martes, 16 de septiembre de 2014

En defensa de lo correcto; deporte vs cultura; ¿cacahuates o cacahuetes?

Una comisión que revise el pasado desde nuestra óptica actual debe de prohibir la exhibición de ciertas películas de nuestros mayores ídolos cinematográficos y discográficos; por ejemplo, Jorge Negrete golpeando el trasero de Lilia Michel, puesta en sus rodillas, en No basta ser charro, nada más para quitarle lo caprichuda y voluntariosa, ante la mirada complaciente de don Manuel Noriega, su papá de ella, que no supo educarla; Michel, por su parte, pronuncia un provocativo “respeta mi dolor” mientras se soba los glúteos; al mismo Negrete cuando le canta a Gloria Marín “quiera Dios que si es bonita le dé la viruela loca” por burlarse de sus características físicas; Tin-Tan debe ser excomulgado no sólo por la lascivia con que observa a propias y extrañas, sino por decirle “enano” a Tun-Tun en vez de “Pequeñín”; deben de prohibir también El mil amores, sobre todo la escena en la que Infante le canta a varias adolescentes arrobadas “te miras re mona, de pies a cabeza”, tanto por alusión a su semejanza con una especie no humana, como por la insinuación de pederastia; y por la escena en que Martha Alicia Rivas recibe el epíteto, de parte de Infante, de “escuincla” en vez de llamarle la atención, con maneras suaves, para que no ande divulgando los varios romances que tiene el que ella cree que es su padre; y la escena en la que Infante (aunque me regañen los que se la saben de memoria) le canta a la supuesta quinceañera Anabelle Gutiérrez una canción sentimental, y le dice que le gusta un montón, también por pederastia; y la escena en que varios niños turbados comentan que las piernas de Rosita Quintana no pueden ser de niña, mientras ella se las muestra a un más turbado aún Abel Salazar en Menores de edad; y por violencia doméstica, cuando la misma Quintana es sometida a nalgadas por un brutal Pedro Armendáriz en El charro y la dama, en vez de mostrarle con ejemplos cómo se calienta el café; por lo mismo, se debe suprimir todo El inocente, porque Infante es incapaz de tolerar la ineficiencia de Silvia Pinal como ama de casa. Y todas las cintas donde Mario Moreno Reyes le dice “changuita” a cualquier dama apetecible, y donde Marín lo moteja de Chato; y las canciones de José Alfredo Jiménez donde se queja de que, a pesar de ser muy macho, tiene ganas de llorar; o en las que muestra su dolor en una cantina, donde de tan borracho se le caen la copas sin darse cuenta; o las de Lara en donde se desquita del desprecio de su enamorada espetándole que vende caro su amor; o en la que insinúa un amasiato en donde le advierte a su compañera que mostrará su deseo arrodillándose para besarla, sea por la insinuación de cunnilingus o por la de su baja estatura, que más bien debe decirse “su talla menuda”; la historia deportiva de nuestro país deberá borrar las páginas donde se hable de Rodolfo Casanova como El Chango; a Raúl Macías nunca más se le deberá motejar como El Ratón; el Club Deportivo América no mencionará nunca más a varios de sus jugadores paradigmáticos, como El Monito Rodríguez, El Gato Lemus o El Tigre Gómez; el Club Guadalajara borrará las referencias al Tigre Sepúlveda (estos últimos, por compararlos con especies animales) y al Jamaicón Villegas por su proclividad a llorar cuando extrañaba el ají (para evitar la alusión sexual al mencionar el chile) insinuando una discriminación por falta de machismo; o al Pájaro Huerta o el Piolín Mota, por su talla menuda; en el beisbol, entre otros, no debe mencionarse al Tribilín Cabrera por burlarse de su estatura descomunal, lo mismo que al Grandote Peña; al Superratón Zamudio y al Cañitas Moreno, ambos por su estatura menuda; al Charolito Orta por su color afroamericano (como, en el boxeo, al Canelo Urbina) ni, en general al Galliña Peña, al Avestruz Rivera, al Becerril Fernández, al Bicho Pedrozo, al Borrego Álvarez, al Pulpo Remes, al Burro Hernández, al Camaleón García, al Camarón Álvarez, la Coyota Ríos, el Canguro Amaro, el Pajarito Guerrero o el Pajarito  Moreno, el Gato  Gastélum, el Mosco Reyes, la Rata Vargas, el Toro Valenzuela, el Conejo Díaz, la Coyota Ríos, la Tuza Ramírez, por sus motes con que los semejan a animales, o la Lulú Palmer por su prudencia a la hora de los cocolazos, al Chololo Díaz por sus calzonzotes (literalmente), o los apodos despectivos dependiendo de sus rasgos, su cabello, la Muñeca el Peluche Peña, Huevo  y Huevito Romo, Toche Peláez, el Mamerto Dandrige, el Zurdo Ortiz, el Pecas Serrano. En otras actividades, nadie tiene derecho a burlarse del Samurai de la Canción, de La Estatua de Canela, El Yeti de la Canción, CapulinaLa Güera Rodríguez. Nunca más debe de leerse al doctor Spock, porque aunque recomendaba educar con dulzura, llegó a decir que una nalgada a tiempo evitaba travesuras peligrosas.
                (A propósito de la persecución en las redes sociales, nadie se queja de las acusaciones a personajes públicos por delitos o actitudes no probadas, por sospechas injuriosas, por inventar cuestiones sexuales que en todo caso son privadas o íntimas, sin recibir por ello castigos o reprimendas, sino aplausos, y casi siempre de manera anónima, como los cobardes que llaman pendejos a quienes opinan, critican, juzgan con los pelos en la mano, basándose en ese anonimato que le da valentía, incapaces de dar la cara ni el nombre, aunque su nombre sea insignificante.)

Hay rivalidades mayores que las propiciadas por el futbol , pero que no enfrentan a los contendientes; bueno, a veces, se terminan amistades no tan firmes como se creería; en la música no pueden estar juntos en la misma sala los que admiran a Herbert von Karajan y los que rinden pleitesía a Wilhelm Furtwängler; los primeros admiran la disciplina, la perfección técnica y la puntualidad de Karajan para tocar, casi sin variaciones, sus piezas favoritas, entre ellas las Séptima y Novena Sinfonías de Beethoven, que son las que emocionan a quienes creen que Furtwängler pone un acento marcial, pero no militar, a esas obras, a las que le da un ritmo insuperable que hace que se enchine la piel al descubrir el diálogo entre una flauta delicada y un bajo impetuoso, y que a 60 años de haber sido interpretada, esa versión de la Novena reverenciada por los melómanos, nada menos que en Beirut, sigue estremeciendo a quienes la escuchan en una versión discográfica no tan perfecta como la ejecución.
Viene a cuento porque el 31 de agosto el director de varias orquestas, entre ellas la de Minería de la UNAM, Carlos Miguel Prieto, estaba a punto del llanto al terminar su versión de esa Novena de Beethoven que, como él mismo explicó, es una de las obras más conocidas por los públicos de todo el mundo, incluso los que no saben de música pero les gusta, o a los que no les gusta pero van a las salas a dormir plácidamente.
                Lo que no sabemos es si lloró emocionado, o por el resultado de su interpretación; estaría disculpado, porque ese domingo se demostró que el deporte sí es enemigo del arte; ese día se le ocurrió a las autoridades del Distrito Federal organizar un maratón para desquiciar el tránsito de la ciudad, y obligó a los músicos a recorrer casi diez kilómetros cargando sus instrumentos para tratar de llegar a la hora sideral, la que gustaba a Silvestre Revueltas, Carlos Chávez, Luis Herrera de la Fuente y Eduardo Mata para comenzar puntuales sus conciertos; el violinista que tocó muy bien el concierto para violín de Brahams (uno de los considerados como los cinco mejores hasta la fecha, junto al de Beethoven, al de Tchaikovski, el primero de Mendehlsson y al segundo o al cuarto de Paganini), superando por mucho a la orquesta, llegó agotado por la carencia de vías y porque la mayoría de las arterias estaban cerradas para que los corredores simularan que corrían mientras contaminaban las calles por detenerse a orinar sin importar que los vieran los vecinos curiosos (de las categorías premiadas, las autoridades no nos informaron del resultado de la más difícil: correr —o trotar o caminar— mientras hablaban por su teléfono celular o enviaban mensajes de texto); el propio Prieto presumió de haber recorrido a pie esos ocho kilómetros, demasiados para quienes no caminan su media hora reglamentaria.
                Prieto nada más cargaba la batuta, y algunos violín, o viola, o trompeta; pero los que llevaban el tololoche, o el arpa, o el piano, o los timbales, ¿cómo le hacían? No todos llegaron a tiempo. Los cantantes llegaron hasta el tercer movimiento. Fue evidente que los músicos estaban cansados, que empezaron media hora tarde, y que les urgía tocar con rapidez, así que los compases maestosos del primer movimiento de la Novena de Beethoven los interpretaron no majestuosamente, sino con prisa, lejanos de la majestuosidad de las versiones de Karajan y de Furtwängler, sino de la inquietud de Toscanini, un director al que no aprecia ningún ferviente beethoveniano. Luego desperdició el tercer movimiento, el favorito de los mismos beethovenianos, y el cuarto fue un desastre: al bajo se le iba la voz, el tenor parecía más barítono, y la diferencia de altos entre la soprano y la contralto era notabilísima. Los coros los superaron por mucho.
                Tenía razón Prieto para llorar: Mancera le echó a perder el lujo de una pieza que se sabe de memoria todo forofo de la música; le queda el consuelo de que no fue peor que la versión de Simon Rattle, tan sobrevalorado.

Que Mancera presuma el maratón es lógico: ahora no le dio patatús a ningún corredor, nadie se colapsó, y sólo hubo unos cuantos desmayados; pero las autoridades siguen pensando que la política deportiva es presionar para los ejercicios domingueros, y privilegiar a una elite de por sí privilegiada por la naturaleza; pero la verdadera educación deportiva no consiste en lograr que una mínima parte de la población alcance niveles competitivos, sino que la gente aprecie todos los deportes y no sólo el más ñoño, que se divierta y se entusiasme con el golf, que no crea que el futbol (el mal llamado americano) consiste sólo en la fuerza bruta, y que no menosprecie a los que no consiguen el triunfo o el campeonato; que la gente aprenda a beber, a comer, como debe ser, no que deban poner a correr a todos, cuando es evidente que la mayoría no tenía posibilidades de competir, sólo de participar: por mi ventana vi a los que iban en los primeros lugares, y luego vi pasar a los restantes veintitantos mil; sólo que cuando nada más habían pasado unos pocos centenares, los triunfadores ya iban llegando a la ex Ciudad Universitaria, y que cuando estaba la ceremonia de premiación seguían desfilando frente a mi ventana unos cuantos miles.
                Lo que no puede entenderse es que Mancera o sus asesores no advirtieran que con su carrera (en la que ganan siempre extranjeros) entorpecieran un concierto, que se retrasó, y que por ello posiblemente no fue lo que pudo haber sido. Ora que ya está acostumbrado, porque los domingos hace que se contamine la ciudad al cerrar largas calles para que los ciclistas de domingo las ocupen toda la mañana hasta mediodía, y cierra la mitad de Chapultepec, y permite que esos deportistas dominicales anden en las banquetas, o con patrullas que les abren el paso aunque estén en alto los semáforos sin preocuparse de los peatones. ¿Mancera ignora que los cardiólogos, y en general los médicos, advierten que los deportistas dominicales en vez de ganar salud se exponen a una muerte más temprana? Lo mismo en el Metro Polanco, donde aconsejan subir las escaleras sonoras, y con eso ignoran que el abuso en el uso de las escaleras, estando a disposición del público los ascensores y las escaleras eléctricas, arruina las rodillas. Deberían consultar a especialistas.

Hace poco dije que a Sandra Bullock le tocan los glúteos más que a ninguna otra actriz, cuando menos públicamente; debo incluir también a Jessica Alba, a Jennifer Anniston y a Maddona, a quien la manosea Al Pacino en Dick Tracy como si intentara corregirle sus errores coreográficos. Pero repito una de mis escenas favoritas de butt grab: en apenas su sexta película Faye Dunaway fue dirigida por Vittorio de Sica y alternaba con Marcello Mastroianni, en Amantes; ella, como Marnie, es una ladrona, una carterista, y le quita la cartera a Mastroianni; éste advierte el robo y la sigue, con sigilo; Dunaway ya había mostrado brevemente un pecho en Bonnie and Clyde  y los glúteos, recostada en una playa, absolutamente desnuda, durante varios segundos, en El arreglo; claro, la toma es lejana, y desde arriba, y puede que haya sido una extra. Mastroianni la alcanza, y le quita la cartera de la bolsa trasera del pantalón; ella debe respingar, pero no le salía, y De Sica cortaba la escena para pedirle que respingara con naturalidad, pero el director no quedaba satisfecho, hasta que, sin avisarle, él le quitó la cartera dándole una nalgada que la hizo respingar; la conclusión de los técnicos fue que a Dunaway le gustaba cómo la tocaba Mastroianni; parece que al final no tuvieron que doblar a ninguno de los dos.

¿De dónde saca Gibbs a tanta pelirroja? ¿Habrá alguna o varias artificiales? Seguramente no muchas podrán presumir, como Julianne Moore, que ella es tan pelirroja que sus desnudos tienen un plus.

En la entrevista de Myriam Moscona a Raúl Ortiz y Ortiz, recogida en El imperio de la armonía  se lee “se lo dije (a ellos)”; son muy pocos los escritores que entienden esa regla; lo mismo las diferencias entre “incluso” o “inclusive”, o entre “quizá” y “quizás”; lo grave ya ni siquiera es que los escritores ignoren eso, sino sus editores. Lo malo fue que no le dijo que a las mujeres que escriben poesía se le dice poetisa.

Se lee en algunos libros: por el Paseo de la Reforma transitaban tranvías (en algún punto lo cruzaban, solamente, y ni era Reforma, sino Rosales); que en la primera mitad del siglo XX había taxis (sólo aparecieron con ese nombre cuando fueron obligados a poner taxímetros, en tiempos del regente Uruchurtu; antes el costo del viaje era a juicio del ruletero —porque daban vueltas por la ciudad como una ruleta—, a quien se le preguntaba “¿cuánto al pueblo de Tacuba?”); que el emperador Maximiliano dormía de piyama; que manoseaba a meseras por debajo de las pantaletas (ninguna de esas prendas se usaba cuando Maximiliano llegó aquí a la nación); estas fallas deberían de ser detectadas por los editores, que en cambio, a la manera de las protagonistas de películas cursis, se atreven a hacer sugerencias en la trama de las novelas.


Se lee en los programas de televisión, e incluso en cabezas (y notas) de periódicos “béisbol” y “fútbol”: se lee en el Nuevo diccionario de de dudas y dificultades de la lengua española “en América —no en todas partes— la forma preferida es futbol,  con acentuación aguda”; ¿por qué esa subordinación a la gramática hispana, al grado de hablar de “cacahuetes”, aunque el original nahua es cacahuate; más indignante que en el Diccionario de Mexicanismos, de la Academia Mexicana de la Lengua, la entrada correspondiente remite al hispano cacahuete. Eso se llama subordinación, dependencia y colonialismo, o cómo se le ocurre a la Academia encargar un diccionario de mexicanismos a una española.

martes, 12 de agosto de 2014

Reclamos de un forofo de Sarita; b y v; inútiles divagaciones sobre el deporte

Me escribe un enfurecido español, escudado en su anonimato, para tacharme de mediocre y loco por atreverme a dudar de la capacidad histriónica de Sarita Montiel, por afirmar que luego de Veracruz (tiene razón en reclamarme por adjudicársela a Anthony Mann, no al culpable Robert Aldrich, autor también de Apache, Doce del patíbulo, Cuatro por Texas) nada memorable hizo; me reprocha no entender que Sarita Montiel (Marco Antonio Campos me aclara que le hizo el feo a Pedro Infante, una de las pocas que se le escaparon) es la máxima estrella cinematográfica que dio España (por encima de Carmen Maura, Maribel Verdú, Candela Peña, por no hablar de las legendarias actrices de teatro como Emma Penella, o de los actores Fernando Fernán Gómez, Fernando Rey, Francisco Rabal, o alguno de los eficaces actores actuales), y sobre todo, por no entender la conmoción que sufrió España entera a la muerte de la muy mediocre Montiel. Si es un símbolo de España, puedo decir, junto a Ninón Sevilla, Arturo de Córdova y Viruta: “Ahora lo comprendo todo”.

En su Gramática española (1975; aún no cumple 40 años) de Juan Alcina French y José Manuel Blecua, se habla de la v labiodental; en los recientes Ortografía de la lengua española, el Nuevo diccionario de dudas y dificultades (de Manuel Seco), el anterior, Diccionario de dudas de la lengua española, en el Diccionario panhispánico de dudas, El buen uso del español y otros, se burlan de quienes hablan de las letras labial y labiodental; en todos estos diccionarios y manuales, al contrario de French y Blecua, afirman que en el buen español se pronuncian exactamente igual, y que quienes, como en el pasado, juntan labios y dientes para pronunciar vino, vino, venir, son exagerados y pecan de ultracorrección, que lo correcto es pronunciar igual bello y vello (para quienes estas palabras tengan igual significado deben sufrir al recordar mejores tiempos), baca y vaca, y dejan el sentido de labial y labiodental a las prácticas privadas del erotismo.
                Pero los gramáticos y los académicos, como los sabios redimidos de Bola de fuego, no conocen el lenguaje corriente, el de la calle, el indómito, que cabe a duras penas en los diccionarios y menos aún en las gramáticas. Una de las reglas ortográficas es que b va después de m, y v después de n y de d; es decir, al pronunciar envase, envuelto, enviado, adviento; en esos casos, lo natural es pronunciar la v juntando labio inferior y dientes; si se pronuncia, como quieren los gramáticos, usando sólo los labios, se interrumpe la pronunciación natural, o pronunciamos mal: emvuelto, embase (a menos que sea término beisbolero).  ¿Alguna vez los gramáticos hablarán en voz alta y se darán cuenta de lo que escriben? ¿Leerán lo que escriben los poetas, los novelistas?
                Cuando menos, en sus avances, tímidos y temerosos, los académicos advierten (con v labiodental) que el criterio gramatical seguirá siendo el gramatical y no el políticamente correcto; que el  género predominará sobre el sexo, y que lo correcto es “los diputados” y no “los diputados y las diputadas”, aunque se admiten los lugares comunes de “señoras y señores”, “damas y caballeros” o, como decía La China Mendoza, “señoras y señores, niños y niñas y Monsiváis”; hay quien afirma que la Academia ya ordena esa imposición de los alumnos y las alumnas, o la utilización de la arroba para determinar ambos sexos en un vocablo impronunciable y además absurdo. Cuando menos, por ahora no.
                Y si los gramáticos leyeran, sabrían que “guión” y “rió” se pronuncian, sindudamente, como bisílabos; por lo corto de estas palabras creen que son monosílabos, lo que da lugar a que buenos libros que no aceptaron la ya obsoleta sugerencia (¿o sugestión?) de eliminar acentos indispensables, escriban guion y rio (de reír), lo que los incluyen en el género de libros híbridos.
                Y para que más le duela a los académicos, ninguna editorial seria, y sólo una revista seria, aceptaron esas sugerencias; y para regocijo de académicos inteligentes (que los hay), se seguirán acentuando sólo y éstos (y sus derivados), porque lo absurdo de que el contexto del texto aclara el sentido de esas palabras fue derrotado; los escritores tendrán que aprender a acentuar cuando se debe y cuando no, y no dejarlo al arbitrio de los lectores, que han demostrado ser más inteligentes que los autores.

Circularon por poco tiempo los comentarios más tontos o incoherentes o absurdos de algunos futbolistas; algunos dijeron que no importa perder todos los juegos si al final ganan el campeonato, o que perdieron porque no metieron un gol, o cosas por el estilo, que no asombran aunque sí divierten; los emiten jugadores que cobran millones de pesos, dólares o euros, que tienen los favores sexuales de actrices, modelos o niñas bien que, es de suponer, los superan con mucho en elegancia, atractivo físico y seguramente en inteligencia y en preparación, y que sólo precipitan el fin de sus carreras y la ruina moral de sus vidas, por andar recordando lo que pudo haber sido y no fue. Pero casi al final de esas compilaciones, casi como remate, pusieron una frase monumental de Franz Beckenbauer, quien tuvo la fama de haber sido uno de los jugadores más finos y elegantes, y sobre todo, de los inteligentes: explicó las finalidades de su deporte: sólo hay una opción: ganar, perder o empatar.
                Si Beckenbauer dijo eso, el futbol está perdido; qué puede esperarse de los demás; lo triste es que tienen admiradores y forofos mucho más inteligentes que ellos.
               
Tal parece que el país escoge el peor de todos los deportes para hacerlo el más popular, al menos entre los televidentes: los clavadistas mexicanos se llevan un buen número de preseas en justas internacionales; los arqueros destacan también (por estos días se llevaron dos medallas de oro y una de plata), el Checo Pérez está entre los mejores en cada carrera de Fórmula 1, a menos que lo choquen y le pongan trampas; cada vez hay más atletas que se cuelan en los primeros lugares, en volibol tanto varonil como femenil compiten en las finales de competencias mundiales, el equipo de basquetbol llegó ya también a las finales, y hay buenos pitchers y buenos fildeadores en Ligas Mayores y en Triple A; y las televisoras consumen gran parte de su tiempo al transmitir futbol, que es donde menos se destaca, y donde más culpan a los árbitros por los malos resultados, que es como culpar a Dios por nuestros errores.

En el torneo de futbol supuestamente mundial afloraron muchas cosas que suenan igual de absurdas que las declaraciones de esos jugadores: el deporte no es tal, es un negocio y para que siga siéndolo, hay que acabar con la ética que debe regir toda competencia; si para que un equipo conserve a sus admiradores es necesario golpear a la mala, cometer faltas al reglamento y luego alegar que no fueron faltas, los directivos premian esa conducta, que la avalan los árbitros, cometen los jugadores y toleran y perdonan sus seguidores, que en vista de lo cual se ganan el mote de fanáticos que son capaces de insultar a sus amigos si se atreven a sostener un punto de vista diferente; además, en el balompié no caben los criterios, sino las opiniones; los comentaristas en vez de aclarar y descifrar y explicar una táctica, una estrategia y un plan de juego, sólo opinan, y encima hay que soportarlos; faltan al profesionalismo y cuando un árbitro aplicó el reglamento, en vez de aclarar que las reglas sancionan una falta, así sea leve, si se trata de estorbar de manera ilícita las acciones de un equipo en busca de una anotación; los comentaristas opinaron que no era falta, y mantuvieron la esperanza de que fallara el jugador que cobraría la falta, para que el equipo al que le iban ganara.
                (Por más que intento explicarme la frase, no entiendo qué quiere decir “le voy”, “¿a quién le vas?”; si quiero decodificarla, como decía Gustavo Sainz, lo más que puedo imaginarme es que el aficionado puede apostar por el triunfo de algún equipo –o boxeador, o competidor en cualquier justa deportiva. Y allí es donde menos me explico esa actitud: ¿por qué alguien apuesta –dinero, subordinación por unos días, sometimiento a una tarea degradante [como las apuestas entre Sergio Corona y Manuel Valdés, sólo que ellos lo hacían con gusto y sentido del humor], y a veces las consecuencias son drásticas– cuando carecen de influencia en el resultado, cuando no está en sus manos ganar o perder?
                (No moralizo: aposté con Manuel Arellano, primo del Cuate Arellano –medio defensivo del Necaxa, suplente de Jaime Salazar, el mejor amigo de Fu Man Chu Reinoso a quien antes de que apodaran Fu Man Chu [por aquel mago a quien ya recuerdan muy pocos, a menos que se exhiban sus muy disfrutables cintas] – lo conocían como El Cuate Reinoso] y perdí, porque mi favorito era América que perdía con Guadalajara  y con Necaxa; curado de ese fanatismo que muy pronto conjuré, perdí una apuesta con Cuauhtémoc Valdés por no hacer bien las cuentas en el balance de triunfos y derrotas entre Tigres de México y Diablos Rojos del México; apuesta que no pagué porque Cuauhtémoc aceptó que había abusado de mis malos cálculos; aposté varias veces, pero en algo en lo que tenía más control: la baraja, hasta que en una ocasión perdí casi toda la quincena y me quedé con lo justo para los pasajes, pero no para las comidas; me recuperé, gané lo doble la siguiente quincena, y no volví a apostar en casa de mi tío Enrique, experto en el juego; aposté y gané y perdí en algo donde tenía más control, el dominó, en casa de Mario Magallón; pero el producto de esas apuestas se pagaba en la taquería de don Rafa, así que daba lo mismo ganar o perder. Es más, el que ganaba era el que pagaba.)

Algo curioso con las faltas al reglamento del futbol: en 1962, en uno de sus mejores partidos, la selección mexicana estaba a un par de minutos de empatar con el seleccionado español  cuando Sol, uno de los componentes legendarios del Real Madrid (junto con Gento, D’stefano y Puskas) se le escapaba a Raúl Cárdenas, medio del Zacatepec y antes del Necaxa, y compañero de Pedro Nájera en el seleccionado mexicano; pudo haberlo detenido, si lo hubiera zancadilleado; no lo hizo, siempre fue un jugador muy correcto, y de allí a que terminó su carrera como jugador, le reprocharon no haber fauleado al español; en el torneo más reciente, Rafael Márquez trastabilló, sacó de balance a un jugador holandés; si no lo hubiera hecho probablemente se hubiera creado una situación de anotación pero que, a como estaba jugando el portero del equipo mexicano, tenía muchas posibilidades de anularlo; fauleó, y en vez de que los forofos mexicanos le reprocharan su actitud artera, le reprochan al árbitro haber marcado la falta. Que no fue, dicen, sin conocer el reglamento, que sanciona ya no la falta, simplemente la intención de cometerla.

Sigo con deportes: en una variante de las carreras de autos, hubo un choque, producto del cual uno de los competidores quedó con su vehículo arruinado (para esa competencia: esos autos los hacen y deshacen con facilidad; entre otras cosas, por ello las colisiones son aparatosas pero casi nunca graves para los corredores); se enojó, y en plena carrera, que no la habían suspendido (porque su auto no estorbaba en la pista), se metió en medio del tráfico para retar a golpes a quien lo chocó; en esas carreras la velocidad es alta, aunque en las filmaciones no lo parezca; lo evitaron cuatro vehículos, pero para desgracia de todos, quien lo chocó se lo topó de frente y lo atropelló; quien piensa con el corazón está perdido; y un comentarista se atrevió a exclamar: y le echan la culpa al muerto.

Para evitar contaminación los sábados, día en que mucha gente descansa en sus trabajos y comparte con la familia (los domingos los desperdicia frente al televisor), decidieron prohibir la circulación de los autos con más de 15 años de antigüedad, más de 60 por ciento, dicen los que saben de estadísticas, de los vehículos de la ciudad de México y la zona metropolitana y estados circunvecinos; según estudios recientes, que dejen de circular seis de cada diez autos ha traído la reducción del cinco por ciento de consumo de gasolina, lo que significa un desequilibrio en las cuentas del gobierno que se encaprichó en imponer esa medida; además, el ocho por ciento de los vehículos de transporte público aportan más del 80 por ciento de la contaminación total de los vehículos y sólo el 20 por ciento está a cargo de los autos particulares, nuevos o no, que emiten menos pero contaminan más; y no se dieron cuenta que quienes no circulamos los sábados tenemos que hacerlo en domingo, con el agravante de que nos topamos con miles de ciclistas que, por ellos mismos, no contaminan, pero provocan que los automovilistas, al frenar y frenar, y consumir media hora en un trayecto que no debería hacerse en más de cinco minutos, contaminen más. O sea, no saben hacer cuentas. Y tanto y tanto, como diría la nana, que los de su propio partido ya advirtieron que esa medida provocará derrotas electorales de las que no podrán reponerse en mucho tiempo y ya le retiraron su apoyo. De no ser un asunto tan enojoso, resultaría divertido.


Me dice Diego: los resultados de tu retiro equivalen, en otro sentido, a lo que hizo Tony Larusa con los Medias Blancas y los Atléticos; sólo que yo no tuve la culpa (y no provoqué la perjudicial salida de Jorge Orta).

lunes, 7 de julio de 2014

¿Desnudos o palabrotas? ¿Era penal? Callar al crítico

En 1933 apareció el primer desnudo del cine comercial; la muy impresionante Hedy Lamarr aparece sin ropa, semioculta entre la hierba, corriendo, tratando de taparse, en Éxtasis; la escena dura unos segundos, y no ha perdido belleza; Lamarr tenía un cuerpo delgado, esbelto, pero su fama no fue tan contundente, pues en los años cincuenta protagonizó uno de los filmes inspirados en relatos bíblicos, Sansón y Dalila; por tratarse del tema y de la época podrían haber aprovechado para mostrarla un poco menos desnuda, pero todavía provocativa; por desgracia, Groucho Marx la desprestigió para siempre al comentar que no le interesaba ver una cinta donde el actor  (Victor Mature) tenía pectorales más exuberantes que la protagonista.
            ¿El lenguaje es más agresivo, más peligroso, más procaz, más perturbador que la sexualidad? Si hago caso de la afirmación de un periodista ahora olvidado (Vicente Vila; eso indica que me eduqué más en las páginas de la revista Siempre! que en otros lados), la primera palabrota en el cine la pronunció Frank Sinatra en su papel de Tony Rome en la cinta con el nombre de ese personaje, y fue una frase, más que una palabra, ahora demasiado común: “son of a bitch”; antes, los más atrevidos decían “son of a gun”, que quiere decir lo mismo pero un poco más suavecito; esa cinta es de 1968, es decir, 35 años después.
            Ismael Rodríguez no se atrevió a pasar de “güey” en la trilogía del Torito, aunque tuvo la audacia de poner la frase más famosa de la fallida carrera de María Félix como actriz: “échenles (sic) mentadas, que al cabo duelen igual”, cuando le dicen, en La Cucaracha, que se acabaron las balas. Menos ingeniosa pero más cruda fue la frase de Emilio Fernández al gritarle a Pedro Armendáriz, en la misma cinta, que ya sabe que está con esa piruja, lo que provocó respingos entre los espectadores; piruja está entre los sinónimos de “puta”, y quiere decir lo mismo, pero no se oye tan agresivo. (Por cierto, hay una discriminación absoluta: mientras el Corripio [Gran Diccionario de Sinónimos de Fernando Corripio] registra 30 sinónimos para “puta”, apunta sólo diez para “puto”.)
            Jane Birkin y Gillian Hill aparecen muy desnudas en 1966 en Blow-Up, con todo y vello púbico (fugaz, discreto, con mucho movimiento), y de allí en adelante ha habido centenares de desnudos, elegantes, refinados, o muy toscos; de actrices reconocidas o de primerizas que así se ganan estrellatos, y pasan de ser exhibicionistas a muy respetadas; o al revés, aunque sean consideradas buenas actrices (¿o actores, ya que a las poetisas les llaman poetas?), no tienen reparos en mostrar un pecho (Gwyneth Paltrow) o media nalga (la misma Paltrow); o de protagonizar desnudos más que sensuales (Madelein Stowe, Jeanne Triplehorn) ahora no son recordadas por esas escenas, sino por sus papeles en series televisivas.
            Todas fueron rebasadas por el desnudo crudísimo, ginecológico, de Eva Green en The Dreamers, y de Karen Lancaume y Raffaëla Anderson que en Baise-Moi son violadas, sodomizadas, acometen felaciones feroces en escenas más explícitas que las consideradas pornográficas (aburridas, repetitivas, mal actuadas, con escasísimas excepciones).
            (Claro, hay leyendas; se dice que Barbara Hershey fue embarazada en la escena en la que es seducida por su patrón en The Babe-Maker, aunque los espectadores sólo lo imaginamos, porque estaban muy tapaditos [y creímos que sólo eran buenos actores] [en otra escena, muestra el trasero por apenas un segundo, en una escena de alberca]. A Hershey se le rinde el máximo homenaje en una cinta: cuando aparece por primera vez en Hanna y sus hermanas, Michael Caine, dice, al unísono con los espectadores masculinos, “¡Dios mío, qué hermosa es!”; sólo faltó el letrerito que dijera, como en What’s new, pussycat [guión y actuación de Woody Allen]: “mensaje del autor”.)

Las palabrotas, en cambio, no proliferaron sino hasta finales de los sesenta, y casi se han limitado, en el cine estadounidense, a repetir un “fuck you” que no tiene un equivalente en español; no, por lo menos, a las mentadas de madre desacralizadas por Octavio Paz en El laberinto de la soledad, ni a las festejadas por Carlos Fuentes en La muerte de Artemio Cruz. Desde luego, llegaron antes a la literatura, primero en forma de puntos suspensivos: Subraya Pacheco: (“Santa ‘no era mujer, no; era una…!’, ‘la palabra horrenda, el estigma’. ‘Puta’, el término que no pronuncia [Federico] Gamboa, es un insulto como lo es el nombre de toda actividad servil.” Prólogo al Diario de Federico Gamboa.)
            Luego del intento de Rubén Salazar Mallén y su fragmento de novela en Examen, lo que le costó el puesto a varios Contemporáneos, y posiblemente la vida a Jorge Cuesta, la literatura fue atrevida, pero cauta; luego de Paz y Fuentes, o al mismo tiempo que ellos, aparece, como catarsis, como escena cúspide, como remate de diálogos intensos, una palabra soez, casi siempre entre signos de admiración; Luis Spota conmueve a los lectores cuando pone a cantar, a las prostitutas de Casi el paraíso, “somos las putas que volvemos, que volvemos”; muy pocos años después, Vicente Leñero pone a sus albañiles a pronunciar interjecciones: “bruto, animal”, y tímidamente, “pendejo”. Ya después las pronuncian con naturalidad en unos diálogos muy frescos en los que era experto Leñero; no dejaron de aparecer inconformes entre lectores y críticos, pero no podían censurarlo porque, así, decían, hablan los albañiles (argumento que ahora sería refutado, por excluyente, discriminador, y porque ahora hablan así los locutores, los políticos, los actores).
            Pese a que en sus novelas las digámosle groserías aparecen con frecuencia, Fuentes no las pone en la boca de sus Caifanes, aunque el tono, los albures, las rimas procaces, tienen más mala intención que si dijeran palabrotas en vez de ésas: la más cercana: “otra jalada, vamos a hacer otra jalada”, pronuncia una más que excitada Paloma (Julissa), ante el escándalo de Enrique Álvarez Félix, quien sin embargo sí las dice en inglés (“With that greaser!”, que en ese contexto sí es palabrota, aunque Sergio Jiménez la devalora [“¡ya te dijeron chamagoso!”]).
            Más procaces fueron Óscar Pulido (“si quiere objetar, objete”) en Mi mujer necesita marido, o Abel Salazar (“en mi casa hay ladrones; ladrones, señorita, dije, dije ladrones”) y el mismo Pulido (“la sustituta de mi nuera; dije sustituta”), ambos en Yo quiero ser tonta. O las frases de doble sentido de Germán Valdés, de Mario Moreno, de Ángel Garasa, de Joaquín Pardavé (“las manitas afuera”, le ordena a Germán Valdés mientras lo arropa, creyendo que es su hijo); Pedro Infante y hasta el mismo Jorge Negrete.
            Con las novelas de los años cincuenta las palabrotas fueron adquiriendo carta de naturalización; Carlos Monsiváis las celebra en Días de guardar, e inmortaliza el que aparezcan en la prensa, donde estaban prohibidas, y lo siguieron estando durante mucho tiempo; me enorgullezco de haberlas explotado en una columna en El Financiero, cuando con ello reté al jefe de la sección de Deportes, y al contrario, nos hicimos cuates; no las usé sin motivo: recopilé las que se colaron en los micrófonos de radio y televisión: “Pa’ mí, Paquito, que todos son ojetes”, de Porfirio Remigio entrevistado por Paco Malgesto, a propósito del peligro de los ciclistas italianos, franceses y belgas (con su permiso); el “¡me chingó re bonito!” con que José Toluco López desmintió a Toño Andere que Filiberto Nava pegara como nenita (la frase es de los años cincuenta, pero El Doctor Netas la usa para reprocharle a Nicasio que se deje ganar por el sentimentalismo); los gestos de Javier Fragoso ante Pedro Nájera, Panchito Hernández y José Antonio Roca, con lo que expresaba “ya me los eché”, gesto que después fue conocido como la Roqueseñal, en la Cámara de Diputados, y que fue vista por los espectadores que, observaron, asombrados, que Fragoso había anotado su tercer gol como integrante del Puebla ante el América que lo había malvendido. Aunque aún tiembla la mano al teclearlas, ya no son tachadas por los correctores ni por los jefes de redacción, ni menos por los jefes de sección, que a menudo ignoran que sus secretarios de redacción los están albureando.
            Más difícil, que llegaran a la televisión; la memorable “cabrón” que gritó Enrique Álvarez Félix en la telenovela Las gemelas conmovió a pocos, porque se transmitía muy tarde, con escasa audiencia. Nada comparable a la frescura con que Jesús Ochoa, Christina Pastor o Isela Vega las pronuncian, dándole sabor a cada una, haciéndola no sólo agradable, sino memorable; Ochoa, por desgracia, ha sido estereotipado, pero salva cualquier escena con algún improperio; las de Isela Vega son simpáticas, y las de Pastor hacen buena una película mala como Corazón de melón.

Pero quedamos que en la literatura ayudaron a la madurez de los lectores, que antes se excitaban hasta con un “pinche”, y ahora no se escandalizan y, si están bien usadas, las festejan. En algunos autores siguen sirviendo de catarsis; en otros, para hacer culminar una escena; otros, para mostrar el carácter de algún personaje; otros, por desgracia, sólo para asustar a los lectores que ya no se asustan, cuantimenos cuando las sueltan remedos de locutores que pronuncian un “güey” que antes ofendía, y hoy sirve para recalcar que el que la dice considera su amigo al que se la asesta. Es de temer que ante tanta proliferación, las palabras soeces hayan perdido su carga subversiva, sediciosa, provocadora; no excita, no conmueve, no produce emoción erótica; no ofende, no trasgrede, no produce cólera, y a veces se recibe con simpatía; de por sí, asestársela a los cuates le quita toda la intención; al saludar a alguien con un “quiúbole cabrón” ya no se le dice que consciente que su mujer copule con otros; a veces, es también un elogio: “¡qué cabrón eres!”, como diciendo que es muy competente en su trabajo, o un abusivo con sus clientes o sus subordinados; si Gustavo Sainz titubeó para usar un “pinche” en Gazapo, muchas obras actuales (me niego a calificarlas de novelas) usan el “pinche” hasta en su primera acepción. Supongo que la emoción de buscar una palabra soez en un diccionario persiste en niños que no han perdido la inocencia y que no son clientes de las televisoras, las que han sido eficaces en eso de quitarle subversión y rebeldía a las palabrotas, así como devaluaron el futbol, el boxeo, el toreo, la música popular, la música sinfónica, el cine, el teatro, la actuación, y minimizaron el erotismo con escenas toscas e inverosímiles, y han permitido que sus estrellas se exhiban copulando con otros que no son sus parejas, que declaren cómo, cuántas veces, en qué posiciones y con quiénes. Nadie se escandalizaría como se escandalizaron cuando Isela Vega describió su muy peculiar vestido: “son pendejuelas, licenciado”. Ya no necesitan permiso de Gobernación para que un escritor pronuncie peladeces en televisión, ni le agradecen, como lo hicieron con Camilo José Cela, por no utilizarlo. Me imagino, en cambio, el escándalo si ahora Gobernación sancionara a quienes las pronuncien, sobre todo en horario familiar; gritarían que es un atentado a la libertad de expresión, aunque no saben, no entienden, qué quiere decir “libertad de expresión” (ni sabrían usarla). Las escenas que antes podían ofender comenzaron a distenderse cuando, en los años ochenta, un comercial de Splendor Champú, con música de “New York, New York”, culminaba cuando una modelo, bella y elegante, le agarraba la nalga al modelo que la acompañaba, con más estilo que como se las agarran a Sandra Bullock en casi todas sus películas; de allí a las escenas supuestamente ardientes en las telenovelas se pasó a la exhibición de escenas de sexo compartido, desnudos justificados o gratuitos, con actrices potables o con “garras” ocasionales.

Las groserías no son lo que fueron; por ello, espectadores disfrazados de forofos elogian a un jugador creyendo que lo insultan; es de suponer que no juegan ni jugaron, porque no advierten que los buenos jugadores no hacen caso de lo que dicen en las tribunas; lo bueno es que se emocionan cuando, anacrónicos, pueden pronunciar una palabrota en público, aunque no sepan lo que significa. (Y, en el cine, sigo prefiriendo los desnudos [los femeninos] en vez de las palabrotas, aunque las pronuncien Wynonna Ryder o Jesús Ochoa. Y sigo prefiriendo un baile donde, al girar, muestren las pantaletas [Debbie Reynolds, Ginger Rogers, Lilia Michel, Mapy Cortés] a que anden sin pantaletas.)

Cuando entré a la Secundaria 12 iba protegido por Agustín Granados, Luis Vega, Jorge Orta, Pancho Ramírez, Luis Vázquez Ramírez, por lo que me salvé de la iniciación, que se llamaba “novatada”; cuentan las leyendas que las novatadas en la Universidad eran salvajes; hacían desfilar a los de nuevo ingreso vestidos de mujer; encadenados, semidesnudos, a cuatro patas, ladrando, porque se les llamaba “perros”; los bañaban con pintura roja, y los rapaban, dependiendo de qué facultad se tratara la novatada; ni siquiera se salvaban los de Filosofía y Letras; los jóvenes que andaban rapados mostraban orgullosos su carencia de cabellos, porque así sabían las pretensas que ya era universitario; era más significativo que el estetoscopio de los estudiantes de medicina; en preparatoria no eran tan exhibicionistas, pero no se salvaban del rape; en la secundaria esperaban a los de primero para conducirlos a un grupo donde los que mangoneaban traían unas tijeras, y los trasquilaban de tal manera que no quedaba más que raparse; no llegaban a las escenas de Mario Vargas Llosa en La ciudad y los perros, pero el sentido de humillación era similar. Y no se diga de las novatadas del Instituto Politécnico Nacional
            Mi amistad con los de tercero, o los que ya estaban en preparatoria, me salvó de la rapada; no del acoso de algunos: Alonso, Alós, Mancera; Alós era especialmente molesto; se burlaba de mi estatura (él era dos centímetros más alto), de que no era rubio ni pecoso como él, y de que tenía mejores calificaciones que él. Durante dos meses tiraba mis libros cuando pasaba, me tropezaba, me empujaba; no había manera de aguantarlo, pero sí de retarlo; a la hora de la salida, a la vuelta de la entrada para evitar que llegaran los maestros o los prefectos, se adelantó Roberto González, conocido como El Centavito, porque era igual de chaparro que nosotros; no llegó a empezar la pelea; Alós, cuidando la derecha, se descuidó y recibió un izquierdazo que le partió el labio; a partir de ese momento los tres nos hicimos amigos. No sé por qué mi generación no ejerció la misma presión sobre los de primero, cuando pasamos a segundo, pero no recuerdo que haya habido más que unos cuantos rapados, que parecía que deseaban sufrir esa especie de humillación, pero que no se ejercía con violencia física. A veces los maestros se ensañaban con los matados, con los Ciros Peraloca como le decían a los que sacaban buenas calificaciones (sacar, más que obtener; parecía más cuestión de suerte que de estudiar demasiado), y propiciaban que los de bajas calificaciones se burlaran de los “matados”; pero no duraba mucho, y los maestros terminaban por someterse, aunque había algunos cábulas que se cebaban en los de mejores tareas; y los que éramos elogiados por las maestras de historia, geografía, lengua nacional, matemáticas, sufríamos a la hora de Deportes, donde el maestro obtenía sus orgasmos abusando de su superioridad física, mandando balonazos de basquetbol o de volibol con tanta violencia que nos hacía quedar en ridículo, y tenía preferencia por los buenos atletas que, en cambio, eran pésimos en las materias académicas. “Delicaditos”, le decían a los que no hacían más de diez lagartijas, o los que no dominaban las paralelas (en nuestro grupo, Tena sobrepasaba la altura de las barras casi sin levantarse; Elizarrarás [¿hijo, sobrino del compositor?], que como tuvo poliomielitis, tenía mucha fuerza en los brazos, y hacia 50 dominadas en cuestión de minutos).
            Fuera de esas horas en Deportes, o en el Taller, donde sufríamos los que carecíamos de habilidades manuales (menos una, je), no había mayor problema; como Antonio Badú y Pedro Infante, José Alós y yo nos repartíamos (imaginariamente) a las “viejas”, hasta que se volvió realidad, pues, ya lo conté, a mí me abordó Sandra Roldán y a José, Lola Mayén.

Mi venganza era cuando llegaban las pruebas; nos acosaban a Cuauhtémoc Valdés, a Víctor Tovar, a Maximino Ortega Aguirre, para que los ayudáramos; y entonces éramos nosotros los bulleros, los que nos aprovechábamos y, a cambio de una guía, se comprometían a ser nuestros guaruras durante el siguiente semestre; y éramos acosados por las compañeras más coquetas, más simpáticas (casi todas nos parecían bellas).
            No nos enterábamos de casos extremos que ahora salen a relucir; no pasaban de molestarnos, a menos que fuera alguno de los pandilleros vecinos, o que se colaban a las escuelas; en el edificio había uno, Temo (hipocorístico de Cuauhtémoc) al que temían hasta sus hermanos mayores; no pasó de que me arrebatara algunos dulces, de que no me dejara pasar al edificio si no le daba un 20, una charamusca, o hasta que se daba cuenta que los vecinos se daban cuenta; su tiranía terminó una tarde en que un vecino, cansado de lo que le hacía a sus hijos, lo golpeó de una manera tan increíble que todos nos quedamos azorados, y las mujeres del edificio, que por lo regular lo evadían, salieron a defenderlo. Sacaron una silla, y allí, sentado, indefenso, lloraba sin consuelo; don Fidel, su agresor, parecía no temer al padre, cuyos ingresos provenían de sacar a los borrachos necios en una cantina; tenía la costumbre de golpear a sus hijos por la mañana, por lo que fueran a hacer por la tarde; los hermanos mayores también eran temibles, pero no con nosotros; estaban inscritos, uno, en Medicina, otro en Derecho, pero al parecer no iban a clases. Uno, el más dócil, terminó en la cárcel por pagar a cuchilladas una cuenta de tacos que le pareció excesiva.
            Lo que ahora parece lo más común era, o nos parecía, inexistente. Pero ahora que lo pienso, todos fuimos buliados, y de muchas maneras buleamos: lo que hacíamos nosotros era humillar a los que nos humillaban, cuando respondíamos las preguntas de los maestros, cuando éramos elogiados por las autoridades escolares, declamábamos de memoria “La Suave Patria” sin necesidad de apuntes, o cuando respondíamos con algún golpe inesperado que dejaba aturdido al agresor, llorando (como le hice a Nájera Gutiérrez, uno de los golpeadores).

El acoso que ahora acusan las mujeres en los trabajos no las deja chambear a gusto, sienten que las espían, que sólo esperan a que se sienten mal para admirar sus piernas, que las invitan un café, una copa, una cena, siempre con la intención de sacar algo, lo más rápido y barato posible, y, mejor, sin compromiso; se quejan de que mientras más alto puesto tienen quienes quieren sacar provecho, mayor es el acoso; ¿cómo hacían antes para conseguir novio, para acercarse al que le gustaba, cómo para hacer que se enamoraran y casarse con él? El mundo cambió sin que me diera cuenta.

El mayor reproche de Borges hacia el futbol era por el encarnizado patriotismo, el nacionalismo más barato, por la incapacidad para disfrutar lo que tenga de disfrutable el juego, y que los espectadores sientan como suya la victoria, y se depriman con una derrota. Hace unos días un periodista, creo, se burló (como si con burlarse criticara) de un seleccionado mexicano que al querer lesionar a un contrincante se lesionó él mismo; el aludido contestó con una frase inadmisible: “creí que eras mexicano”, con lo que quiere obligar a todo el nacido en este país a “irle” a ese equipo, a considerar que el equipo representa al país, y que si gana el país gana y si pierde el país pierde, y que de esa pasión hay que excluir la crítica.
            Pior (superlativo de peor): los aficionados se erigieron en jueces; muy su derecho, pero usurpan una función sin entender cuáles son los requerimientos de esa profesión; la primera, la imparcialidad, característica de la que carecen (sólo los salva el humor, con las exageraciones de “No era penal”, algunos geniales como los que sube a las redes Vanessa Fuentes); otra, delegar funciones; el árbitro, por lógica, debe ver varios aspectos del partido, y por ello, deja de ver otras, por lo que debe confiar, sindudamente, en sus auxiliares, que cumplen otra función indispensable; ni los asistentes al estadio, ni los locutores ni los camarógrafos, ni mucho menos los televidentes, saben si lo que marcan árbitro y abanderados es correcto; así, los descalifican sin saber si las jugadas “fuera de lugar” fueron bien marcadas; pior, afirmaron que no fue falta la que marcaron contra el equipo que se dice mexicano (aunque varios de sus integrantes juegan en otros países); ignoran que los árbitros van a marcar falta siempre si el que la comete, o se sospecha que la cometió, levanta las manitas como diciendo “¡ay, yo no fui!”; es como el que en el Metro esconde el celular con que ha estado fotografiando a una viajera que muestra, sobre todo de manera involuntaria, las piernas o el escote; lo primero que dice una regla es no si golpeó, trastabilló, sacó de equilibrio al contrincante; basta con que haya tenido la intención, y sobre todo, si en la jugada el atacante tenía posibilidades de crear peligro; y si lo tropieza (aun si desear lastimarlo) y levanta las manitas, sea como sea, es falta; hay que ser ingenuo para creer que no las van a marcar.

Hace un par de semanas intentaron atropellarnos; Lourdes, como las mujeres del pasado, está en casa con la pierna fracturada; pero inquieta como es, me acompañó a una compra; la mayoría de los automovilistas, cuando la veían enyesada en el camellón, o en una banqueta, se detenían y cedían el paso, cuantimás las patrullas. Pero al regresar, al cruzar Mariano Escobedo, aunque un automovilista de detuvo, no lo hizo el conductor de un Ruta 100; pero estaba en alto, y llegamos hasta donde podíamos pasar; se puso el semáforo en verde cuando estábamos por terminar de cruzar la calle, cuando arrancó; alcanzó a darle un golpe a Lourdes, quien no podía correr; cuando iba a darle otro golpe alcancé a aventarla, y ella dio dos pasos rápidos, con riesgo de lastimarse más el pie fracturado; al chofer no le bastó, y me embistió; no fuerte, pero alcanzó a darme dos golpes entre el brazo derecho y la espalda; una camioneta se le puso enfrente y sólo así se detuvo, aunque ya me había puesto lejos de su alcance; le reclamaron varios conductores, automovilistas, peatones, testigos del acto; Lourdes golpeaba con el bastón las ventanas, enfurecida; la bestia humana abrió la puerta y dijo que sí se había detenido. No pretendía atropellarnos; ignoro si me identificó: critico las decisiones de su jefe; o a lo mejor era lector de alguno de los autores (o editores) a los que denuesto con argumentos, verifico su mala escritura, sus desaciertos, sus descuidos, sus erratas. Pero ni así nos callaremos.

Por cierto, ¿el jefe de esa bestia sabrá la diferencia entre “alarma” y “alerta”? Otra pregunta, sin respuesta: ¿los santos y los sabios comparten cualidades y defectos? Una más: ¿los que dicen defender a los animales en circos, zoológicos, ya leyeron a Gerald Durrell y lo que dice al respecto? La última y me voy: ¿qué significa “irle” a un equipo?

martes, 24 de junio de 2014

Cuiloni, cuiloni; diferencias entre la a y la o

Consigna Salvador Novo, en Las locas, el sexo y los burdeles, que durante lo que ahora conocemos como La Noche Triste, los mexicas corretearon a los españoles desde la actual estación Zócalo del Metro a la actual estación Tacuba, al grito de “Cuiloni, cuiloni”, que significaba “sacatón”, pero también sodomita. Llama la atención el parecido de aquella voz mexica con la actual que lanzan en los estadios de futbol, y que, muy retadoramente utilizan en un comercial de radio para una mujer que vende hules; en su utilísimo Diccionario del español en México, Luis Fernando Lara acota que es un adjetivo que se le aplica a los miedosos; no lo hace explícito, pero puede ser porque, al huir, es el trasero lo único que se le ve; el Diccionario de la Real Academia no lo registra, Guido Gómez de Silva asevera que es una voz malsonante, y el muy cuestionado y cuestionable diccionario de mexicanismos coordinado por Company y Company le da más usos, además del de miedoso; también es el que se arrepiente y el (maestro) que reprueba; ya sabemos que este diccionario, más folclórico que útil, entiende poco del hablar mexicano. Para García-Robles es también sinónimo de gandalla.
                Pero ese adjetivo lanzado por los forofos de un equipo contra los militantes, los porristas, los directivos del equipo contrincante (y también contra los locutores) ha sido sustituido, o agregado por otro, que estuvo prohibido en los medios de comunicación incluso cuando ya proliferan hasta en horarios infantiles, en boca de locutores que creen que, al pronunciarlas, divierten a la gente que ya no se escandaliza.
                Pero esta palabra todavía ofende, lo mismo en la versión masculina que en la femenina. Con ser tan parecidas, son muy diferentes. En la acepción masculina tiene un origen muy específico: “extraño”;  “
Homo sum, humani nihil a me alienum puto”, o sea “humano soy, nada humano me es ajeno”, o extraño. Extraña, o ajena, resultaba la conducta, aunque ahora se sabe que no era tan extraña, pero no reconocida públicamente. En su versión femenina, que ya desapareció del Pequeño Larousse Ilustrado, deviene de “muchacha”, que no tenía esa connotación en el italiano antiguo, según Corominas; En el latín servía para ambos sexos, pero insisto, no era una voz reprobable ni sería incluido en el originalísimo Los adjetivos de la lengua española, de Honorato Colmenares, que en su apartado V incluye Hedonista, concupiscente, Concupiscible, Sibarítico, Lascivo (salaz, lujurioso, libidinoso, lúbrico), Ardiente (cachondo, caliente), Incontinente, Copulador (fornicador), Ninfomaniaca, Sicalíptico, Afrodisiaco, Fácil, galante, cortesana, liviana, casquivana, Erótico, Sensual, Voluptuoso, Orgiástico, saturnal, Íncubo, Súcubo, Sexual, Homosexual, Lesbiana, Asexual, Bisexual o hermafrodita, Sexuado, Sodomita, Misógino, Sádico, Masoquista, Masculino, Varonil, viril, Femenino, Afeminado, Feminoide, Hombruno, Embarazada, preñada, encinta, grávida, Prolífio, Bígamo, Adúltero, Cornudo, Bastardo, espurio, ilegítimo… Como se ve, nada que pueda gritarse en un estadio; los gritos, como los hipocorísticos, son mejores si son de dos sílabas; si son de tres, muy raros, necesitan que la segunda se extienda, siempre y cuando la palabra sea grave (o llana).
            Decir que un hombre es miedoso equivale, dicen nuestras autoridades que cuidan no ofender a nadie aunque para ello deformen el lenguaje, es compararlo con una mujer. Y Colmenares, como se ve en los adjetivos que incluye en su apartado V, registra que para describir a un hombre poco valiente se le asestan atributos femeninos, si es realidad que las mujeres son menos valientes que los hombres, lo que ya sabemos que es una falacia; de no ser así, poco miedo se le tendría a las mujeres a la hora de confesar en quién y con quién se gastó el cónyuge masculino gran parte de la quincena, o por qué llega oliendo a Jardines de California; y a la ora de las decisiones trascendentales, son ellas las que se arriesgan, las que se avientan más; no que no haya hombres decididos, pero son menos que los precavidos; el refrán que recomienda precaver antes que arriesgarse, es masculino. Y en las playas, son más mujeres las que se suben a los paracaídas, más las que se lanzan a los globos, y en igual número que hombres, las que andan esquiando.

La abundancia de atletas que tienen una preferencia sexual diferente de la que el género cree más numeroso, demuestra que no todos son sacatones o cobardes; muchos han sido boxeadores, otros son atrevidísimos a la hora de bloquear a los linieros que buscan taclear a corredores o mariscales de campo, y éstos, con ser menos altos y menos corpulentos, no sólo no le sacan sino que retan a sus atacantes; en el beisbol todos se lanzan a buscar la siguiente base aunque sepa que lo van a bloquear o que las lesiones causadas en las barridas pueden tardarse días en sanar, además de los dolores brutales.
            Hay menos valor en los futbolistas que, luego de cometer una falta (un tropezón por atrás, un tapón, una patada a destiempo, una entrada fuerte), levantan las manitas como diciendo “yo no fui” (¡ay, chuz!). Más, entrar en una zona donde proliferan las patadas, casi nunca accidentales; y mucho valor se necesita también cuando, como en muchos ejemplos ilustrados por Juan Villoro en su nuevo libro sobre futbol, reconocen que la falta que sanciona el árbitro en realidad no fue falta; y cuando aun así el de negro (frase provocativa) marca la llamada pena máxima (penalización; pena es dolor o vergüenza), patea el balón sin potencia o intencionalmente lo echa fuera, para coraje de los forofos de su equipo que no saben o no aceptan el decoro y la decencia entre los deportistas.
          Lo escandaloso es el escándalo que se armó por un grito destemplado, y que pocos han podido explicar: ¿Piensan los espectadores que con los gritos van a distraer a los jugadores? Tendrían que leer a Jorge Portilla para entender que, de lograrlo, sería un éxito momentáneo y a la larga inútil.

Desde 1993, y hasta 1997, tuve a mi cargo la sección de Deportes de El Financiero; aunque dimos preferencia a otros deportes más vistos por los lectores del diario, cubrimos lo más importante del soccer: dábamos los resultados; Refugio, que sabe bastante, hacía pronósticos, y visitábamos los entrenamientos, pero en busca no de opiniones o de “color”, sino de otros asuntos: los conocimientos de política o economía de parte de jugadores, entrenadores y directivos, su ética y su decencia, su cultura; seguíamos otros deportes, y tampoco por los resultados; nuestros análisis, si no siempre certeros, eran en cambio muy originales, divertidos aunque muy serios; había siempre buen humor, y muchos políticos llegaron a opinar que éramos una sección tan temible, cuando menos, que otras a las que le sacaban. Después pasé a la mesa de redacción y al poco asumí la jefatura de redacción, aunque con otro nombre.
                En todo ese tiempo evité no siempre los albures, porque Salvador Frausto y Rafael Cervantes (Aldo no, era muy apaciguado) aprovechaban mis descansos o alguna distracción para echar albures en los pies de foto, que no entendían los filtros, o los dejaban pasar. Lo que evité fue que le llamaran “TRI” a la Selección Mexicana de Futbol; lo hice por varios motivos; el primero, que fue una invención de un diario deportivo, el Esto, por el poco espacio que tenían para cabecear; usarlo sería copiarlo; el segundo, porque se presta a las cabezas fáciles, sin imaginación, simples; el tercero, porque el equipo tiene un nombre que no es “Tricolor” ni “México” (no es el país el que juega, sino un equipo que no representa más que a una parte mínima de la Federación Mexicana de Futbol, la que representa la Primera División de la Liga Mexicana de Futbol profesional, que no es ni con mucho, la mayoría en ese deporte; tampoco es el más popular, como afirman en la televisión: para sorpresa de ellos, el basquetbol es el deporte que más se practica en México), sino Selección Mexicana de Futbol; la cuarta, que ya ni siquiera usan, y con lo que violaban la ley, los colores de la bandera mexicana en el uniforme, y por último, pero con el mismo peso, que desde muy poco después de Avándaro, donde se convirtieron en el conjunto de rock más popular, el Three Souls in my Mind, fue conocido como El Tri antes de que hicieran oficial su nombre. Y como la sección se distinguía (y lo reconocieron en muchísimos lados) porque no nos restringíamos al deporte y mucho menos al futbol, sino que lo abordábamos desde la sociología, la política, la economía y sobre todo desde la cultura, no ignorábamos que aunque los que se limitaban al futbol identificarían con ese nombre a un equipo mediocre: la mayoría de nuestros lectores pensarían en el conjunto, que tampoco es bueno, aunque sí original.

Tengo la esperanza de que todo lo ido, regrese; en los alegres veinte el charleston, que no se bailaba como lo hacen Marga López en Tu hijo debe nacer o Tin Tan, Martha Valdés y ladies en El hombre inquieto, años en que cobró popularidad de “Bailando el charleston” ("como en los tiempos de papá y mamá”); era un baile cuya provocación menor consistía en que las mujeres se levantaban el vestido por la parte de atrás, como las bailarinas del can-can, mostrando las entonces novedosas tarzaneras; o como, más fugazmente, en los años del swing, o sin necesidad de baile, entre los sesenta y los setenta con las chiquifaldas que dejaban ver todo; ahora, aunque siguen siendo minis, son bastante púdicas.

Hay instituciones que vigilan que haya equidad y competencia legal en la vida comercial mexicana, pero exageran: los almacenes conocidos como supermercados dejaron de ser, desde hace mucho, como los describía Salvador Novo a finales de los años cincuenta y principios de los sesenta; los precios son similares, aunque no la existencia de mercancías; en todos, la carne es malísima (los que vivimos por el poniente de la ciudad sufrimos más embotellamientos y más mala carne que en muchos otros sitios). En donde sí hay equidad es en los comerciales: son malos, sin ingenio, sin imaginación, y muy vulgares.


Acusan a los propietarios de autos viejos (más firmes, más seguros, más autos) de causar la contaminación que es más bien producto de la industria (el 88 por ciento), y sospechosamente tratan de que cambiemos esos autos por otros más caros, más inseguros, menos cómodos y más contaminantes; las autoridades olvidan que fueron ellos quienes autorizaron que los vendieran, que la gasolina que contamina es la que ellos venden, cara y vendida con disminución en los expendedores que ellos autorizan y vigilan.

sábado, 24 de mayo de 2014

Derrota de la RAE; artimañas del Diablo; historias de dos pillines

El más reciente número de BBC Music trae el anuncio de la Colección Karajan: 101 discos en 13 álbumes, que contienen grabaciones en vivo ahora remasterizadas, la obra completa con la Filarmónica de Viena, las sinfonías de Beethoven, dos con sus solistas favoritos (dicen que, sobre todo, Argerich), dos para la música alemana romántica, sus versiones de los músicos rusos, de Handel a Bartok, uno completito con Sibelius, dos para música coral, otro campechaneado con franceses y rusos y otro con sinfonías clásicas. Como dijo José de la Colina al respecto de Camilo José Cela, qué ganas de tener la obra completa de Karajan para no oírla.

Desde que la Real Academia de la Lengua anunció que iba a suprimir acentos ociosos hubo oposición de muchos académicos, tanto de España (Javier Marías, uno de los más ruidosos) como de México (notoriamente, José Emilio Pacheco); ante la pregunta constante de cómo iba el lector a distinguir entre solo y sólo, la Academia contestaba que por el contexto; cuando se preguntaba por qué suprimir el acento de guión alegaron que porque es monosílabo, aunque “ahi nos lo dejaban a nuestro criterio”, pero asumían que las academias restantes obedecerían “ciegamente al que manda” (una de mis citas preferidas), y a partir de sus indicaciones sus demás publicaciones (Ortografía, Gramática, Nueva gramática básica, Compendio ilustrado y azaroso de todo lo que siempre quiso saber sobre la lengua española, Las 500 dudas más frecuentes) siguieron ese criterio. Pero en vísperas de la publicación de la nueva versión del Diccionario, en voz de uno de sus miembros, reconocen su derrota: casi ninguna publicación seria le hizo caso, las buenas editoriales se abstuvieron de suprimir los acentos de sólo, de éste, y otros; las malas editoriales y las malas revistas (de las buenas, sólo una hizo caso) tendrán que asumir que durante unos pocos años escribieron con faltas de ortografía, y los malos correctores tendrán que esforzarse de nuevo para dejar los textos como debe ser. Y los escritores no podrán alegar que por el contexto podremos deducir de qué están hablando. Lo que no se dijo es si continuarán con su objetivo más reciente, es decir, es diccionario de uso, o será normativo. ¿Será regida por cuestiones políticamente correctas? ¿Seguirán diciendo “la poeta”, ¿seguirán condenando a los inválidos y a los lisiados, los sordos, los tartamudos, los que sufrimos de pie plano? ¿Los miopes seguiremos siendo débiles visuales? ¿Insistirán que la v y la b suenan igual? Sí, si se trata de “vaso” y “basta”, de “evadir” y abastecer”, pero no si se trata de “envase”, “adverbio”. Por algo la v se llama labiodental, y la otra, más simple, labial.
                Sin embargo, debo agregarme a esas protestas por un idioma políticamente correcto: un reportaje reciente confirma que mucha gente ha sido discriminada por su apariencia, que por ello, por no vestir de mono (como se dice en las novelas de Vargas Llosa) son maltratados, rechazados en bancos, o han sido rechazados al pretender a alguna mujer. Lo he sufrido, como lo han sufrido todos los chaparros. Más de una, en la adolescencia, me dijo "si midieras 15 centímetros más", y se referían a la estatura.

Menos en broma, relato que por no vestir traje, o por chaparro, o por usar barba, no sé por qué, fui maltratado en varios bancos, concretamente en la sucursal de Banamex en Homero, frente a Liverpool Polanco (que no está en Polanco, sino en Chapultepec Morales, pero así son de pretenciosos los que viven en lugares aledaños a Polanco), a finales de abril. Acudí a ella, acompañado de Nahúm, porque deseaba abrirle una cuenta de ahorros, atraído por sus ofertas: tarjeta para hacer retiros y, en ciertos comercios, realizar compras; no se necesitaba una suma muy alta para abrirla (me niego a decir “aperturar”); cuando fui a preguntar, aceptaron toda la documentación, excepto la copia del acta de nacimiento, pero me dijeron dónde obtenerla con rapidez; no me tardé ni tres cuartos de hora en regresar. No había más que una persona esperando que alguno de los ejecutivos (números 18 y 19) se desocupara (el número 20 estaba desocupado, o mejor dicho, ocupado en ir a quitarle el tiempo a los otros dos); la ficha que me dieron prometía que en cinco minutos sería atendido; sin embargo, sin ficha, el ejecutivo 20 llevaba a clientes o trajeados o ayudantes de potentados, que hacían gala de prepotencia (después, me encontré a uno de ellos en otro banco, enojado porque me atendían y tenía que esperar [cinco minutos] a que terminaran mis trámites), o mujeres que vestían simulando elegancia, y que sin ficha entraban y saludaban de beso a esos ejecutivos; luego de 45 minutos de espera por fin se desocupó uno de ellos, y aunque intenté entrar, me evadió, fue a las cajas y regresó con un hombre al que dio preferencia aunque mi ficha era la siguiente. Cuando le reclamé, a gritos me dijo “tengo que atender a mis clientes”; por desgracia, yo también soy cliente de ese banco, pero ni saludo de beso a esos cuates ni los adulo, sólo exijo que traten con decencia sin fijarse si mi ahijado es moreno, si soy chaparro, si no uso traje (en los últimos 40 años he usado corbata dos veces, y mando a la chingada a los restauranteros que se niegan a servir a quienes no vayan de corbata). Nos fuimos, pese al hambre, a Banorte, donde en menos de 15 minutos nos abrieron la cuenta de Nahúm.

Hubo una vez un escritor que alardeaba de no leer más que lo que entendía, y que por ello nunca leería a Rimbaud; ahora da conferencias sobre los mejores autores mexicanos. Y hay quien le cree. Y quien cree que escribe.

Marco Antonio Pulido me hace ver que Scarlett Johansson y Penélope Cruz pelean, amigablemente, por un actor (no importa cuál) en una cinta de Woody Allen (Vicky Cristina Barcelona); conocía y recordaba las escenas, pero al momento de escribir se me escapó; sobre todo, porque la impresión que tengo es que la cinta cobra vida cuando aparece Cruz, y se apaga cuando se va.
Pero en busca de más escenas vuelvo a ver Damn Yankees, una obra maestra de las muchas que hizo Stanley Donen, y no puedo dejar de pensar que Televisa hizo un pacto con el Diablo similar al del protagonista de la cinta: hacer creer que un equipo de futbol tiene posibilidades de ganar un torneo en el que participan otros que creen que representan el deporte de su país (y creen que es mundial), y que cuando acontezca la desilusión, porque su calidad es mucho menor que la de la mayoría de otros participantes, habrá tragedias de las que se aprovechará el Diablo para repoblar el infierno, ahora que el papa Francisco dice que es sólo una imagen y una metáfora (¿no será una argucia para que nos confiemos?). En la cinta, Ray Walston (nadie mejor que él) regresa su juventud a Robert Shafer, lo convierte en Tab Hunter, con facultades para batear, fildear, y encabeza a los Senadores de Washington para hacer creer a los forofos que pueden ganar el campeonato de la Liga Americana (hace un siglo se decía “Washington: primero en la paz, primero en la guerra, último en la Liga Americana” –frase que aludía a la reticencia de Estados Unidos para entrar a la Primera Guerra Mundial, a la creencia de que cuando se decidiera a hacerlo sería decisivo para la derrota alemana, y a que el equipo de beisbol terminaba en los últimos lugares), y al perder en el último juego contra los malditos Yanquis, que entonces ganaban todos los campeonatos (diez en 12 años, en los años cincuenta y sesenta), habría más suicidios que durante las crisis económicas de 1929 y 1932 (se insinúa que las provocó el Diablo); éste, interpretado por un Walston que, como Andrés Soler, nunca tuvo una actuación mala, es tan pícaro que se gana la simpatía del espectador, pero la historia de amor que hay detrás –Shafer, al rejuvenecer, debe abandonar a su esposa Shanon Bolin–; como está por ceder y romper el contrato (un momento de debilidad de Walston al incluir una cláusula que le permite a Shafer renunciar antes del último juego del campeonato), llama a la mujer más fea de Rohde Island, Gween Verdon, convertida en seductora, aunque no tan bella, y que le sirve para convencer a los rejegos, para que seduzca a Hunter, y así conquistar miles de almas que se irán al infierno, porque, excepto los amparados por San Juan Diego, el suicidio es lo único que la iglesia no perdona.
Aunque Walston hace berrinche y regresa a Shafer su vejez feliz, éste atrapa un batazo largo de Mickey Mantle, tan torpemente como Willie Mays en la última jugada en que intervino, como jardinero de Mets, en la Serie Mundial de 1973; Shafer oye a su esposa Bolin cantar y con eso vence la tentación, para berrinche de Walston  y satisfacción de Verdon; Walston todavía hace un intento: no basta con el campeonato: van los Senadores por la Serie Mundial. El chiste es que los forofos se emocionen y ante la derrota del equipo, se suiciden y se vayan al infierno.
Al leer las declaraciones de forofos, jugadores, directivos, locutores, conductores de programas televisivos y radiofónicos, periodistas, conocedores, pareciera que tienen fe en que el equipo de Televisa (creer que es el representante del deporte mexicano es otro de los trucos del Diablo) tiene alguna oportunidad; difícilmente habrá suicidios, pero sí muchos descreídos y hasta alguien que pierda la fe.
No es la misma época en que la fe movía el mundo, y que al perder esa fe, muchos preferían abandonar la vida; hubo suicidios de jovencitas hasta en Suramérica a la muerte de Jorge Negrete y también con la de Pedro Infante; lo peor, ni siquiera eran sus conocidas, a lo mejor los vieron de lejos en alguna gira.
Afirmo que Walston no tuvo ninguna actuación mala; no es que me retracte, pero su participación en The Sting es discreta, como la de todos los que aparecen en esa cinta que el tiempo ha borrado sus errores y disminuido la importancia de lo que obtienen al defraudar al tahúr engañado, y se pierden los cálculos de cuánta lana le toca a cada cómplice.
Es injusto que se le recuerde más por Mi marciano favorito que por Kiss me, Stupid, indudable obra maestra, una más de Billy Wilder; también, bajo Wilder, interpreta a un lujurioso jefe que se aprovecha de Jack Lemmon en The Apartment; trabajó también para Josh Logan y para Frank Tashlin, y siempre con eficacia.
 (Otra argucia del Diablo: que dice el entrenador del equipo de Televisa y otras compañías privadas, que durante lo que dure el torneo no va a dejar que los jugadores cojan. Se le olvida a Herrera que las mejores actuaciones de los equipos en esos torneos, en los últimos 40 años, han sido de equipos a los que dejan llevar a sus novias, esposas, secretarias, asistentas, masajistas; y si no hay, sus mañas se darán.)
  
Hubo una vez un comentarista y reseñista de libros que al prologar uno, habló maravillas del texto y del autor; semanas más tarde reseñó ese  mismo libro para un suplemento cultural, donde señaló defectos de estructura, de lenguaje, objeto la trama; cuando el autor le preguntó por qué las distintas versiones, contestó que el prólogo lo había escrito como parte de su chamba, y lo que publicó en el periódico era su opinión.
           Los autores jóvenes, cuando publicaron sus primeros libros, recibieron una llamada del crítico que, a manera de entrevista, preguntaba por sus influencias, sus propósitos, sus lecturas, le aclaraban el sentido de su obra, sus ambiciones; y cuando pensaban que estaba por aparecer una entrevista con sus respuestas, lo que veían era una reseña en la que el crítico se apropiaba de las respuestas, como si fueran sus argumentos para hacer una crítica; críticas que lo llevaron a ser considerado el mejor crítico de México, en opinión de él mismo, y no tuvo empacho para proclamarlo por escrito. Con ese epíteto, que se creyó sin dudarlo ni ruborizarse, quiso crear prestigios y destruir reputaciones, pero también falló. Falló al equivocarse y rechazar, para su publicación, obras que fueron consagradas por los jurados de diversos premios, por la crítica, y sobre todo por los lectores. No le quedó más remedio que seguir haciendo el ridículo y, entonces, decir que navegaba contra la corriente.
                Tuvo aciertos, desde luego: hizo varias veces la misma antología, y con el buen gusto de excluirse de ellas, como lo hizo notar José Emilio Pacheco, quien le aplaudió y agradeció esa medida; la fama de impulsar a los escritores jóvenes le dio otro prestigio, que sin embargo le escamoteó a quienes confiaron en él, le dieron libertad para crear colecciones, que sus mismos jefes le sugerían, y luego hizo creer que las inventó. Pasó a la historia con méritos que fueron de otros, pero su obra real no es digna de compilarse; si se hiciera, se vería que tuvo pocas ideas, que sus lecturas fueron planas, sin imaginación, repetitivas, y llevadas por sus simpatías y sus muchas antipatías; sus amigos de la juventud, a los que aparentemente encumbró con sus reseñas y entrevistas, cuando se negaron a contestar las impugnaciones que le hicieron autores que lo refutaron, los convirtió en sus enemigos, y entonces negó sus méritos y, también contra la corriente, los atacó, los minimizó, mientras la crítica mundial los encumbraba. Puede que haya sido sincero: no le entendió a esa obra. Terco, llegó a ser sincero: se negó a elogiar lo que no entendía; se redujo al silencio, o mejor, se convirtió en biógrafo de sí mismo, con mucho éxito: publicó varias veces su autobiografía, sin cambiarla, ampliarla o mejorarla, en diversos periódicos.
                Su silencio posterior fue su mayor éxito: se llevó el prestigio de haber sido el mejor crítico, soportó que lo denunciaran, que lo balconearan, que lo expusieran; como nadie lo leía, como ya no se arriesgaba, terminaron por creer que fue rudo, que puso puntos sobre íes, que calificó a los escritores con rigor y justicia y que no tuvo miedo a nadie.

Otro pillín: promete y promete, y nada de nada. Pero sus esfuerzos sólo mostrarán lo enclenque que es. 

Tengo muy pocas, pero muy valiosas, primeras ediciones de Efraín Huerta. Me consuela que son buenas ediciones. Y si las ven al revés, es una prueba más de mi condición de excéntrico y de mi incapacidad técnica.
.


domingo, 20 de abril de 2014

Disputas femeninas; mis primeras ediciones de Revueltas

Una de las peores situaciones que puede vivir un hombre la describe Schopenhauer, en uno de sus libros más célebres: estar en medio de una disputa entre dos mujeres que se interesan por él; una situación que sólo le deseamos a nuestros peores enemigos; en el cine  vemos eso, narrado magistralmente en Johnny Guitar, pero hay otros: entre la Chula Prieto y Lilia Prado interesadas por Pedro Infante en Las mujeres de mi general; Virginia Serret contra Amanda del Llano, ambas interesadas por Pedro Infante en La oveja negra; Nelly Montiel y Sofía Álvarez interesadas por Pedro Infante en Si me han de matar mañana; Miroslava y Liliana Durán interesadas por Pedro Infante en Escuela de vagabundos; Crmelita González e Isabel del Puerto, ambas interesadas en Rafael Baledón, en Matrimonio y mortaja; Silvia Pinal y Lilia Michel interesadas en Rafael Baledón en Sí, mi vida; Vitola y Rebeca Iturbide, en disputa por Germán Valdés en Ay, amor, cómo me has puesto; Tere Velásquez y Marina Camacho peleando por los favores de Germán Valdés en Suicídate, mi amor;  Meche Barba e Irma Torres que hasta se dan de golpes (Torres mostrando las tarzaneras en ese trance) por culpa de David Silva, en La casa del ogro (donde Silva resuelve el dilema cuando dice, al enterarse de la pelea: “de güey me meto”); en Del rancho a la televisión María Victoria disputa el amor de Luis Aguilar con Chela Campos (la verdad, debió ganar María Victoria); en El violetero, en vano Marina Camacho defiende el amor de Germán Valdés, pretendido por Martha Elena Cervantes, en vano, porque la ganona es Renée Dumas.
            Pero la mejor escena entre dos damas en plena disputa por un hombre lo entablan Sara García y Emma Roldán, en una fiesta, tratando de ganar para sí a Domingo Soler, en La gallina clueca; duelos verbales, ironías, sarcasmos, burlas, referencias a la edad de la contrincante, palabras hirientes hacia su torpeza de su comportamiento en sociedad, una le dice arribista a la otra, y la otra recuerda su situación de solitaria; en tanto, Soler se deja querer, pero cuando le exigen que se decida, deja que ellas se despedacen entre sí.

Se dice que el descontón fue a la malagueña, que cuando extendió los brazos para saludarlo, aquél respondió con un golpe que lo sorprendió, y le lanzó una acusación que la gente interpretó como traición a la amistad. Nunca, hasta ahora, se me ocurrió preguntarle a los testigos presenciales, y la versión que me entrega una persona honesta, dado a la ironía pero no a la exageración, y extremadamente seria pero con mucho sentido del humor, lo relata de otra manera: al acercarse, con los brazos abiertos recibió un golpe en la cara, pero también una acusación más frecuente en el lenguaje de los mexicanos (cuyas novelas, en efecto, leía): “eres un hijo de la chingada”, que no quedó ahí, porque se lanzó contra el caído y le tiró una serie terrible de puntapiés, hasta que algunos comedidos lo detuvieron.
            Grande sorpresa me llevé al escuchar esto, que no trascendió a la prensa ni menos a los libros, que minimizaron no el golpe, pero disfrazaron las palabras y ocultaron las patadas y la actitud animal.

Las siguientes son fotografías de mis primeras, y de mis segundas ediciones de la obra literaria de José Revueltas; entre todos, me siguen fascinando Los muros de agua, y dos novelas gigantescas: Los días terrenales, una de las más grandes obras mexicanas y no sólo del siglo XX, y Los errores, que tenemos que volver a leer, aunque mucho me temo que en estos tiempos de corrección política, estas tres novelas serán mal entendidas y mal interpretadas. Y no es por dárselo a desear, una rarísima joya: la primera edición de Dormir en tierra, de la Universidad Veracruzana, con “La palabra sagrada”, tal vez el mejor relato breve de Revueltas, y una de las cumbres de nuestra narrativa.




lunes, 31 de marzo de 2014

Poetas de 1956; primeras ediciones de Paz

En 1956 publicaron, en libros, periódicos, revistas, suplementos nacionales, 320 poetas, la mayoría mexicanos, unos cuantos españoles (León Felipe, Manuel Altolaguirre, por ejemplo), cubanos (Cinto Vitier), colombianos (Alfonso López Michelsen, luego presidente de su país); algunos datos curiosos: entre esos poetas se contaron Herminio Ahumada, el segundo diputado en increpar a un presidente en plena Cámara de Diputados (a Miguel Alemán; el primero había sido Aurelio Manrique, quien le gritó “¡farsante!” a Plutarco Elías Calles; Ahumada estaba un tanto protegido no sólo por su popularidad –atleta olímpico en 100 y 200 metros planos—, diputado antireeleccionista y yerno de José Vasconcelos; algo así como Everio, el poeta-deportista de De perfil); también, Hexiquio Aguilar, uno de los mayores especialistas en Derecho de Autor; otros: Juan José Arreola, con un soneto; Ricardo Garibay, con una canción; y Jorge Saldaña, con su nombre completo: Jorge Isaac; Enrique Soto Izquierdo, diputado después; Miguel Álvarez Acosta, director de Bellas Artes; Griselda Álvarez, mejor poetisa que gobernadora de Colima, aunque nació en Jalisco; las dos poetisas con la fama de haber sido las escritoras más bellas de la literatura mexicana: la costarricense Eunice Odio y la estridentista María del Mar (asmo, completaba Novo); Héctor Azar, mejor conocido como dramaturgo; Miguel Castro Ruiz, más famoso como periodista; Horacio Espinosa Altamirano, quien habitaba en los cafés de la ciudad.
            Entre todos ellos, quienes siguen en activo son Juan Bañuelos y Dolores Castro. Los mayores libros de ese año fueron Práctica de vuelo, de Carlos Pellicer; Las provincias del aire, de Jaime García Terrés; Tarumba, de Jaime Sabines, y Palabras en reposo, de Alí Chumacero.

Más o menos así comencé mi participación en la presentación del más reciente libro de Kyra Galván, quien nació en 1956; por cierto, ese año también publicó poemas Mercedes Durand, que escribió las palabras preliminares de Un pequeño moretón en la piel de nadie, el primer libro de Kyra, publicado por Raúl Guzmán en su pequeña pero célebre Contraste (Raúl fue el jefe de la Librería Universitaria, en Insurgentes, la que se cayó por el terremoto de 1985; tuvo la librería Contraste en Leibinz, donde luego estuvo por alguno meses una sucursal de la Librería Del Sótano; otra Contraste estuvo en Insurgentes Centro, que después fue la Librería Buñuel); lo más sobresaliente fue, para Durand, el nombre de la autora: “¡qué extraño nombre para una mujer!”
            Los verdaderos presentadores fueron Angelina Muñiz-Huberman y José María Espinasa; el editor del libro y pretenso moderador debió de haber sido Víctor Roura, quien no se presentó y no tuvo la decencia de dar explicaciones; tampoco estuvieron sus escuderos. La presentación se efectuó en la librería Elena Garro, bella pero incómoda. No hubo tampoco presencia alguna de los funcionarios de la librería, ni de la editorial; nadie quien recibiera, presentara, despidiera.

Habíamos quedado que la biblioteca que se construyó durante el periodo presidencial de Manuel Ávila Camacho, bajo el cuidado de Jaime Torres Bodet, se llama Biblioteca México, y la que está en Buenavista se llama Vasconcelos; así, confiados en el anuncio de que antier sábado se inauguraría la exposición Pasión bibliográfica, que exhibiría todas las primeras ediciones de los libros de Octavio Paz, fuimos Lourdes y yo; para llegar a tiempo, tomamos un taxi que nos cobró 85 pesos porque gracias al metrobús, que debe ahorrar tiempo, Insurgentes es un desmadre; pero resulta que no era allí, sino en la México que ya no se llama así; haciendo muina, nos fuimos de Buenavista a la Ciudadela; llegamos con 15 minutos de retraso; cuando entrábamos nos topamos de frente con Salvador González, a quien tuve que zarandear para que nos reconociera. “Vine a comparar mis ediciones”, dijo; nosotros también íbamos a palomear y, como en la época de los álbumes, decir “ya, ya, ya, ya, chin, ésta no”. Pero resulta que a pesar del anuncio en periódicos, murales y Letras Libres, siempre no, que se inaugura hasta las 16 horas de hoy lunes 31 de marzo; o fuimos muchos los que no supimos leer o unos cuantos que no saben escribir. Tampoco algún funcionario dio explicaciones, y nos remitían con los policías quienes tuvieron que aguantar imprecaciones y cuestionamientos, aunque no toletazos ni cocteles Molotov. Nomás de puro coraje, pongo en ocho fotografías mis primeras ediciones de los libros de Octavio Paz, algunos bastante raros; muy pocos se me escapan (Salamandra, por ejemplo, que tengo en segunda edición, lo mismo que Cuadrivio, que juraba que tenía en primera, pero no). El Consejo Nacional para la Cultura y las Artes insiste en equivocarse sin importarle lo que sufran los lectores.

Dice Octavio Paz en su correspondencia con Arnaldo Orfila Reynal que la crítica debe ser “parcial, apasionada, polémica”. Ojalá todos pensaran así. Por cierto, en esas cartas temía que Poesía en movimiento fuera apabullada, borrada por la Poesía mexicana del siglo XX, de Carlos Monsiváis. Hoy, Poesía en movimiento sigue siendo un referente, y de la de Monsiváis sólo se acuerdan los coleccionistas.

Tres acotaciones: 1) Dèja Lu regresa con ánimos, confiando en su mala memoria, en la mala memoria de la gente, en mi mala memoria, y en el nulo juicio de sus mecenas; 2) ¿Qué tan lícito es que se condicione la publicación de una nota en una revista de prestigio, a que se hable mal de un escritor laureado? 3) ¿de quién nos acordamos al releer el epigrama que recoge Daniel Cosío Villegas al hablar de un político del siglo XIX que dice: “¡Qué personaje tan pobre, / qué personaje tan tonto; / y lo malo es que tan pronto / comenzó a enseñar el cobre!”?








Y Borges tenía razón en lo del futbol.