viernes, 29 de abril de 2016

Gatos muy distinguidos / De rebeldes/ El beisbol contra nosotros / Menos amigos

La primera mascota fue obsequio de Sergio Galindo, casi como pago de cuando le dimos a Candy; en donde vivíamos, unos vecinos tenían a Candy, una perrita a la que el esposo maltrataba, pateaba, impedía que le dieran de comer; la mujer, desesperada, le pidió ayuda a Lourdes, y ella le preguntó a Sergio, amante de los perros, si la quería; la aceptó, pero no la llevó a su casa sino a la sede de la Editorial de la Universidad Veracruzana; a los pocos días Candy enfermó, tal vez por el cambio de hogar, de alimentación; llevamos a un veterinario que estaba frente a la revista nexos y la sacó de la crisis, pero el siguiente fin de semana se la volvieron a llevar; Manuel Montoro y Guillermo Barclay, de lo mejor del teatro en México, visitaron a Sergio y le contaron que su mascota por cerca de 15 años había fallecido, y estaban tristísimos. Sergio los llevó a la editorial, vieron a la Candy, y se entusiasmaron. Vivió con ellos más de 15 años, la llevaron por todo el mundo, y tuvieron por muchos años a sus hijos y nietos con un cariño entrañable.
                En la editorial había otro habitante, una gata de mal carácter, aunque muy inteligente, Atila, por nombre; paseaba por los jardines de la editorial, donde le daban de comer, y se ausentaba por días, pero regresaba, como el gato de barrio de Cri-Cri. Un día la mujer que aseaba la editorial advirtió que Atila tendría crías; Sergio me advirtió que una de ellas sería nuestra; aunque me opuse, Lourdes aceptó entusiasmada; en efecto, a los dos meses de nacidas repartieron a las crías entre algunos de los empleados o asiduos de la editorial. Por esos días Lourdes devoraba, en ejemplares prestados por Sergio, la saga de los Rougon-Macquard, de Zola, en traducción de Aurelio Garzón del Camino, y bautizó a la gata obsequiada como Naná, uno de los personajes más intensos de esas historias maravillosas.
                Naná creció con mis hijos, hizo travesuras con ellos, y fue acompañante de todos; conmigo tuvo una relación distante, pero respetuosa, aunque cuando me recostaba para oír música solía echarse en mis piernas; disfrutaba mucho con la voz de Garfunkel; en cambio no le gustaba la música folclórica; daba muestras de ingenio, inteligencia y humor, que los expertos dicen que los gatos no tienen.
                A los pocos años llegó otra mascota, de manera inesperada; en uno de los días de mayores lluvias cayó en el balcón un perico australiano; Lourdes no se dio cuenta qué era hasta que recogió lo que parecía una pelotita; lo encerró en una recámara para evitar que Naná lo masacrara, y fue a comprar una jaula; travieso y juguetón, se expresaba a picotazos; nunca supimos su género, pero lo bautizamos como Kali (si era hembra) o Calígula (por si era macho); me obedecía, cantaba con la música que ponía, regañaba a Diego y a María José a petición mía, y bailaba. Una de sus mayores travesuras era gritar como si lo atacaran, y por instinto regañábamos a Naná, aunque ni siquiera estuviera cerca; cuando lo hacíamos, parecía que Kali se burlara de la gata.
                Otro día, cuando Lourdes sacaba el auto del estacionamiento, advirtió la presencia de un gato pequeño; lo recogió, vio que estaba muy lastimado, y lo llevó al veterinario; tenía la cola gangrenada, estaba lleno de parásitos, y desnutrido; a los pocos días Érik estaba sano, y fue compañía de Naná los últimos años de ésta; poco agresivo, tenía otras travesuras: pisaba tan fuerte por la noche que más de una vez pensamos que se había metido algún intruso; o caminaba por la cabecera y se sentaba sobre el interruptor de una lámpara, a las dos o tres de la mañana; casi sin falta, a las siete nos despertaba prendiendo la luz. Ambos sabían cuando era sábado, domingo o día de guardar.
                Entre Érik (pelirrojo) y Naná dieron muestras de inteligencia sorprendente: Érik enfermó, por comer algo que lo indispuso, y había que darle tres veces al día una medicina; para ello se usaba una jeringa, sin aguja; había que sostenerlo e inmovilizarlo para meterle la jeringa en el hocico, y cuidar que no escupiera el medicamento. Un día la jeringa desapareció; Érik la había escondido; sacamos otra que teníamos de reserva, pero llegó Naná, que había encontrado la que estaba escondida, y la llevaba para que le administráramos la medicina a Érik. En otra ocasión Érik mordió un billete de 50 pesos, y como si Naná supiera lo que significaba, le dio dos golpes, a manera de regaño.
                Los gatos son dueños del territorio, y del afecto de sus amos; o como dicen, los humanos somos sus mascotas. Durante mucho tiempo Naná impidió a Érik que subiera a las habitaciones del piso superior, y cuando consideraba que había hecho alguna travesura, le golpeaba la cabeza, con suavidad pero con autoridad. Cuando los encerrábamos en el pasillo, porque hubiera visitas o para serviles la comida, se las arreglaban para abrir la puerta entre los dos, aunque estuviera bien cerrada, no sólo atorada. Sabíamos si tendríamos visitas inesperadas porque Érik, nada coqueto, ese día se limpiaba con esmero, se peinaba (era muy peludo) y se ponía cerca de la puerta; nunca falló.
                Un día Kali pegó un grito que se escuchó en todo el edificio, y cayó muerto, supongo que del corazón; vivió casi lo doble de lo que dicen los que saben de animales que viven esas aves.
                A los 13 años Naná dio muestras de debilidad, sin que le faltara la entereza, y una tarde cayó fulminada; Lourdes le dio un masaje con el que casi logró que reviviera, pero no lo consiguió; Luis Durán, quien la quería como nosotros, nos ayudó a darle buena sepultura.
                Aunque nos dolió a todos, Érik fue quien más lo resintió; dejó de comer, de correr, de jugar; se echó en un sillón, abatido, dejándose morir; una buena amiga le avisó a María José de una camada en donde ella vive, y nos llevó a Kalhúa, sin una raya, sin una mancha, toda gris; en cuanto entró a la casa Érik revivió, y la cuidó como si se tratara de Naná reencarnada.
                También a los 13 años Érik enfermó, dejó de comer, se debilitó; como todos los gatos callejeros, le dio una enfermedad incurable: tómenle muchas fotos, cuídenlo, que pase contento sus últimos días: era inútil que lo operaran; un día entero dejó de comer; sin fuerzas, lo llevamos a que se fuera sin mayor dolor.
                Kalhúa no lo resintió tanto, y vivió hasta los 13 años hasta que comenzó a sangrar; no hubo manera de sanarla; toda su vida se acomodaba en las piernas de cualquiera de nosotros; conmigo, cuando escuchaba Traffic; una noche, luego de regresar del veterinario, le dio un infarto; en la clínica nos dijeron que ya había fallecido; los restos de los cuatro nos han acompañado. Pocos días después me visito Rogelio Cárdenas, y sintió un peso en las piernas; es Kalhúa, que se aparece. ¿No te da miedo? Al contrario, nos cuidan.
                Nahúm la conoció y jugó con ella, pero, sin poder cargarla. La extrañó durante mucho tiempo, pero hace unos meses nos advirtió que nos regalaría uno nuevo; llegó con Gibbs, un bengalí pequeñísimo, tanto que su primer nombre fue Pedacito; ahora es el más alto, fornido de todos; tiene paciencia de cazador, y un cálculo perfecto de dónde rebotarán las pelotas con las que juega; para llamar la atención anda con sus juguetes por toda la casa, los mete bajo las puertas y las recupera; le llaman la atención los pies descalzos, y corretea a mordiscos a quien ande así, sobre todo a Nahúm; a veces, es Nahúm quien lo corretea.
                Al contrario de la mayoría de los felinos, es dependiente y no le gusta estar solo; al contrario de la mayoría de las mascotas, no sólo no le molesta que lo veamos comer: quiere testigos. Le gusta la música, y no le aburre oír el mismo concierto varias veces seguido, con Hahn, Jansen, Bell, Menuhin, Szeryng, Oistrach, Chase o Kopatchinskaja.
                Gracias a Gibbs tenemos un modelo con el cual comparar: Hobbes. No se trata del filósofo  inglés, apasionado de las polémicas, crítico de Descartes, y estudioso de la conducta humana en términos sociales y políticos, aunque este Hobbes comparte esas creencias y esas deducciones, de que la conducta depende de los conocimientos y las deducciones; se trata de la mascota de Calvin, no su casi contemporáneo impugnador, que criticó las costumbres eclesiásticas y dio lugar a una de las reformas religiosas más importantes de la historia. Calvin y Hobbes son dos de los personajes de tiras cómicas más importantes de los últimos años.
                Los conocí en las oficinas de Promexa, mientras esperaba que Arlette de Alba me diera un original para trabajarlo; sin los antecedentes, no entendí que una familia llevara un tigre en el auto, ni que se peleara con un niño al invadir, con un dedo, su espacio vital, sólo por hacerlo enojar. Patricia Bueno me regaló, al ver mi desconcierto, el primero de los cuadernos que recopilaba las aventuras de esos personajes, creados por Bill Waterson; en excelentes traducciones de Yolanda Moreno, René Solís y algunos discípulos, comenzamos a seguir esas aventuras; Calvin detesta la escuela, como la mayoría de los niños inteligentes; tiene problemas con la maestra autoritaria, se pelea con Susie, condiscípula y vecina que, como la mayoría de las niñas, apela por la razón y detesta las actitudes de Calvin, a quien le llama la atención lo grotesco, lo gore, la imaginación desbordada; tiene mucho de los personajes de Peanuts, como la altanería, la división y enfrentamiento con el mundo adulto; Hobbes es su tigre, amigo imaginario a falta de convivencia con otros niños que no entienden que los vampiros son insectos (¿qué, no vuelan?), que a veces comparte con Calvin su guerra contra las niñas pero a veces se deja seducir por ellas; es leal pero competitivo, y es cómplice en las tareas que, invariablemente, rechazan la lógica.
                Después de 15 o 17 cuadernos, dejaron de aparecer en México y los tomaron editores españoles que con pésimas traducciones (¿a quién se le ocurre hacer decir a un niño, así sea de caricatura, “puñeta”?) lo echaron a perder.
                Ahora lo retoma Océano; anuncian diez títulos más  que supongo recrearán la historia que apareció en varios diarios estadounidenses a lo largo de diez años; este primero es una antología, muy bien traducida por Sandra Sepúlveda Martín, en que Watterson explica la conducta de Calvin, Hobbes, Susie, los padres (a diferencia de Peanuts, aquí sí se ve a los adultos; el padre es a veces peor que Calvin; la madre, cariñosa, a veces se pregunta si no hubiera sido mejor tener un perro; esclava del hogar, no sufre como Raquel, la madre de Mafalda, pero no siempre comprende la conducta de su hijo). Watterson debió luchar contra la censura, contra la crítica por su crítica a los valores sociales; debió pelear contra la inercia, debió imaginar a diario, durante diez años, por nuevas aventuras, por no repetirse, por enmendar errores, por explorar nuevos territorios sin adulterar el ámbito infantil, el buleo incluido; a veces explica que no siempre triunfa el bien; como todo creador, bueno o malo, mucho de su trabajo es autobiográfico (excepto que Watterson es buen ciclista y Calvin no lo es; a veces incluso la bicicleta lo ataca, lo acecha, lo sorprende); muchas de las explicaciones del padre (el origen de los niños, que el mundo era en blanco y gris, que enamoraba a la madre con danzas de apareo) son parecidas a las que daba su propio padre.
                El mundo de Calvin y Hobbes (me complació ver que los personajes son nombrados en honor de un rebelde y un heterodoxo) es alucinante; es de celebrar esta aparición, porque hay compilaciones en inglés, pero Watterson usa un argot no siempre fácil, no siempre asequible, dirigido a los forofos de los Hermanos Marx, y los leía con lentitud.
                Esta antología (Calvin y Hobbes, 10 añois), que presenta varias aventuras que no aparecieron en las publicaciones de Promexa, es una excelente presentación de unos protagonistas no tan complejos como los personajes de Charles M. Schulz, pero bastante más parecidos a los niños actuales.

Cuanbdo la Adabi nos publicó nuestro libro sobre México en el beisbol (no el beisbol en México, como leyeron los que no saben leer) nos acusaron de no incluir a la Liga del Pacífico; teníamos nuestras razones: es una liga que se juega en México, pero no es mexicana, es para que se fogueen los novatos y para que no se entuman los veteranos de las Mayores, y para que los mexicanos acabalen con el gasto; algunos cronistas lo entendieron: situamos el deporte en el país en términos más allá de los deportivos, lo vimos desde la historia, la política, la economía, en términos sociales; varios años después la Liga Mexicana publicó un libro casi oficial, con los mismos nombres de siempre, o casi; entendieron lo que hicimos, o alguien se los hizo entender, y mejoraron lo que habían hecho años antes; sin embargo persisten en halagar a los patrones y patrocinadores, en el chayote, en barbear a los poderosos, en los autocebollazos, y lo peor, en la mala redacción. Pero hay avances.

En los últimos meses no han sido tan sencillos; además de la separación de El Librero, que apareció primero los domingos y luego los sábados durante casi siete años, he sentido y resentido algunas ausencias ya irremediables: Leopoldo Mejía Díaz, hermano menor de mi padre y mi padrino de confirmación (lo que me convierte en el más mayor de los Mejía de Zacatecas); no convivimos mucho los últimos años, pero me deleitaba cuando contaba las hazañas beisboleras suyas y de sus hermanos, que heredé a medias. Rafael Cervantes, secretario de redacción de la sección de Deportes, y cómplice divertidísimo de las travesuras que hacíamos en El Financiero, víctima de un infarto cuando no había llegado a los 50 años. Mucho mayor era Raúl Ortiz y Ortiz, si no el mejor traductor mexicano, por lo menos autor de la mejor traducción, de un libro tan arduo, difícil y complejo como Bajo el volcán, mucho mejor que las cuatro traducciones que hay del Ulises, al que se le compara en dificultad. Raúl, a quien Rosario Castellanos, de quien fue su mejor amigo, le dedicó El eterno femenino (que ahora será vista como políticamente incorrecta), era un poliglota prodigioso, aunque él decía que por su vocación de portero de hotel de seis estrellas, fue maestro, diplomático, poseedor de los chismes más sabrosos. Perdió la felicidad el día que murió Rosario Castellanos, a quien veneró y preservó su gloria, pero no dejó de trabajar con ahínco, de disfrutar el cine, de enojarse al leer mala literatura, al ver el lenguaje de los periodistas y de las feministas; amigo de Evelyn Waugh y de Graham Greene, me distinguió, como a muchos, con su amistad; por desgracia, sus enfermedades le irritaron el carácter a momentos.

¿Por qué unos provincianos quieren endilgarnos un adjetivo descalificativo como gentilicio? Además, como desconocen la Constitución, quieren crear una exclusiva para los anahuaquenses, que por definición será menor a la Constitución Federal, que es la que hasta ahora nos rige.
                ¿Y los anuncios que dicen que los fumadores acortan su vida, por qué no dicen que la mariajuana acorta la vida de quienes rodean a los que la consumen?


lunes, 7 de diciembre de 2015

Dos mismos idiomas separados por un continente; adiós a Pepe

Dice Arturo Pérez-Reverte que cuando el español (el idioma) adquiere vocablos y modismos de otras tierras donde se habla el mismo idioma no es contaminación, es enriquecimiento; mal haría en opinar lo contrario, porque el idioma original, que no era español sino el latín que hablaban los soldados que ocuparon el territorio de Hispania, contaminado con el habla de los originarios de esas tierras, tiene un alto porcentaje de vocablos, palabras, expresiones que heredaron del árabe, y otros muchos que adquirieron de las tierras americanas que invadieron en el siglo XVI, y que saquearon hasta comienzos del siglo XIX (y hay cantantes, compositores, bailarines, futbolistas que, al fracasar en España, vienen a América, en especial a México, a cambiar oro por espejitos —y como en la Cantata del adelantado don Rodrigo Díaz de Carreras, se llevan los espejitos creyendo que es oro, pero tampoco dejan oro) (no hablo de los científicos, escritores, pintores, intelectuales, economistas que hicieron de México no un territorio de conquista sino su nuevo país, y en muchos casos, su único país).
                Aboga Pérez-Reverte por una actitud más abierta, dejar de ser hispanocentristas; arguye que es el mismo idioma el que se habla en España como en Hispanoamérica. Es de aplaudir esa postura, pero me temo que sólo es políticamente correcta, porque sigue considerando que es su idioma el que se contamina con los americanismos; si lee los periódicos, revistas, redes sociales, y oye los parlamentos en televisión y radio, tiene razón: ¿en qué momento comenzó a considerarse que se escucha bien decir “cumple, peli, prosti, progre, boli”, o acentuar futbol, al modo que proliferan en las revistas del corazón hispanas?
                Se equivoca en otra cosa: dice que al contrario de lo que pasa con el portugués, en que no es el mismo el que aparece en los libros portugueses que en los brasileños (omite, no sé si involuntariamente, que el inglés de Inglaterra es muy diferente al del estadounidense, tanto en el hablado como en el literario), los libros escritos en español se entienden en todos lados donde el español es la lengua más común: vaya, ni siquiera entre editoriales lo es, porque no es igual el español en los libros de Alianza Editorial que en los de Anagrama; incluso, ni siquiera en algunas colecciones de una misma editorial, como en Tusquets o en Alfaguara.
                Ningún hispanoamericano dice “tía” al mencionar a una mujer de mediana edad con la que se tiene una relación efímera, poco seria, o casual o de paga; nadie en América califica a un hombre fornido como “cachas” (ni en España le dirían “mamado”), ni a un trabajador eficaz como “pilas”; si un libro infantil editado en España contiene una frase como “ya todos los niños fueron cogidos” en vez de seleccionados, puede ser calificado como descripción pederasta en América Latina. O “A este capullo le pegamos la picha en la mano con cola de alto impacto” no se le ve el lado pederasta; o los personajes que leían todas las mañanas los cuadros de boxeo, o su descripción de un hit al left field: “pega un golpe a la izquierda del campo”, se le entiende en Cuba, México, Colombia o Venezuela.
                Vicente Leñero reclamó a Jorge Herralde las traducciones de Anagrama, y éste contestó con desdén que no le importaba el público de América hispanoparlante, sin reconocer que sin sus exportaciones no sobreviviría.
                Lo malo es que hay muchos en América Latina que cuando son sorprendidos en el mal uso del idioma recurren a la autoridad del Diccionario de la Real Academia Española; cuando Gustavo Madero calificó al perredista Miguel Barbosa de pendejo, se justificó diciendo que se trataba de una expresión coloquial, que es lo que dice el DRAE; en primer lugar una palabra no es una expresión, y coloquial, según la definición del mismo DRAE, es un adjetivo perteneciente al coloquio, y propio de una conversación informal y distendida; el coloquio es una conversación entre dos o más personas, o una discusión que puede seguir a una disertación sobre las cuestiones tratadas en ella (cuestión es, en primer lugar, una pregunta que se hace con intención dialéctica para averiguar la verdad de algo; claro, en la segunda acepción es una gresca o riña; en el caso de Madero contra Barbosa no era riña, era bravata).
                Si los asesores de Madero, que no creo que haya sido él, hubieran consultado el Diccionario del Español de México reconocerían que el adjetivo es, en México, una grosería; y en el más manual Pequeño Larousse, ya más permisivo que en los cincuenta cuando pendejo sólo era un pelo del pubis, es un “pendón, una persona de vida irregular y desordenada” (que no es Barbosa, cuadrado y previsible), y en su segunda acepción, un cobarde o tonto; de ninguna manera, en la más reciente de las ediciones, se dice que sea coloquial.
                Ahora que si sus asesores (o, en un caso extremo, el mismo Madero) leyeran novelas mexicanas, se darían cuenta que es un insulto, aunque sea una expresión informar y familiar.
                Claro, si los españoles leyeran libros mexicanos se darían cuenta que no entenderían mucho, pues hablamos un idioma diferente; no sólo con los mexicanos; en las novelas de Mario Vargas Llosa leemos que los personajes elegantes usan “terno” (traje de tres piezas, incluido chaleco); los peruanos y los españoles, al leer una novela mexicana se sorprenderían que sirven té o café en un terno, que para nosotros es el juego de taza y platito.
                En Tres tristes tigres Cabrera Infante tiene una sección con los escritores prohibidos en algunos países; muchos se asombrarán al ver que poetisas tan finas como Concha Espino o Concha Urquiza estarían vetadas en Argentina y Chile, como en México es innombrable Giovanni Verga, ese notable seguidor del verismo.
                Bueno, el propio Pérez-Reverte olvida que uno de sus libros, La sombra del águila, debió tener una versión mexicana porque la española sólo la entenderían en España.

En el segundo libro que leo completo de René Avilés Fabila se asegura que los superhéroes no tienen hijos, y menciona a varios, entre ellos a Tarzán: ¿y Boy?

Él tenía diez años cuando nací, y me cuidaba y jugaba conmigo cuanto podía; uno de mis recuerdos más antiguos fue cuando entró a la recámara, donde dormía, y me avisó que había muerto Jorge Negrete; hay otros recuerdos, más difusos, menos concretos, pero en mis primeros años estuvo siempre cercano, igual que Enrique; un día desapareció de las visitas diarias, dejó de ir a las fiestas que terminaban tardísimo y no se alejaba de mí y de mi incertidumbre hasta que pensaba que me había dormido, aunque muchas veces lo simulé, porque le gustaba estar con los de su edad; no recuerdo haberlo visto bailar, como Enrique, que era un trompo; en mi adolescencia me convenció de que cada domingo lo acompañara a las instalaciones del INJM en la Guadalupe Tepeyac, y jugábamos frontón desde las ocho de la mañana hasta mediodía, siempre como pareja; me ponía a sacar, y me dejaba los remates cortos, que pronto aprendí a colocarlos lejos de los contrincantes.
Un día apareció en la secundaria, en clase de Química; alguna de mis amigas me dijo que iba a acusarme; motivos tendría, pero no sucedió más que la maestra me dijo que tomara mis útiles y saliera con él; en el camino me dijo que mi tía Bela había fallecido durante la noche; todo el tramo desde fuera del salón hasta que abordamos el taxi que nos esperaba se me borró, no supe qué me dijo, sólo que el tono de su voz me confortó; así fue siempre; por esos días mi abuela materna, madre de él, estaba internada en el hospital Colonia, con cuidados por su corazón; ¿cómo decirle lo que había sucedido sin que le afectara? Fue él, con su tranquilidad, quien lo comunicó; desapareció unos meses, porque se fue a trabajar en Conasupo, creo que a Aguascalientes, luego a Saltillo; apareció el 1 de enero de 1965 acompañado de Patricia, con quien había casado días antes; él regresó a Saltillo, Patricia, simpatiquísima, cariñosa, como diez centímetros más alta que él, se quedó en la casa paterna, y cuidó a mamá Consuelo con devoción, y le lloró como cualquiera de nosotros cuando un año tres meses más tarde amaneció sin vida pero sin sufrimiento.
                Después de eso lo veíamos dos veces por año, en Semana Santa y en Año Nuevo; cuando los hermanos se dispersaron siguió visitándonos; tacaño, se quedaban en mi casa, pero se sentía incómodo; resolvió hospedarse en un hotel en la calzada de Guadalupe y Joyas, un hotel supongo demasiado barato como para que muchos lo ocuparan por algunas horas; una tarde cuando salían a pasear los detuvieron unos patrulleros: ¿qué está haciendo con la dama? Respondió indignado: “ninguna dama, señor, es mi esposa”.
                Menos bullicioso que mis otros tíos, tenía un humor más cercano a la sonrisa que a las carcajadas, como Alfonso y Enrique, y menos contundente que Ignacio, pero nos hacía reír, y cerca de él nos sentíamos confortados, protegidos; de hecho, en una época de carencias nos apoyó, sobre todo a mis hermanas.
                Aunque no le gustaba hacer gastos superfluos, no dejaba de llamarnos en nuestros cumpleaños, y cuando podía, nos visitaba; sus últimas visitas eran incómodas porque se volvió vegetariano y nos costaba mucho imaginar qué ofrecerle en sus visitas, en que lo acompañaba su hija, Gaba. Patricia, ocupada con múltiples trabajos, no le impedía sus poco frecuentes viajes, y se acompañaban de maneras muy divertidas, complementándose aunque eran muy diferentes.
                Hace unos meses, poco más de medio año, me llamó muy temprano para avisarme de la partida de Patricia, luego de 50 años de matrimonio; fue la única vez que lo oí llorar, pues se contenía en todas las otras muertes que hemos vivido: estuvo firme, aunque con la expresión contrita, cuando partieron Ignacio, después mi padre y después mi hermana Laura; estuvo entero cuando Alfonso, Celia, mi abuelo; ese día supe más de él que en todos los años que llevaba de conocerlo, cómo observaba la vida, cómo se enteraba de la de los demás, pues vivieron siempre en una calle cortada por un internado y por una calle larguísima; ni lloró cuando me llamó para avisarme que nunca más veríamos a Enrique, al que habíamos dejado de ver hacía casi diez años.
                Un día escribí en este blog que los pecados del mexicano son, al contrario de lo que dice Leñero (que caben en un dedo: uña y carne), las piernas horneadas y las piernas torneadas, y una lectora me escribió para decirme que si yo era el sobrino de un señor muy agradable que, durante un viaje, le habló de mí. Cuando María José le preguntó cómo era esa joven, él contestó, con tranquilidad, “como de 18 años”. Sí, ejercía esa fascinación que hace temer a los casanovas, porque con su silencio y tranquilidad llaman la atención de las mujeres a las que ellos asedian.
                Hace unos días me avisaron que estaba hospitalizado, con insuficiencia, neumonía y una embolia; resistió casi dos semanas; nada de eso lo acabó, sino la ausencia de Patricia, lo que los cardiólogos llaman “corazón roto” y Fernando Soler, con más propiedad, “corazón rompido”.
                Habíamos hablado dos veces en octubre, en mi cumpleaños y luego en el suyo; le había escrito por facebook, pero él ya no entraba a esa red, aunque antes la visitaba para hacer chistes o para ver las fotografías de Tsvetana Pironkova que inserto cada vez que ella agrega una nueva. ¿Qué dice Lulucita de esas muchachas que pones?, me decía. Le recordé la tenista para contradecir su afirmación de que ya no veía internet; fue el último tono alegre en su plática: su voz ya no era jovial, ya no transmitía la tranquilidad que siempre nos dio.
                Ya no veré a Pepe cada Semana Santa, aunque hace como cinco años que ya no viajaba a esta ciudad que ya no era la suya, pero sé que me consolará cuando lo necesite. Algo me queda; es a él a quien más me parecí: me río como él, soy antigregario como él, rehúyo las fiestas, como él cuando creció, y pienso como él en muchas cuestiones éticas, filosóficas y religiosas. Él trabajó desde niño, moviéndole la panza a una marchanta del mercado de la Industrial; se abstenía de opinar porque, decía, no hay que dejar que nos vean la cara de lo que la tenemos; no compartí con él otros gustos, como el rock y los western y las películas de guerra, ni la pasión por el futbol americano, como con Enrique, pero me legó un sobrenombre, con el que me conocieron los Alemanes, el Banano, Toy y sus hermanos, aunque ese apodo no salió de Escuela Industrial. Nunca juzgó, no se metía en la vida de los demás, pero se divirtió como pocos.


Una última moda: los editores que no leen. Y así nos va.

jueves, 24 de septiembre de 2015

Yogi; mujeres al volante

En 1965 Yogi Berra tuvo su último turno al bat, no con su uniforme de Yanquis, sino con el de Mets, a donde se había mudado (aunque en la misma ciudad), como coach (y luego fue su manager); ya había dirigido a los Yanquis, de donde fue despedido en 1964, más que por los resultados, porque no podía controlar a los jugadores jóvenes que no le tenían el respeto que se merecía.
                Luego de una mala racha, todos molestos en el autobús, en silencio, un suplente de cuadro, Phil Linz, que bateó ese año .250 con cinco jonrones y 25 empujadas, y sobre todo con un fildeo de .952, tocaba la armónica (“Mary tenía un corderito”, que años después grabó Paul McCartney, mostrando qué era lo que realmente le gustaba de música); Berra le pidió que se callara; Linz dijo que no lo había oído y le preguntó a Mickey Mantle qué había dicho; Mantle, que era malo haciendo chistes (cuando estaba sobrio), le dijo que tocara más fuerte; Berra, enfurecido, fue y le quitó la armónica, la arrojó, y ésta golpeó a Joe Pepitone; Yanquis ganó el campeonato, perdió la Serie Mundial frente a Cardenales, pero en realidad el equipo, al que no le importaba su fama, su liderazgo en el campo, lo despidió. Jim Bouton, el gran chismoso del beisbol, llamó al episodio “el incidente de la armónica” en su imperdible Bola 4; en la enciclopedia de la San Martin Press, le llaman “Play it again, Phil”.
                Es difícil pasar de ser superestrella a manager, sobre todo cuando en el campo echaba relajo, desobedecía al manager en turno (así fuera  Casey Stangel o Ralph Houk, este último, cátcher suplente de Berra, coach bajo Stangel y luego gerente del equipo), era compinche abstemio de las borracheras de Mantle, Whitey Ford, Billy Martin; amigo de los superestrellas  de otros equipos (Stan Musial, Joe Campanella), y favorito de los entrevistadores de radio, televisión y prensa, por sus puntadas y sus frases enloquecidas.
                Yogi, compañero de Mantle, Roger Maris, Ford, Joe DiMaggio, Elston Howard, Bill Skowron, Bobby Richardson, Johnny Mize,  fue tres veces el más valioso de la Liga Americana, y el cátcher con más jonrones hasta que llegaron otros receptores que eran más bateadores que receptores (Bench, Fisk), y aunque terminó su carrera un poco abajo de los .300, varias veces rebasó esa cantidad.
                No sólo era buen cátcher, también jugaba el jardín izquierdo sin muchos problemas, en la última etapa de su carrera como jugador activo, en que Elston Howard ocupaba la receptoría; el año en que Mantle y Maris pelearon por ver quién rompía el récord de cuadrangulares de Babe Ruth, el primera base Bill Skowron pegó 28, y los tres cátchers sobrepasaron los 20: Berra 22, y Howard y Johnny Blanchard, 21 cada uno. Varios de los cuadrangulares de Berra fueron como jardinero.
                Muchas de las frases de Berra se hicieron famosas: ya nadie va a ese restaurante porque siempre está lleno; no se puede batear y pensar al mismo tiempo; ocho, porque tengo mucha hambre (cuando le preguntaron si su pizza la quería en ocho o en cuatro partes); ¿ahorita? (cuando le preguntaron la hora); otra vez un dèja vu; la más repetida, “esto no se acaba hasta que se acaba” la pronunció como manager de Mets en 1969, no cuando era jugador.
                Cuando pasó de ser jugador a manager tuvo algunos tropiezos; el tercera base Cletis Boyer, jugando como short stop, hizo una atrapada espectacular dando un gran salto para atrapar una línea que se iba al left-center; la ovación estalló en las tribunas y en el dugout, pero Berra la enfrió: parece más de lo que es, Tony (Kubek, el short stop titular) es más alto (casi 10 centímetros más que Boyer) y no hubiera necesitado saltar tanto. No era muy diplomático. Acostumbrado a ser un jugador respetado pero al par de los demás, no pudo imponer respeto a sus antiguos compañeros que pasaron a ser pupilos.
                (Eso pasa también en el medio periodístico y en el editorial, pero más grave.)

La madrugada del miércoles amanecimos con la noticia de la muerte de Berra, a los 90 años. Parecía inmortal; para el beisbol, lo es: uno de los mejores receptores, que manejaba muy bien a los pítchers, un coach no oficial que aconsejaba, un gran observador del juego y de la realidad, un compañero que consolaba cuando cometían errores, y que ayudó a novatos y veteranos; buen jardinero, excelente bateador, sus cualidades fueron más que las que mostró, y fueron muchas, en el diamante. 

Posiblemente el jugador más simpático, el más agradable, el que más reconocía las habilidades de sus compañeros y contrincantes (de Sandy Koufax, en la serie mundial de 1963, dijo: entiendo que haya ganado 25 juegos; no comprendo cómo perdió cinco), inteligente como pocos.

Berra, como la mayoría de sus contemporáneos, no hizo trampa; de los primeros años de las Ligas Mayores, el más tramposo fue Connie Mack, quien obligó a cambiar las reglas: como cátcher, con labios y dientes simulaba el sonido del batazo de foul; entonces, cualquier foul tip era considerado out, y así se deshizo de muchos bateadores; por su culpa, sólo el tercer strike (en sus tiempos, el cuarto) es out si hay foul tip; hubo algunos rudos, como John McGraw, como Billy Martin, como Beto Ávila; había corredores como Ty Cobb que lesionaba a los infielders cuando se barría, e incluso estuvo a punto de ser expulsado del beisbol por broncudo, y por apostar en el poker (lo que lo hacía sospechoso de vender juegos); hubo los ocho expulsados de los Medias Negras aunque los exculparon en el juicio, pero el alto comisionado no, sospechosos de haber vendido la serie mundial de 1919.
                Pero los que toman estimulantes para tener más fuerza, como Barry Bonds (qué vergüenza con su padrino Willie Mays), Samuel Sosa, Rafael Palmeiro, Roger Clemens y otros, han ensuciado el beisbol.
                Y hablando de Sosa, si se ven sus fotografías de cuando tenía veintitantos años, se nota su fuerza, agilidad; pero pocos años después hasta se le desapareció el cuello de tanto que le crecieron los músculos, y además perdió agilidad. Está más que comprobado que tomó esteroides y otros suplementos ilegales en el deporte. La misma impresión tiene uno al comparar las fotografías de Serena Williams: sus piernas miden casi lo doble de hace 15 años; hay sospechas, pero no comprobación porque no aparece en los exámenes; sin embargo, hay otras cuestiones censurables; en los descansos en los juegos, en los vestidores, mientras otros jugadores se relajan leyendo, conversando, meditando, ella se pone una toalla en la cabeza y se cubre: ya se sabe que se esconde porque en una tableta recibe instrucciones de su padre-coach, quien le comenta los defectos o debilidades de sus contrincantes. Por ello deberían expulsarla del deporte profesional. Por ello a muchos nos dio gusto cuando la italiana Roberta Vinci la venció en semifinales en el Abierto Estadounidense, con algo que era obvio: en primer lugar no se dejó apantallar por sus gritos de gorila que marca su territorio al iniciar el juego (califica Horacio Ortiz), ni se dejó intimidar por sus gestos amenazantes, y sus golpes y saques con más fuerza que muchos varones, los contestaba con golpes colocados, suaves, sorpresivos, no cayó en la trampa de responder la fuerza con fuerza.

En La hija del ministro (Fernando Méndez , 1952), cada vez que Rosita Arenas va  ver a José Elías Moreno, su padre en la película, es porque agentes de tránsito la amenazan con multarla por exceder los límites de velocidad y por manejar sin cuidado; en una de ésas, atropella a Luis Aguilar, quien después la enamorará; en ATM (Ismael Rodríguez, 1951) el agente de tránsito Pedro Chávez perdona a la quinceañera Alma Delia Fuentes por manejar sin cuidado (y sin licencia, no tenía edad para que se la otorgaran), y después, él y Luis Macías, otro agente, tienen que alegar con Amelia Wihelmy, quien provoca un embotellamiento por transgredir varios reglamentos de tránsito, que debería conocer porque su esposo y su hijo corrieron en la carrera Panamericana (torneo automovilístico de moda en los años cincuenta); en What’s Up, Doc? (Peter Bogdanovich, 1972) Barba Streinsand conduce de manera audaz por las calles de San Francisco y causa colisiones, un gran cristal quebrado, la destrucción de un automóvil estacionado, casi el atropellamiento de un repartidor de leche, y que varios autos, incluidas unas patrullas, cayeran a la bahía; en Annie Hall (Woody Allen, 1977) se ve la expresión aterrorizada del protagonista ante la conducción intrépida de Annie Hall (Diane Keaton), quien además, se estaciona lejísimos de la banqueta (es de familia: el hermano Duane Hall conduce igualmente rápido); en To Catch a Thief (Alfred Hitchcock, 1955) Grace Kelly maneja tan rápido que provoca el accidente del auto en que agentes policiales persiguen a Cary Grant, quien se arriesga, pero también sufre con esa manera de conducir; en Calabacitas tiernas (Gilberto Martínez Solares, 1948), Nelly Montiel atropella a Tin-Tan (la culpa no sólo es de ella); mi buena amiga, la excelente poetisa Guadalupe Flores lograba sumar a mis miedos (las inyecciones, los perros, las alturas) el subirme a un auto conducido por ella (no sé si después de destruir su auto se hizo más prudente, o se fue a perfeccionar a Grecia, donde conducen tan mal como en Puebla, Guadalajara y Coyoacán); una correctora se indignó cuando leyó un reportaje que Carlos Avilés hizo para El Financiero comparando estadísticas de accidentes de peseros y mujeres; atenuó su molestia cuando supo que se lo dedicábamos, por haber chocado dos veces en una semana, en la misma esquina. En NCIS Tony DiNozzo se niega a subir a un auto conducido por Ziva, tan peligrosa al volante como con los puños, los puntapiés y las armas blancas (aunque él es conocido como “asesino de autos”).
                El lugar común de que los mujeres conducen peor que los hombres se refleja en las calcomanías que advierten MUJER AL VOLANTE y en el refrán pareado “Mujer al volante, peligro constante”, que me enseñó Nahúm cuando, en la prueba de conducción en Orlando, su único incidente fue un llegue, obviamente de una mujer; cortés, no la culpó pero la evadió en los siguientes minutos; desde los años cincuenta se decía que los choques de los hombres se debían al exceso de velocidad, y los de las mujeres por conducir al tiempo que se maquillaban, porque se les estropeaba el manicure y le hacían más caso a ese incidente, o porque confundían a los demás conductores, que no sabían si hacían señal de que iban a dar vuelta a la izquierda, de que iban a frenar a mitad de la calle, de que se secaban el barniz o sacudían el cigarrillo (si se atrevían a manejar, también a fumar).
                Los peligros de la mujer al volante crecen por culpa de las camionetas que manejan pensando que tienen impunidad; un amigo se queja de que, porque no ven o no les importa, invaden las zonas peatonales, impacientes por que tengan la luz verde del semáforo para lanzarse sin importar la (ahora) reiterada norma de que hay que permitir a los peatones terminar de cruzar la calle aunque no les haya alcanzado el tiempo; “pinche viejo”, le dijo una a ese amigo que se atrevió a señalarle su doble infracción; a riesgo de que se me acuse de misógino, hago ver que son las que invaden las zonas peatonales, se estacionan en doble fila (y triple, en las zonas escolares de la Colonia del Valle o en Polanco), abren su portezuela sin importar que vengan otros autos, se echen en reversa sin fijarse por el retrovisor si hay peatones, y pegan gritos destemplados si a consecuencia de sus acciones rayan un poquito sus camionetas, las que conducen a gran velocidad pensando que son inmunes, sin considerar que tienen su punto de equilibrio en un sitio tan peligroso que con un volantazo pueden volcar; traen a sus niños, por lo regular latosos, en los asientos delanteros, sin el cinturón de seguridad, y, como los choferes de autos oficiales, con el codo recargado en la ventanilla, que es la posición más favorecedora para sufrir la amputación del brazo izquierdo, según dicen los médicos ortopedistas; el nuevo reglamento no contempla que se debe conducir con los brazos en posición de las 14:45, es decir, con las dos manos en el volante, del que no deben despegar ni para contestar el teléfono portátil, cambiar el compadisc ni menos para mandar mensajes (que lo hacen con alevosía). Ni siquiera para recoger las tortillas que se les caen, sobre todo si continúan con el auto en marcha (admito: por un enfrenón de Manuel Gutiérrez Oropeza contra otro auto, el día que inauguramos los ejes viales con un choque, tuve un golpe en la cabeza a raíz del cual se me redujo el astigmatismo, según justificó mi optometrista de entonces, Aurelio Mota). Son más peligrosas cuando conducen con bebé en brazos, o con una mascota, más traviesas que los infantes.
                No debo ser injusto: peores son los choferes de guaruras, con el agravante de que se distraen con la plática de sus jefes, por si una crítica a un contrincante en la Cámara, o a un rival en el propio partido, deben interpretarlo como una orden. Las señoras de camioneta injurian a quien les señale sus infracciones; los guaruras, de menos, enseñan chica pistolota, se niegan a obedecer a los agentes de tránsito, o madrean a los que se atreven a ponerles arañas. Guaruras y señoras bloquean pasos para inválidos, se paran a la mitad de la calle, invaden cocheras ajenas, se estacionan en la banqueta y ponen cara de palo cuando se les pide que se muevan. A eso no se limitan: dos veces algún alto funcionario me puso un chofer (la primera vez tenían que llevarme, casi a la medianoche, al Heraldo de México; la segunda, muchos años después, para llevar material a una imprenta); en ambos casos condujeron con exceso de velocidad, se pasaron altos, invadieron zonas prohibidas, uno de ellos corrió con exceso de velocidad en sentido contrario en pleno Insurgentes, a la altura del Polifórum, a mediodía; como después llegaron a diputados, senadores y luego funcionarios menores, mejor no les doy su nombre, como cantó Jorge Negrete.
                Todo eso es infracción, aunque el reglamento ya no es explícito en cuanto a invadir entradas ajenas, llevar el brazo fuera del auto, recargado en la ventanilla; ya no mencionan las penalizaciones por usar mal las luces direccionales (dislálicos, cuando los ponen indican vuelta a la derecha y la dan a la izquierda); sólo, ¡ay!, en las multas por hablar fuerte a los agentes o mandarlos a la fuente de gracia de donde proceden, con el claxon, la flexión del brazo derecho hacia atrás, con el puño cerrado, o con cinco chiflidos seguidos de otros dos . (Esta parte es fragmento de la serie sobre el Nuevo Reglamento de Tránsito, que Carlos Ramírez me está publicando en Indicador Político.)

A propósito de la ciudad de México y sus autoridades, se decía que Carlos Salinas de Gortari se desquitó de La Laguna y del DF, que votaron contra suya en las elecciones de 1988; al parecer el “jefe” de gobierno actual la trae contra la delegación Miguel Hidalgo, donde sus partidarios pierden las elecciones cada seis años; varios meses después de excederse en el plazo para terminar de destruir Masaryk, deciden volver a abrir las calles para meter cableado subterráneo, dejan hoyancos, ponen obstáculos, ponen semáforos que duran minuto y medio en calles donde no hay tránsito, y dejan un solo carril para el tránsito, por lo cual ya no hay camiones del Metro Sevilla hacia el Conservatorio, además del terregal y las polvaredas, todo eso responsable de tantos locales cerrados, tantos negocios que quebraron; pero al abrir Masaryk, aunque fuera poco, se aligeró el tránsito por Thiers después de varios años de que era estacionamiento con velocidades de tres kilómetros por hora; claro que se atora al pasar el circuito, porque la construcción de edificiotes en Misisipi quita dos carriles, y se atora un poco; desde hace unos días redujo un carril en el tramo de Thiers hacia Ejército Nacional, con lo que nos aseguramos despertarnos desde las seis de la mañana, por los claxonazos de los desesperados que llegan tarde porque la circulación se hace lenta, pesada, insoportable. Mariano Escobedo es también intransitable, y cuando no abundan los autos, los que hay corren a más de 80 kmh; todo es delito, o lo será a partir del 15 de diciembre, si es que llegan a imponer el reglamento de tránsito.
                Cuando se construía el Viaducto, la gente decía que el entonces regente Fernando Casas Alemán buscaba los huesos de sus antepasados más cercanos; lo mismo se dijo cuando el regente Carlos Hank González destruyó parte de la ciudad para hacer los inútiles ejes viales; ¿qué buscará el “jefe” del “gobierno” que tiene gran parte de la ciudad en obras, inutilizadas las vías y amenaza entorpecer más la ciudad al reducir Reforma a dos carriles por vía porque quiere hacerle espacio a los metrobuses que van llenos, con carteristas, acosadores, asaltantes (no es lo mismo robar que asaltar: en el asalto el delincuente literalmente salta sobre la víctima, la amenaza con cualquier tipo de arma y la despoja de todo lo que puede); no respetan los semáforos, no pueden detenerse y arrollan a peatones; ¿qué le hicimos?
                Planea destruir Avenida Chapultepec, tan destrozada ya, con el pretexto de embellecerla; los vecinos que piden se les tome en cuenta (aunque ellos no tomen en cuenta más que a los que
Viven de su lado de esa calle), y el “jefe” dice que sí, y pone tres preguntas, ninguna de las cuales responde a las necesidades de tránsito, de vialidad, de seguridad, sólo presentan opciones que dan por hecho que ya aceptamos las obras.

Tres chistes con sesgo chovinista: un hombre le dice a la Pilarica, su esposa: dime si sirven las direccionales: ella se va al frente y exclama: sí, no, sí, no, sí, no; después, platica que dejó las llaves dentro del auto; consiguió que le prestaran un gancho; por fortuna, dice, la Pilarica estaba adentro y me decía “más para acá, más arriba, más para allá”. En un centro nocturno el ventrílocuo le dice a Neto: ¿quiénes son los más ricos? Los árabes;  ¿quiénes los más pícaros? Los mexicanos; ¿quiénes los más tontos? Los españoles; de una de las mesas salta un hombre: estoy harto de que hagan mofa y escarnio de un pueblo que tuvo un Goya, un Picasso, un Cervantes; el ventrílocuo, apenado, se disculpa: créame, no quise ofender, es una rutina; el hombre irritado lo interrumpe: no estoy hablando con usted, estoy hablando con su hijito. Créanme, tengo motivos para repetirlos.


miércoles, 1 de julio de 2015

Un hombre bueno (aunque él negaba que lo fuera)

Pocas veces me ha costado tanto escribir como ahora; José Emilio Pacheco afirmó que en la niñez y la adolescencia uno hace muchas amistades y de adulto nos dedicamos a perderlas; pese a mi timidez, a mi temor a las aglomeraciones, y mi renuncia a las actividades masivas y a los deportes gremiales, he tenido muchos amigos; hacer el recuento sería doloroso, y sobre todo, advertir cuánto tiempo llevo sin ver a muchos de ellos; lo peor: gracias a las redes sociales me he reencontrado con algunos, nos escribimos con gusto, y luego nos damos cuenta que no tenemos mucho qué decirnos, y a veces, demasiado qué reprocharnos.
                En este blog he dado cuenta de la pérdida irremediable de algunos amigos: Paco Alvarado, Agustín Granados, a quienes estaré agradecido siempre; también, lo que me dolió y duele la ausencia de José Emilio, sobre todo que en este último año y medio me han llegado expresiones suyas hacia mí que dijo a otras personas, que me conmueven y enorgullecen; también, que lamento con frecuencia la partida de Bernardo Giner de los Ríos, de su tío Joaquín Díez-Canedo, la de Sergio Galindo, y que lamento no haberle dicho, a cada uno, la importancia de su persona, sus acciones, su afecto, en mí y en mi familia.

Ahora debo hablar, luego de varias semanas, de la partida de Fausto Vega; vi su nombre en alguna página de Ricardo Garibay, mencionado como una persona generosa e inteligente; pero las leyendas a su alrededor son pocas frente a su sabiduría, su sentido del  humor, su don de gentes, sobre todo por su deslumbrante inteligencia; no es que diera la impresión de que lo había leído todo, porque su modestia era mayor que su necesidad de escuchar diferentes juicios, y le gustaba el reto de confrontar sus opiniones con las de otras personas. A nadie le he escuchado resumir con tanta contundencia y claridad asuntos difíciles; pocos, con la palabra justa sobre filosofía, sobre estética, sobre marxismo; pocos han definido tan bien a nuestros políticos, a nuestros funcionarios, y a los escritores, amigos suyos o no; y sobre todo, con tan pocas palabras.
                Pocos también con tanta picardía; vivió junto a muchas de nuestras glorias culturales (Agustín Yáñez, Jaime Torres Bodet, Alfonso Reyes, Octavio G. Barreda) aventuras de todo tipo, y fue testigo de sus picardías, sus travesuras; quién era mitómano, quién cleptómano, quien peleaba por conquistar mujeres ajenas, y quién acumulaba aventuras eróticas; no fue indiscreto, pero no guardaba secretos que no le pertenecieran; no perjudicó la imagen de ninguna de sus amistades, pero gozó narrando, sin decir nombres, muchas tropelías. Y si uno los ha leído, sabe a quién se refería.
                Muchas de sus pláticas se referían a él mismo; no lamentaba el pasado, pero creo que le dolió la pérdida de su novela a causa de una inundación; inundación donde también perdió gran parte de una biblioteca nutrida de joyas, que no recuperó, pero no dejó de leer; no repetía sus vivencias, pero por boca de otros confirmé que a él, junto a su amiga Rosario Castellanos, lo sacaron del velorio de José Gaos, por sus comentarios que más parecieron puyas a sus compañeros de generación; por él confirmé también quiénes se sentirían señalados por los retratos crueles con que ella adorna las páginas, muy leídas y poco entendidas, de su Rito de iniciación; pese al cariño que le tuvo, suyas son las mayores objeciones a la prosa de Castellanos, pero pocos la apreciaron tanto como poetisa, porque su formación de filósofo le ayudaba, al contrario de lo que le sucede a otros, a leer poesía de manera inteligente y no sentimental.
                Una sola plática con Fausto Vega me aclaró muchas de mis dudas por las novelas de Carlos Fuentes, tan atacado y tan mal leído, excepto por él y por José Emilio Pacheco, quien nunca dejó de admirarlo.

Lo conocí por el trabajo; generoso y riguroso, sus señalamientos nunca estaban desmotivados, ni los afectaban su cariño o admiración por alguien. Por ello, aunque me lo recrimina Horacio Ortiz, sólo he admitido con orgullo ni rubor el título de “maestro” cuando me lo dijeron él y, en otra época, Bernardo Giner de los Ríos; desde la primera chamba que me pidió colaboramos con placer, y su impulso y entusiasmo lo hacían todo fácil; sus puntualidades ayudaban a que el trabajo fuera más esmerado, e inteligente como era, sabía que no había trabajo sin fallas ni libros sin erratas; sus regaños, si lo eran, los asestaba con dureza, y los culminaba con una carcajada o con una cita literaria.
                Porque ¡cómo sabía! Después del epigrama que recordó, aquel que pregonaba
Unos tocan guitarrita
Y otros tocan guitarrón;
Unos van a Santa Anita
Y otros van a Santanón

la figura bravucona y pendenciera de Salvador Díaz Mirón queda ridiculizada; lo salva lo buen poeta que es, pero sus ambiciones de héroe quedan como lo que fueron; así, se burló también de muchos oportunistas que buscaban colarse entre las amistades de las grandes figuras, de las que él fue amigo.
                Mayor que yo cerca de 30 años, me trató con un respeto que me hizo sentir importante; no sólo porque me lo dio, sino porque me trataba con el mismo respeto que a las demás personas, fueran intelectuales consagrados, funcionarios importantes, amistades de toda su vida, colaboradores de muchos o de pocos años; nuestra amistad no me daba privilegios, pero no me los restaba frente a cualquiera otro; me enorgullecía que me llamaran para que fuera a platicar con él, a paliar sus achaques que, por su edad, eran naturales aunque no tantos como les acontece a otros, menores que él; o cuando lo atosigaban los problemas de muchas índoles, acudían a mí para que con pláticas y chismes literarios fueran menos, y los celebraba con carcajadas.
                Me aprecio de tener amistades con edades muy inferiores a la mía, y a tener amigos que ya eran adultos cuando nací; de muchos siento gran orgullo, y uno de esos amigos, que me obsequió su afecto y me trató con deferencias, fue Fausto Vega; falleció el 7 de mayo, y entonces me enteré que lamentaba mi ausencia; no era intencional, traté de verlo, infructuosamente, porque lo aprecié y aprecio como al mejor de mis amigos, que por fortuna tengo muchos aún, gracias a, y a pesar de, la relación laboral. Lamento no haberlo aprovechado como hubiera podido; alguna vez me propuse sacarle todos sus recuerdos y perpetuarlos en un libro donde se hablara de una trayectoria que, por desgracia, no se fundamentó en escritos, sino en la influencia que ejerció en otros; queda el testimonio de muchos que lo apreciaron y que agradecieron lo que hizo por nosotros; sus muchas tareas impidieron ese libro; además, ni él ni yo pudimos dejar para otras ocasiones, en beneficio del trabajo, nuestro intercambio de charlas, anécdotas, chismes; trató a la gente con respeto, pero no la sobredimensionó, o mejor, le dio dimensión humana, con sus aciertos y errores. Me enorgullezco de su amistad, y lamento carecer de mejor habilidad literaria para hacer un retrato suyo más justo, que hable de su pasión por la música, por el deporte, por su curiosidad por todo, por su justeza para definir a cualquiera, por su brillo en la mirada al ver a una mujer bella, a las que, por cierto, no faltó al respeto ni siquiera al admirarlas.
                Nunca pensé que me fuera a faltar; o mejor, deseé que nunca me faltara. Y este silencio de casi dos meses se debe a su ausencia de la que no me repongo, pero también aclaro: no dejaré de admirarlo nunca, y no le faltaré a su amistad. Un hombre bueno, me lo definieron varios de sus amigos ese mismo día. Un hombre bueno, como pocos hay en el medio intelectual. 

lunes, 13 de abril de 2015

El que se lleva...; ruleteros y chafiretes; San Álvaro; de fallecimientos

Se levantó del  sillón donde nadie lo había invitado: –Yo soy el único intelectual del periódico, me lo dijo Rogelio.
                Decía esa frase cada vez que alguien le señalaba un error –de los muchos que comete. Por ejemplo, no tiene la menor idea de cómo se usa el dativo; no sabe contar sílabas, o sea, desconoce para qué sirven las sinalefas; le adjudica puestos a sus cuates (alguna vez dijo que Guillermo Samperio fue director de Bellas Artes), se adjudica conocimientos de sus colaboradores –cuando los lee.
                Esa noche no estaba convocado; ya me habían advertido amigos, conocidos y enemigos: –se  pone insoportable cuando bebe; bueno, cuando alcanza a beber, le basta con apretarse el hígado y se empareja aunque le llevemos mucha ventaja; no lo invité, como no invité más que a unos cuantos: Lupita, Carmen, Fernando, Ricardo, Malicia, José Luis; el pretexto: escuchar unos cuantos discos de música mexicana de concierto, que Lupita creía inexistentes; tenía tacos, pocos, para todos ellos, y algo de bebida: cervezas, ron, vodka, y algo más. Llegaron 20; casi todos, de la mesa de redacción; no saqué los tacos, no alcanzarían; cada uno, o casi, llevó una botella y botanas suficientes; lo que no había suficiente eran sillas; casi todo el espacio de la sala y el comedor están ocupados por libros; Diego y María José, asombrados y curiosos, se quedaron para ver qué pasaba; los gatos en cambio se escondieron. Algunos años después Ricardo Ortiz aseguró que había sido la mejor fiesta de El Financiero, que habría que repetirla.
                Al día siguiente Jorge Rodríguez, jefe de redacción, me preguntó por el recuento de daños: un sillón con una pequeña quemadura, un vaso roto, y nada más: son inteligentes, los vecinos ni cuenta se dieron de la reunión.
                (Las consecuencias fueron otras; algún redactor, insatisfecho por lo temprano que se acabó la reunión se fue a Garibaldi, se dejó entusiasmar por una damisela quien le puso algo en la bebida; se despertó hasta el sábado, sin chamarra, sin grabadora y sin la quincena que habíamos cobrado ese jueves.)
                Misántropo, esperaba que se fueran a las tres de la mañana; todos estábamos cansados, y además de los 20 iniciales, llegaron otros 20 que pensaron que era una fiesta; a las tres, en efecto, muchos se levantaron, listos para partir; casi todos tenían que presentarse a trabajar ese viernes, yo entre ellos; los otros descansaban.
                Mientras veía que unos se levantaban, se despedían, tomaban la última copa, festejaban los últimos chistes, me asomé a la ventana, y lo vi, con su peinado a la Dave Crosby, vestido siempre de negro, seguido por unos 15 o 20 más, tocando en cada casa, preguntando si allí era mi fiesta. Pensé hacerme el disimulado, pero presentí también que horas después mis vecinos, con los que no tengo trato, me reclamarían que los despertaran unos impertinentes; asumí las consecuencias, salí al balcón y lo llamé.
                –Estábamos en la cantina y alguien dijo que tenías fiesta.
                Se fue hasta las siete de la mañana. Abordaba a Malicia, quien estaba de moda en el periódico: fresca, juvenil, coqueta, a ratos cachonda, vestía sin mucho pudor: varios de los subdirectores cuando pasaban por la redacción solían tropezarse por caminar sin despegar la vista de sus piernas, que mostraba sin disimulo (Ahí viene Sánchez –o Barranco, o cualquiera otro: a que se tropieza –y se tropezaba). No la dejaba en paz, se le insinuaba, se le restregaba, trataba de manosearla sin mucho disimulo; alguno de sus compinches dijo, en voz más o menos alta: ¿ya saben de qué va a tratarse el próximo “Hormiguero”? (como le decían a su columna diaria, él que critica a los otros jefes cuando firman algo), donde contaba sus desventuras eróticas, algunas de ellas reales.
                (Reales, como las aspirantes que lo visitaban en su redacción, y se quedaban solas con él, mientras los redactores y diseñadores y correctores debían ausentarse con o sin pretexto; así, me lo confesó él mismo, obtenía lo que quería a cambio de un espacio, un crédito o una credencial, de las muchas apócrifas que se utilizaron para visitar al subcomandante más famoso de la época.)
                Todos vimos cómo Malicia lo despreció, aunque él  presumió que había sido una más de sus conquistas; el caso es que hizo una pausa en sus escarceos para exclamar, borracho sin disimulo, que cuando ingresé al periódico tuvo temor de que llegara a desplazarlo –no me conoce. Después se tranquilizó, dijo, porque vio que no me metía en su sección; uno de sus actuales colaboradores cercanos me cuenta que nunca se le quitó el temor, que siempre sospechó que andaba tras sus beneficios; se puso celoso de las columnas que hice para la sección de Deportes, y hasta reclamó que me permitieran mis reseñas de libros literarios que hablaban de deportes (Updike, Cortázar, Sillitoe, muchos más), que por qué incursionaba en lo que proclamaba sus dominios: “Yo soy el único intelectual del periódico” y hasta reclamó que mi sección la antepusieran a la de él.

Ahora se molesta porque no acepto colaborar en su nueva ventura; olvida que tampoco lo hice mucho antes, cuando emprendió Horas extras, y no creyó mis motivos: estaba encargado de la edición de unos libros que me ocupaban 15 o 16 horas diarias, que apenas tenía tiempo para leer por placer, además de que me exigía que las colaboraciones fueran sobre asuntos mexicanos, o cuando mucho, obviamente, en español, latinoamericanos, nada de otros ámbitos. Me negué, como me negué a pagar los cuatro vodkas que se bebió mientras que yo sólo tomé una cerveza.

Cuando salí del diario, luego de 16 años de ocupar cargos de responsabilidad (y de corregir en su sección varios errores, a veces en su ausencia que cubrían con tanta devoción sus colaboradores), quiso salirse y emprender otra aventura; para entonces ya aparecía mi sección en El Universal, y me pedía que la dejara; no le dije que sí, que lo platicáramos; es un secreto, no le digas a nadie, ya tengo convencida a una empresaria; no fui quien lo saló, fue uno de los que él cree incondicionales, que en todas las fiestas proclamaba: ya viene su nueva revista, ya suenan los claros clarines. El secreto fue descubierto desde el principio, y también la negativa con que se enfrentó porque no pudo convencerlos de su fianza.
                Eso ya no me lo contó, me lo dijo uno de sus amigos; quise llamarlo: no está, Lalito, me decía su corrector, su formador, alguno de sus redactores, sus leales reporteras; está en junta en la dirección; eso, a horas en que ya no había juntas; alguna reportera me advertía: déjeme ver si está, de parte de quién; la extensión que nadie más que él podía usar estaba junto a su silla, por lo que Rosy, o Carmen, o Beto, o David, o Pepe, o cualquier otro, no tenía que ver por todos lados para enterarse si estaba o no; y cuando me identificaba, decían: no está, está en junta en la dirección. A la quinta vez decidí que si alguna vez me llamaba, quien contestara mi teléfono dijera que estoy en junta en la dirección, que le hablaré el próximo sexenio. Unos días antes del concierto de Bruce Springsteen me lo topé en un Mix Up; me saludó porque no tenía espacio para escabullirse, y desde luego no respondió a mi pregunta de por qué no contestaba mis llamadas.

Una mañana me habló Náncy González: ¿ya viste lo que le pasó a tu cuate? Esta hospitalizado. Fue un susto en todo el periódico: no voy a narrar lo sucedido, él lo contó, abusando del espacio, toda una semana, con, creo recordar, un cuarto de página diario, con detalles escabrosos que alejaron al lector desde la segunda entrega; en todo ese relato no dijo que durante toda su ausencia conduje su sección con respeto a sus manías, respetando incluso las columnas no culturales, donde hablaban sus colaboradores acerca de su ombligo o de las pantaletas de sus primas; en medio día hice dos páginas para conmemorar un aniversario de un poeta, con más tino y eficacia que lo que hubiera hecho él. Ni una palabra de agradecimiento, y sí, disimulado, algún reproche.
                Salgo poco, hablo con muy poca gente; sin embargo me llegan sus resquemores, sus reproches, sus acusaciones, sus envidias; hizo otra revista, con nombre alburero, y no me invitó; Pepe Nava me trajo un ejemplar, y el alivio: no me invitaba a colaborar, invitación que no hubiera aceptado. Ahora me lo reclama, ahora que lo dejan solo quienes se burlaron de él y que corrió a los que depositaron en él su confianza, su trabajo, su futuro.

Cuento esto porque, faltando a la ética, como acostumbra, reproduce fragmentos de un intercambio de correos aunque le pedí que no lo hiciera, y que no relatara desde su muy parcial punto de vista mi no aceptación a colaborar en su revista; como siempre, como cuando Horas Extras, me acusó de traidor a la causa (la suya). No lo hago por defender mi punto de vista; sólo respondo a lo que él hizo faltando a la ética, a la ley de derecho de autor, y a su palabra, que ya veo que no tiene. Puede gritar cuantas veces quiera que es el único intelectual, sin preocuparse. No me interesa parecerme a él.

Hace muchos años de esto; queríamos cerrar rápido el número de La Onda, porque esperábamos la visita de Rotger Rosas, lleno de anécdotas y ocurrencias, o de Roberto López Moreno, lleno de poesía, de pasajes gloriosos de su adolescencia, de sus batallas con su primera esposa, más valiente que él a la hora de enfrentarse con alimañas (no los críticos literarios, sino ratas, arañas, monstruos); sus primeras chambas, su conocimiento de la música, de la bohemia, charlista admirable. Sobre todo, tenía una visión fresca del mundo político; socialista, no era dogmático pero sí fiero; y nos decía, a Manuel y a mí, de los peligros del socialismo cubano, la burocracia el mayor de ellos; en sus palabras, Fidel era buen lector, admirador de la inteligencia, de los intelectuales; por él sería posible un socialismo no al modo soviético, sino latinoamericano, respetuoso, humano  y optimista; Raúl, en cambio, era dogmático, una especie de Goebbels y, al igual que él, capaz de sacar el revólver al escuchar la palabra “cultura”; no sé qué piense Roberto ahora, cuando Raúl abre la posibilidad de acercamiento con el mundo moderno, y sobre todo con la política estadounidense; lo peor: que sea capaz de creer que Obama es un político abierto, moderno, respetuoso de los otros, una especie de paladín de la libertad.

El inmaduro Maduro proclama que no es antiestadounidense, que es antiimperialista; él admira muchos aspectos de Estados Unidos, como a Jimi Hendrix y a Eric Clapton.

–No tip?, me espetó un enorme negro, malhumorado, cuando vio que le pagué exactamente lo que marcaba el taxímetro; le di uno: que fuera cortés y bien educado.

La película es horrenda; pese a la presencia de muchas mujeres jubilosas, con gesto jarioso; de Pérez Prado haciéndola de galán, de los gestos sabidos de Amalia Aguilar, de los bailes portentosos de Harapos y de Borolas (haciendo sándwich a una mujer de nalgatorio inolvidable y de sonrisa majestuosa, con un ritmo asombroso, moviendo la cadera y los hombros mejor que lo hacen las cubanas, sin despegar los ojos del afortunado Borolas: ¿Celita, la célebre Chelo la Rue?), Adalberto Martínez Resortes está patético, y ni siquiera su baile acrobático lo salva, excepto cuando hace pareja con Joan Page quien se avienta uno de los bailes más formidables del cine mexicano, sin moverse, casi. La cinta (Al son del mambo) es tan patética que luego de media hora de música extraordinaria, el locutor nos despide diciendo que el mundo está al borde de la hecatombe (1950).
                Pero excepto una versión de “La Malagueña” peor que la entonada por Óscar Chávez, hay una sucesión de mambos con desenfreno pero con calidad; Pérez Prado hace varios elogios de sí mismo, pero Rita Montaner, Aguilar y Page hacen olvidar esos momentos; hay un duelo (¿truelo?) de pianistas: Juan Bruno Tarrazas, Pérez Prado y el Chamaco Domínguez más desatado que en las trovas que lo caracterizaron; los tres, formidables, hacen recordar el trío de John Lennon, Paul McCartney y George Martin tocando “Rocanrol music”; la cúspide, aparte de ¿Celita, La Rue?, las hermanas Gutiérrez se avientan un “Mambo del ruletero” excelente; Rosario es más bella, de rasgos más finos y gestos sensuales; Anabelle es más expresiva; se ve grandota, al revés que en sus papeles de niña maleducada pero cercana a la Lolita que estaba a punto de dar a conocer Nabokov; demasiado alta, demasiado muslona, demasiado nalgona para representar a una ninfeta, pero incitadora; bailan con ritmo, y cuidan que se le vean las dos piernas, pese a que sólo traen descubierta una; están descalzas, como las Dolly Sisters y Page, y demuestran que no son necesarios los tacones altos para presumir derrière. Como se sabe, los mambos casi no tienen letra, y si la tienen, son pujidos, más explosiones de júbilo que ganas de narrar algo; en ese mambo resaltan unas palabras, casi monosílabos: libre, chafirete, que sí, que no, el ruletero, el icuirique, el macalacachimba (según Monsiváis, “el que muerde la pipa”, juarevermindat); nunca “taxista”, siempre ruletero o chafirete.
                En otra cinta de la misma época, la inolvidable Elsa Aguirre es olvidada por Rafael Baledón, aunque él realizó el parto, después de embarazarla (digo, podía olvidar su cara, pero ¿lo demás?); antes de la seducción, más culpa de ella que de él, porque cuando el mayordomo le sirve una bebida como para embriagarla, Baledón prefiere darle un daiquirí suavecito, como para demostrar que es un  caballero (con ella, porque con otras quién sabe, si el mayordomo prepara bebidas embriagantes sin consultar al patrón); pese a todo, él no insiste y más bien insinúa que ya se vaya, y va a pedirle un libre; ella acepta que la lleve, y la lleva.
                Si en una comedia con tintes patéticos y en un melodrama muy cómico se refieren como libres o ruleteros a los automóviles que daban servicio de alquiler, ¿de dónde sacan los novelistas actuales que los ruleteros se llamaban “taxistas” y los libres “taxis”?

Claudia Hernández de Valle-Arizpe reclama, con razón, la moda de hablar y escribir eludiendo la concordancia: la primer mujer, la primer derrota; estoy de acuerdo, y acoto una variante correcta: el primer beisbolista, el primer futbolista, el primer dentista, el primer ensayista, el primer modista (lo hago, desde luego, por molestar); y salta la liebre: está permitido decir “modisto” en bien de la modernización del lenguaje; ¿en bien de esa modernización ya podemos decir dentisto, futbolisto, deportisto, novelisto?

¿Cómo dirige una estación de radio dedicada al rock un fanático de Chava Flores, tan antirroquero? Alguien que se hace pasar por conocedor de los Beatles y su máximo forofo (Yo soy el único beatlemaniaco de México, clama como aquél) cuenta que Paul llegó a casa de George o de John o de Ringo y mientras esperaba, se enteró de las giras que debían hacer; se fue al jardín, se tomó una taza de té, y compuso “Here, there and everywhere”; ¿se dice conocedor de los Beatles y desconoce qué quiere decir “take some tea?”. Antes que ellos, Agustín Lara se echaba “un tecito” y componía; y cuando mi amigo Marco Pulido le preguntó si era cierto, mostró la yerba y retó a sus críticos a que la probaran y compusieran.

A propósito de componer, rompo mi encierro y vamos Lourdes y yo a la mansión de Carlos Ramírez para conocer a Mario Carrillo, hijo de Álvaro Carrillo; gano nuestra cena al contar que Manuel Gutiérrez y Horacio Rodríguez me cayeron al Tío Pepe, les gané en el dominó, porque les importaba más llevarme al Bar de Perico; ya había tratado de ir allí, entusiasmado por conocer a Pancho huyendo de Ramona, pero me encontré con un sitio tétrico, oscurísimo; no recuerdo si me impacienté y ya no esperé a Marco Pulido, o él no llegó, pero me alejé del lugar; Manuel y Horacio me juraron que ya era otra cosa: un piano alrededor del cual había varios bancos; Manuel y Horacio tenían su lugar apartado, y me consiguieron uno, privilegiado; en el resto del local, semioscuro, parejas que cantaban en voz baja, celebrando lo que pedían los cercanos al piano. El pianista tocaba lo que pedían, y todos, menos yo, cantaban; yo, más plácido, lo disfrutaba. Horacio sonrió cómplice cuando cantaron “como aberrante viviré” (gracia de las sinalefas, que aquél no entiende), Manuel cantó en segunda voz “Nocturnal”, y alguno de los asistentes me preguntó qué canción me gustaría oír; Horacio dijo que él la invitaba; dije “cualquiera de Álvaro Carrillo”; se hizo un silencio inesperado; aunque no creí haber dicho algo inconveniente, los miré preguntando si había cometido una imprudencia: sí, me aclararon. “Aquí se dice ‘San Álvaro’”.
                Mario Carrillo cuenta una anécdota; San Álvaro y José Alfredo disputaban sobre el reino de los cielos, y convinieron en hacer, José Alfredo, un bolero, y San Álvaro una ranchera; y él comete una imprudencia: José Alfredo hacía mejores letras y mi padre mejor música; no puedo contenerme: Falso, las letras de José Alfredo están llenas de lugares comunes; tiene muchos aciertos, como la mejor definición de la desilusión amorosa (“otra vez a brindar con extraños”), pero hace muchos trucos para alargar o cortar versos, y sin la música sus letras son poca cosa; Carrillo, en cambio, logra frases que expresan una pasión sin caer en vulgaridades: “amor mío, tu rostro divino no sabe guardar secretos de amor; ya me ha dicho que estoy en la gloria de tu intimidad”; muy pocas veces en la poesía popular hay una descripción tan elegante del orgasmo; no deja de cometer alguna soberbia como “tanto tiempo disfrutamos de este amor”; los invitados, grupo heterogéneo pero simpatiquísimo, cordial, amable, generoso (Luis Soto ni siquiera me reclamó tantas veces que excluí su columna por no terminarla a tiempo), escucharon con atención mi definición de las canciones de San Álvaro, y en general estuvieron de acuerdo; los excelentes guitarristas jovencísimos que acompañan a Mario Carrillo sonrieron y asintieron cuando afirmé que Bill Clinton podría haberle llevado serenata a Monica Lewinsky y cantarle “en la boca llevarás sabor a mí”; más discreto, Carlos Ramírez se abstuvo de afirmar, como lo había hecho antes, que Lewinsky podría haber contestado que “como se lleva un lunar, todas podemos una mancha en el vestido llevar”.
                Mario Carrillo relata anécdotas de cómo escribió su padre algunas de sus canciones; cobra sentido el desaire que le hizo una gringa de ojos celestiales, pero que en la fiesta a que lo había invitado ni lo pelaba; él se escabulló, sin saber qué pensaba de la canción que le había obsequiado, y mientras encontraba un libre compuso la extraordinaria “Seguiré mi viaje”; no me atreví a preguntar a qué se refería con “si mi más grande amor tan pequeño lo ves”.

De pronto, en medio de tanto desmadre y tanta vulgaridad, llega a la red, como un rumor maligno, la muerte de Isabel Fraire; lo que siento y digo de su poesía lo publiqué hace pocos años, a raíz de la edición de su obra completa. Como con mucha gente, su obra la dejo para después; recuerdo en cambio su generosidad, sus alientos, su belleza, su compañía en fiestas apocalípticas, y algunas veces, compartiendo taxi, luego de comidas en las que parecía que pasaba algo detrás de las puertas que se abrían de golpe y se cerraban (perdón por la cacofonía) con violencia. Tuvimos varias pláticas; la última la molestó, cuando dije que me informaban que Juan Vicente Melo (en cuya casa la conocí, en Mariano Escobedo casi esquina con Mazaryk) estaba muy enfermo, que lo habían encontrado sin sentido; me contradijo: está muy sano, eso es una mentira; a los pocos días Melo falleció. Pero no volví a hablar con ella. Recuerdo su elegancia y su audacia.

El mismo día me topo con la noticia de la muerte de Dallas Taylor, un baterista del que sólo se acuerdan los conocedores; talentosísimo, su carrera se vio limitada a acompañar a Crosby (el auténtico), Stills, Nash y Young y sus variantes; es el baterista de Manassas; su talento se lo comieron las drogas, la indisciplina, la dispersión; nacido en 1948, le pasó lo que a muchísimos de nuestros contemporáneos, pero me callo sus nombres. Y me topo con otro fallecimiento, el de Gunter Grass; lo leí, lo plagié (unas cuantas líneas), traté de escribir una novela según yo muy audaz, y cuando iba por el tercer capítulo me encontré que lo que intentaba él lo había logrado con su novela mejor, en mi consideración: Anestesia local. No todos sus libros me gustaron, todos me parecen una búsqueda incansable, tanto en estructura como en lenguaje; quiso deshacerse de dogmatismos y lo atacaron cuando vio que lo extremo era tan grave como lo que atacaba. Lo acusaron de nazi cuando, adolescente, cumplía con lo que le ordenaban; su pasado lo persiguió como si hubiera sido un pecado, sin considerar que fue de los pocos que lo confesó, que se arrepintió aunque no era su culpa; se arriesgó en muchos aspectos. Nunca dejé de admirarlo. Sólo notó un aspecto no admirable en su vida: ¿cuántas viudas mexicanas deja?
Termino estas líneas y una llamada me deja frío: pocas horas antes falleció Patricia Gaytán, esposa durante 50 años de mi tío Pepe. Estremece toda mi casa.

lunes, 23 de marzo de 2015

El que se ríe se lleva; EU vs CDMX

Dice un has been que prefiere no leer aunque tenga que hacer reseñas, antes que leer libros de vampiros, zombis, consejos para mejorar (debería leer los que ayudan a redactar mejor) y best-sellers; muestra menosprecio por otros escritores; creyéndose joven, adopta una actitud insolente por quienes se ganan la vida escribiendo libros que entretienen a los lectores menos exigentes, sin darse cuenta que la mayoría ejercen su oficio con eficacia; ya quisiera tener (lo tuvo) un poder narrativo de autores como Stephen King, Jeffery Deaver, Michael Connelly, John Connolly, John Katzenback, Henning Mankell, John Green, y en otras épocas Ian Flemming, Irving Wallace, Mario Puzo, Morris West, que tenían, y tienen, a sus lectores pegados a los libros, divertidos, emocionados, en suspenso; y de sus novelas han derivado excelentes filmes como la saga de El padrino, Carrie, The Thing (nuestro personaje seguro lo traduce como La tinga), El coleccionista de huesos, El informe pelícano, La firma, El cliente, Cementerio de mascotas, series televisivas encabezadas incluso por el shakespereano Kenneth Branagh, todas las de James Bond.
                En México, gente con renombre o con nombre como Homero Aridjis, José Luis Trueba, y hasta el mismo Carlos Fuentes, han incursionado en alguno de esos géneros, sin merma de su calidad literaria; devalúan su calidad, si la tienen, los que escriben a destajo, sin cuidar ya no digamos la buena prosa, sino los detalles que hacen verosímiles los libros. Y se dicen escritores sólo porque ganan premios.
                Ejemplos, aunque repita algunos que ya he señalado: son muchos autores los que hacen que sus personajes aborden taxis en la ciudad de México, antes de que les pusieran taxímetro a sus unidades; antes de que Ernesto P. Uruchurtu ordenara que se uniformaran los autos que prestaban servicios de alquiler, que andaban como ruleta en busca de pasaje (por ello le decían “ruleteros”, óigase a Pérez Prado), cobraban por tarifa convencional (¿cuánto al pueblo de Tacuba?, ¿cuánto a México? –se referían a lo que se conoce ahora como Centro Histórico—, ¿cuánto a la Villita?) y cualquiera se prestaba a llevar a los necesitados de transportarse con más premura que en los camiones, tranvías, trolebuses (alguno de esos que se creen escritores sólo porque publican asegura que había tranvías que transitaban por el Paseo de la Reforma); hay quien afirma que los taxis conocidos como cocodrilos tuvieron su apogeo a mediados de los cincuenta, cuando fue a finales (aún puede verse uno en Cinco de chocolate y uno de fresa, de 1967). Otra autora, aunque dice que estudió la época en que sucede su novela (principios de los cincuenta) habla de guaruras, término que comenzó a usarse durante la campaña electoral de Luis Echeverría, cuando un jerarca de los tarahumaras le dijo al candidato priista que era bienvenido junto con sus guaruras, y se propagó (LE hizo su campaña en 1970); hablan de escuelas que no conocen, y hacen contemporáneos a gente que vivió en la misma ciudad pero en otros tiempos, como Frida Kahlo con José Luis Cuevas; esa autora habla de las meseras de La Luz, la cantina que estaba en Venustiano Carranza esquina con Gante; al contrario de La Ópera, a dos o tres cuadras, que tenía un apartado, como las pulquerías, en donde admitían mujeres como clientas, en La Luz no había ni siquiera cocineras; también dice que en La Luz (llamada así porque enfrente estaba la Compañía de Luz y Fuerza –luego estuvo un banco—; por ello, sus clientes eran jugadores del Necaxa, aunque también iban con frecuencia beisbolistas como Rubén Esquivias) se jugaba dominó y cubilete, y daban botanas; nada de eso pasaba; La Luz se enorgullecía de ser la única cantina donde no necesitaban dar botana, y por lo reducido del espacio y lo pequeño de las mesas, no se jugaba ni cartas ni dominó ni cubilete. Meseras había en El Negresco, y admitieron clientas hasta finales de los ochenta.
                Un narrador que no carece de cierto buen estilo, pone a su personaje palabras irresponsables: como estoy bien del corazón puedo tomarme dos viagras diario y así darte pa’ tus tunas muchas veces; ignora el personaje, y desde luego el autor, que los investigadores descubrieron las ventajas del Viagra por serendipia, es decir, buscando otra cosa, en especial, un medicamento para combatir la hipertensión; si alguien con presión arterial normal toma Viagra, tendrá una baja en ella, que puede recuperar  en algunas horas, ayudado por el acelerón en el pulso a la hora de la relación sexual; pero si toma dos diarias tendrá una braquicardia bárbara, y si sobrevive, probablemente priapismo. Una audaz narradora anuncia que su protagonista hará un largo viaje a la playa, y enumera su vestuario, compuesto por varias blusas, faldas, pantalones, pero ninguna pantaleta; hubiera sido mejor que prolongara sus aventuras, producidas por la ausencia de esa prenda antiestética, seguramente incómoda, pero que proporciona higiene.
                Carlos Fuentes fustigó las novelas de adormideras, que sólo entretenían sin otras propuestas, y mencionó las obras de Wallace y de Jacqueline Susan (en ¿Quién se comió mis enchiladas? mejor conocida como Alguien nos quiere matar, José Agustín castiga a una computadora con la lectura de algunos párrafos de El valle de las muñecas); no le tocó en esa época un fenómeno mayor: los “profesionales” que escriben a destajo, publican dos, tres, hasta cuatro libros al año, con los descuidos subsecuentes: ponen a boxear a un peso gallo con uno medio, lo que ningún promotor haría: la desventaja del primero sería peligrosa, y hasta mortal. Le otorgan “humanidad” a los animales, al ignorar que “humano” viene de “hombre”; los visten con prendas que no existían en las épocas en que se desarrollan sus anécdotas (la marquesa –en el virreinato— mostró las pantaletas al bajar de la carreta), comían hamburguesas de una marca que no se había inventado, sino que aún no llegaba ese platillo a la ciudad de México (aparecieron hasta finales de los cuarenta), compran dulces que no se producían (chocolates, de una fábrica que sólo vendía leche en polvo o condensada y comida para lactantes) o los ponen en situaciones imposibles.
                Esa falta de respeto para con sus colegas no se justificaría ni siquiera si fuera superior a ellos, pero no es el caso; hay libros de autoayuda que ayudan sólo a quienes sufren de inseguridad, que carecen de estímulos, que no pueden ligar, que se angustian en la chamba, que creen que con una vestimenta específica ascenderán más rápido, ganarán mejor, aunque su trabajo no sea tan eficiente; pero hay algunos libros de este género que son muy divertidos, que entretienen aunque no ayuden, e incluso dan ideas, involuntariamente; algunos, por tontos; otros, en cambio, por el sentido del humor de sus autores. Pero no son más aburridos que los libros de estos escritores profesionales.
Ni modo: mejor que los que se creen jóvenes (de casi 50 años) escritores, escriben los que escriben para entretener.

Una semana en Estados Unidos me hizo ver lo inocuo de la vida de sus ciudadanos comunes; comida horrible, insípida, llena de grasas; a cambio, muy abundante; los taxistas regulares, ignorantes de su ciudad, sólo conocen los atractivos turísticos; tienen una tarifa más o menos razonable: 60 centavos por cada cuarto de milla; en espera, por embotellamientos o semáforos en rojo muy prolongados, 60 centavos cada 80 segundos; pero hay tolerados que se parecen a los protegidos por el GDF de la CDMX (siglas cursis): en embotellamientos, cada 20 segundos aumentan 120 centavos; los choferes de éstos son majaderos, arrogantes, violan (los únicos en la ciudad) los límites de velocidad, se le meten a otros automovilistas, y exigen, con gestos amenazantes, una propina casi igual a lo que marca su taxímetro pirata.
                En cambio, los automovilistas no taxistas son muy correctos, ceden el paso a los peatones, contestan los agradecimientos con otro gesto de cortesía y muchas veces con sonrisas; respetan las señales de tránsito y ni por equivocación invaden espacios peatonales; los transeúntes tienen un minuto exacto para cruzar las calles, y si no les alcanza el tiempo, no tienen que andar toreando, porque nadie arranca; los motociclistas, pese a lo ruidoso, no avientan sus vehículos a los peatones, y nunca invaden las banquetas; hay espacios específicos para ciclistas, y éstos no se le adelantan a los automóviles, no se pasan los altos, no se suben a las banquetas ni andan en sentido contrario. El jefe de Gobierno debería de darse una vueltecita.
                También los del PVEM, aunque sólo harían berrinche: hay un espectáculo, de casi media hora, en que los protagonistas son unos cuantos humanos (dos o tres), seis perros, tres gatos gandallas, varios patos, un halcón, un cerdito (como de dos años, pero no pueden cargarlo) que se contonea al caminar, gallinas, palomas, cacatúas, guacamayas y otros animales muy disciplinados; el número es muy divertido, tiene una escena muy pícara que hará enojar a las diputadas y asambleístas que lo vean; si nuestros ignorantes legisladores ecologistas leyeran a Gerald Durrell, entenderían que esa vida (de esos animales) es la mejor que pueden tener; pero no vaya siendo que lleguen a clausurarlo, y mandar a una vida indigna y cruel al remitirlos a albergues donde encontrarán una muerte infeliz, sino es que más rápida.
                Otra desventaja: en esa ciudad no hay buenas librerías, incluso dos de una misma cadena no tienen los mismos títulos, y en cambio hay disparidad de precios; no hay más que amontonadero de CD y DVD, aunque su catálogo en línea hace creer que tienen muchos títulos; igualmente, pudimos conseguir el  volumen 11 de NCIS a 25 dólares, aunque en dos librerías estaba a 51 y a 61 dólares; como dice Nahúm, deberían tener el mismo precio en todas las tiendas, ya sea en discos, películas, series y Legos. Y desde luego, los taxistas ignoran la dirección de esas librerías, lo mismo que los guías de turistas.

¿A quién creerle? Billy Wyman dice en su autobiografía (Stone Alone) que Jagger y Richards no cogían porque se la pasaban componiendo; Richards es más discreto aunque no deja de presumir que Anita pasó por casi todos los miembros, literalmente, de los Stones, especialmente por el suyo; el biógrafo profesional, Philip Norman, aquel que develó el nombre de la rubia con la que cogía Lennon a espaldas del marido de ella y de Cynthia y que inspiró “Noregian Wood”, dice que Jagger se echaba a quien se le acercara, a veces sin importar si no se trataba de hembras; indiscreto, da los nombres de las que fornicaron con él varias veces, y de una que otra anónima que no deja de serlo aunque digan su nombre; lo más curioso es que completa la anécdota narrada en el libro autocompasivo de Eric Clapton: una mujer de la que estaba enamorado le pidió que la llevara al vestidor de los Stones, al final de un concierto, y que por más que le rogó “a ésta no, Mick, por favor, a ésta sí la quiero”, Jagger no le hizo caso y se la bajó; Norman revela el nombre de esa grupi: Carla Bruni.

En una ocasión, un hombre aspiraba a ser secretario de redacción en El Financiero; no le fue mal en  la primera prueba, aunque se tardó más de lo normal en realizarla (no supe que algunos, gentiles, le habían echado la mano); se le dio un contrato por 30 días, el primero de tres, pasados los cuales podría obtener la plaza; pero a los diez días lo cancelé: se tardaba en una página mientras los demás hacían cuatro o cinco, y eso que seguían echándole la mano. Me demandó ante la Secretaría del Trabajo y Previsión Social: quería los 80 restantes, y de ser posible, la planta laboral; se demostró que había mentido al afirmar que conocía el programa que usábamos, y había inventado un currículo. No duró más que una audiencia.
                Otros se buscaron el despido, que me pedía Rogelio Cárdenas que ejecutara, o directamente lo hacía Reclusos Humanos.
                Pero hubo otros dos casos, que recuerdo ahora en que se habla de ética periodística; el primero fue un corresponsal en el sureste, simpático y relajiento y no mal reportero; un día me llamó un empresario de esa región, y me contó que nuestro corresponsal lo había amenazado con un juicio y con hacer público el conflicto que tenían, y lo había hecho en papel membretado de El Financiero; no duró un día más; el periódico no podía tolerar que usaran el nombre de la empresa para arreglar asuntos particulares, y menos un documento que, al ser membretado, involucraba al diario; en otro caso, el subdirector del periódico me advirtió que un editor se quejaba de que, al entrar a junta, se le desaparecían los adelantos (el resumen de las notas que cada sección anunciaba para la edición del día siguiente); se sospechaba que alguien los utilizaba para beneficio de otro diario; recorrí todos los departamentos donde había fax, vigilé a qué hora se usaba, y advertí a los responsables que se me avisaran en caso de que alguien enviara documentos, a excepción del jefe de esas secciones, claramente conscientes de su trabajo; en menos de una semana sorprendimos a un corrector que los mandaba a otro diario; avisé al subdirector, al sujeto se le echó de las instalaciones, y se le dijo que se presentara al día siguiente muy temprano; se le entabló un juicio; estábamos dos personas de Reclusos Humanos, el subdirector y yo, además del juzgado; admitió que de otro diario le pagaban para que les enviara los adelantos; en el contrato se esclarecía que el material era exclusivo de la empresa hasta que apareciera la edición impresa; pasarla a otros medios constituía un delito; no se le despidió: se la rescindió el contrato; se negó a firmar los papeles y amenazó con juicio para que se le pagaran antigüedad, vacaciones, indemnización por despido injustificado y quién sabe cuántas cosas más. Desde luego, nada prosperó.
                Entre periódicos es común que se echen la mano: cuando al mismo tiempo se transmiten una pelea de boxeo y un juego de futbol, un reportero ve el juego y le pasa los datos al reportero de otro periódico, quien a su vez le da los detalles de la pelea; como en El Financiero no teníamos televisión, y en la que había sólo recibía la señal de las telenovelas, uno de mis reporteros se iba a la redacción de Ovaciones, donde Óscar Alarcón nos permitía ver la pelea, y que desde sus teléfonos nos mandara los datos para hacer la reseña; en muchas ocasiones, reporteros con agenda apretada faltan a la conferencia de prensa de un funcionario o una empresa, y le piden a un colega que le ayude con lo más importante; nadie, desde luego, le pasa la entrevista que, en exclusiva, le dio el conferenciante, eso sólo le pertenece al periódico que le paga su sueldo; nadie falta a esa ética periodística. Lo que hizo nuestro corrector faltaba a esa ética. Los contratos también piden que, al firmarlos, se entienda que ése es su trabajo primario, que no se debe de trabajar en otra empresa similar, y que la mayor parte de su tiempo laboral le pertenece al diario; eso no sucede con los colaboradores, que pueden publicar en varios diarios y revistas, pero no debe publicar lo mismo en otras. Eso, a la luz de lo que ahora sucede, parece que a nadie le importa esa ética.

En un juego de pretemporada, Cleton Kershaw, pitcher estrella de los Dodgers y de todas las Ligas Mayores, recibió un batazo en pleno rostro; no lo lesionó, pues la línea era débil, pero por la mente de todos (el beisbol es un deporte de conocedores) pasaron algunos episodios: Alfredo Ortiz, Winston Brown, pero sobre todo Herb Score, quien en los inicios de su tercera temporada (en las dos primeras había impresionado a todos con su velocidad, control, lanzamientos poderosos), recibió un lineazo de Gil McDougald, short stop de Yanquis, poco abajo del ojo, y que hizo que todos temieran por su vida; tardó en recuperarse, pero no en su mentalidad; regresó, pero no fue el mismo aunque no perdió velocidad ni control; simplemente, le dio miedo; nadie podía culparlo: cualquier batazo lo llenaba de terror; duró muy poco su carrera; luego de un 38-19 antes del batazo, sus números cayeron a un 17-27 en los siguientes cinco años.
                ¿Kershaw podrá superar el miedo en los siguientes juegos? No se trata de valentía, sólo de instinto de supervivencia. Un jugador defensivo, líder de tacleadas en su equipo, apenas en su segunda temporada anuncia su retiro, por miedo a las lesiones. El deporte cada vez es más peligroso, y bien visto, exige un esfuerzo sobrehumano, que en cada juego pone en peligro la vida, a veces por lesiones (acaba de morir un luchador, víctima de golpes ilegales que se propinan en cada enfrentamiento y nadie hace algo por evitarlas), a veces porque el cuerpo no soporta esas exigencias.

Andre Agassi cuenta cómo arreglaba, con la alcahuetería de su entrenador y del de Graff, que coincidieran sus sesiones de entrenamiento con los de ella; trataba de hacerle plática, pese a la evidente timidez de ella; cómo se esforzó por ganar un torneo sólo para bailar juntos en la fiesta posterior; cómo la perseguía pidiéndole una cena compartida, una cita inocente sólo para platicar, cómo le telefoneaba aunque sabía que ella estaba con su novio, cómo le mandaba flores que Graff rechazaba, hasta que logró que terminara con el novio, aceptara citas, y luego, que entablaran relaciones; en aquellos años, principios del siglo XXI, muchas mujeres elogiarían esas insistencias, aceptarían los actos cursis (hacer “suya” una canción, ofrecerle un anillo de compromiso mientras se hincaba y tarareaba, no se sabe si bien o mal, “su” canción) y dirían que qué lindo; ahora eso se calificaría de acoso.

Por cierto, en un torneo en la ciudad de México, se discutía cuál de las invitadas tenía piernas más bellas (y lo demás); un editor negaba que tales características fueran las de Graff, porque su nariz era muy pronunciada: se trata de piernas y nalgas, no de nariz, le aclaró otro. Y en efecto, pocas tenistas tienen piernas feas, y todas las presumen con vestimenta cada vez menos tenística. Pero Graff supera a casi todas las demás.

En mi anterior blog, hace más de dos meses, dije que los que escriben en las redes sociales no saben leer; Francisco Elorriaga lo reprodujo en su página de facebook, y alguien contestó, dándome la razón aunque creía que me refutaba, que no hace falta ser un prodigio de escritor para escribir en esa red; lo dicho: dije que no saben leer, y él leyó que no saben escribir.