lunes, 7 de julio de 2014

¿Desnudos o palabrotas? ¿Era penal? Callar al crítico

En 1933 apareció el primer desnudo del cine comercial; la muy impresionante Hedy Lamarr aparece sin ropa, semioculta entre la hierba, corriendo, tratando de taparse, en Éxtasis; la escena dura unos segundos, y no ha perdido belleza; Lamarr tenía un cuerpo delgado, esbelto, pero su fama no fue tan contundente, pues en los años cincuenta protagonizó uno de los filmes inspirados en relatos bíblicos, Sansón y Dalila; por tratarse del tema y de la época podrían haber aprovechado para mostrarla un poco menos desnuda, pero todavía provocativa; por desgracia, Groucho Marx la desprestigió para siempre al comentar que no le interesaba ver una cinta donde el actor  (Victor Mature) tenía pectorales más exuberantes que la protagonista.
            ¿El lenguaje es más agresivo, más peligroso, más procaz, más perturbador que la sexualidad? Si hago caso de la afirmación de un periodista ahora olvidado (Vicente Vila; eso indica que me eduqué más en las páginas de la revista Siempre! que en otros lados), la primera palabrota en el cine la pronunció Frank Sinatra en su papel de Tony Rome en la cinta con el nombre de ese personaje, y fue una frase, más que una palabra, ahora demasiado común: “son of a bitch”; antes, los más atrevidos decían “son of a gun”, que quiere decir lo mismo pero un poco más suavecito; esa cinta es de 1968, es decir, 35 años después.
            Ismael Rodríguez no se atrevió a pasar de “güey” en la trilogía del Torito, aunque tuvo la audacia de poner la frase más famosa de la fallida carrera de María Félix como actriz: “échenles (sic) mentadas, que al cabo duelen igual”, cuando le dicen, en La Cucaracha, que se acabaron las balas. Menos ingeniosa pero más cruda fue la frase de Emilio Fernández al gritarle a Pedro Armendáriz, en la misma cinta, que ya sabe que está con esa piruja, lo que provocó respingos entre los espectadores; piruja está entre los sinónimos de “puta”, y quiere decir lo mismo, pero no se oye tan agresivo. (Por cierto, hay una discriminación absoluta: mientras el Corripio [Gran Diccionario de Sinónimos de Fernando Corripio] registra 30 sinónimos para “puta”, apunta sólo diez para “puto”.)
            Jane Birkin y Gillian Hill aparecen muy desnudas en 1966 en Blow-Up, con todo y vello púbico (fugaz, discreto, con mucho movimiento), y de allí en adelante ha habido centenares de desnudos, elegantes, refinados, o muy toscos; de actrices reconocidas o de primerizas que así se ganan estrellatos, y pasan de ser exhibicionistas a muy respetadas; o al revés, aunque sean consideradas buenas actrices (¿o actores, ya que a las poetisas les llaman poetas?), no tienen reparos en mostrar un pecho (Gwyneth Paltrow) o media nalga (la misma Paltrow); o de protagonizar desnudos más que sensuales (Madelein Stowe, Jeanne Triplehorn) ahora no son recordadas por esas escenas, sino por sus papeles en series televisivas.
            Todas fueron rebasadas por el desnudo crudísimo, ginecológico, de Eva Green en The Dreamers, y de Karen Lancaume y Raffaëla Anderson que en Baise-Moi son violadas, sodomizadas, acometen felaciones feroces en escenas más explícitas que las consideradas pornográficas (aburridas, repetitivas, mal actuadas, con escasísimas excepciones).
            (Claro, hay leyendas; se dice que Barbara Hershey fue embarazada en la escena en la que es seducida por su patrón en The Babe-Maker, aunque los espectadores sólo lo imaginamos, porque estaban muy tapaditos [y creímos que sólo eran buenos actores] [en otra escena, muestra el trasero por apenas un segundo, en una escena de alberca]. A Hershey se le rinde el máximo homenaje en una cinta: cuando aparece por primera vez en Hanna y sus hermanas, Michael Caine, dice, al unísono con los espectadores masculinos, “¡Dios mío, qué hermosa es!”; sólo faltó el letrerito que dijera, como en What’s new, pussycat [guión y actuación de Woody Allen]: “mensaje del autor”.)

Las palabrotas, en cambio, no proliferaron sino hasta finales de los sesenta, y casi se han limitado, en el cine estadounidense, a repetir un “fuck you” que no tiene un equivalente en español; no, por lo menos, a las mentadas de madre desacralizadas por Octavio Paz en El laberinto de la soledad, ni a las festejadas por Carlos Fuentes en La muerte de Artemio Cruz. Desde luego, llegaron antes a la literatura, primero en forma de puntos suspensivos: Subraya Pacheco: (“Santa ‘no era mujer, no; era una…!’, ‘la palabra horrenda, el estigma’. ‘Puta’, el término que no pronuncia [Federico] Gamboa, es un insulto como lo es el nombre de toda actividad servil.” Prólogo al Diario de Federico Gamboa.)
            Luego del intento de Rubén Salazar Mallén y su fragmento de novela en Examen, lo que le costó el puesto a varios Contemporáneos, y posiblemente la vida a Jorge Cuesta, la literatura fue atrevida, pero cauta; luego de Paz y Fuentes, o al mismo tiempo que ellos, aparece, como catarsis, como escena cúspide, como remate de diálogos intensos, una palabra soez, casi siempre entre signos de admiración; Luis Spota conmueve a los lectores cuando pone a cantar, a las prostitutas de Casi el paraíso, “somos las putas que volvemos, que volvemos”; muy pocos años después, Vicente Leñero pone a sus albañiles a pronunciar interjecciones: “bruto, animal”, y tímidamente, “pendejo”. Ya después las pronuncian con naturalidad en unos diálogos muy frescos en los que era experto Leñero; no dejaron de aparecer inconformes entre lectores y críticos, pero no podían censurarlo porque, así, decían, hablan los albañiles (argumento que ahora sería refutado, por excluyente, discriminador, y porque ahora hablan así los locutores, los políticos, los actores).
            Pese a que en sus novelas las digámosle groserías aparecen con frecuencia, Fuentes no las pone en la boca de sus Caifanes, aunque el tono, los albures, las rimas procaces, tienen más mala intención que si dijeran palabrotas en vez de ésas: la más cercana: “otra jalada, vamos a hacer otra jalada”, pronuncia una más que excitada Paloma (Julissa), ante el escándalo de Enrique Álvarez Félix, quien sin embargo sí las dice en inglés (“With that greaser!”, que en ese contexto sí es palabrota, aunque Sergio Jiménez la devalora [“¡ya te dijeron chamagoso!”]).
            Más procaces fueron Óscar Pulido (“si quiere objetar, objete”) en Mi mujer necesita marido, o Abel Salazar (“en mi casa hay ladrones; ladrones, señorita, dije, dije ladrones”) y el mismo Pulido (“la sustituta de mi nuera; dije sustituta”), ambos en Yo quiero ser tonta. O las frases de doble sentido de Germán Valdés, de Mario Moreno, de Ángel Garasa, de Joaquín Pardavé (“las manitas afuera”, le ordena a Germán Valdés mientras lo arropa, creyendo que es su hijo); Pedro Infante y hasta el mismo Jorge Negrete.
            Con las novelas de los años cincuenta las palabrotas fueron adquiriendo carta de naturalización; Carlos Monsiváis las celebra en Días de guardar, e inmortaliza el que aparezcan en la prensa, donde estaban prohibidas, y lo siguieron estando durante mucho tiempo; me enorgullezco de haberlas explotado en una columna en El Financiero, cuando con ello reté al jefe de la sección de Deportes, y al contrario, nos hicimos cuates; no las usé sin motivo: recopilé las que se colaron en los micrófonos de radio y televisión: “Pa’ mí, Paquito, que todos son ojetes”, de Porfirio Remigio entrevistado por Paco Malgesto, a propósito del peligro de los ciclistas italianos, franceses y belgas (con su permiso); el “¡me chingó re bonito!” con que José Toluco López desmintió a Toño Andere que Filiberto Nava pegara como nenita (la frase es de los años cincuenta, pero El Doctor Netas la usa para reprocharle a Nicasio que se deje ganar por el sentimentalismo); los gestos de Javier Fragoso ante Pedro Nájera, Panchito Hernández y José Antonio Roca, con lo que expresaba “ya me los eché”, gesto que después fue conocido como la Roqueseñal, en la Cámara de Diputados, y que fue vista por los espectadores que, observaron, asombrados, que Fragoso había anotado su tercer gol como integrante del Puebla ante el América que lo había malvendido. Aunque aún tiembla la mano al teclearlas, ya no son tachadas por los correctores ni por los jefes de redacción, ni menos por los jefes de sección, que a menudo ignoran que sus secretarios de redacción los están albureando.
            Más difícil, que llegaran a la televisión; la memorable “cabrón” que gritó Enrique Álvarez Félix en la telenovela Las gemelas conmovió a pocos, porque se transmitía muy tarde, con escasa audiencia. Nada comparable a la frescura con que Jesús Ochoa, Christina Pastor o Isela Vega las pronuncian, dándole sabor a cada una, haciéndola no sólo agradable, sino memorable; Ochoa, por desgracia, ha sido estereotipado, pero salva cualquier escena con algún improperio; las de Isela Vega son simpáticas, y las de Pastor hacen buena una película mala como Corazón de melón.

Pero quedamos que en la literatura ayudaron a la madurez de los lectores, que antes se excitaban hasta con un “pinche”, y ahora no se escandalizan y, si están bien usadas, las festejan. En algunos autores siguen sirviendo de catarsis; en otros, para hacer culminar una escena; otros, para mostrar el carácter de algún personaje; otros, por desgracia, sólo para asustar a los lectores que ya no se asustan, cuantimenos cuando las sueltan remedos de locutores que pronuncian un “güey” que antes ofendía, y hoy sirve para recalcar que el que la dice considera su amigo al que se la asesta. Es de temer que ante tanta proliferación, las palabras soeces hayan perdido su carga subversiva, sediciosa, provocadora; no excita, no conmueve, no produce emoción erótica; no ofende, no trasgrede, no produce cólera, y a veces se recibe con simpatía; de por sí, asestársela a los cuates le quita toda la intención; al saludar a alguien con un “quiúbole cabrón” ya no se le dice que consciente que su mujer copule con otros; a veces, es también un elogio: “¡qué cabrón eres!”, como diciendo que es muy competente en su trabajo, o un abusivo con sus clientes o sus subordinados; si Gustavo Sainz titubeó para usar un “pinche” en Gazapo, muchas obras actuales (me niego a calificarlas de novelas) usan el “pinche” hasta en su primera acepción. Supongo que la emoción de buscar una palabra soez en un diccionario persiste en niños que no han perdido la inocencia y que no son clientes de las televisoras, las que han sido eficaces en eso de quitarle subversión y rebeldía a las palabrotas, así como devaluaron el futbol, el boxeo, el toreo, la música popular, la música sinfónica, el cine, el teatro, la actuación, y minimizaron el erotismo con escenas toscas e inverosímiles, y han permitido que sus estrellas se exhiban copulando con otros que no son sus parejas, que declaren cómo, cuántas veces, en qué posiciones y con quiénes. Nadie se escandalizaría como se escandalizaron cuando Isela Vega describió su muy peculiar vestido: “son pendejuelas, licenciado”. Ya no necesitan permiso de Gobernación para que un escritor pronuncie peladeces en televisión, ni le agradecen, como lo hicieron con Camilo José Cela, por no utilizarlo. Me imagino, en cambio, el escándalo si ahora Gobernación sancionara a quienes las pronuncien, sobre todo en horario familiar; gritarían que es un atentado a la libertad de expresión, aunque no saben, no entienden, qué quiere decir “libertad de expresión” (ni sabrían usarla). Las escenas que antes podían ofender comenzaron a distenderse cuando, en los años ochenta, un comercial de Splendor Champú, con música de “New York, New York”, culminaba cuando una modelo, bella y elegante, le agarraba la nalga al modelo que la acompañaba, con más estilo que como se las agarran a Sandra Bullock en casi todas sus películas; de allí a las escenas supuestamente ardientes en las telenovelas se pasó a la exhibición de escenas de sexo compartido, desnudos justificados o gratuitos, con actrices potables o con “garras” ocasionales.

Las groserías no son lo que fueron; por ello, espectadores disfrazados de forofos elogian a un jugador creyendo que lo insultan; es de suponer que no juegan ni jugaron, porque no advierten que los buenos jugadores no hacen caso de lo que dicen en las tribunas; lo bueno es que se emocionan cuando, anacrónicos, pueden pronunciar una palabrota en público, aunque no sepan lo que significa. (Y, en el cine, sigo prefiriendo los desnudos [los femeninos] en vez de las palabrotas, aunque las pronuncien Wynonna Ryder o Jesús Ochoa. Y sigo prefiriendo un baile donde, al girar, muestren las pantaletas [Debbie Reynolds, Ginger Rogers, Lilia Michel, Mapy Cortés] a que anden sin pantaletas.)

Cuando entré a la Secundaria 12 iba protegido por Agustín Granados, Luis Vega, Jorge Orta, Pancho Ramírez, Luis Vázquez Ramírez, por lo que me salvé de la iniciación, que se llamaba “novatada”; cuentan las leyendas que las novatadas en la Universidad eran salvajes; hacían desfilar a los de nuevo ingreso vestidos de mujer; encadenados, semidesnudos, a cuatro patas, ladrando, porque se les llamaba “perros”; los bañaban con pintura roja, y los rapaban, dependiendo de qué facultad se tratara la novatada; ni siquiera se salvaban los de Filosofía y Letras; los jóvenes que andaban rapados mostraban orgullosos su carencia de cabellos, porque así sabían las pretensas que ya era universitario; era más significativo que el estetoscopio de los estudiantes de medicina; en preparatoria no eran tan exhibicionistas, pero no se salvaban del rape; en la secundaria esperaban a los de primero para conducirlos a un grupo donde los que mangoneaban traían unas tijeras, y los trasquilaban de tal manera que no quedaba más que raparse; no llegaban a las escenas de Mario Vargas Llosa en La ciudad y los perros, pero el sentido de humillación era similar. Y no se diga de las novatadas del Instituto Politécnico Nacional
            Mi amistad con los de tercero, o los que ya estaban en preparatoria, me salvó de la rapada; no del acoso de algunos: Alonso, Alós, Mancera; Alós era especialmente molesto; se burlaba de mi estatura (él era dos centímetros más alto), de que no era rubio ni pecoso como él, y de que tenía mejores calificaciones que él. Durante dos meses tiraba mis libros cuando pasaba, me tropezaba, me empujaba; no había manera de aguantarlo, pero sí de retarlo; a la hora de la salida, a la vuelta de la entrada para evitar que llegaran los maestros o los prefectos, se adelantó Roberto González, conocido como El Centavito, porque era igual de chaparro que nosotros; no llegó a empezar la pelea; Alós, cuidando la derecha, se descuidó y recibió un izquierdazo que le partió el labio; a partir de ese momento los tres nos hicimos amigos. No sé por qué mi generación no ejerció la misma presión sobre los de primero, cuando pasamos a segundo, pero no recuerdo que haya habido más que unos cuantos rapados, que parecía que deseaban sufrir esa especie de humillación, pero que no se ejercía con violencia física. A veces los maestros se ensañaban con los matados, con los Ciros Peraloca como le decían a los que sacaban buenas calificaciones (sacar, más que obtener; parecía más cuestión de suerte que de estudiar demasiado), y propiciaban que los de bajas calificaciones se burlaran de los “matados”; pero no duraba mucho, y los maestros terminaban por someterse, aunque había algunos cábulas que se cebaban en los de mejores tareas; y los que éramos elogiados por las maestras de historia, geografía, lengua nacional, matemáticas, sufríamos a la hora de Deportes, donde el maestro obtenía sus orgasmos abusando de su superioridad física, mandando balonazos de basquetbol o de volibol con tanta violencia que nos hacía quedar en ridículo, y tenía preferencia por los buenos atletas que, en cambio, eran pésimos en las materias académicas. “Delicaditos”, le decían a los que no hacían más de diez lagartijas, o los que no dominaban las paralelas (en nuestro grupo, Tena sobrepasaba la altura de las barras casi sin levantarse; Elizarrarás [¿hijo, sobrino del compositor?], que como tuvo poliomielitis, tenía mucha fuerza en los brazos, y hacia 50 dominadas en cuestión de minutos).
            Fuera de esas horas en Deportes, o en el Taller, donde sufríamos los que carecíamos de habilidades manuales (menos una, je), no había mayor problema; como Antonio Badú y Pedro Infante, José Alós y yo nos repartíamos (imaginariamente) a las “viejas”, hasta que se volvió realidad, pues, ya lo conté, a mí me abordó Sandra Roldán y a José, Lola Mayén.

Mi venganza era cuando llegaban las pruebas; nos acosaban a Cuauhtémoc Valdés, a Víctor Tovar, a Maximino Ortega Aguirre, para que los ayudáramos; y entonces éramos nosotros los bulleros, los que nos aprovechábamos y, a cambio de una guía, se comprometían a ser nuestros guaruras durante el siguiente semestre; y éramos acosados por las compañeras más coquetas, más simpáticas (casi todas nos parecían bellas).
            No nos enterábamos de casos extremos que ahora salen a relucir; no pasaban de molestarnos, a menos que fuera alguno de los pandilleros vecinos, o que se colaban a las escuelas; en el edificio había uno, Temo (hipocorístico de Cuauhtémoc) al que temían hasta sus hermanos mayores; no pasó de que me arrebatara algunos dulces, de que no me dejara pasar al edificio si no le daba un 20, una charamusca, o hasta que se daba cuenta que los vecinos se daban cuenta; su tiranía terminó una tarde en que un vecino, cansado de lo que le hacía a sus hijos, lo golpeó de una manera tan increíble que todos nos quedamos azorados, y las mujeres del edificio, que por lo regular lo evadían, salieron a defenderlo. Sacaron una silla, y allí, sentado, indefenso, lloraba sin consuelo; don Fidel, su agresor, parecía no temer al padre, cuyos ingresos provenían de sacar a los borrachos necios en una cantina; tenía la costumbre de golpear a sus hijos por la mañana, por lo que fueran a hacer por la tarde; los hermanos mayores también eran temibles, pero no con nosotros; estaban inscritos, uno, en Medicina, otro en Derecho, pero al parecer no iban a clases. Uno, el más dócil, terminó en la cárcel por pagar a cuchilladas una cuenta de tacos que le pareció excesiva.
            Lo que ahora parece lo más común era, o nos parecía, inexistente. Pero ahora que lo pienso, todos fuimos buliados, y de muchas maneras buleamos: lo que hacíamos nosotros era humillar a los que nos humillaban, cuando respondíamos las preguntas de los maestros, cuando éramos elogiados por las autoridades escolares, declamábamos de memoria “La Suave Patria” sin necesidad de apuntes, o cuando respondíamos con algún golpe inesperado que dejaba aturdido al agresor, llorando (como le hice a Nájera Gutiérrez, uno de los golpeadores).

El acoso que ahora acusan las mujeres en los trabajos no las deja chambear a gusto, sienten que las espían, que sólo esperan a que se sienten mal para admirar sus piernas, que las invitan un café, una copa, una cena, siempre con la intención de sacar algo, lo más rápido y barato posible, y, mejor, sin compromiso; se quejan de que mientras más alto puesto tienen quienes quieren sacar provecho, mayor es el acoso; ¿cómo hacían antes para conseguir novio, para acercarse al que le gustaba, cómo para hacer que se enamoraran y casarse con él? El mundo cambió sin que me diera cuenta.

El mayor reproche de Borges hacia el futbol era por el encarnizado patriotismo, el nacionalismo más barato, por la incapacidad para disfrutar lo que tenga de disfrutable el juego, y que los espectadores sientan como suya la victoria, y se depriman con una derrota. Hace unos días un periodista, creo, se burló (como si con burlarse criticara) de un seleccionado mexicano que al querer lesionar a un contrincante se lesionó él mismo; el aludido contestó con una frase inadmisible: “creí que eras mexicano”, con lo que quiere obligar a todo el nacido en este país a “irle” a ese equipo, a considerar que el equipo representa al país, y que si gana el país gana y si pierde el país pierde, y que de esa pasión hay que excluir la crítica.
            Pior (superlativo de peor): los aficionados se erigieron en jueces; muy su derecho, pero usurpan una función sin entender cuáles son los requerimientos de esa profesión; la primera, la imparcialidad, característica de la que carecen (sólo los salva el humor, con las exageraciones de “No era penal”, algunos geniales como los que sube a las redes Vanessa Fuentes); otra, delegar funciones; el árbitro, por lógica, debe ver varios aspectos del partido, y por ello, deja de ver otras, por lo que debe confiar, sindudamente, en sus auxiliares, que cumplen otra función indispensable; ni los asistentes al estadio, ni los locutores ni los camarógrafos, ni mucho menos los televidentes, saben si lo que marcan árbitro y abanderados es correcto; así, los descalifican sin saber si las jugadas “fuera de lugar” fueron bien marcadas; pior, afirmaron que no fue falta la que marcaron contra el equipo que se dice mexicano (aunque varios de sus integrantes juegan en otros países); ignoran que los árbitros van a marcar falta siempre si el que la comete, o se sospecha que la cometió, levanta las manitas como diciendo “¡ay, yo no fui!”; es como el que en el Metro esconde el celular con que ha estado fotografiando a una viajera que muestra, sobre todo de manera involuntaria, las piernas o el escote; lo primero que dice una regla es no si golpeó, trastabilló, sacó de equilibrio al contrincante; basta con que haya tenido la intención, y sobre todo, si en la jugada el atacante tenía posibilidades de crear peligro; y si lo tropieza (aun si desear lastimarlo) y levanta las manitas, sea como sea, es falta; hay que ser ingenuo para creer que no las van a marcar.

Hace un par de semanas intentaron atropellarnos; Lourdes, como las mujeres del pasado, está en casa con la pierna fracturada; pero inquieta como es, me acompañó a una compra; la mayoría de los automovilistas, cuando la veían enyesada en el camellón, o en una banqueta, se detenían y cedían el paso, cuantimás las patrullas. Pero al regresar, al cruzar Mariano Escobedo, aunque un automovilista de detuvo, no lo hizo el conductor de un Ruta 100; pero estaba en alto, y llegamos hasta donde podíamos pasar; se puso el semáforo en verde cuando estábamos por terminar de cruzar la calle, cuando arrancó; alcanzó a darle un golpe a Lourdes, quien no podía correr; cuando iba a darle otro golpe alcancé a aventarla, y ella dio dos pasos rápidos, con riesgo de lastimarse más el pie fracturado; al chofer no le bastó, y me embistió; no fuerte, pero alcanzó a darme dos golpes entre el brazo derecho y la espalda; una camioneta se le puso enfrente y sólo así se detuvo, aunque ya me había puesto lejos de su alcance; le reclamaron varios conductores, automovilistas, peatones, testigos del acto; Lourdes golpeaba con el bastón las ventanas, enfurecida; la bestia humana abrió la puerta y dijo que sí se había detenido. No pretendía atropellarnos; ignoro si me identificó: critico las decisiones de su jefe; o a lo mejor era lector de alguno de los autores (o editores) a los que denuesto con argumentos, verifico su mala escritura, sus desaciertos, sus descuidos, sus erratas. Pero ni así nos callaremos.

Por cierto, ¿el jefe de esa bestia sabrá la diferencia entre “alarma” y “alerta”? Otra pregunta, sin respuesta: ¿los santos y los sabios comparten cualidades y defectos? Una más: ¿los que dicen defender a los animales en circos, zoológicos, ya leyeron a Gerald Durrell y lo que dice al respecto? La última y me voy: ¿qué significa “irle” a un equipo?

martes, 24 de junio de 2014

Cuiloni, cuiloni; diferencias entre la a y la o

Consigna Salvador Novo, en Las locas, el sexo y los burdeles, que durante lo que ahora conocemos como La Noche Triste, los mexicas corretearon a los españoles desde la actual estación Zócalo del Metro a la actual estación Tacuba, al grito de “Cuiloni, cuiloni”, que significaba “sacatón”, pero también sodomita. Llama la atención el parecido de aquella voz mexica con la actual que lanzan en los estadios de futbol, y que, muy retadoramente utilizan en un comercial de radio para una mujer que vende hules; en su utilísimo Diccionario del español en México, Luis Fernando Lara acota que es un adjetivo que se le aplica a los miedosos; no lo hace explícito, pero puede ser porque, al huir, es el trasero lo único que se le ve; el Diccionario de la Real Academia no lo registra, Guido Gómez de Silva asevera que es una voz malsonante, y el muy cuestionado y cuestionable diccionario de mexicanismos coordinado por Company y Company le da más usos, además del de miedoso; también es el que se arrepiente y el (maestro) que reprueba; ya sabemos que este diccionario, más folclórico que útil, entiende poco del hablar mexicano. Para García-Robles es también sinónimo de gandalla.
                Pero ese adjetivo lanzado por los forofos de un equipo contra los militantes, los porristas, los directivos del equipo contrincante (y también contra los locutores) ha sido sustituido, o agregado por otro, que estuvo prohibido en los medios de comunicación incluso cuando ya proliferan hasta en horarios infantiles, en boca de locutores que creen que, al pronunciarlas, divierten a la gente que ya no se escandaliza.
                Pero esta palabra todavía ofende, lo mismo en la versión masculina que en la femenina. Con ser tan parecidas, son muy diferentes. En la acepción masculina tiene un origen muy específico: “extraño”;  “
Homo sum, humani nihil a me alienum puto”, o sea “humano soy, nada humano me es ajeno”, o extraño. Extraña, o ajena, resultaba la conducta, aunque ahora se sabe que no era tan extraña, pero no reconocida públicamente. En su versión femenina, que ya desapareció del Pequeño Larousse Ilustrado, deviene de “muchacha”, que no tenía esa connotación en el italiano antiguo, según Corominas; En el latín servía para ambos sexos, pero insisto, no era una voz reprobable ni sería incluido en el originalísimo Los adjetivos de la lengua española, de Honorato Colmenares, que en su apartado V incluye Hedonista, concupiscente, Concupiscible, Sibarítico, Lascivo (salaz, lujurioso, libidinoso, lúbrico), Ardiente (cachondo, caliente), Incontinente, Copulador (fornicador), Ninfomaniaca, Sicalíptico, Afrodisiaco, Fácil, galante, cortesana, liviana, casquivana, Erótico, Sensual, Voluptuoso, Orgiástico, saturnal, Íncubo, Súcubo, Sexual, Homosexual, Lesbiana, Asexual, Bisexual o hermafrodita, Sexuado, Sodomita, Misógino, Sádico, Masoquista, Masculino, Varonil, viril, Femenino, Afeminado, Feminoide, Hombruno, Embarazada, preñada, encinta, grávida, Prolífio, Bígamo, Adúltero, Cornudo, Bastardo, espurio, ilegítimo… Como se ve, nada que pueda gritarse en un estadio; los gritos, como los hipocorísticos, son mejores si son de dos sílabas; si son de tres, muy raros, necesitan que la segunda se extienda, siempre y cuando la palabra sea grave (o llana).
            Decir que un hombre es miedoso equivale, dicen nuestras autoridades que cuidan no ofender a nadie aunque para ello deformen el lenguaje, es compararlo con una mujer. Y Colmenares, como se ve en los adjetivos que incluye en su apartado V, registra que para describir a un hombre poco valiente se le asestan atributos femeninos, si es realidad que las mujeres son menos valientes que los hombres, lo que ya sabemos que es una falacia; de no ser así, poco miedo se le tendría a las mujeres a la hora de confesar en quién y con quién se gastó el cónyuge masculino gran parte de la quincena, o por qué llega oliendo a Jardines de California; y a la ora de las decisiones trascendentales, son ellas las que se arriesgan, las que se avientan más; no que no haya hombres decididos, pero son menos que los precavidos; el refrán que recomienda precaver antes que arriesgarse, es masculino. Y en las playas, son más mujeres las que se suben a los paracaídas, más las que se lanzan a los globos, y en igual número que hombres, las que andan esquiando.

La abundancia de atletas que tienen una preferencia sexual diferente de la que el género cree más numeroso, demuestra que no todos son sacatones o cobardes; muchos han sido boxeadores, otros son atrevidísimos a la hora de bloquear a los linieros que buscan taclear a corredores o mariscales de campo, y éstos, con ser menos altos y menos corpulentos, no sólo no le sacan sino que retan a sus atacantes; en el beisbol todos se lanzan a buscar la siguiente base aunque sepa que lo van a bloquear o que las lesiones causadas en las barridas pueden tardarse días en sanar, además de los dolores brutales.
            Hay menos valor en los futbolistas que, luego de cometer una falta (un tropezón por atrás, un tapón, una patada a destiempo, una entrada fuerte), levantan las manitas como diciendo “yo no fui” (¡ay, chuz!). Más, entrar en una zona donde proliferan las patadas, casi nunca accidentales; y mucho valor se necesita también cuando, como en muchos ejemplos ilustrados por Juan Villoro en su nuevo libro sobre futbol, reconocen que la falta que sanciona el árbitro en realidad no fue falta; y cuando aun así el de negro (frase provocativa) marca la llamada pena máxima (penalización; pena es dolor o vergüenza), patea el balón sin potencia o intencionalmente lo echa fuera, para coraje de los forofos de su equipo que no saben o no aceptan el decoro y la decencia entre los deportistas.
          Lo escandaloso es el escándalo que se armó por un grito destemplado, y que pocos han podido explicar: ¿Piensan los espectadores que con los gritos van a distraer a los jugadores? Tendrían que leer a Jorge Portilla para entender que, de lograrlo, sería un éxito momentáneo y a la larga inútil.

Desde 1993, y hasta 1997, tuve a mi cargo la sección de Deportes de El Financiero; aunque dimos preferencia a otros deportes más vistos por los lectores del diario, cubrimos lo más importante del soccer: dábamos los resultados; Refugio, que sabe bastante, hacía pronósticos, y visitábamos los entrenamientos, pero en busca no de opiniones o de “color”, sino de otros asuntos: los conocimientos de política o economía de parte de jugadores, entrenadores y directivos, su ética y su decencia, su cultura; seguíamos otros deportes, y tampoco por los resultados; nuestros análisis, si no siempre certeros, eran en cambio muy originales, divertidos aunque muy serios; había siempre buen humor, y muchos políticos llegaron a opinar que éramos una sección tan temible, cuando menos, que otras a las que le sacaban. Después pasé a la mesa de redacción y al poco asumí la jefatura de redacción, aunque con otro nombre.
                En todo ese tiempo evité no siempre los albures, porque Salvador Frausto y Rafael Cervantes (Aldo no, era muy apaciguado) aprovechaban mis descansos o alguna distracción para echar albures en los pies de foto, que no entendían los filtros, o los dejaban pasar. Lo que evité fue que le llamaran “TRI” a la Selección Mexicana de Futbol; lo hice por varios motivos; el primero, que fue una invención de un diario deportivo, el Esto, por el poco espacio que tenían para cabecear; usarlo sería copiarlo; el segundo, porque se presta a las cabezas fáciles, sin imaginación, simples; el tercero, porque el equipo tiene un nombre que no es “Tricolor” ni “México” (no es el país el que juega, sino un equipo que no representa más que a una parte mínima de la Federación Mexicana de Futbol, la que representa la Primera División de la Liga Mexicana de Futbol profesional, que no es ni con mucho, la mayoría en ese deporte; tampoco es el más popular, como afirman en la televisión: para sorpresa de ellos, el basquetbol es el deporte que más se practica en México), sino Selección Mexicana de Futbol; la cuarta, que ya ni siquiera usan, y con lo que violaban la ley, los colores de la bandera mexicana en el uniforme, y por último, pero con el mismo peso, que desde muy poco después de Avándaro, donde se convirtieron en el conjunto de rock más popular, el Three Souls in my Mind, fue conocido como El Tri antes de que hicieran oficial su nombre. Y como la sección se distinguía (y lo reconocieron en muchísimos lados) porque no nos restringíamos al deporte y mucho menos al futbol, sino que lo abordábamos desde la sociología, la política, la economía y sobre todo desde la cultura, no ignorábamos que aunque los que se limitaban al futbol identificarían con ese nombre a un equipo mediocre: la mayoría de nuestros lectores pensarían en el conjunto, que tampoco es bueno, aunque sí original.

Tengo la esperanza de que todo lo ido, regrese; en los alegres veinte el charleston, que no se bailaba como lo hacen Marga López en Tu hijo debe nacer o Tin Tan, Martha Valdés y ladies en El hombre inquieto, años en que cobró popularidad de “Bailando el charleston” ("como en los tiempos de papá y mamá”); era un baile cuya provocación menor consistía en que las mujeres se levantaban el vestido por la parte de atrás, como las bailarinas del can-can, mostrando las entonces novedosas tarzaneras; o como, más fugazmente, en los años del swing, o sin necesidad de baile, entre los sesenta y los setenta con las chiquifaldas que dejaban ver todo; ahora, aunque siguen siendo minis, son bastante púdicas.

Hay instituciones que vigilan que haya equidad y competencia legal en la vida comercial mexicana, pero exageran: los almacenes conocidos como supermercados dejaron de ser, desde hace mucho, como los describía Salvador Novo a finales de los años cincuenta y principios de los sesenta; los precios son similares, aunque no la existencia de mercancías; en todos, la carne es malísima (los que vivimos por el poniente de la ciudad sufrimos más embotellamientos y más mala carne que en muchos otros sitios). En donde sí hay equidad es en los comerciales: son malos, sin ingenio, sin imaginación, y muy vulgares.


Acusan a los propietarios de autos viejos (más firmes, más seguros, más autos) de causar la contaminación que es más bien producto de la industria (el 88 por ciento), y sospechosamente tratan de que cambiemos esos autos por otros más caros, más inseguros, menos cómodos y más contaminantes; las autoridades olvidan que fueron ellos quienes autorizaron que los vendieran, que la gasolina que contamina es la que ellos venden, cara y vendida con disminución en los expendedores que ellos autorizan y vigilan.

sábado, 24 de mayo de 2014

Derrota de la RAE; artimañas del Diablo; historias de dos pillines

El más reciente número de BBC Music trae el anuncio de la Colección Karajan: 101 discos en 13 álbumes, que contienen grabaciones en vivo ahora remasterizadas, la obra completa con la Filarmónica de Viena, las sinfonías de Beethoven, dos con sus solistas favoritos (dicen que, sobre todo, Argerich), dos para la música alemana romántica, sus versiones de los músicos rusos, de Handel a Bartok, uno completito con Sibelius, dos para música coral, otro campechaneado con franceses y rusos y otro con sinfonías clásicas. Como dijo José de la Colina al respecto de Camilo José Cela, qué ganas de tener la obra completa de Karajan para no oírla.

Desde que la Real Academia de la Lengua anunció que iba a suprimir acentos ociosos hubo oposición de muchos académicos, tanto de España (Javier Marías, uno de los más ruidosos) como de México (notoriamente, José Emilio Pacheco); ante la pregunta constante de cómo iba el lector a distinguir entre solo y sólo, la Academia contestaba que por el contexto; cuando se preguntaba por qué suprimir el acento de guión alegaron que porque es monosílabo, aunque “ahi nos lo dejaban a nuestro criterio”, pero asumían que las academias restantes obedecerían “ciegamente al que manda” (una de mis citas preferidas), y a partir de sus indicaciones sus demás publicaciones (Ortografía, Gramática, Nueva gramática básica, Compendio ilustrado y azaroso de todo lo que siempre quiso saber sobre la lengua española, Las 500 dudas más frecuentes) siguieron ese criterio. Pero en vísperas de la publicación de la nueva versión del Diccionario, en voz de uno de sus miembros, reconocen su derrota: casi ninguna publicación seria le hizo caso, las buenas editoriales se abstuvieron de suprimir los acentos de sólo, de éste, y otros; las malas editoriales y las malas revistas (de las buenas, sólo una hizo caso) tendrán que asumir que durante unos pocos años escribieron con faltas de ortografía, y los malos correctores tendrán que esforzarse de nuevo para dejar los textos como debe ser. Y los escritores no podrán alegar que por el contexto podremos deducir de qué están hablando. Lo que no se dijo es si continuarán con su objetivo más reciente, es decir, es diccionario de uso, o será normativo. ¿Será regida por cuestiones políticamente correctas? ¿Seguirán diciendo “la poeta”, ¿seguirán condenando a los inválidos y a los lisiados, los sordos, los tartamudos, los que sufrimos de pie plano? ¿Los miopes seguiremos siendo débiles visuales? ¿Insistirán que la v y la b suenan igual? Sí, si se trata de “vaso” y “basta”, de “evadir” y abastecer”, pero no si se trata de “envase”, “adverbio”. Por algo la v se llama labiodental, y la otra, más simple, labial.
                Sin embargo, debo agregarme a esas protestas por un idioma políticamente correcto: un reportaje reciente confirma que mucha gente ha sido discriminada por su apariencia, que por ello, por no vestir de mono (como se dice en las novelas de Vargas Llosa) son maltratados, rechazados en bancos, o han sido rechazados al pretender a alguna mujer. Lo he sufrido, como lo han sufrido todos los chaparros. Más de una, en la adolescencia, me dijo "si midieras 15 centímetros más", y se referían a la estatura.

Menos en broma, relato que por no vestir traje, o por chaparro, o por usar barba, no sé por qué, fui maltratado en varios bancos, concretamente en la sucursal de Banamex en Homero, frente a Liverpool Polanco (que no está en Polanco, sino en Chapultepec Morales, pero así son de pretenciosos los que viven en lugares aledaños a Polanco), a finales de abril. Acudí a ella, acompañado de Nahúm, porque deseaba abrirle una cuenta de ahorros, atraído por sus ofertas: tarjeta para hacer retiros y, en ciertos comercios, realizar compras; no se necesitaba una suma muy alta para abrirla (me niego a decir “aperturar”); cuando fui a preguntar, aceptaron toda la documentación, excepto la copia del acta de nacimiento, pero me dijeron dónde obtenerla con rapidez; no me tardé ni tres cuartos de hora en regresar. No había más que una persona esperando que alguno de los ejecutivos (números 18 y 19) se desocupara (el número 20 estaba desocupado, o mejor dicho, ocupado en ir a quitarle el tiempo a los otros dos); la ficha que me dieron prometía que en cinco minutos sería atendido; sin embargo, sin ficha, el ejecutivo 20 llevaba a clientes o trajeados o ayudantes de potentados, que hacían gala de prepotencia (después, me encontré a uno de ellos en otro banco, enojado porque me atendían y tenía que esperar [cinco minutos] a que terminaran mis trámites), o mujeres que vestían simulando elegancia, y que sin ficha entraban y saludaban de beso a esos ejecutivos; luego de 45 minutos de espera por fin se desocupó uno de ellos, y aunque intenté entrar, me evadió, fue a las cajas y regresó con un hombre al que dio preferencia aunque mi ficha era la siguiente. Cuando le reclamé, a gritos me dijo “tengo que atender a mis clientes”; por desgracia, yo también soy cliente de ese banco, pero ni saludo de beso a esos cuates ni los adulo, sólo exijo que traten con decencia sin fijarse si mi ahijado es moreno, si soy chaparro, si no uso traje (en los últimos 40 años he usado corbata dos veces, y mando a la chingada a los restauranteros que se niegan a servir a quienes no vayan de corbata). Nos fuimos, pese al hambre, a Banorte, donde en menos de 15 minutos nos abrieron la cuenta de Nahúm.

Hubo una vez un escritor que alardeaba de no leer más que lo que entendía, y que por ello nunca leería a Rimbaud; ahora da conferencias sobre los mejores autores mexicanos. Y hay quien le cree. Y quien cree que escribe.

Marco Antonio Pulido me hace ver que Scarlett Johansson y Penélope Cruz pelean, amigablemente, por un actor (no importa cuál) en una cinta de Woody Allen (Vicky Cristina Barcelona); conocía y recordaba las escenas, pero al momento de escribir se me escapó; sobre todo, porque la impresión que tengo es que la cinta cobra vida cuando aparece Cruz, y se apaga cuando se va.
Pero en busca de más escenas vuelvo a ver Damn Yankees, una obra maestra de las muchas que hizo Stanley Donen, y no puedo dejar de pensar que Televisa hizo un pacto con el Diablo similar al del protagonista de la cinta: hacer creer que un equipo de futbol tiene posibilidades de ganar un torneo en el que participan otros que creen que representan el deporte de su país (y creen que es mundial), y que cuando acontezca la desilusión, porque su calidad es mucho menor que la de la mayoría de otros participantes, habrá tragedias de las que se aprovechará el Diablo para repoblar el infierno, ahora que el papa Francisco dice que es sólo una imagen y una metáfora (¿no será una argucia para que nos confiemos?). En la cinta, Ray Walston (nadie mejor que él) regresa su juventud a Robert Shafer, lo convierte en Tab Hunter, con facultades para batear, fildear, y encabeza a los Senadores de Washington para hacer creer a los forofos que pueden ganar el campeonato de la Liga Americana (hace un siglo se decía “Washington: primero en la paz, primero en la guerra, último en la Liga Americana” –frase que aludía a la reticencia de Estados Unidos para entrar a la Primera Guerra Mundial, a la creencia de que cuando se decidiera a hacerlo sería decisivo para la derrota alemana, y a que el equipo de beisbol terminaba en los últimos lugares), y al perder en el último juego contra los malditos Yanquis, que entonces ganaban todos los campeonatos (diez en 12 años, en los años cincuenta y sesenta), habría más suicidios que durante las crisis económicas de 1929 y 1932 (se insinúa que las provocó el Diablo); éste, interpretado por un Walston que, como Andrés Soler, nunca tuvo una actuación mala, es tan pícaro que se gana la simpatía del espectador, pero la historia de amor que hay detrás –Shafer, al rejuvenecer, debe abandonar a su esposa Shanon Bolin–; como está por ceder y romper el contrato (un momento de debilidad de Walston al incluir una cláusula que le permite a Shafer renunciar antes del último juego del campeonato), llama a la mujer más fea de Rohde Island, Gween Verdon, convertida en seductora, aunque no tan bella, y que le sirve para convencer a los rejegos, para que seduzca a Hunter, y así conquistar miles de almas que se irán al infierno, porque, excepto los amparados por San Juan Diego, el suicidio es lo único que la iglesia no perdona.
Aunque Walston hace berrinche y regresa a Shafer su vejez feliz, éste atrapa un batazo largo de Mickey Mantle, tan torpemente como Willie Mays en la última jugada en que intervino, como jardinero de Mets, en la Serie Mundial de 1973; Shafer oye a su esposa Bolin cantar y con eso vence la tentación, para berrinche de Walston  y satisfacción de Verdon; Walston todavía hace un intento: no basta con el campeonato: van los Senadores por la Serie Mundial. El chiste es que los forofos se emocionen y ante la derrota del equipo, se suiciden y se vayan al infierno.
Al leer las declaraciones de forofos, jugadores, directivos, locutores, conductores de programas televisivos y radiofónicos, periodistas, conocedores, pareciera que tienen fe en que el equipo de Televisa (creer que es el representante del deporte mexicano es otro de los trucos del Diablo) tiene alguna oportunidad; difícilmente habrá suicidios, pero sí muchos descreídos y hasta alguien que pierda la fe.
No es la misma época en que la fe movía el mundo, y que al perder esa fe, muchos preferían abandonar la vida; hubo suicidios de jovencitas hasta en Suramérica a la muerte de Jorge Negrete y también con la de Pedro Infante; lo peor, ni siquiera eran sus conocidas, a lo mejor los vieron de lejos en alguna gira.
Afirmo que Walston no tuvo ninguna actuación mala; no es que me retracte, pero su participación en The Sting es discreta, como la de todos los que aparecen en esa cinta que el tiempo ha borrado sus errores y disminuido la importancia de lo que obtienen al defraudar al tahúr engañado, y se pierden los cálculos de cuánta lana le toca a cada cómplice.
Es injusto que se le recuerde más por Mi marciano favorito que por Kiss me, Stupid, indudable obra maestra, una más de Billy Wilder; también, bajo Wilder, interpreta a un lujurioso jefe que se aprovecha de Jack Lemmon en The Apartment; trabajó también para Josh Logan y para Frank Tashlin, y siempre con eficacia.
 (Otra argucia del Diablo: que dice el entrenador del equipo de Televisa y otras compañías privadas, que durante lo que dure el torneo no va a dejar que los jugadores cojan. Se le olvida a Herrera que las mejores actuaciones de los equipos en esos torneos, en los últimos 40 años, han sido de equipos a los que dejan llevar a sus novias, esposas, secretarias, asistentas, masajistas; y si no hay, sus mañas se darán.)
  
Hubo una vez un comentarista y reseñista de libros que al prologar uno, habló maravillas del texto y del autor; semanas más tarde reseñó ese  mismo libro para un suplemento cultural, donde señaló defectos de estructura, de lenguaje, objeto la trama; cuando el autor le preguntó por qué las distintas versiones, contestó que el prólogo lo había escrito como parte de su chamba, y lo que publicó en el periódico era su opinión.
           Los autores jóvenes, cuando publicaron sus primeros libros, recibieron una llamada del crítico que, a manera de entrevista, preguntaba por sus influencias, sus propósitos, sus lecturas, le aclaraban el sentido de su obra, sus ambiciones; y cuando pensaban que estaba por aparecer una entrevista con sus respuestas, lo que veían era una reseña en la que el crítico se apropiaba de las respuestas, como si fueran sus argumentos para hacer una crítica; críticas que lo llevaron a ser considerado el mejor crítico de México, en opinión de él mismo, y no tuvo empacho para proclamarlo por escrito. Con ese epíteto, que se creyó sin dudarlo ni ruborizarse, quiso crear prestigios y destruir reputaciones, pero también falló. Falló al equivocarse y rechazar, para su publicación, obras que fueron consagradas por los jurados de diversos premios, por la crítica, y sobre todo por los lectores. No le quedó más remedio que seguir haciendo el ridículo y, entonces, decir que navegaba contra la corriente.
                Tuvo aciertos, desde luego: hizo varias veces la misma antología, y con el buen gusto de excluirse de ellas, como lo hizo notar José Emilio Pacheco, quien le aplaudió y agradeció esa medida; la fama de impulsar a los escritores jóvenes le dio otro prestigio, que sin embargo le escamoteó a quienes confiaron en él, le dieron libertad para crear colecciones, que sus mismos jefes le sugerían, y luego hizo creer que las inventó. Pasó a la historia con méritos que fueron de otros, pero su obra real no es digna de compilarse; si se hiciera, se vería que tuvo pocas ideas, que sus lecturas fueron planas, sin imaginación, repetitivas, y llevadas por sus simpatías y sus muchas antipatías; sus amigos de la juventud, a los que aparentemente encumbró con sus reseñas y entrevistas, cuando se negaron a contestar las impugnaciones que le hicieron autores que lo refutaron, los convirtió en sus enemigos, y entonces negó sus méritos y, también contra la corriente, los atacó, los minimizó, mientras la crítica mundial los encumbraba. Puede que haya sido sincero: no le entendió a esa obra. Terco, llegó a ser sincero: se negó a elogiar lo que no entendía; se redujo al silencio, o mejor, se convirtió en biógrafo de sí mismo, con mucho éxito: publicó varias veces su autobiografía, sin cambiarla, ampliarla o mejorarla, en diversos periódicos.
                Su silencio posterior fue su mayor éxito: se llevó el prestigio de haber sido el mejor crítico, soportó que lo denunciaran, que lo balconearan, que lo expusieran; como nadie lo leía, como ya no se arriesgaba, terminaron por creer que fue rudo, que puso puntos sobre íes, que calificó a los escritores con rigor y justicia y que no tuvo miedo a nadie.

Otro pillín: promete y promete, y nada de nada. Pero sus esfuerzos sólo mostrarán lo enclenque que es. 

Tengo muy pocas, pero muy valiosas, primeras ediciones de Efraín Huerta. Me consuela que son buenas ediciones. Y si las ven al revés, es una prueba más de mi condición de excéntrico y de mi incapacidad técnica.
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domingo, 20 de abril de 2014

Disputas femeninas; mis primeras ediciones de Revueltas

Una de las peores situaciones que puede vivir un hombre la describe Schopenhauer, en uno de sus libros más célebres: estar en medio de una disputa entre dos mujeres que se interesan por él; una situación que sólo le deseamos a nuestros peores enemigos; en el cine  vemos eso, narrado magistralmente en Johnny Guitar, pero hay otros: entre la Chula Prieto y Lilia Prado interesadas por Pedro Infante en Las mujeres de mi general; Virginia Serret contra Amanda del Llano, ambas interesadas por Pedro Infante en La oveja negra; Nelly Montiel y Sofía Álvarez interesadas por Pedro Infante en Si me han de matar mañana; Miroslava y Liliana Durán interesadas por Pedro Infante en Escuela de vagabundos; Crmelita González e Isabel del Puerto, ambas interesadas en Rafael Baledón, en Matrimonio y mortaja; Silvia Pinal y Lilia Michel interesadas en Rafael Baledón en Sí, mi vida; Vitola y Rebeca Iturbide, en disputa por Germán Valdés en Ay, amor, cómo me has puesto; Tere Velásquez y Marina Camacho peleando por los favores de Germán Valdés en Suicídate, mi amor;  Meche Barba e Irma Torres que hasta se dan de golpes (Torres mostrando las tarzaneras en ese trance) por culpa de David Silva, en La casa del ogro (donde Silva resuelve el dilema cuando dice, al enterarse de la pelea: “de güey me meto”); en Del rancho a la televisión María Victoria disputa el amor de Luis Aguilar con Chela Campos (la verdad, debió ganar María Victoria); en El violetero, en vano Marina Camacho defiende el amor de Germán Valdés, pretendido por Martha Elena Cervantes, en vano, porque la ganona es Renée Dumas.
            Pero la mejor escena entre dos damas en plena disputa por un hombre lo entablan Sara García y Emma Roldán, en una fiesta, tratando de ganar para sí a Domingo Soler, en La gallina clueca; duelos verbales, ironías, sarcasmos, burlas, referencias a la edad de la contrincante, palabras hirientes hacia su torpeza de su comportamiento en sociedad, una le dice arribista a la otra, y la otra recuerda su situación de solitaria; en tanto, Soler se deja querer, pero cuando le exigen que se decida, deja que ellas se despedacen entre sí.

Se dice que el descontón fue a la malagueña, que cuando extendió los brazos para saludarlo, aquél respondió con un golpe que lo sorprendió, y le lanzó una acusación que la gente interpretó como traición a la amistad. Nunca, hasta ahora, se me ocurrió preguntarle a los testigos presenciales, y la versión que me entrega una persona honesta, dado a la ironía pero no a la exageración, y extremadamente seria pero con mucho sentido del humor, lo relata de otra manera: al acercarse, con los brazos abiertos recibió un golpe en la cara, pero también una acusación más frecuente en el lenguaje de los mexicanos (cuyas novelas, en efecto, leía): “eres un hijo de la chingada”, que no quedó ahí, porque se lanzó contra el caído y le tiró una serie terrible de puntapiés, hasta que algunos comedidos lo detuvieron.
            Grande sorpresa me llevé al escuchar esto, que no trascendió a la prensa ni menos a los libros, que minimizaron no el golpe, pero disfrazaron las palabras y ocultaron las patadas y la actitud animal.

Las siguientes son fotografías de mis primeras, y de mis segundas ediciones de la obra literaria de José Revueltas; entre todos, me siguen fascinando Los muros de agua, y dos novelas gigantescas: Los días terrenales, una de las más grandes obras mexicanas y no sólo del siglo XX, y Los errores, que tenemos que volver a leer, aunque mucho me temo que en estos tiempos de corrección política, estas tres novelas serán mal entendidas y mal interpretadas. Y no es por dárselo a desear, una rarísima joya: la primera edición de Dormir en tierra, de la Universidad Veracruzana, con “La palabra sagrada”, tal vez el mejor relato breve de Revueltas, y una de las cumbres de nuestra narrativa.




lunes, 31 de marzo de 2014

Poetas de 1956; primeras ediciones de Paz

En 1956 publicaron, en libros, periódicos, revistas, suplementos nacionales, 320 poetas, la mayoría mexicanos, unos cuantos españoles (León Felipe, Manuel Altolaguirre, por ejemplo), cubanos (Cinto Vitier), colombianos (Alfonso López Michelsen, luego presidente de su país); algunos datos curiosos: entre esos poetas se contaron Herminio Ahumada, el segundo diputado en increpar a un presidente en plena Cámara de Diputados (a Miguel Alemán; el primero había sido Aurelio Manrique, quien le gritó “¡farsante!” a Plutarco Elías Calles; Ahumada estaba un tanto protegido no sólo por su popularidad –atleta olímpico en 100 y 200 metros planos—, diputado antireeleccionista y yerno de José Vasconcelos; algo así como Everio, el poeta-deportista de De perfil); también, Hexiquio Aguilar, uno de los mayores especialistas en Derecho de Autor; otros: Juan José Arreola, con un soneto; Ricardo Garibay, con una canción; y Jorge Saldaña, con su nombre completo: Jorge Isaac; Enrique Soto Izquierdo, diputado después; Miguel Álvarez Acosta, director de Bellas Artes; Griselda Álvarez, mejor poetisa que gobernadora de Colima, aunque nació en Jalisco; las dos poetisas con la fama de haber sido las escritoras más bellas de la literatura mexicana: la costarricense Eunice Odio y la estridentista María del Mar (asmo, completaba Novo); Héctor Azar, mejor conocido como dramaturgo; Miguel Castro Ruiz, más famoso como periodista; Horacio Espinosa Altamirano, quien habitaba en los cafés de la ciudad.
            Entre todos ellos, quienes siguen en activo son Juan Bañuelos y Dolores Castro. Los mayores libros de ese año fueron Práctica de vuelo, de Carlos Pellicer; Las provincias del aire, de Jaime García Terrés; Tarumba, de Jaime Sabines, y Palabras en reposo, de Alí Chumacero.

Más o menos así comencé mi participación en la presentación del más reciente libro de Kyra Galván, quien nació en 1956; por cierto, ese año también publicó poemas Mercedes Durand, que escribió las palabras preliminares de Un pequeño moretón en la piel de nadie, el primer libro de Kyra, publicado por Raúl Guzmán en su pequeña pero célebre Contraste (Raúl fue el jefe de la Librería Universitaria, en Insurgentes, la que se cayó por el terremoto de 1985; tuvo la librería Contraste en Leibinz, donde luego estuvo por alguno meses una sucursal de la Librería Del Sótano; otra Contraste estuvo en Insurgentes Centro, que después fue la Librería Buñuel); lo más sobresaliente fue, para Durand, el nombre de la autora: “¡qué extraño nombre para una mujer!”
            Los verdaderos presentadores fueron Angelina Muñiz-Huberman y José María Espinasa; el editor del libro y pretenso moderador debió de haber sido Víctor Roura, quien no se presentó y no tuvo la decencia de dar explicaciones; tampoco estuvieron sus escuderos. La presentación se efectuó en la librería Elena Garro, bella pero incómoda. No hubo tampoco presencia alguna de los funcionarios de la librería, ni de la editorial; nadie quien recibiera, presentara, despidiera.

Habíamos quedado que la biblioteca que se construyó durante el periodo presidencial de Manuel Ávila Camacho, bajo el cuidado de Jaime Torres Bodet, se llama Biblioteca México, y la que está en Buenavista se llama Vasconcelos; así, confiados en el anuncio de que antier sábado se inauguraría la exposición Pasión bibliográfica, que exhibiría todas las primeras ediciones de los libros de Octavio Paz, fuimos Lourdes y yo; para llegar a tiempo, tomamos un taxi que nos cobró 85 pesos porque gracias al metrobús, que debe ahorrar tiempo, Insurgentes es un desmadre; pero resulta que no era allí, sino en la México que ya no se llama así; haciendo muina, nos fuimos de Buenavista a la Ciudadela; llegamos con 15 minutos de retraso; cuando entrábamos nos topamos de frente con Salvador González, a quien tuve que zarandear para que nos reconociera. “Vine a comparar mis ediciones”, dijo; nosotros también íbamos a palomear y, como en la época de los álbumes, decir “ya, ya, ya, ya, chin, ésta no”. Pero resulta que a pesar del anuncio en periódicos, murales y Letras Libres, siempre no, que se inaugura hasta las 16 horas de hoy lunes 31 de marzo; o fuimos muchos los que no supimos leer o unos cuantos que no saben escribir. Tampoco algún funcionario dio explicaciones, y nos remitían con los policías quienes tuvieron que aguantar imprecaciones y cuestionamientos, aunque no toletazos ni cocteles Molotov. Nomás de puro coraje, pongo en ocho fotografías mis primeras ediciones de los libros de Octavio Paz, algunos bastante raros; muy pocos se me escapan (Salamandra, por ejemplo, que tengo en segunda edición, lo mismo que Cuadrivio, que juraba que tenía en primera, pero no). El Consejo Nacional para la Cultura y las Artes insiste en equivocarse sin importarle lo que sufran los lectores.

Dice Octavio Paz en su correspondencia con Arnaldo Orfila Reynal que la crítica debe ser “parcial, apasionada, polémica”. Ojalá todos pensaran así. Por cierto, en esas cartas temía que Poesía en movimiento fuera apabullada, borrada por la Poesía mexicana del siglo XX, de Carlos Monsiváis. Hoy, Poesía en movimiento sigue siendo un referente, y de la de Monsiváis sólo se acuerdan los coleccionistas.

Tres acotaciones: 1) Dèja Lu regresa con ánimos, confiando en su mala memoria, en la mala memoria de la gente, en mi mala memoria, y en el nulo juicio de sus mecenas; 2) ¿Qué tan lícito es que se condicione la publicación de una nota en una revista de prestigio, a que se hable mal de un escritor laureado? 3) ¿de quién nos acordamos al releer el epigrama que recoge Daniel Cosío Villegas al hablar de un político del siglo XIX que dice: “¡Qué personaje tan pobre, / qué personaje tan tonto; / y lo malo es que tan pronto / comenzó a enseñar el cobre!”?








Y Borges tenía razón en lo del futbol.



miércoles, 19 de marzo de 2014

Cine, homenajes y lecturas de Freud

Días después de haber evocado algunas cintas, vuelvo a verlas, menos bien que en el cine, mucho mejor que en las viejas pantallas de televisión, y mucho mejor que en una tableta, un teléfono celular o una pantalla de computadora; El espectáculo más grande del mundo enfrenta a dos tipos duros, Charlon Heston y Cornel Wilde, aunque no con la misma rivalidad de Burt Lancaster (duro) y Tony Curtis (menos duro) en Trapecio. Cornell y Wilde dejan que Betty Hutton escoja al que quiera, al fin que el premio de consolación, Gloria Ghaham, es más bella, más sensual, más inteligente y menos parlanchina.
                Nunca me gustó el circo, aunque alguna vez creí que sí; los payasos no me divertían pues su rutina era la misma todas las temporadas y terminaban con ridículas corretizas, además de que siempre se caían de las sillas. Así, James Stewart pierde elegancia, galanura y simpatía, además de que no engaña al policía que lo acosa; y las mujeres, en mallas y remedos de traje de baño pierden poder de seducción.

Creo recordar en dónde vi casi cada película; a veces, en qué canal. Gracias a las carteleras de estrenos que rememora Jorge Ayala Blanco, refuerzo la mejoría que, lo dice Nietzsche, se deja engañar; no puedo olvidar el estreno de Muñeca reina en el cine Orfeón porque fuimos todos los de Equipo Creativo: Gustavo Sainz, Alfonso Rodríguez Tovar, Nemorio Mendoza, Arturo Jiménez, Perico, Aníbal Angulo; Alfonso, Arturo y Aníbal obtuvieron premios o menciones en el concurso de cartel para promover la cinta, y ese día les entregaron sus premios; las edecanes llevaban las faldas más cortas que encontraron los promotores, pero no se pusieron de acuerdo ni en el modelo ni en el color de las tarzaneras. La película no me gustó, y sigue sin gustarme; las veces que la proyectaron en televisión sólo vi hasta cuando Ricardo Rocha seduce a su secretaria Anel, aunque me parecía que cortaban abruptamente la escena; terminaba de verla cuando Helena Rojo, seducida por segunda vez, habla y habla en vez del llanto de esa primera vez. Hace unos días la vi completa, y creo que distorsiona la historia, el final es patético, y excepto algunos diálogos, salidos del relato de Fuentes, la cinta es floja, rígida; la falda de Amilamia es demasiado corta aunque se trata de una cinta de los años setenta, cuando las minifaldas parecían más taparrabos que faldas. En ninguna de las veces que la había visto advertí, hasta hace unos días, la referencia a Él, de Buñuel: cuando Rocha y Rojo hacen planes para cuando vivan juntos, él habla de tener un departamento en un piso alto, para ver a la gente desde arriba, como hormigas, sintiéndose superior; Rojo dice que siempre ha vivido en planta baja. Pero en ninguna de las reseñas que leí de esa cinta vi que mencionaran la referencia; a la mayoría de los críticos se les pasó, lo mismo que a mí.

Intento no repetir aquí las notas que hago para El Librero, en El Universal, pero en esas páginas no podía, por espacio, abundar en todos los errores de Freud en México (FCE), en tantas visiones equívocas, en tantos lugares comunes y exclamaciones tan bárbaras y sin sentido.
                Uno de los primeros errores es asegurar que como Freud inventó el psicoanálisis, practicó en otros lo que no podía hacer por sí mismo; es decir, que fue el pionero en analizar los traumas y las obsesiones de sus pacientes, sin tener antecedentes; Rubén Gallo olvida que Freud basó su sistema en los experimentos de su maestro Jean Martin Chacot, quien hipnotizaba a los adictos a ciertas drogas para curarlos, y que los que se sometían a este método no recordaban lo que hacían o decían en esas sesiones; no puede afirmarse que desconociera las reacciones, sólo que en vez de curar adicciones, buscó las causas de los miedos, las obsesiones, lo que paralizaba a la gente (véase la biografía de Freud, de Jones, publicada en Barral Editores, en 1971, en tres volúmenes); los malos lectores de Freud, dice Gallo, lo consideran un obseso del sexo; Gallo, sin darse cuenta, cae en el mismo error.
                Gallo tiene el acierto de rescatar versos paródicos, imitaciones, bravatas en poemas satíricos que Salvador Novo publicó en la revista El Chafirete, pero se basa sólo en La estatua de sal para rescatar la práctica de autoanálisis; La estatua, que Gallo afirma que fue publicada en el Fondo de Cultura Económica (la primera edición fue en el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes), es un libro que Novo no quiso publicar; hace referencia a él en la entrevista con Emmanuel Carballo publicada en el suplemento La Cultura en México, suplemento de Siempre!¸ en septiembre de 1965 (entrevista que tuvo efectos inesperados: Novo dice que Jaime Torres Bodet no tuvo vida, que desde siempre tuvo biografía; Novo sintió que traicionaba al amigo [¿o al funcionario influyente?], y Torres Bodet se cuestionó si era eso verdad, si había desperdiciado su vida por sus labores como funcionario, un funcionario cumplido, cabal y patriota); dice que una vida como la suya no es apta para las buenas conciencias. Carballo, en una plática que tuve con él, me refirió algunas de las anécdotas que cuenta Novo, sobre todo la que habla de la elección que debió de hacer entre el pitcher y el manager del equipo de beisbol en que jugó en la adolescencia; es decir, supe de esa anécdota casi 20 años antes de que se publicara el libro; Novo completa allí el poema “El amigo ido”, con datos más íntimos de su relación con Napoleón, compañero de escuela y de escarceos sexuales.
                La estatua de sal iba a salir publicado en Empresas Editoriales, en donde Carballo, gracias a la gentileza y la calidad de Rafael Gimenes Siles, publicó varias series: Nuevos Escritores Mexicanos del Siglo XX Presentados por sí Mismos, Carta a un Joven, Toda la prosa y los primeros tres volúmenes de La vida en México en el periodo presidencial de, de Novo; los tres mejores, por cierto; las antologías de la poesía mexicana de los siglos XIX y XX, la primera de José Emilio Pacheco y la segunda de Carlos Monsiváis; las Lecturas Históricas Mexicanas de Ernesto de la Torre Villar y algún tomo del pensamiento de la reacción mexicana, de Gastón García Cantú. Desconozco si fue por el temor de Novo de manchar la reputación de varios personajes importantes de la vida pública mexicana, entonces aún vivos, o se dio cuenta de que su prosa, en ese libro, era mala, mediocre, que se leía sin la fluidez de sus crónicas y sus ensayos, que las historias se cortan abruptamente, que se detiene, acelera, vuelve a interrumpirse, que no hay malicia en los relatos. El proyecto se suspendió; al publicarse en los años noventa ya no escandalizó, recibió elogios por la valentía de Novo de hablar sin escrúpulos de su vida sexual, y balconear a mucha gente; pocos se fijaron en que, fuera de esos aciertos, no había literatura, no había la buena prosa de uno de los mejores prosistas mexicanos de toda la historia, en un periodo de su vida en que escribía de manera maravillosa.
                Si sólo hubiera autoanálisis de Novo en La estatua de sal, entendería uno que Gallo se fijara tanto en sus confesiones y en sus lecturas de Freud; pero resulta que toda la prosa de Novo, en ensayos y crónicas, y hasta en poemas, abunda en relatos de sueños y sus posibles interpretaciones; que muchas veces, las más, los toma a broma; que sus sueños los hace públicos y que pocas veces se refiere a relaciones íntimas, en las que es más indiscreto cuando por alguna carta, una charla, rememora a alguien que se fue; y antisentimental, no intenta retener a nadie; en ocasiones lo invade la melancolía, pero la vence al revivir los buenos momentos.
                Gallo también se hubiera fijado en que lo de El Chafirete y el haber sido seducido por el chofer de la familia era una coincidencia, y no lo obsedían tanto los choferes como los luchadores, algún jardinero, los obreros que lucían su musculatura al realizar trabajos frente a su casa o su oficina, algunos actores, en fin…, que Gallo se obsesionó tanto con una figura, que la hizo única; y también es de resaltar que no se fijó en que Novo era un provocador, un transgresor, y sus angustias no se limitaban, si es que lo afectaban, en su vida sexual. Pero Gallo encuentra algo y se fija (de fijación) en él y lo repite hasta que aburre; a eso me referí cuando dije que debería de someterse a un análisis para saber si su tendencia a repetirse es por inseguridad o por su ausencia de autocrítica o simplemente por carecer de cualidades literarias.
                (Un paréntesis: si Gallo quería fijarse en literatos para hablar de su relación con el psicoanálisis debió haber leído a Sergio Pitol, quien en su juventud, para que el psicoanalista lo entendiera, leyó frente a él su “Vitorio Ferri cuenta un cuento”, y al terminar, lo encontró dormido, por lo que, indignado abandonó la consulta, abandonó el psicoanálisis, y comenzó a escribir con más entusiasmo; sin embargo, en su segunda autobiografía relata cómo, en su intento por dejar de fumar, las sesiones lo condujeron a recuerdos que no eran como los creía, y que aquellos sucesos lo perturbaron de manera brutal, para casi toda la vida, y que en cuanto los exorcizó, lo abandonaron como angustia y dolor. Carlos Fuentes, en cambio, se negó a someterse al, psicoanálisis, por temor a curarse de sus angustias y obsesiones; le dijo a James R. Fortson: ¿te imaginas a Dostoievsky en el diván del psicoanalista? Adiós Crimen y castigo.)

Es más breve lo que puede comentarse de la lectura de Gallo a la obra más popular y más personal de Samuel Ramos, El perfil del hombre y la cultura en México: en un párrafo Gallo descubre y no entiende algo elemental: que se trata de un análisis del pueblo mexicano; sólo que hay una circunstancia: eso es sociología, no psicología; la una habla de la sociedad, la otra del individuo; los métodos son diferentes, lo mismo que sus motivaciones. (Otro olvido de Gallo: dice Pacheco que a Freud le costó una vida llegar a la conclusión a la que llegó Calderón de la Barca con un solo verso.)

¿Para qué abundar en su muy mala lectura de El laberinto de la soledad, de Octavio Paz; cierto, Paz menciona a Freud, lo que no quiere decir que se base en él; hay más cercanía a Husserl, a quien también menciona, sin que Gallo lo advierta.

A estos agravios se agrega otro: al hablar de Lemercier Gallo se desvía y diserta sobre la calidad de las obras sobre el tema: el drama de Leñero, la novela de Mauricio González de la Garza, la novela de Manuel Capetillo (a la que califica de noveau roman, tendencia que, dice, estaba de moda; tuve el privilegio de publicarla para la Universidad Veracruzana, en los años ochenta; la antinovela mexicana se dio a finales de los sesenta y principios de los setenta; Capetillo se acerca más a la literatura neogótica que, por esos años, emprendieron en México algunos autores, como Luisa Josefina Hernández y Juan Tovar), más que a la obra de Lemercier, al que, por cierto, le da unos llegues fuertecitos Leñero en una de sus Vivir del teatro en que hace retratos poco favorables de mucha gente. Y para que más nos duela, Gallo compara a Leñero-González de la Garza-Capetillo nada menos que con El monasterio de los buitres, de Francisco del Villar, una de sus obras más patéticas, aunque con una escena memorable: una poco sensual Irma Serrano se hace acompañar de una más seductora Macaria para, al agacharse y mostrar las piernas a un indefenso monje, insinuar que las mujeres son instrumentos del demonio para tentar al inocente.
                Además omite que El monasterio de los buitres está basada en Pueblo rechazado, sólo que cumpliendo los requerimientos del cine, y además de las cintas de Del Villar: que haya mujeres grotescamente sexuales (fue capaz de quitarle la elegancia y delicadeza a Cecilia Pezet en El llanto de la tortuga y a Helena Rojo en Los perros de Dios).
                Para hablar de la cultura de un país hay que conocer al país. Gallo no lo conoce bien y lo esquematiza, lo ve sin las muchas sutilezas, bastante a ciegas.

Un oxímoron sugerido por Borges: “la literatura española”.

La Real Academia de la Lengua anuncia la aparición, en octubre, de la vigésima tercera edición de su Diccionario; por lo que anticipa, vuelve ser en un solo tomo seguramente poco manuable, porque eliminan unas cuantas palabras no en afán de ligereza ni de corrección, sino porque se usan poco; en cambio, agregan cinco mil definiciones más; vuelve a ser políticamente correcto, aunque no se autocensura, pues no quita palabras ofensivas (las palabras no son ofensivas, sino la intención con que se usen: madre no es mala palabra a menos que la anteceda un adjetivo ése sí cizañero [iba a decir cizañoso, pero en la XXII aún no está admitido]), pero aclara que son majaderas; hará convivir algunas con sus sustitutas complacientes, y caerá, seguramente en imprecisiones: en la edición vigente se dicen que modista es una mujer que posee una tienda de modas, y una persona que se dedica por oficio a crear prendas de vestir; modisto no es un hombre que posee una tienda de prendas de vestir, sólo un hombre que por oficio las diseña y confecciona; o sea que es un hombre, no una persona. Ya lo he dicho, pero no me canso de repetirlo: si es modisto porque es hombre, ¿por qué no hablan de futbolistos, beisbolistos, deportistos, dentistos, ensayistos?
                Además, ya tienen una mala, porque dicen, según las fuentes que anuncian esa nueva edición, que jonrón en un batazo tan fuerte que sale del campo (en el beisbol es parque, no campo) y le permite al que lo pegó recorrer las cuatro bases; además de que el Diccionario del Español de México ya trae esa definición, los académicos ignoran que aunque no salga del parque puede permitirle, por la fuerza y la colocación, recorrer las cuatro bases; se le llama jonrón de campo. Y quienes saben de beisbol conocen el jonrón de cuadro, de Babe Ruth, que pegó un batazo tan elevado que cuando cayó, él ya estaba barriéndose en home (¿cómo le llamarán los académicos?).

Grace Slick ha sido admirada por aquellos a quienes le gusta la música: su poderosa voz, su manera de cantar, su belleza, su picardía; es mejor su época en Jefferson Airplane que la de Jefferson Starship en su última etapa, y sus discos solistas son buenos a secas. Ahora, más cerca de los 70 que de los 60 años, sigue alegre, activa, con una vitalidad envidiable; y a diario nos muestra, a sus forofos, además de videos de sus piezas clásicas (casi todas) de su conjunto, y de otras muchas personalidades a las que admira, sigan vivas o no; Kate Bush también nos recuerda a cantantes a los que sigue y la entusiasman; Stevie Nicks a diario habla de sus pasiones, entre las que resalta a las hermanas Wilson; la violinista Stephanie Chase pone en las redes fragmentos de conciertos de músicos que la mantienen joven y entusiasta, y fue quien informó que Vanessa Mae iba a competir en los Juegos Olímpicos de Invierno, sin dejo de envidia, antes al contrario; Michael Tilson Thomas, director de la Sinfónica de San Francisco, al enlistar sus cinco piezas favoritas, pone en tercer lugar (después de unos lieders de Mahler y unas canciones de Webern), “A Day in the Life”, de Beatles. ¿Por qué los literatos, sin abandonar la crítica, no pueden dejarse de envidias y celos?

En aras de la no discriminación (perdón por la horrible sintaxis) y en épocas en que se exige igualdad de género, ¿van a prohibir “Los nenes con los nenas, las nenas con las nenas”, del Filósofo de Tabasco?


lunes, 3 de marzo de 2014

Cineadicción, cine por televisión

La conmovedora escena de Day for Night, en la que el director del filme, encarnado por el director del film, François Truffaut, sueña que va de niño a robarse los cartelones de un cine, debe haber provocado que miles de cinéfilos se hayan identificado, si no en el hecho, cuando menos en las ambiciones.
                Alrededor del rumbo donde viví desde 1952 hasta 1974 había varios cines, al alcance, cuando mucho, de un tranvía: el Cine de la Villa, al que nunca fui pero sí lo visitó Isaac Arriaga Soto, según me confesó muchos años después, y también sus motivos, que no revelaré; estaba, a la vuelta de la casa, el Tepeyac, y a unas cuantas cuadras, el Lindavista; al tiro de un viaje en camión estaba el Soto, y más lejos, pero que lo visité varias veces para ver Nevada Smith, Tamy Show y alguna otra, el Cosmos, que ahora será convertido en antro de cultura, aún indefinido; y cercanos a la Alameda, es decir, frente a la terminal de los camiones que iban a la Estrella y a Fundidora de Monterrey, el Alameda, el Variedades, el Regis, el París, el Paseo, el Del Prado; ya en la adolescencia llegaba hasta el Robles, el Diana cuando recién estrenado, el Chapultepec, frente a la Diana (que no estaba donde está hoy, por ignorancia de las autoridades); alguna vez, de pinta, fui al cine México a ver Hawaii, que no hubiera visto por mi voluntad; antes, cuando dependía de mis mayores, vi el Cinelandia, el Mariscala; en el Orfeón, el día que se estrenó, El castillo de los monstruos, una de las pocas cintas donde Evangelina Elizondo no mostró sus piernas prodigiosas; nos llevó Chata; en el Cinelandia, caricaturas que decía que me gustaban, aunque en realidad no tanto; allí, también, muchos cortos de los Tres Chiflados, cuya mejor actuación es un cameo en The Dance Girl, en la que Clark Gable le da una nalgada a Joan Crawford, que ella agradece.
                De las cintas estrenadas entre 1950 y 1959 vi, o he visto, poco más de 1,300, ritmo que mantuve hasta los años ochenta, en que fueron desapareciendo muchos cines. Si hago un ejercicio de memoria que me deje como al profesor Alba cuando se esforzaba mucho, podría recordar no la fecha, sí en qué cine las vi; en el Teresa, ahora de cintas cachondas, vi en un programa doble Singin´in the Rain y Freud, que nada tienen que ver; en el Latino un inspector no dejaba entrar a Lourdes a ver El Santo Oficio; a la salida le agradecimos sus buenas intenciones. Creo que nunca entré al Diana, pero recuerdo con claridad la noche en que regresamos, a pie, del Lindavista a Escuela Industrial, luego de haber visto, seguro que en estreno, El espectáculo más grande del mundo, del que, al verla ahora en televisión, recuerdo casi todas las escenas, aunque entonces no entendí la trama; y pude ver las escenas del trapecio porque no me había invadido la acrofobia que hace unos años me impidió ver el corto de Roger Rabitt en la montaña rusa (me dio acrofobia sin que me haya desprendido de ella cuando, en 1978 o 1979, crucé por un puente movedizo el Viaducto, por culpa de las obras de la línea 3 del Metro; debo haberme tardado media hora en cruzarlo, y a cada paso que daba se movía como en muchas cintas de guerra). Recuerdo menos Candilejas, que también vimos allí.
                Si a mi tío Pepe le debo prácticas deportivas que ahora me asombra que haya podido desempeñar, a mi tío Enrique le debo la pasión por el cine, sobre todo por el western; iba los domingos por mí, y veíamos las tres películas de la matiné; él iba con algunos amigos, y aún recuerdo, debe haber sido 1959 o 1960, cómo se asombraron, y lo expresaron con silbidos de admiración (fiu fiu, dice la Real Academia que debe escribirse) cuando apareció Angie Dickinson en corsé, mostrando sus piernas largas y torneadas, ante un no tan impávido John Wayne, en Río Bravo; con él vi El pistolero invencible, que apenas hace un par de años pude conseguir en video; también me emocioné con Scaramouch y con El prisionero de Zenda, con Stewart Granger, sobre todo en el duelo a espadazos que mantiene con James Mason, que la verdad, espadeaba mejor que Granger; con éste, vi La carreta de la muerte, en la que alterna con Robert Mitchum, y creo recordar que Mitchum era el villano; en el Tepeyac vi la mayoría de las películas que gocé en la infancia y adolescencia; ya mayorcito, con Mario Magallón íbamos a desaburrirnos cuando no había juego de dominó, y un día llevamos a Delfina Careaga a ver Winchester 73, la décima vez que la veía (y la he visto doce veces más).
                Pero en el Tepeyac, sobre todo, iba a ver los cartelones; empezaba los domingos, a la salida de la matiné, que ya anunciaban los de la siguiente semana; los martes los cambiaban de lugar y los ponían en los escaparates laterales, en las escaleras, junto a la taquilla; en los escaparates o vitrinas que daban a la calle ponían las de la siguiente semana; cambiaban de martes a jueves, y el viernes ponían dos cintas que exhibían hasta el siguiente lunes. Era cuando estrenaban en sus pantallas las cintas que habían recorrido el circuito de los cines Variedades o Robles, que pasaban al Cosmos y luego al Tepeyac, o al revés, y terminaba su recorrido en el Soto.
                Cuando mis andanzas me llevaban más lejos, me acercaba al Lindavista para ver los cartelones; uno de los atractivos era ver las fotografías, que luego identificaba en las escenas cumbres, porque era obvio que para eso las ponían, porque eran las escenas cumbre. Nunca me interesó comprarlos en la Lagunilla, cuando era posible visitarla; era como tener una infidelidad permitida; tampoco intenté robar ninguno.

Si exceptuamos los programas que consistían en dos o tres cintas de Pedro Infante (Nosotros los pobres, Ustedes los ricos, Pepe el Toro; ATM, ¿Qué te ha dado esa mujer?; ¡Ahí viene Martín Corona!, El enamorado, Necesito dinero), casi no exhibían cine mexicano, aunque allí, demasiado chico para no conmoverme, en un solo programa exhibieron Juan Charrasqueado, En la Hacienda de la flor, Yo maté a Juan Charrasqueado. Es tarde perdí una bufanda, y no volví a tener una sino hasta los ochenta. Un programa que ponían cada año era El manto sagrado y Demetrio el gladiador, pero como era en Semana Santa, no me dejaban ir; de hecho, apenas las vi hace unos meses. Pero durante una larga época no me perdí, salvo por alguna circunstancia imprevisible, ninguna matiné; allí vi más de 20 cintas de Laurel & Hardy, vi Escuela de sirenas con Red Skelton y la pantorrilluda Esther Williams, en una época en que comencé a distinguir a las actrices por sus muslos más que por sus rostros; en 1967, estrenando la precartilla, nos dejaron entrar en el Tepeyac a Paco Alvarado y a mí para ver una cinta que entonces titularon Espía por error, con Doris Day (no he vuelto a verla: ¿Caprice?, ¿The Glass Buttom Boat?), en la que en una escena en la que Day corretea a ¿Elizabeth Traser?, junto a una puerta le arranca el vestido; aparece ¿Traser? desnuda una fracción de segundo, sin que se note nada, porque en cuanto reaparece por otra puerta, en la misma carrera, ya está cubierta con una toalla. No satisfizo nuestra curiosidad, aunque la cinta, creo que de Frank Tashlin, nos divirtió mucho.
                Cada año exhibían La mandrágora, y se anunciaba como clasificación D, es decir, para mayores de 21 años; cuando pude entrar a verla me aburrió muchísimo; con la sala casi vacía, a la espera de algo excitante, alguien que iba en pandilla gritó: ¡cómo los tienen!, y otra voz anónima contestó: ¡grandotes!, lo que provocó la risa de todos, incluido el que lanzó el primer grito. Fue lo más divertido de esa función.
                El primer desnudo que vi en cine fue uno de Mia Farrow en Rosemary’s Babe, en la época de los estrenos simultáneos en varias salas; una de ésas, el Tepeyac; en una escena, en un yate, Farrow se despoja de la ropa para bajar a la cabina para que se la eche el Diablo, que al parecer fornicaba con mucho ritmo; durante unos segundos aparece de espaldas, con las nalgas muy visibles; se asegura, sin embargo, que no eran las suyas, porque estaba demasiado delgada (en el Mad dijeron, sin embargo, que el trasero de Farrow era menos delgado que el de la doble); en otra escena, en una cópula con John Cassavetes, se le ve un pecho; esas escenas, importantes, son lo menos importante de la cinta; además, cuando la han retransmitido por televisión, las eliminan.
                Las nalgas de Fay Dunway, auténticas pero de lejos, las vimos en The arragentment, cuando está desnuda, en una playa; los expertos dicen que también las enseñó Deborah Kerr, pero no la recuerdo (y la recordaría). Por esa misma época, Angélica María mostró las piernas y las pantaletas varias veces en Cinco de chocolate y uno de fresa, que vi en el Variedades, acompañado de una amiga que no sabía dónde meterse; en ese mismo cine, Mario Magallón y yo contemplamos atónitos el trasero de Ana Martin en una cinta que no he vuelto a ver más que una vez, suprimida esa escena (Trío, cuarteto).
                Aunque dice la historia que el primer desnudo frontal en cine comercial fue el de Hedy Lammar en Éxtasis, tan temprano como en 1932, en realidad, ya con la intención de ir rompiendo los esquemas de la moralidad, hubo tres desnudos, breves pero excitantes en Blow-Up, con la dirección de Antonioni basado en un cuento de Julio Cortázar, en la época en que comenzábamos a admirar a ambos; pero cuando la vi en cine, los desnudos de Vanessa Redgrave, de Gillian Hills y sobre todo el frontal de Jane Birkin, los habían suprimido. Vi en el cine Tlatelolco con una amiga, cuando se inauguró, Romeo y Julieta sin las escenas de desnudos, que ahora pasan en televisión en pleno mediodía. Cuando leí un pasaje memorioso de Woody Allen, que va a ver Mónica, de Bergman, no por la película sino por un desnudo, recordé el éxito de Blow-Up no por la trama ni la dirección, sino por los desnudos que aquí no se vieron. Se vieron, en cambio, los traseros de las protagonistas de Las margaritas pervertidas, que nada tenían que ver con la trama, aunque sí con su espíritu. En los setenta, en una reseña, Amparo Muñoz, que dos o tres años antes había sido Miss Universo, abría y cerraba su bata, mostrando su desnudez plena, en una escena que dura casi un minuto (a propósito, dice El Doctor que el Miss Universo es el más racista de todos los concursos, porque sólo han triunfado terrícolas).

He visto muchas películas desde 1952 en que me llevaron a ver Cenicienta en el cine Alameda, y lo que más me impresionó fue el cielo que parecía tachonado de estrellas, más que el argumento, del que no creí que los ratones hablaran, ni me importó la historia de amor. Lo he dicho varias veces: suelo responder, espontáneamente, a cualquier pregunta, con frases de películas, muy diversas; casi nunca mi interlocutor identifica la frase; la vida nos da muchas oportunidades y no hay que despreciarlas; en la librería Madero antes de que fuera Antigua me presentaron a un sacerdote, quien me preguntó cuál era mi gracia: no me quedó más que responder: la facilidad de palabra; por desgracia, azorado de esa oportunidad, achaqué la farse a Tin Tan más que a Mario Moreno, que es quien la pronuncia.
                Pero la vida no es como el cine: aunque he visto romances como si fueran argumentos de película, como el de Antonio Flores González con La Reventada (su nombre, en chino, significa “la que llega con el amanecer”); aunque conozco aventuras que en el cine parecerían inverosímiles, aunque trato a gente que ha vivido como las tragedias de José María Linares Rivas (con mucho, mi actor favorito del cine mexicano), sé que el cine es ficción, que la vida continúa después de la palabra fin, que al mismo tiempo que las pasiones y la diversión subsisten las penurias, a veces laborales y a veces económicas; que hay trampas, que no siempre el Diablo viene y se pone de nuestra parte (aunque nunca nos abandona del todo), que los amigos fallan y a veces traicionan; que la vida se parece más al cine de Woody Allen que al de Jacques Tati. ¿Qué es lo que me hace pensar de esa manera fatalista, por qué me quejo de que la vida no sea como en el cine? En ninguna escena ni Jorge Negrete ni Pedro Infante ni David Silva ni Emilio Tuero ni Pedro Armendáriz ni José María Linares Rivas (sólo a veces Dean Martin y John Wayne) se quitan el sombrero y quedan despeinados y sudorosos, como yo en estas fechas.

Algunas irreverencias de mi pasión por el cine: me gusta más The Magnificent Amberson que Citizen Kane; me gustan más Laurel & Hardy que Chaplin (a últimas fechas, lo soporto más); soy capaz de ver La sombra del otro con tal de ver a Viruta y Capulina cantando “En dónde está mi saxofón” y “Una aventura más”; me gustan más los westerns de John Ford que sus obras dramáticas, y sigo disfrutando mucho el cine de Raoul Walsh, aunque hace casi 45 años que no veo de nuevo Gentleman Jim, y fui al cine más por ver los rostros de Vivien Leigh, Virginia Mayo, Audrey Hepburn, Pier Angeli, Claudette Corbett, Susan Hauward, Maureen O’Hara, Maureen Sullivan, Eleanor Powell, Gene Tierney, Lauren Bacall, Joan Fontaine, Norma Sheare, Olivia de Havilland, Eleanor Parker; es decir, rostros perfectos.
                Otra confesión sentimental: me daban unas inmensas ganas de llorar al escuchar el vals, interrumpido varias veces, en la escena de la coronación en Scaramouch.

Escuché en mi infancia algunas canciones que llevo en los oídos, pero que pocas veces he vuelto a oír: “Voy a mandarles pedir a los ángeles del cielo / una pluma de sus alas para poderte escribir”; “el Diablo salió a pasear / y le dieron chocolate / y tan caliente que estaba / que hasta se quemó el gaznate”; “que viva y viva, que viva y va / el partido por la mitad” (en esa canción hacían ministra a María Victoria); “un muerto resucitó cuando estaba en el velorio porque de pronto sintió las piernas de Carolina [que no son largas ni son finas]”; “en una casa enfrente de la Universidad / habita una muchacha que es una calamidad” (compré una de las peores cintas de Pardavé, Mil estudiantes y una muchacha, sólo por la canción, que cantan incompleta); “píntame de colores pa’ que me llamen Supermán” (que Carlos Fuentes cita en La región más transparente), y sobre todo “la televisión / pronto llegará”, que pasó de moda cuando llegó a México, como preveía la canción.
En donde vivía éramos los únicos que teníamos televisión; los domingos iban a la casa algunos de los otros niños del edificio, para ver el Teatro Fantástico; por las tardes completaba mi educación viendo Hopalong Cassidy, El llanero solitario, una breve temporada Cisco Kid, las aventuras de un detective, Boston Blackie, protagonizado por Chester Morris; no olvido su lema (“amigo de los que no tienen enemigos; enemigo de los que no tienen amigos”), Rin-Tin-Tin y la más sensiblera Lassie, que ayudaba a sus amos pero pocas veces atacaba como Rin-Tin-Tin; vi casi todos los episodios de Sherlock Holmes con Basil Rathbone, e identifico a Johnny Weismuller más con Jim de la selva que con Tarzán (aunque recuerdo el desfile de pantillorrudas en Tarzán y las sirenas, que se filmó en Acapulco y que fue cuando Weismuller no quiso competir con los clavadistas de la Quebrada, supongo; ahora disfruto el faje de la primera cinta de él como Tarzán, en el agua, con Jane tocándose mutuamente el pecho, y en la segunda, cuando ella se cala unas medias); vi casi todos los cortos de Laurel & Hardy y de Harold Lloyd; vi las aventuras de Ivanhoe, pero años después no pude leer la novela; si vi unas cuantas cinta de Pedro Infante en alguna matiné del Tepeyac, nunca he visto ninguna de Jorge Negrete (y conozco toda su filmografía) en cine, todas en televisión. Cuando estaba en El Financiero, que llegaba a casa al filo de la medianoche pero con las pilas prendidas, me hice experto en la filmografía de los hermanos Almada y la de Jorge Reynoso; así, un día, me topé con referencias políticas en una cinta de Gilberto Martínez Solares, Ahi vienen los gorrones, descubrimiento que me birlaron y escamotearon los que después escribieron sobre el asunto; ahora no entiendo cómo me gustaba El Gran Premio de los 64 mil pesos, cuyo primer triunfador fue mi amigo Carlos González Correa, con el tema Shakespeare; entiendo que me gustara Adivine mi chamba, 20 preguntas, Tres generaciones y Variedades de mediodía, aunque aún no averiguo de quién eran las piernas de los anuncios de la primera (medias Cannons) ni quién era la bailarina que abría el segundo. A la televisión le debo tanto como al cine.

Grace Slick, que demuestra que es muy difícil envejecer, envía una caricatura de ancianos en un asilo, que discuten sobre quiénes son sus músicos favoritos: Deep Purple, Black Sabath, Led Zeppelin, The Clash, ACDC, Hendrix; hace más de 30 años, Quino dijo que de viejito defendería a los Beatles como los viejos de entonces el tango; en Married with Children le dieron un golpe a mi vanidad, cuando la protagonista junta en su casa a las admiradoras de Elvis, que resultan unas ancianas. Pero lo reafirmo: la música (ni el cine, ni el cine por televisión) permiten envejecer, por más que la mayoría de los ingresos se nos vayan en medicinas y en análisis.

Y alguien ya dijo por allí: el premio al guión de Gravity debieron dárselo a sir Isaac Newton, y la cinta con ese nombre es la mejor película mexicana filmada en el extranjero sin capital mexicano. Pero revivió un nacionalismo que, como dijo Borges, echó a perder el espíritu de nobleza dentro de la competencia que debería de reinar en el deporte (y hubo quien dijo que como Borges no pudo triunfar como futbolista, se dedicó a escribir).