como femenil compiten en las finales de competencias mundiales, el equipo de basquetbol llegó ya también a las finales, y hay buenos pitchers y buenos fildeadores en Ligas Mayores y en Triple A; y las televisoras consumen gran parte de su tiempo al transmitir futbol, que es donde menos se destaca, y donde más culpan a los árbitros por los malos resultados, que es como culpar a Dios por nuestros errores.

En el torneo de futbol supuestamente mundial afloraron muchas cosas que suenan igual de absurdas que las declaraciones de esos jugadores: el deporte no es tal, es un negocio y para que siga siéndolo, hay que acabar con la ética que debe regir toda competencia; si para que un equipo conserve a sus admiradores es necesario golpear a la mala, cometer faltas al reglamento y luego alegar que no fueron faltas, los directivos premian esa conducta, que la avalan los árbitros, cometen los jugadores y toleran y perdonan sus seguidores, que en vista de lo cual se ganan el mote de fanáticos que son capaces de insultar a sus amigos si se atreven a sostener un punto de vista diferente; además, en el balompié no caben los criterios, sino las opiniones; los comentaristas en vez de aclarar y descifrar y explicar una táctica, una estrategia y un plan de juego, sólo opinan, y encima hay que soportarlos; faltan al profesionalismo y cuando un árbitro aplicó el reglamento, en vez de aclarar que las reglas sancionan una falta, así sea leve, si se trata de estorbar de manera ilícita las acciones de un equipo en busca de una anotación; los comentaristas opinaron que no era falta, y mantuvieron la esperanza de que fallara el jugador que cobraría la falta, para que el equipo al que le iban ganara.
                (Por más que intento explicarme la frase, no entiendo qué quiere decir “le voy”, “¿a quién le vas?”; si quiero decodificarla, como decía Gustavo Sainz, lo más que puedo imaginarme es que el aficionado puede apostar por el triunfo de algún equipo –o boxeador, o competidor en cualquier justa deportiva. Y allí es donde menos me explico esa actitud: ¿por qué alguien apuesta –dinero, subordinación por unos días, sometimiento a una tarea degradante [como las apuestas entre Sergio Corona y Manuel Valdés, sólo que ellos lo hacían con gusto y sentido del humor], y a veces las consecuencias son drásticas– cuando carecen de influencia en el resultado, cuando no está en sus manos ganar o perder?
                (No moralizo: aposté con Manuel Arellano, primo del Cuate Arellano –medio defensivo del Necaxa, suplente de Jaime Salazar, el mejor amigo de Fu Man Chu Reinoso a quien antes de que apodaran Fu Man Chu [por aquel mago a quien ya recuerdan muy pocos, a menos que se exhiban sus muy disfrutables cintas] – lo conocían como El Cuate Reinoso] y perdí, porque mi favorito era América que perdía con Guadalajara  y con Necaxa; curado de ese fanatismo que muy pronto conjuré, perdí una apuesta con Cuauhtémoc Valdés por no hacer bien las cuentas en el balance de triunfos y derrotas entre Tigres de México y Diablos Rojos del México; apuesta que no pagué porque Cuauhtémoc aceptó que había abusado de mis malos cálculos; aposté varias veces, pero en algo en lo que tenía más control: la baraja, hasta que en una ocasión perdí casi toda la quincena y me quedé con lo justo para los pasajes, pero no para las comidas; me recuperé, gané lo doble la siguiente quincena, y no volví a apostar en casa de mi tío Enrique, experto en el juego; aposté y gané y perdí en algo donde tenía más control, el dominó, en casa de Mario Magallón; pero el producto de esas apuestas se pagaba en la taquería de don Rafa, así que daba lo mismo ganar o perder. Es más, el que ganaba era el que pagaba.)

Algo curioso con las faltas al reglamento del futbol: en 1962, en uno de sus mejores partidos, la selección mexicana estaba a un par de minutos de empatar con el seleccionado español  cuando Sol, uno de los componentes legendarios del Real Madrid (junto con Gento, D’stefano y Puskas) se le escapaba a Raúl Cárdenas, medio del Zacatepec y antes del Necaxa, y compañero de Pedro Nájera en el seleccionado mexicano; pudo haberlo detenido, si lo hubiera zancadilleado; no lo hizo, siempre fue un jugador muy correcto, y de allí a que terminó su carrera como jugador, le reprocharon no haber fauleado al español; en el torneo más reciente, Rafael Márquez trastabilló, sacó de balance a un jugador holandés; si no lo hubiera hecho probablemente se hubiera creado una situación de anotación pero que, a como estaba jugando el portero del equipo mexicano, tenía muchas posibilidades de anularlo; fauleó, y en vez de que los forofos mexicanos le reprocharan su actitud artera, le reprochan al árbitro haber marcado la falta. Que no fue, dicen, sin conocer el reglamento, que sanciona ya no la falta, simplemente la intención de cometerla.

Sigo con deportes: en una variante de las carreras de autos, hubo un choque, producto del cual uno de los competidores quedó con su vehículo arruinado (para esa competencia: esos autos los hacen y deshacen con facilidad; entre otras cosas, por ello las colisiones son aparatosas pero casi nunca graves para los corredores); se enojó, y en plena carrera, que no la habían suspendido (porque su auto no estorbaba en la pista), se metió en medio del tráfico para retar a golpes a quien lo chocó; en esas carreras la velocidad es alta, aunque en las filmaciones no lo parezca; lo evitaron cuatro vehículos, pero para desgracia de todos, quien lo chocó se lo topó de frente y lo atropelló; quien piensa con el corazón está perdido; y un comentarista se atrevió a exclamar: y le echan la culpa al muerto.

Para evitar contaminación los sábados, día en que mucha gente descansa en sus trabajos y comparte con la familia (los domingos los desperdicia frente al televisor), decidieron prohibir la circulación de los autos con más de 15 años de antigüedad, más de 60 por ciento, dicen los que saben de estadísticas, de los vehículos de la ciudad de México y la zona metropolitana y estados circunvecinos; según estudios recientes, que dejen de circular seis de cada diez autos ha traído la reducción del cinco por ciento de consumo de gasolina, lo que significa un desequilibrio en las cuentas del gobierno que se encaprichó en imponer esa medida; además, el ocho por ciento de los vehículos de transporte público aportan más del 80 por ciento de la contaminación total de los vehículos y sólo el 20 por ciento está a cargo de los autos particulares, nuevos o no, que emiten menos pero contaminan más; y no se dieron cuenta que quienes no circulamos los sábados tenemos que hacerlo en domingo, con el agravante de que nos topamos con miles de ciclistas que, por ellos mismos, no contaminan, pero provocan que los automovilistas, al frenar y frenar, y consumir media hora en un trayecto que no debería hacerse en más de cinco minutos, contaminen más. O sea, no saben hacer cuentas. Y tanto y tanto, como diría la nana, que los de su propio partido ya advirtieron que esa medida provocará derrotas electorales de las que no podrán reponerse en mucho tiempo y ya le retiraron su apoyo. De no ser un asunto tan enojoso, resultaría divertido.


Me dice Diego: los resultados de tu retiro equivalen, en otro sentido, a lo que hizo Tony Larusa con los Medias Blancas y los Atléticos; sólo que yo no tuve la culpa (y no provoqué la perjudicial salida de Jorge Orta).

lunes, 7 de julio de 2014

¿Desnudos o palabrotas? ¿Era penal? Callar al crítico

En 1933 apareció el primer desnudo del cine comercial; la muy impresionante Hedy Lamarr aparece sin ropa, semioculta entre la hierba, corriendo, tratando de taparse, en Éxtasis; la escena dura unos segundos, y no ha perdido belleza; Lamarr tenía un cuerpo delgado, esbelto, pero su fama no fue tan contundente, pues en los años cincuenta protagonizó uno de los filmes inspirados en relatos bíblicos, Sansón y Dalila; por tratarse del tema y de la época podrían haber aprovechado para mostrarla un poco menos desnuda, pero todavía provocativa; por desgracia, Groucho Marx la desprestigió para siempre al comentar que no le interesaba ver una cinta donde el actor  (Victor Mature) tenía pectorales más exuberantes que la protagonista.
            ¿El lenguaje es más agresivo, más peligroso, más procaz, más perturbador que la sexualidad? Si hago caso de la afirmación de un periodista ahora olvidado (Vicente Vila; eso indica que me eduqué más en las páginas de la revista Siempre! que en otros lados), la primera palabrota en el cine la pronunció Frank Sinatra en su papel de Tony Rome en la cinta con el nombre de ese personaje, y fue una frase, más que una palabra, ahora demasiado común: “son of a bitch”; antes, los más atrevidos decían “son of a gun”, que quiere decir lo mismo pero un poco más suavecito; esa cinta es de 1968, es decir, 35 años después.
            Ismael Rodríguez no se atrevió a pasar de “güey” en la trilogía del Torito, aunque tuvo la audacia de poner la frase más famosa de la fallida carrera de María Félix como actriz: “échenles (sic) mentadas, que al cabo duelen igual”, cuando le dicen, en La Cucaracha, que se acabaron las balas. Menos ingeniosa pero más cruda fue la frase de Emilio Fernández al gritarle a Pedro Armendáriz, en la misma cinta, que ya sabe que está con esa piruja, lo que provocó respingos entre los espectadores; piruja está entre los sinónimos de “puta”, y quiere decir lo mismo, pero no se oye tan agresivo. (Por cierto, hay una discriminación absoluta: mientras el Corripio [Gran Diccionario de Sinónimos de Fernando Corripio] registra 30 sinónimos para “puta”, apunta sólo diez para “puto”.)
            Jane Birkin y Gillian Hill aparecen muy desnudas en 1966 en Blow-Up, con todo y vello púbico (fugaz, discreto, con mucho movimiento), y de allí en adelante ha habido centenares de desnudos, elegantes, refinados, o muy toscos; de actrices reconocidas o de primerizas que así se ganan estrellatos, y pasan de ser exhibicionistas a muy respetadas; o al revés, aunque sean consideradas buenas actrices (¿o actores, ya que a las poetisas les llaman poetas?), no tienen reparos en mostrar un pecho (Gwyneth Paltrow) o media nalga (la misma Paltrow); o de protagonizar desnudos más que sensuales (Madelein Stowe, Jeanne Triplehorn) ahora no son recordadas por esas escenas, sino por sus papeles en series televisivas.
            Todas fueron rebasadas por el desnudo crudísimo, ginecológico, de Eva Green en The Dreamers, y de Karen Lancaume y Raffaëla Anderson que en Baise-Moi son violadas, sodomizadas, acometen felaciones feroces en escenas más explícitas que las consideradas pornográficas (aburridas, repetitivas, mal actuadas, con escasísimas excepciones).
            (Claro, hay leyendas; se dice que Barbara Hershey fue embarazada en la escena en la que es seducida por su patrón en The Babe-Maker, aunque los espectadores sólo lo imaginamos, porque estaban muy tapaditos [y creímos que sólo eran buenos actores] [en otra escena, muestra el trasero por apenas un segundo, en una escena de alberca]. A Hershey se le rinde el máximo homenaje en una cinta: cuando aparece por primera vez en Hanna y sus hermanas, Michael Caine, dice, al unísono con los espectadores masculinos, “¡Dios mío, qué hermosa es!”; sólo faltó el letrerito que dijera, como en What’s new, pussycat [guión y actuación de Woody Allen]: “mensaje del autor”.)

Las palabrotas, en cambio, no proliferaron sino hasta finales de los sesenta, y casi se han limitado, en el cine estadounidense, a repetir un “fuck you” que no tiene un equivalente en español; no, por lo menos, a las mentadas de madre desacralizadas por Octavio Paz en El laberinto de la soledad, ni a las festejadas por Carlos Fuentes en La muerte de Artemio Cruz. Desde luego, llegaron antes a la literatura, primero en forma de puntos suspensivos: Subraya Pacheco: (“Santa ‘no era mujer, no; era una…!’, ‘la palabra horrenda, el estigma’. ‘Puta’, el término que no pronuncia [Federico] Gamboa, es un insulto como lo es el nombre de toda actividad servil.” Prólogo al Diario de Federico Gamboa.)
            Luego del intento de Rubén Salazar Mallén y su fragmento de novela en Examen, lo que le costó el puesto a varios Contemporáneos, y posiblemente la vida a Jorge Cuesta, la literatura fue atrevida, pero cauta; luego de Paz y Fuentes, o al mismo tiempo que ellos, aparece, como catarsis, como escena cúspide, como remate de diálogos intensos, una palabra soez, casi siempre entre signos de admiración; Luis Spota conmueve a los lectores cuando pone a cantar, a las prostitutas de Casi el paraíso, “somos las putas que volvemos, que volvemos”; muy pocos años después, Vicente Leñero pone a sus albañiles a pronunciar interjecciones: “bruto, animal”, y tímidamente, “pendejo”. Ya después las pronuncian con naturalidad en unos diálogos muy frescos en los que era experto Leñero; no dejaron de aparecer inconformes entre lectores y críticos, pero no podían censurarlo porque, así, decían, hablan los albañiles (argumento que ahora sería refutado, por excluyente, discriminador, y porque ahora hablan así los locutores, los políticos, los actores).
            Pese a que en sus novelas las digámosle groserías aparecen con frecuencia, Fuentes no las pone en la boca de sus Caifanes, aunque el tono, los albures, las rimas procaces, tienen más mala intención que si dijeran palabrotas en vez de ésas: la más cercana: “otra jalada, vamos a hacer otra jalada”, pronuncia una más que excitada Paloma (Julissa), ante el escándalo de Enrique Álvarez Félix, quien sin embargo sí las dice en inglés (“With that greaser!”, que en ese contexto sí es palabrota, aunque Sergio Jiménez la devalora [“¡ya te dijeron chamagoso!”]).
            Más procaces fueron Óscar Pulido (“si quiere objetar, objete”) en Mi mujer necesita marido, o Abel Salazar (“en mi casa hay ladrones; ladrones, señorita, dije, dije ladrones”) y el mismo Pulido (“la sustituta de mi nuera; dije sustituta”), ambos en Yo quiero ser tonta. O las frases de doble sentido de Germán Valdés, de Mario Moreno, de Ángel Garasa, de Joaquín Pardavé (“las manitas afuera”, le ordena a Germán Valdés mientras lo arropa, creyendo que es su hijo); Pedro Infante y hasta el mismo Jorge Negrete.
            Con las novelas de los años cincuenta las palabrotas fueron adquiriendo carta de naturalización; Carlos Monsiváis las celebra en Días de guardar, e inmortaliza el que aparezcan en la prensa, donde estaban prohibidas, y lo siguieron estando durante mucho tiempo; me enorgullezco de haberlas explotado en una columna en El Financiero, cuando con ello reté al jefe de la sección de Deportes, y al contrario, nos hicimos cuates; no las usé sin motivo: recopilé las que se colaron en los micrófonos de radio y televisión: “Pa’ mí, Paquito, que todos son ojetes”, de Porfirio Remigio entrevistado por Paco Malgesto, a propósito del peligro de los ciclistas italianos, franceses y belgas (con su permiso); el “¡me chingó re bonito!” con que José Toluco López desmintió a Toño Andere que Filiberto Nava pegara como nenita (la frase es de los años cincuenta, pero El Doctor Netas la usa para reprocharle a Nicasio que se deje ganar por el sentimentalismo); los gestos de Javier Fragoso ante Pedro Nájera, Panchito Hernández y José Antonio Roca, con lo que expresaba “ya me los eché”, gesto que después fue conocido como la Roqueseñal, en la Cámara de Diputados, y que fue vista por los espectadores que, observaron, asombrados, que Fragoso había anotado su tercer gol como integrante del Puebla ante el América que lo había malvendido. Aunque aún tiembla la mano al teclearlas, ya no son tachadas por los correctores ni por los jefes de redacción, ni menos por los jefes de sección, que a menudo ignoran que sus secretarios de redacción los están albureando.
            Más difícil, que llegaran a la televisión; la memorable “cabrón” que gritó Enrique Álvarez Félix en la telenovela Las gemelas conmovió a pocos, porque se transmitía muy tarde, con escasa audiencia. Nada comparable a la frescura con que Jesús Ochoa, Christina Pastor o Isela Vega las pronuncian, dándole sabor a cada una, haciéndola no sólo agradable, sino memorable; Ochoa, por desgracia, ha sido estereotipado, pero salva cualquier escena con algún improperio; las de Isela Vega son simpáticas, y las de Pastor hacen buena una película mala como Corazón de melón.

Pero quedamos que en la literatura ayudaron a la madurez de los lectores, que antes se excitaban hasta con un “pinche”, y ahora no se escandalizan y, si están bien usadas, las festejan. En algunos autores siguen sirviendo de catarsis; en otros, para hacer culminar una escena; otros, para mostrar el carácter de algún personaje; otros, por desgracia, sólo para asustar a los lectores que ya no se asustan, cuantimenos cuando las sueltan remedos de locutores que pronuncian un “güey” que antes ofendía, y hoy sirve para recalcar que el que la dice considera su amigo al que se la asesta. Es de temer que ante tanta proliferación, las palabras soeces hayan perdido su carga subversiva, sediciosa, provocadora; no excita, no conmueve, no produce emoción erótica; no ofende, no trasgrede, no produce cólera, y a veces se recibe con simpatía; de por sí, asestársela a los cuates le quita toda la intención; al saludar a alguien con un “quiúbole cabrón” ya no se le dice que consciente que su mujer copule con otros; a veces, es también un elogio: “¡qué cabrón eres!”, como diciendo que es muy competente en su trabajo, o un abusivo con sus clientes o sus subordinados; si Gustavo Sainz titubeó para usar un “pinche” en Gazapo, muchas obras actuales (me niego a calificarlas de novelas) usan el “pinche” hasta en su primera acepción. Supongo que la emoción de buscar una palabra soez en un diccionario persiste en niños que no han perdido la inocencia y que no son clientes de las televisoras, las que han sido eficaces en eso de quitarle subversión y rebeldía a las palabrotas, así como devaluaron el futbol, el boxeo, el toreo, la música popular, la música sinfónica, el cine, el teatro, la actuación, y minimizaron el erotismo con escenas toscas e inverosímiles, y han permitido que sus estrellas se exhiban copulando con otros que no son sus parejas, que declaren cómo, cuántas veces, en qué posiciones y con quiénes. Nadie se escandalizaría como se escandalizaron cuando Isela Vega describió su muy peculiar vestido: “son pendejuelas, licenciado”. Ya no necesitan permiso de Gobernación para que un escritor pronuncie peladeces en televisión, ni le agradecen, como lo hicieron con Camilo José Cela, por no utilizarlo. Me imagino, en cambio, el escándalo si ahora Gobernación sancionara a quienes las pronuncien, sobre todo en horario familiar; gritarían que es un atentado a la libertad de expresión, aunque no saben, no entienden, qué quiere decir “libertad de expresión” (ni sabrían usarla). Las escenas que antes podían ofender comenzaron a distenderse cuando, en los años ochenta, un comercial de Splendor Champú, con música de “New York, New York”, culminaba cuando una modelo, bella y elegante, le agarraba la nalga al modelo que la acompañaba, con más estilo que como se las agarran a Sandra Bullock en casi todas sus películas; de allí a las escenas supuestamente ardientes en las telenovelas se pasó a la exhibición de escenas de sexo compartido, desnudos justificados o gratuitos, con actrices potables o con “garras” ocasionales.

Las groserías no son lo que fueron; por ello, espectadores disfrazados de forofos elogian a un jugador creyendo que lo insultan; es de suponer que no juegan ni jugaron, porque no advierten que los buenos jugadores no hacen caso de lo que dicen en las tribunas; lo bueno es que se emocionan cuando, anacrónicos, pueden pronunciar una palabrota en público, aunque no sepan lo que significa. (Y, en el cine, sigo prefiriendo los desnudos [los femeninos] en vez de las palabrotas, aunque las pronuncien Wynonna Ryder o Jesús Ochoa. Y sigo prefiriendo un baile donde, al girar, muestren las pantaletas [Debbie Reynolds, Ginger Rogers, Lilia Michel, Mapy Cortés] a que anden sin pantaletas.)

Cuando entré a la Secundaria 12 iba protegido por Agustín Granados, Luis Vega, Jorge Orta, Pancho Ramírez, Luis Vázquez Ramírez, por lo que me salvé de la iniciación, que se llamaba “novatada”; cuentan las leyendas que las novatadas en la Universidad eran salvajes; hacían desfilar a los de nuevo ingreso vestidos de mujer; encadenados, semidesnudos, a cuatro patas, ladrando, porque se les llamaba “perros”; los bañaban con pintura roja, y los rapaban, dependiendo de qué facultad se tratara la novatada; ni siquiera se salvaban los de Filosofía y Letras; los jóvenes que andaban rapados mostraban orgullosos su carencia de cabellos, porque así sabían las pretensas que ya era universitario; era más significativo que el estetoscopio de los estudiantes de medicina; en preparatoria no eran tan exhibicionistas, pero no se salvaban del rape; en la secundaria esperaban a los de primero para conducirlos a un grupo donde los que mangoneaban traían unas tijeras, y los trasquilaban de tal manera que no quedaba más que raparse; no llegaban a las escenas de Mario Vargas Llosa en La ciudad y los perros, pero el sentido de humillación era similar. Y no se diga de las novatadas del Instituto Politécnico Nacional
            Mi amistad con los de tercero, o los que ya estaban en preparatoria, me salvó de la rapada; no del acoso de algunos: Alonso, Alós, Mancera; Alós era especialmente molesto; se burlaba de mi estatura (él era dos centímetros más alto), de que no era rubio ni pecoso como él, y de que tenía mejores calificaciones que él. Durante dos meses tiraba mis libros cuando pasaba, me tropezaba, me empujaba; no había manera de aguantarlo, pero sí de retarlo; a la hora de la salida, a la vuelta de la entrada para evitar que llegaran los maestros o los prefectos, se adelantó Roberto González, conocido como El Centavito, porque era igual de chaparro que nosotros; no llegó a empezar la pelea; Alós, cuidando la derecha, se descuidó y recibió un izquierdazo que le partió el labio; a partir de ese momento los tres nos hicimos amigos. No sé por qué mi generación no ejerció la misma presión sobre los de primero, cuando pasamos a segundo, pero no recuerdo que haya habido más que unos cuantos rapados, que parecía que deseaban sufrir esa especie de humillación, pero que no se ejercía con violencia física. A veces los maestros se ensañaban con los matados, con los Ciros Peraloca como le decían a los que sacaban buenas calificaciones (sacar, más que obtener; parecía más cuestión de suerte que de estudiar demasiado), y propiciaban que los de bajas calificaciones se burlaran de los “matados”; pero no duraba mucho, y los maestros terminaban por someterse, aunque había algunos cábulas que se cebaban en los de mejores tareas; y los que éramos elogiados por las maestras de historia, geografía, lengua nacional, matemáticas, sufríamos a la hora de Deportes, donde el maestro obtenía sus orgasmos abusando de su superioridad física, mandando balonazos de basquetbol o de volibol con tanta violencia que nos hacía quedar en ridículo, y tenía preferencia por los buenos atletas que, en cambio, eran pésimos en las materias académicas. “Delicaditos”, le decían a los que no hacían más de diez lagartijas, o los que no dominaban las paralelas (en nuestro grupo, Tena sobrepasaba la altura de las barras casi sin levantarse; Elizarrarás [¿hijo, sobrino del compositor?], que como tuvo poliomielitis, tenía mucha fuerza en los brazos, y hacia 50 dominadas en cuestión de minutos).
            Fuera de esas horas en Deportes, o en el Taller, donde sufríamos los que carecíamos de habilidades manuales (menos una, je), no había mayor problema; como Antonio Badú y Pedro Infante, José Alós y yo nos repartíamos (imaginariamente) a las “viejas”, hasta que se volvió realidad, pues, ya lo conté, a mí me abordó Sandra Roldán y a José, Lola Mayén.

Mi venganza era cuando llegaban las pruebas; nos acosaban a Cuauhtémoc Valdés, a Víctor Tovar, a Maximino Ortega Aguirre, para que los ayudáramos; y entonces éramos nosotros los bulleros, los que nos aprovechábamos y, a cambio de una guía, se comprometían a ser nuestros guaruras durante el siguiente semestre; y éramos acosados por las compañeras más coquetas, más simpáticas (casi todas nos parecían bellas).
            No nos enterábamos de casos extremos que ahora salen a relucir; no pasaban de molestarnos, a menos que fuera alguno de los pandilleros vecinos, o que se colaban a las escuelas; en el edificio había uno, Temo (hipocorístico de Cuauhtémoc) al que temían hasta sus hermanos mayores; no pasó de que me arrebatara algunos dulces, de que no me dejara pasar al edificio si no le daba un 20, una charamusca, o hasta que se daba cuenta que los vecinos se daban cuenta; su tiranía terminó una tarde en que un vecino, cansado de lo que le hacía a sus hijos, lo golpeó de una manera tan increíble que todos nos quedamos azorados, y las mujeres del edificio, que por lo regular lo evadían, salieron a defenderlo. Sacaron una silla, y allí, sentado, indefenso, lloraba sin consuelo; don Fidel, su agresor, parecía no temer al padre, cuyos ingresos provenían de sacar a los borrachos necios en una cantina; tenía la costumbre de golpear a sus hijos por la mañana, por lo que fueran a hacer por la tarde; los hermanos mayores también eran temibles, pero no con nosotros; estaban inscritos, uno, en Medicina, otro en Derecho, pero al parecer no iban a clases. Uno, el más dócil, terminó en la cárcel por pagar a cuchilladas una cuenta de tacos que le pareció excesiva.
            Lo que ahora parece lo más común era, o nos parecía, inexistente. Pero ahora que lo pienso, todos fuimos buliados, y de muchas maneras buleamos: lo que hacíamos nosotros era humillar a los que nos humillaban, cuando respondíamos las preguntas de los maestros, cuando éramos elogiados por las autoridades escolares, declamábamos de memoria “La Suave Patria” sin necesidad de apuntes, o cuando respondíamos con algún golpe inesperado que dejaba aturdido al agresor, llorando (como le hice a Nájera Gutiérrez, uno de los golpeadores).

El acoso que ahora acusan las mujeres en los trabajos no las deja chambear a gusto, sienten que las espían, que sólo esperan a que se sienten mal para admirar sus piernas, que las invitan un café, una copa, una cena, siempre con la intención de sacar algo, lo más rápido y barato posible, y, mejor, sin compromiso; se quejan de que mientras más alto puesto tienen quienes quieren sacar provecho, mayor es el acoso; ¿cómo hacían antes para conseguir novio, para acercarse al que le gustaba, cómo para hacer que se enamoraran y casarse con él? El mundo cambió sin que me diera cuenta.

El mayor reproche de Borges hacia el futbol era por el encarnizado patriotismo, el nacionalismo más barato, por la incapacidad para disfrutar lo que tenga de disfrutable el juego, y que los espectadores sientan como suya la victoria, y se depriman con una derrota. Hace unos días un periodista, creo, se burló (como si con burlarse criticara) de un seleccionado mexicano que al querer lesionar a un contrincante se lesionó él mismo; el aludido contestó con una frase inadmisible: “creí que eras mexicano”, con lo que quiere obligar a todo el nacido en este país a “irle” a ese equipo, a considerar que el equipo representa al país, y que si gana el país gana y si pierde el país pierde, y que de esa pasión hay que excluir la crítica.
            Pior (superlativo de peor): los aficionados se erigieron en jueces; muy su derecho, pero usurpan una función sin entender cuáles son los requerimientos de esa profesión; la primera, la imparcialidad, característica de la que carecen (sólo los salva el humor, con las exageraciones de “No era penal”, algunos geniales como los que sube a las redes Vanessa Fuentes); otra, delegar funciones; el árbitro, por lógica, debe ver varios aspectos del partido, y por ello, deja de ver otras, por lo que debe confiar, sindudamente, en sus auxiliares, que cumplen otra función indispensable; ni los asistentes al estadio, ni los locutores ni los camarógrafos, ni mucho menos los televidentes, saben si lo que marcan árbitro y abanderados es correcto; así, los descalifican sin saber si las jugadas “fuera de lugar” fueron bien marcadas; pior, afirmaron que no fue falta la que marcaron contra el equipo que se dice mexicano (aunque varios de sus integrantes juegan en otros países); ignoran que los árbitros van a marcar falta siempre si el que la comete, o se sospecha que la cometió, levanta las manitas como diciendo “¡ay, yo no fui!”; es como el que en el Metro esconde el celular con que ha estado fotografiando a una viajera que muestra, sobre todo de manera involuntaria, las piernas o el escote; lo primero que dice una regla es no si golpeó, trastabilló, sacó de equilibrio al contrincante; basta con que haya tenido la intención, y sobre todo, si en la jugada el atacante tenía posibilidades de crear peligro; y si lo tropieza (aun si desear lastimarlo) y levanta las manitas, sea como sea, es falta; hay que ser ingenuo para creer que no las van a marcar.

Hace un par de semanas intentaron atropellarnos; Lourdes, como las mujeres del pasado, está en casa con la pierna fracturada; pero inquieta como es, me acompañó a una compra; la mayoría de los automovilistas, cuando la veían enyesada en el camellón, o en una banqueta, se detenían y cedían el paso, cuantimás las patrullas. Pero al regresar, al cruzar Mariano Escobedo, aunque un automovilista de detuvo, no lo hizo el conductor de un Ruta 100; pero estaba en alto, y llegamos hasta donde podíamos pasar; se puso el semáforo en verde cuando estábamos por terminar de cruzar la calle, cuando arrancó; alcanzó a darle un golpe a Lourdes, quien no podía correr; cuando iba a darle otro golpe alcancé a aventarla, y ella dio dos pasos rápidos, con riesgo de lastimarse más el pie fracturado; al chofer no le bastó, y me embistió; no fuerte, pero alcanzó a darme dos golpes entre el brazo derecho y la espalda; una camioneta se le puso enfrente y sólo así se detuvo, aunque ya me había puesto lejos de su alcance; le reclamaron varios conductores, automovilistas, peatones, testigos del acto; Lourdes golpeaba con el bastón las ventanas, enfurecida; la bestia humana abrió la puerta y dijo que sí se había detenido. No pretendía atropellarnos; ignoro si me identificó: critico las decisiones de su jefe; o a lo mejor era lector de alguno de los autores (o editores) a los que denuesto con argumentos, verifico su mala escritura, sus desaciertos, sus descuidos, sus erratas. Pero ni así nos callaremos.

Por cierto, ¿el jefe de esa bestia sabrá la diferencia entre “alarma” y “alerta”? Otra pregunta, sin respuesta: ¿los santos y los sabios comparten cualidades y defectos? Una más: ¿los que dicen defender a los animales en circos, zoológicos, ya leyeron a Gerald Durrell y lo que dice al respecto? La última y me voy: ¿qué significa “irle” a un equipo?

martes, 24 de junio de 2014

Cuiloni, cuiloni; diferencias entre la a y la o

Consigna Salvador Novo, en Las locas, el sexo y los burdeles, que durante lo que ahora conocemos como La Noche Triste, los mexicas corretearon a los españoles desde la actual estación Zócalo del Metro a la actual estación Tacuba, al grito de “Cuiloni, cuiloni”, que significaba “sacatón”, pero también sodomita. Llama la atención el parecido de aquella voz mexica con la actual que lanzan en los estadios de futbol, y que, muy retadoramente utilizan en un comercial de radio para una mujer que vende hules; en su utilísimo Diccionario del español en México, Luis Fernando Lara acota que es un adjetivo que se le aplica a los miedosos; no lo hace explícito, pero puede ser porque, al huir, es el trasero lo único que se le ve; el Diccionario de la Real Academia no lo registra, Guido Gómez de Silva asevera que es una voz malsonante, y el muy cuestionado y cuestionable diccionario de mexicanismos coordinado por Company y Company le da más usos, además del de miedoso; también es el que se arrepiente y el (maestro) que reprueba; ya sabemos que este diccionario, más folclórico que útil, entiende poco del hablar mexicano. Para García-Robles es también sinónimo de gandalla.
                Pero ese adjetivo lanzado por los forofos de un equipo contra los militantes, los porristas, los directivos del equipo contrincante (y también contra los locutores) ha sido sustituido, o agregado por otro, que estuvo prohibido en los medios de comunicación incluso cuando ya proliferan hasta en horarios infantiles, en boca de locutores que creen que, al pronunciarlas, divierten a la gente que ya no se escandaliza.
                Pero esta palabra todavía ofende, lo mismo en la versión masculina que en la femenina. Con ser tan parecidas, son muy diferentes. En la acepción masculina tiene un origen muy específico: “extraño”;  “
Homo sum, humani nihil a me alienum puto”, o sea “humano soy, nada humano me es ajeno”, o extraño. Extraña, o ajena, resultaba la conducta, aunque ahora se sabe que no era tan extraña, pero no reconocida públicamente. En su versión femenina, que ya desapareció del Pequeño Larousse Ilustrado, deviene de “muchacha”, que no tenía esa connotación en el italiano antiguo, según Corominas; En el latín servía para ambos sexos, pero insisto, no era una voz reprobable ni sería incluido en el originalísimo Los adjetivos de la lengua española, de Honorato Colmenares, que en su apartado V incluye Hedonista, concupiscente, Concupiscible, Sibarítico, Lascivo (salaz, lujurioso, libidinoso, lúbrico), Ardiente (cachondo, caliente), Incontinente, Copulador (fornicador), Ninfomaniaca, Sicalíptico, Afrodisiaco, Fácil, galante, cortesana, liviana, casquivana, Erótico, Sensual, Voluptuoso, Orgiástico, saturnal, Íncubo, Súcubo, Sexual, Homosexual, Lesbiana, Asexual, Bisexual o hermafrodita, Sexuado, Sodomita, Misógino, Sádico, Masoquista, Masculino, Varonil, viril, Femenino, Afeminado, Feminoide, Hombruno, Embarazada, preñada, encinta, grávida, Prolífio, Bígamo, Adúltero, Cornudo, Bastardo, espurio, ilegítimo… Como se ve, nada que pueda gritarse en un estadio; los gritos, como los hipocorísticos, son mejores si son de dos sílabas; si son de tres, muy raros, necesitan que la segunda se extienda, siempre y cuando la palabra sea grave (o llana).
            Decir que un hombre es miedoso equivale, dicen nuestras autoridades que cuidan no ofender a nadie aunque para ello deformen el lenguaje, es compararlo con una mujer. Y Colmenares, como se ve en los adjetivos que incluye en su apartado V, registra que para describir a un hombre poco valiente se le asestan atributos femeninos, si es realidad que las mujeres son menos valientes que los hombres, lo que ya sabemos que es una falacia; de no ser así, poco miedo se le tendría a las mujeres a la hora de confesar en quién y con quién se gastó el cónyuge masculino gran parte de la quincena, o por qué llega oliendo a Jardines de California; y a la ora de las decisiones trascendentales, son ellas las que se arriesgan, las que se avientan más; no que no haya hombres decididos, pero son menos que los precavidos; el refrán que recomienda precaver antes que arriesgarse, es masculino. Y en las playas, son más mujeres las que se suben a los paracaídas, más las que se lanzan a los globos, y en igual número que hombres, las que andan esquiando.

La abundancia de atletas que tienen una preferencia sexual diferente de la que el género cree más numeroso, demuestra que no todos son sacatones o cobardes; muchos han sido boxeadores, otros son atrevidísimos a la hora de bloquear a los linieros que buscan taclear a corredores o mariscales de campo, y éstos, con ser menos altos y menos corpulentos, no sólo no le sacan sino que retan a sus atacantes; en el beisbol todos se lanzan a buscar la siguiente base aunque sepa que lo van a bloquear o que las lesiones causadas en las barridas pueden tardarse días en sanar, además de los dolores brutales.
            Hay menos valor en los futbolistas que, luego de cometer una falta (un tropezón por atrás, un tapón, una patada a destiempo, una entrada fuerte), levantan las manitas como diciendo “yo no fui” (¡ay, chuz!). Más, entrar en una zona donde proliferan las patadas, casi nunca accidentales; y mucho valor se necesita también cuando, como en muchos ejemplos ilustrados por Juan Villoro en su nuevo libro sobre futbol, reconocen que la falta que sanciona el árbitro en realidad no fue falta; y cuando aun así el de negro (frase provocativa) marca la llamada pena máxima (penalización; pena es dolor o vergüenza), patea el balón sin potencia o intencionalmente lo echa fuera, para coraje de los forofos de su equipo que no saben o no aceptan el decoro y la decencia entre los deportistas.
          Lo escandaloso es el escándalo que se armó por un grito destemplado, y que pocos han podido explicar: ¿Piensan los espectadores que con los gritos van a distraer a los jugadores? Tendrían que leer a Jorge Portilla para entender que, de lograrlo, sería un éxito momentáneo y a la larga inútil.

Desde 1993, y hasta 1997, tuve a mi cargo la sección de Deportes de El Financiero; aunque dimos preferencia a otros deportes más vistos por los lectores del diario, cubrimos lo más importante del soccer: dábamos los resultados; Refugio, que sabe bastante, hacía pronósticos, y visitábamos los entrenamientos, pero en busca no de opiniones o de “color”, sino de otros asuntos: los conocimientos de política o economía de parte de jugadores, entrenadores y directivos, su ética y su decencia, su cultura; seguíamos otros deportes, y tampoco por los resultados; nuestros análisis, si no siempre certeros, eran en cambio muy originales, divertidos aunque muy serios; había siempre buen humor, y muchos políticos llegaron a opinar que éramos una sección tan temible, cuando menos, que otras a las que le sacaban. Después pasé a la mesa de redacción y al poco asumí la jefatura de redacción, aunque con otro nombre.
                En todo ese tiempo evité no siempre los albures, porque Salvador Frausto y Rafael Cervantes (Aldo no, era muy apaciguado) aprovechaban mis descansos o alguna distracción para echar albures en los pies de foto, que no entendían los filtros, o los dejaban pasar. Lo que evité fue que le llamaran “TRI” a la Selección Mexicana de Futbol; lo hice por varios motivos; el primero, que fue una invención de un diario deportivo, el Esto, por el poco espacio que tenían para cabecear; usarlo sería copiarlo; el segundo, porque se presta a las cabezas fáciles, sin imaginación, simples; el tercero, porque el equipo tiene un nombre que no es “Tricolor” ni “México” (no es el país el que juega, sino un equipo que no representa más que a una parte mínima de la Federación Mexicana de Futbol, la que representa la Primera División de la Liga Mexicana de Futbol profesional, que no es ni con mucho, la mayoría en ese deporte; tampoco es el más popular, como afirman en la televisión: para sorpresa de ellos, el basquetbol es el deporte que más se practica en México), sino Selección Mexicana de Futbol; la cuarta, que ya ni siquiera usan, y con lo que violaban la ley, los colores de la bandera mexicana en el uniforme, y por último, pero con el mismo peso, que desde muy poco después de Avándaro, donde se convirtieron en el conjunto de rock más popular, el Three Souls in my Mind, fue conocido como El Tri antes de que hicieran oficial su nombre. Y como la sección se distinguía (y lo reconocieron en muchísimos lados) porque no nos restringíamos al deporte y mucho menos al futbol, sino que lo abordábamos desde la sociología, la política, la economía y sobre todo desde la cultura, no ignorábamos que aunque los que se limitaban al futbol identificarían con ese nombre a un equipo mediocre: la mayoría de nuestros lectores pensarían en el conjunto, que tampoco es bueno, aunque sí original.

Tengo la esperanza de que todo lo ido, regrese; en los alegres veinte el charleston, que no se bailaba como lo hacen Marga López en Tu hijo debe nacer o Tin Tan, Martha Valdés y ladies en El hombre inquieto, años en que cobró popularidad de “Bailando el charleston” ("como en los tiempos de papá y mamá”); era un baile cuya provocación menor consistía en que las mujeres se levantaban el vestido por la parte de atrás, como las bailarinas del can-can, mostrando las entonces novedosas tarzaneras; o como, más fugazmente, en los años del swing, o sin necesidad de baile, entre los sesenta y los setenta con las chiquifaldas que dejaban ver todo; ahora, aunque siguen siendo minis, son bastante púdicas.

Hay instituciones que vigilan que haya equidad y competencia legal en la vida comercial mexicana, pero exageran: los almacenes conocidos como supermercados dejaron de ser, desde hace mucho, como los describía Salvador Novo a finales de los años cincuenta y principios de los sesenta; los precios son similares, aunque no la existencia de mercancías; en todos, la carne es malísima (los que vivimos por el poniente de la ciudad sufrimos más embotellamientos y más mala carne que en muchos otros sitios). En donde sí hay equidad es en los comerciales: son malos, sin ingenio, sin imaginación, y muy vulgares.


Acusan a los propietarios de autos viejos (más firmes, más seguros, más autos) de causar la contaminación que es más bien producto de la industria (el 88 por ciento), y sospechosamente tratan de que cambiemos esos autos por otros más caros, más inseguros, menos cómodos y más contaminantes; las autoridades olvidan que fueron ellos quienes autorizaron que los vendieran, que la gasolina que contamina es la que ellos venden, cara y vendida con disminución en los expendedores que ellos autorizan y vigilan.