sábado, 12 de mayo de 2018

Más villanos favoritos: Miguel Inclán y Arturo Martínez


Miguel Inclán

Si Alfonso Bedoya tiene la mejor actuación como villano en El tesoro de la Sierra Madre, Miguel Inclán es el favorito por la multitud de papeles que hizo como el malo: uno de los momentos en que el espectador odia más a un personaje es cuando don Pilar, condescendiente, dice que a cambio de la caridad de permitir que vivan en sus cuartos La Muda y Chachita, desalojadas mientras Pepe el Toro está en Lecumberri (una de tantas veces), Chachita puede servir de sirvienta, pese a la mortificación de La Romántica (a quien más bien la conocemos como La Chorreada); después, don Pilar, enloquecido por falta de marihuana (él dice piloncillo), arremete contra La Muda y le causa la muerte (Nosotros los pobres).
                Ésa no es la peor villanía que comete Inclán; en una cinta en que se llama Don Carmelo, agarrar a golpes de bastón a cuanto niño en situación de calle encuentra, aunque esté ciego, y pretende cometer abuso sexual en una adolescente que lo provoca para que escape uno de esos niños pobres y abandonados de la mano de Dios y de sus padres (Los olvidados).
                Poco antes, cuando se llama Filiberto, se aprovecha de todos los alfareros para explotarlos y obligarlos a que le den la mayor parte de sus ganancias, hasta que un pocho ayuda a las víctimas a defenderse del usurero; para malas, su hija lleva las de perder ante una gringa desabrida que le baja el novio (Guadalajara pues).
                También como don Damián soliviantó a las multitudes para que lincharan a una bella (es un decir) indígena por suponer que antes que él, otro la vio encuerada; y no se le hizo con ella pese a que logró encarcelar al novio de ella, le echó a perder su cosecha y lo obligó a que perdieran su cochinito, su único patrimonio (María Candelaria).
                Como El Chueco Gallegos fue uno de los matones contratados para asesinar, en pleno Teocaltiche, a los papás de Chava, y luego, a punto de ser ajusticiado, ruega por su vida y a traición intenta rematar a Chava, pero no por nada a éste le dicen El Ametralladora (Ay, Jalisco, no te rajes).
                Pero tal vez éstos no sean sus papeles de malvado más terribles y a ratos insoportables, sino el que interpreta a don Patricio, quien sin ninguna piedad arrebata un radio a la más lastimera madrecita mexicana, cuando estaba oyendo a su hijo consentido dedicarle desde México una canción en pleno 10 de mayo (Cuando los hijos se van). Cabe decir que, además, alteró los papeles e hizo crecer una deuda de manera fraudulenta para abusar de Sara García.
                En Ni sangre ni arena es un torpe jefe de policía que confunde a Cantinflas con un torero pedante llamado Manolete. También contra Cantinflas se vuelve a confundir al creer que el manso Margarito es el buen bandido Siete Machos (que da título a una de las más divertidas cintas de Mario Moreno). En Aventurera es un feroz vigilante bajo el mando de la cruel Andrea Palma, para mantener sumisa a Ninón Sevilla, a quien desea, muchos dirán que con razón, y la somete a maldades sin fin.
                No siempre la hizo de malo: en Mexicanos al grito de guerra es el presidente Benito Juárez, quien escucha atento a un vendedor ambulante que le lleva noticias de una conspiración extranjera. Sobre todo, en Salón México es don Lupe, policía bueno que somete al villano Rodolfo Acosta y protege a la lastimera callejera y mala bailarina Marga López, y hasta la suple para visitar a la hermanita inocente Silvia Derbez, para que no se entere de que López se vende para mantenerla.
                En La tienda de la esquina, Inclán es un marido al que lo engañan casi en sus narices, único drama en una cinta llena de juegos de palabras (“¿tiene bisteceses? Sólo de reseses”), canciones de doble sentido, amores que triunfan, presencias femeninas bellas y divertidas, y le va mal a los que se portan mal; Inclán, quien aquí también se apellida Juárez, la hace de bueno aunque nadie se lo cree.
                Inclán, a quien le pusieron nombres femeninos en casi todas sus cintas (Lupe, Carmelo, Pilar, Margarito, Patricio) o como castigo, la hace de policía, de presidente, de escritor patriota, pero sobre todo es uno de los grandes villanos de nuestro cine, y tan buen actor, que fue llamado dos veces por John Ford para papeles breves pero lucidores.
                Con su voz grave, su acento pausado y su mirada entre lujuriosa y malvada, es uno de los mejores actores que ha habido en nuestro cine, y es un villano inmortal, capaz de habitar nuestras peores pesadillas.

Arturo Martínez

Es fácil caer en la tentación de colocar a don Arturo Martínez como villano por su dirección de una de las cintas más torpes del cine mexicano, Me caí de la nube, glorificando a Cornelio Reina y desperdiciando a Claudia Martell y a Rosenda Bernal (aquella que cantaba “Los laureles”, con el ritmo adecuado y ladeando rítmicamente la cabeza, pero enfundada en hot pants, aquella horrenda moda de principios de los setenta), pero bien vista, pese a escenas burdas, tenía sentido del humor y estaba dirigida a un público nada exigente, que no distinguiría los cambios abruptos en las caminatas, ni en el detalle de los zapatos Canadá que usaba el héroe.
                Pero hay que admitir que Martínez era villano temible cuando se requería; por ejemplo, como esbirro de don Julio Villarreal para entre ambos, y otros más, mantear a Germán Valdés porque intentaba rescatar a Carmelita Molina en Soy charro de levita, y al final, salir derrotado de manera inesperada.
                Martínez tenía un físico esmirriado, delgadísimo, como para aterrorizar a nadie, y en las peleas casi siempre era apaleado por los muchachos (como se llamaba a los héroes de las épocas en que más maniqueos eran unos y otros); pero no necesitaba la fuerza bruta, con sólo su gesto fiero, sus maneras suaves, su voz de tenor acostumbrado a las frases cortas y contundentes, la mirada fija que conllevaba la amenaza no de golpes, sino de la tortura lenta y cruel, la sonrisa socarrona y la risa obscena, que terminaba en la mirada lujuriosa en piernas y pechos de las heroínas, y la manera de usar el sombrero de lado, como ocultando esa mirada lujuriosa que significaba “mía o de nadie”.
                Pocos villanos con un debut tan deslumbrante: es Luis Coronado, despreciado por María (la fría e inexpresiva Miroslava), y quien se venga charrasqueando a Juan Robledo (tal vez por lo horrendo que canta “vengan canciones… de puro gusto y hasta relincho”), en una escena previsible (“cuídate Juan que ya por ahi te andan buscando… no tuvo tiempo de montar en su caballo, pistola en mano se le echaron de a montón”), y todavía alardea cuando una bala atraviesa su corazón, pero disparada a traición por Martínez, sin saber que varias cintas después su hija estaría a punto de casarse con uno de tantos hijos de Robledo, pagando así sus culpas. (Confesión vergonzante: en una misma función en el Cine Tepeyac vi ambas cintas sobre Juan Charrasqueado, el protagonista de una de las canciones que dio al habla coloquial tantas frases que se hicieron parte de nuestro lenguaje cotidiano, y perduran pese al paso de las décadas. Me conmovió casi hasta el llanto, además de perder una bufanda con la que me protegería del sereno; por fortuna no enfermé.)
                Martínez abraza a las heroínas con una impudicia sólo igualada en nuestro cine por don José María Linares-Rivas; las hace sentir que al poseerlas las degradará, se sienten asqueadas por la sola insinuación, y por la pronunciación lasciva de la palabra “chiquita”; es también repelido por los “muchachos”; es el perfecto traidor, es quien delata y además por placer, pero quien no perdona la traición en las bandas a las que pertenece; es quien mata no sólo a traición sino con la turbia mirada de sadismo.
                En más de la mitad de sus 180 apariciones fílmicas la hace de villano, pero es quien más reciente la infidelidad de la esposa casquivana (Meche Barba) y quien finge ser narcotizado para matar a balazos a la infiel y a su amante en Casa de vecindad; es quien sufre los desprecios de Rosita Quintana en Escuela de valientes sólo para ser atropellado por su caballo para que Piporro se lleve injustamente los créditos; es quien legítimamente desea a Ana Luisa Peluffo y a Silvana Pampanini (ambas ceden ante el arrogante y chocante Armendáriz en Sed de amor); es el burócrata que pone la trampa al ministro que aspira a la presidencia; bueno, ni siquiera cuando es bueno (Tiempo de morir) se le quita el gesto de malo.
                Fue tan buen actor que en sus últimos créditos alcanzó una distinción que no pocos consiguieron: Don: Don Arturo Martínez, algo comparable a Fernando y Domingo Soler, pero ni Pedro Infante ni Jorge Negrete ni Pedro Armendáriz.
                Debo agregar que, sin embargo, como villano es previsible, por lo maniqueo de sus personajes; pero también, que dos de sus actuaciones más memorables fueron no como “malo”: en Policías y ladrones, antes de ser derrotado por Adalberto Martínez y Ricardo Moreno (nadie más popular que él en sus tiempos de gloria, nadie más castigado por la vida luego de unos pocos meses de celebridad), tortura a Resortes y a la guapa y poco apreciada Lucy González, y para que los vecinos no los oigan quejarse, pone en un Garrard una canción de moda, “Cógele bien el compás”, con la Orquesta América, y mientras, Martínez y sus esbirros Manuel Dondé (que no la hace de Miguel Alemán), Jose Luis Fernández, Mario Castillo y el temible Lobo Negro, bailan con sabor y cadencia que Resortes era incapaz de expresar; uno lamenta que lleguen los buenos.
                Y en Quiéreme porque me muero es un odioso y amanerado jefe de personal de Sears Roebuck, que maltrata a los empleados, y al ser desplazado por el poco simpático héroe Abel Salazar, se niega a ser degradado a elevadorista: “de limón la never”, dice, quebrando la cintura.
                Muchos grandes momentos como villano, y dos ridiculizando a villanos, le ganaron la gloria cinematográfica, además de por alguna que otra cinta dirigida con decoro (por ejemplo, Julissa mostrando, por una vez sin vulgaridad, sus bombachas en pleno Lago de Chapultepec).
(Ambas semblanzas fueron publicadas por José Antonio Gurrea en El Universal Querétaro.)

lunes, 30 de abril de 2018

Mis villanos favoritos (I) Alfonso Bedoya


El mal conocido, peor recordado y pésimamente imitado Abel Quezada, en una magnífica serie de cartones, advertía que aunque en las películas el muchacho se quedaba con la muchacha al derrotar al villano, en la vida real el malo se queda con las muchachas.
                En el cine pocas veces el malo derrota a los buenos, pero se queda con la admiración del cinéfilo; para hablar de ejemplos de nuestra generación, Gene Hackman como Lex Luthor merecía mejor destino, aunque el Chistopher Reeve de la serie de Superman no era el boy scout de los cómics, y sobre todo se ganó nuestras simpatías al usar su visión de rayos X para observar el color de las pantaletas de Louise Lane, coqueteó con una Lina Luna crecidita con una sensualidad que no tenía de adolescente, y usó sus superpoderes para llevar a Margot Kider al éxtasis.
                Pero Luthor, acompañado de una muy erótica Valerine Perry (casi siempre mal aprovechada), hace temblar, literalmente, al mundo del que quiere apoderarse, casi mata al héroe de una manera cruel, y casi seduce a una fría pero no por ello menos cálida villana Sarah Douglas, además de urdir una trampa que le falla porque Supermán es tramposo y mentiroso. Lex Luthor es culto (ama a Mozart, y sus compañeros de cárcel le silban algún pasaje mozartiano), buen lector, excelente científico y tiene sentido del humor.
                Hackman tiene cara de malo y así tiende una trampa a Tom Cruice, tan inocente, y para ello busca seducir a la memorable villana Jeanne Triplehorn (inolvidable su coito con Michael Douglas, que hace palidecer los convencionales de Sharon Stone en Basic Instint), en La firma; bueno, Hackman hasta de héroe (Mississippi en llamas) es duro, cruel, vengativo y amedrentador.

Hackman no es el mayor villano del cine estadounidense, y casi podría decirse que es muy menor frente al villano mayor de la historia del cine, Alfonso Bedoya (o Bedolla, según algunos créditos en otros filmes; el cine mexicano ha solido adolecer de ortografía, tan grave como la de los seguidores de los candidatos a la presidencia de México), conocido como El Indio, y para Carlos Monsiváis, una de las mejores presencias cinematográficas por su “indudable mexicanidad”; ya en Canaima, como el Cholo Parima, hace sufrir a Jorge Negrete de tal manera que ni la tibieza de Juan Bustillo Oro puede quitarle esa sensación de sordidez, esa maldad tan terrible, esa crueldad que impone su presencia para ser así uno de nuestros grandes villanos.
                Esa maldad la trasladó a la Sierra Madre donde aterrorizó al mismísimo Humphrey Bogart, hombre malvado si los hay (en el cine; en la vida real, pocos con su dignidad al oponerse al Joseph McCarthy perseguidor de izquierdistas en el cine y en la política), cuando lo persigue para quedarse con su magro tesoro; el director John Huston debe haberse divertido muchísimo con ese excelente villano Golden Hat, que surge de súbito para engendrar inseguridad y temor en los buscadores de oro, que no necesitaban mucho para traicionarse entre sí; Bedoya se justifica: es que semos muy chacales, y luego de asesinar a Bogart, escupe un amenazador “¡montoneros!” al grupo de soldados que lo apresan, sin olvidar el epíteto que poco antes asestó a los buscadores de oro: palomitas.
                Uno de los momentos culminantes de esa maravilla que es El tesoro de la Sierra Madre tiene lugar cuando Bedoya y sus secuaces cavan sus propias tumbas y él afirma que el calor que sienten no es nada comparable al que sufrirán en el infierno, y segundos antes de la orden de fuego al pelotón de fusilamiento, pide: “mi susteniente mi susteniente, ¿me da permiso de agarrar mi sombrero?”, permiso que le es concedido, lo que aligera la tragedia que viven personajes y espectadores. Dice Jim Beaver que Bedoya se roba todas las escenas en que aparece, aunque sean con Bogart, Walter Huston o Tim Holt.
                Ese papel lo repitió en Furia roja, aunque su villanía está del lado de los juaristas buenos (decir ahora esto, cuando quieren convertir a don Benito en mal político, mal presidente y con limites intelectuales, es incorrecto, lo que asumo sin temor); también es villano en El gendarme desconocido, como pandillero que asalta y balacea, y peor, chulea y acosa a la muy chuleable y acosable Gloria Marín; Bedoya es villano en casi todas sus cintas mexicanas (hizo un buen puñado de apariciones en Hollywood, bajo grandes directores), pero mi favorita es su breve aparición en Como México no hay dos, en la que indignado vocifera contra Tito Guízar, quien le pregunta, en plena ciudad estadounidense, si es mexicano, y Bedoya contesta enfurecido con términos antimexicanos, aunque repentinamente suelta un “pelados éstos”, o algo parecido, con indudable mexicanidad.
                Entre los muchos villanos admirables, sobre todo en el cine mexicano, Bedoya es uno de los mejores y más memorables.


(Nota aparecida en El Universal Querétaro el 25 de abril.)

viernes, 20 de abril de 2018

El asombroso Mario Vargas Llosa


Desde que descubrí al novelista Mario Vargas Llosa en 1970 con La Casa Verde, no ha dejado de asombrarme, aunque no siempre por sus muchas cualidades literarias; desde El hablador, que no sólo no me atrajo sino que me rechazó, y sus siguientes novelas apenas me motivaron, hasta encontrarme con La fiesta del Chivo (hasta el momento su última obra maestra), pero El héroe discreto me gustó, hasta que la digerí para rechazarla, por ser una defensa del patriarcado, en el ámbito familiar donde los hijos deben obedecer al padre sin importar su edad, y después me aburrió sus Cinco esquinas (la literatura erótica no se le da); sus Conversaciones en La Catedral me sigue pareciendo una de las mejores novelas contemporáneas, y no me canso de releerla cada año.
                Acaba de publicar un nuevo libro, harto polémico, pero muy lejos del provocativo e inteligentísimo La civilización del espectáculo, donde fustiga la inocuidad de las redes sociales, de la cultura de lo superfluo y de la vacuidad de las opiniones sin sustento acerca de todo, importante o no.
                El nuevo La llamada de la tribu parece un libro provocador a propósito, pues son ensayos sobre siete ensayistas que fueron, a contracorriente, defensores de políticas impopulares en ciertos ámbitos y ciertas épocas; no me asombra el tema: desde mediados de los años setenta comenzó a criticar sistemas y gobiernos entonces populares y apoyados más que nada por intelectuales (entonces asombró, y la observación se la debo a Xavier Velasco, que nunca insultara a sus opositores [“el magnífico escritor” y otros adjetivos a veces exagerados] pese a lo sólido de sus argumentos) aunque no siempre el tiempo le dio la razón.
                No son discutibles los méritos de los ensayistas a los que dedica estos textos; lo son otras cuestiones: elogios desmedidos a las políticas económicas de Ronald Reagan (o quien sea que haya gobernado Estados Unidos en esos años) y a Margaret Thatcher, que sólo aprovecharon el impacto brutal de los baby boomers pero no previeron la brutal caída de muchas de sus audacias en inversiones, en casas de bolsa y sobre todo la debacle de la industria hipotecaria; elogio a pensadores cuyo único mérito fue oponerse, con debilidad, a otros pensadores que no fracasaron, sino que el mundo cambió de manera inesperada, y no de manera definitiva.
                Lo que asombra de este nuevo libro de Vargas Llosa es que es totalmente opuesto al novelista que creó La ciudad y los perros, Conversación en La Catedral y La fiesta del Chivo, obras en las que el autor penetró en la mente y en las ideas de represores (los profesores del colegio militar, e incluso una escena brutal contra un intelectual buleado por su escasa masculinidad ante alumnos que se preparaban para reprimir; un oscuro director de gobierno que es el que sostiene un régimen autoritario; un dictador asesino y represor), sin hacerlas suyas, y apenas intente simpatizar con ideas e ideologías contrarias a las suyas (y que no siempre son las de los personajes estudiados).
                Asombra también que quien estudió la mente de escritores como Flaubert, Faulkner, García Márquez carezca de imaginación para hablar de estos personajes y se limite a seguir lo que otros, o ellos mismos, escribieron sobre ellos, y apenas se acerque a sus obras de manera superficial, poco penetrante, y siempre dándole la razón a cada uno, aun cuando de pronto se contradiga en esos confusos errores. También, la enorme distancia entre ellos (y, en estas páginas, entre el mismo Vargas Llosa) con el mundo de la imaginación, o sea las artes plásticas y la literatura, ya no se diga el cine y el teatro.
                Hay momentos que perturban: cuando habla de “violaciones fragrantes” (pág. 52; puede ser una errata, pero no deja de asombrar, y que las ahora feministas detractoras de Vargas Llosa no lo hayan advertido —según confesión de ellas, lo combaten pero no lo leen); cuando reprocha que alguno de sus homenajeados se haya acercado a las revistas del corazón (¿se habrá mordido la lengua, ahora que aparece tanto en ellas?). Hay en cambio momentos brillantes, como cuando describe al 68 como un movimiento cuya más profunda huella haya sido contra el Manual de Carreño, y que escriba “iniquidades” en vez del incorrecto “inequidades” o "inequitativas".
                Lo más asombroso es su prosa: llena de cacofonías, ripiosa, con tropiezos, a la carrera. No es la del Vargas Llosa que nos deslumbró hace cerca de 50 años.


Publicado en El Universal Querétaro el 19 de abril de 2018.

lunes, 19 de marzo de 2018

Condenar el pasado


En días pasados programaron en televisión de paga una de las primeras cintas con Jorge Negrete, aún con aspiraciones a cantante de ópera (véase mi artículo en Contenido, hace casi tres décadas, de cómo Negrete fue todo lo que no quería ser); de hecho, tres cintas antes de ¡Ay, Jalisco, no te rajes!, que lo consagró como charro; en Juntos pero no revueltos conoció a Elisa Christy, madre de su única hija, y que aparece en camisón transparente junto a la después enigmática y provocativa Virginia Serret aunque sus dos apariciones eróticas fueron reducidas a una; fue galán de la muy bella pero inexpresiva Susana Guízar y amigo de Rafael Falcón, quien tenía todo para ser galán, menos el atractivo animal del propio Negrete y después de Pedro Infante.
                En la cinta aparecen el extraordinario Agustín Isunza, el estrella de radio Arturo Manrique Panzón Panseco, El Chicote aunque no como escudero de Negrete como lo fue después; Manuel Esperón haciendo dos o tres chistes; el pianista Juan García Esquivel, después célebre en Estados Unidos y de mala memoria en México; Hernán Vera, en una de sus 306 apariciones en el cine mexicano, de las que sólo he visto 243; Miguel Inclán de revolucionario no villano; una inquietante Emilie Egert en su única aparición cinematográfica, haciendo de gringa coscolina que le pone los cuernos al marido Clifford Carr, y quien mucho después sería el padre de Marga López en Los tres García; y varios más; es una de las pocas cintas auténticamente cómicas con Negrete (es decir, no involuntarias como Historia de un gran amor), como No basta ser charro y Un gallo en corral ajeno; curiosamente se pinta de negro para cantar ante un público que aplaude y se va; Falcón canta “gringuita, yo no sé lo que daría por saber hablar inglés” antes de besar a Egert (Luis Aguilar la canta en ATM, pero no tan bien) y con un verso inolvidable: “con tu histérico goodbye”; antes de NCIS, Chicote arma un automóvil en un cuarto pequeño del que después no podrá sacarlo; él mismo canta una divertida pieza, “si tú tienes curvas yo tengo un tobogán” mientras que Manrique, Jorge Treviño y otro cantan, acompañados por Esperón al piano, “Ah qué la coneja tan vieja tan vieja” en un supuesto alemán muy divertido (hasta donde recuerdo, sólo se vuelve a cantar en El charro y la dama, en voz de Pedro Armendáriz, que no sabía cantar, y quien pronuncia allí la célebre frase “nunca fuera caballero de damas tan bien servido”, enunciada antes por sir Lanzarote; Armendáriz concluye: ”yo también tengo mi cultura, no se crea”).
                Pero la cinta tiene algunos ángulos que ahora podrían prohibir: Guízar es deshonrada en su pueblo, aunque su tío lo dice de otra manera: “burlada”, lo que no le importa a Negrete, quien la toma por esposa y se vuelve padre adoptivo de su hijo (inevitable: si es deshonrada queda embarazada); Falcón se consuela con Lucha María Ávila, hermana de Guízar, niña curiosa e impertinente y que no pasa de los 12 años, con lo cual se supondría que Falcón es pederasta o cuando menos pedófilo, lo que no es lo mismo; hay un par de escenas que supondrían una homosexualidad no muy disimulada entre Negrete y Falcón; Manrique comanda una banda de niños a los que explota y los pone a cantar en la calle y a vender billetes de lotería, en complicidad con un supuesto ciego; hay apología del delito porque argumentista y director (Ernesto Cortázar y Fernando Rivero) simpatizan más con el hábil ladrón Chicote que con el torpe policía José Arias (quien se despidió del cine en Al este del paraíso, con James Dean); hay promiscuidad y varias mujeres comparten cama, lo mismo que algunos hombres, aunque Negrete y Falcón  sólo comparten cuarto; se burlan de la autoridad encarnada en Arturo Soto Rangel (en su séptima cinta de las 261 en que intervino, de las que he visto sólo 169) mientras proponen el nombre del niño a registrar (en honor de la portera Paz, alguien sugiere “Pazo” o “Pazillo”).
                Una cinta muy divertida de la que dice Emilio García Riera que se adivinan las carcajadas de los miembro del staff. Cierto, pero es provocativo que la exhiban en estos tiempos porque no se castiga al burlador de la heroína, que se insinúen amores ilícitos, que le pongan los cuernos a un gringo baboso, que no se castigue a un galán que sienta en sus piernas a una inquietante preadolescente, que quien sale ganador es un licenciado en leyes que transa a todos; cinta políticamente incorrecta.

No la linchan como lincharon a Mario Vargas Llosa en redes sociales por afirmar que en estos tiempos de nueva inquisición estaría prohibido hasta Lolita de Nabokov, una de las obras maestras del siglo XX porque la leen con otros ojos; Vargas Llosa ha mostrado en sus novelas amores lésbicos (mal narrados, pero en fin), no persigue a las prostitutas (las que cobran y las que no), ve a los dictadores desde su propia perspectiva (Odría, Trujillo), e incluso la pederastia (en sus menos buenas novelas); su afán de experimentar con tiempos, lenguaje, perspectiva; su intromisión en las almas de hasta sus más insignificantes personajes, su excelente prosa (la mayoría de las veces), han sido impugnados, sólo por advertir la persecución de las nuevas savonarolas. Dice Lourdes que a este paso las únicas novelas permitidas serán en las que los hombres sean desterrados, en que haya una sociedad de puras mujeres que se embarazan sin la intervención de los hombres, y que cuando paren hombres los abandonan porque no los consideran necesario. (Por cierto, eso sucede en una novela escrita por una mujer.)
                Lo lamentable es que no había argumentos, sólo descalificaciones contra Vargas Llosa; lo más cínico es que la mayoría de las que lo impugnaron confesaron no haber leído sus libros, sólo algunos de sus artículos en El País. No hay críticas a las artistas (de alguna manera se les califica) cuyas cualidades las muestran cuando menos una vez por semana, con o sin calzones.
                Pese a sus esfuerzos, no pueden borrar el pasado, ni condenarlo; lo único, que deje de haber supremacía de un sexo contra otro, de un país sobre otro, de un partido político sobre otros; pero al condenar la literatura, el arte subversivos, lograrán lo que los alimentos light: hacer aburrido todo sin que mejore la salud. Rosario Castellanos estaría muerta de la risa (o de la vergüenza).

miércoles, 21 de febrero de 2018

Las nalgas son importantísimas


Durante mucho tiempo hubo palabras impronunciables en las conversaciones cotidianas; sobre todo, las partes del cuerpo ocultas por la ropa, aunque no necesariamente las partes pudendas. Podían consultarse en los diccionarios, que no eran muy explícitos, y que apenas describían, de la manera más fría, esas partes que las faldas y vestidos ocultaban, pero resaltaban.
                A falta de la presencia de la palabra “nalgas” en revistas y periódicos, e incluso en la literatura, se usaba el gélido “glúteos”, o el más pícaro “asentaderas”, pero en la literatura popular, Gabriel Vargas popularizó “tambochas”, que no se encuentra en los diccionarios de mexicanismos ni de expresiones populares, pero que los lectores de La Familia Burrón leíamos sin necesidad de explicación. Usaban también “tepacuanas”, que sí se encuentra en el Diccionario de Mexicanismos de la Academia Mexicana de la Lengua, pero no en el más real y sabroso Útil y muy ameno vocabulario para entender a los mexicanos, de Héctor Manjarrez.
                Curiosamente llega a la literatura con más contundencia en los libros de Jorge Ibargüengoitia que en los de Gustavo Sainz o de José Agustín, quienes usan metáforas para evadir la palabra.
                En La ley de Herodes, el personaje de todos los relatos cubre las nalgas de Pampa Hash varias veces con “pantaletas”, que es lo primero y lo último que ve a esta extranjera a la que pierde porque la posee el ritmo, pero en “La vela perpetua”, dice que a Julia, que lo atormenta por años, “le faltaban pechos, le faltaban piernas, le faltaban nalgas y le sobraban dos o tres idiomas que ella creía que hablaba a las mil maravillas”; sufre menos con la protagonista de “¿Quién se lleva a Blanca”; Blanca, que tiene amoríos con varios personajes apenas mencionados, permite al protagonista que la lleve a su casa, pero al entrar a ésta, “le toqué las nalgas”, lo que causa hilaridad a unos niños testigos del acto; el reproche de ella es “¿Por qué eres así?”, pero nada más, lo que revela que estaría dispuesta a más.
           En Estas ruinas que ves, luego de una parranda, Malagón (Guillermo Orea en la excelente versión cinematográfica) se queja: "¿Por qué no me dijeron que le estaban viendo las nalgas a Sarita?" (Grace Renat en la cinta; también la muy bella Blanca Guerra las muestra dos veces, pero la descripción en la novela es menos erótica; lo de Sarita es una escena gratuita e innecesaria, en ambas obras).    
            En su mejor novela, Dos crímenes, Ramón Tarragona le dice a su sobrino Marcos que su sobrina Lucero le está poniendo las nalgas en las narices, escasamente disfrazada metáfora para referirse al coqueteo, o mejor dicho, nada disimulada insinuación. Marcos, sin embargo, copula con la madre de Lucero, en escenas en que lo cómico desplaza a lo erótico. En la cinta basada en esta novela, Dolores Heredia encarna con picardía a Lucero, y en la escena referida muestra el trasero, pero vestida; Margarita Isabel es Amalia, cómica y erótica al mismo tiempo; es también de las pocas veces en que la palabra se escucha con nitidez en el cine mexicano.
                El músico y poeta Vinicius de Moraes fue muy claro en su “Receta de mujer”; en la mucho más conocida “La chica de Ipanema” menciona dos veces el balanceo de la protagonista, balanceo de los glúteos, desde luego, pero no los menciona, como si se mencionan en “La Bossa Nostra”, de Les Luthiers, que combina ambos textos, y culmina con “nalgas marinas, y un pubis…”, que detiene un sacerdote con un “detente pecador”, aunque un coro celebra “pubis pro nobis”.
                En la “Receta…”, Moraes describe la perfección del cuerpo femenino, con adjetivos supremos para brazos, ojos, labios, talle, cuello; la mujer debe ser “ligera como un resto de nube: pero que sea una nube con ojos y nalgas. Las nalgas son importantísimas”, acota, sin necesidad de ningún otro adjetivo.
                Es curioso, sin embargo, que hayan llegado a la música más erótica entre las expresiones contemporáneas, como la menos sutil de las metáforas: Beny Moré en “La engañadora” describe a una mujer a la que todos los hombres la tenían que mirar porque estaba gordita, muy bien formadita, “en resumen, colosal”; gordita y bien formadita es sólo una manera, poco elegante pero nada obscena, de referirse a los glúteos, aunque al final de la canción se sabe que no son tales, sino rellenos, como en un cuento de Cristina Pacheco.
                Los antiguos no se complicaban: ni glúteos ni nalgas: “con las que me siento”, definían las señoritas decentes. Y las señoritas decentes lasa definían como "pompas", lo que se prestaba a juegos de palabras, y hasta una mención musical harto pícara: "Pompas" ("ricas"), de Eduardo Vigil y Robles, que popularizó en 1919 la muy pícara María Conesa. Un dicho mexicano describe a la perfección que las mujeres valen por sus cualidades intelectuales y que sean hacendosas, más que por lo sinuoso de su cuerpo: “busca a la mujer por lo que valga, y no sólo por la nalga” (La que de amarillo se viste. La mujer en el refranero mexicano, compilación de Ángeles Sánchez Bringas y Pilar Vallés, UNAN-CNCA, 2008).

sábado, 10 de febrero de 2018

La otra obra maestra


Sucedió durante varios meses, todos los lunes, en un restaurante especializado en paellas, en pleno centro de la ciudad de México; aunque hubo varios protagonistas, dos son los actores principales; los demás, curiosos testigos.
Los actores eran suramericanos; uno, publicista, periodista y a ratos escritor; tenía algunos libros publicados, pero ninguno vendía más que unas cuantas decenas de ejemplares; el otro era un diletante que vivía de aplicar sus conocimientos, su amplísima cultura, su ortografía estricta aunque flexible, y su prodigiosa memoria, en la corrección de libros; ambos, con mucho sentido del humor; ambos, mitómanos; el primero era prestidigitador; el otro, sólo mago; la diferencia radicaba en la audacia del primero y en el rigor del segundo.
                Ambos se reunían en alguna de las tres (en realidad seis) librerías cercanas; las tres, propiedades de españoles cultos, amables, atentos a los gustos de la clientela; dos de ellos, estrictos (a uno lo vi que corrió a un posible cliente porque copiaba datos de un libro, supuestamente hojeándolo para ver si lo compraba); el otro, contagiado del humor de sus clientes, armaba tertulias a diario, fuera con cineastas, con críticos de cine (que no es lo mismo), pintores, poetas, jóvenes novelistas que lo convirtieron en personaje de sus novelas o de sus autobiografías.
                El prestidigitador y el mago se juntaban los lunes en alguna de las librerías; jugaban a las adivinanzas, porque no se ponían de acuerdo en donde sería la reunión, pero muy pocas veces fallaron; después de revisar las novedades, las novedades viejas, de escuchar los corrillos de la última semana, esperaban a que cerraran la librería y caminaban unos pasos hacia el restaurante especializado en paellas, y allí proseguían la plática en lo que bebían dos o tres cervezas, cuando mucho, y luego se despedían, en la terminal de los camiones que iban, unos hacia el norte de la ciudad (salían de Avenida Hidalgo), otros hacia el sur (salían de Avenida Juárez); el prestidigitador iba a San Ángel, y lo acompañaba un joven editor y escritor aún sin la fama que se merecía; el mago iba hacia el norte, y lo acompañaba un empresario simpático y divertido; en el camino comentaban la tertulia.
                Un día el prestidigitador faltó a la cita durante cinco semanas; ni su compañero de viaje sabía el motivo de la ausencia. A la sexta se presentó radiante, más alegre, menos chismoso, con un aura adornándole la melena negra y alborotada; el mago adivinó: “¡estás escribiendo una novela!”.
                El prestidigitador asentó, y comenzó a platicar la trama: “se me ocurrió durante un viaje”; los contertulios (puros escritores ese día) se fascinaron con la anécdota, fantasiosa e increíble, pero que el prestidigitador hizo verosímil.
                Al abordar el camión, cerca de la medianoche, su compañero de trayecto le dijo, casi en tono de reproche: “cómo te envidio, yo no podría contar la trama de una novela porque se me ceba”, y le aclaró el significado del mexicanismo.
                El prestidigitador se alarmó, porque era, como todos los de su provincia, supersticioso (por ejemplo, nunca copulaba con los calcetines puestos); llegó a su casa y rompió las cuartillas que había pergueñado en esas semanas, y volvió a escribirlas, con redacción diferente y cambió algunas de las anécdotas, aunque la trama principal la conservó, con modificaciones, lo que lo llevó a ensayar una nueva estructura.
                A la semana siguiente, apurado por los contertulios, no sólo contó las nuevas peripecias (aunque no era el adjetivo adecuado, dictaminaron el editor y el mago) de la novela, y no sólo eso, sino que leyó las nuevas cuartillas. Sólo que para que no se le cebaran, eran diferentes a las que escribía en su casa; sus contertulios, cada vez más numerosos, impulsados al ser testigos de la nueva obra maestra, disfrutaban las aventuras de aquella familia singular.
                Se cumplió el plazo, terminó la novela, y luego de unos meses llegó con un tambache de ejemplares para los contertulios más asiduos; alguien empezó a leerla, y reclamó: “esto no es lo que nos leíste”; “no, claro, porque se me cebaba”. Todos festejaron la ocurrencia, menos el mago, que a la semana siguiente llegó con unas cuartillas encuadernadas: “aquí está lo que nos leíste”, dijo: todos los lunes llegaba a su casa, y gracias a su memoria prodigiosa, reproducía lo que el prestidigitador había leído, comas más, comas menos.
                Así que existen dos versiones: la que conoce todo el mundo de habla hispana, y otra, la que oímos los que íbamos a las tertulias, aunque ya sólo la recordamos el mago y yo, con todo y puntos y comas e interjecciones.

martes, 2 de enero de 2018

Pacheco, traductor de Eliot

En 1989 se publicó en la más o menos efímera colección Cuadernos de la Gaceta, del Fondo de Cultura Económica, la primera versión de José Emilio Pacheco de los Cuatro cuartetos, de T. S. Eliot. Desde entonces le quedó el deseo de hacer una nueva versión (“aproximación”, decía) más cercana al original, y eso que ya era mucho mejor que las realizadas por Vicente Gaos (Realp, 1951, Barral Editores, 1971 y Premià, 1977) y José María Valverde (Alianza Editorial, 1977).
                Esta nueva aproximación, por la benemérita Era y El Colegio Nacional (y con presentación de Luis García Montero, una edición simultánea en Alianza Editorial que poco llegará a México) hace más que correcciones, precisiones; el lector encontrará pequeñas diferencias con respecto a la edición anterior, ya legendaria y agotados muy pronto sus dos mil ejemplares (y a la que se llamó “traducción”); cambios apenas perceptibles, pero importantes.
                En realidad, lo que llama la atención son las abundantes notas y sobre todo la biografía, concisa pero llena de datos que acentúan la importancia de uno de los más grandes poemas del siglo XX.
                En las notas el lector encuentra la causa por la que Pacheco trabajó tanto en la “aproximación” de este poema, o conjunto de poemas: como con Antonio Machado, César Vallejo y Luis Cernuda, en Eliot hay una intención muy precisa de definir el tiempo, en que el presente se eterniza ante la desaparición del pasado y la imposibilidad del futuro, tema que abunda no sólo en la poesía de Pacheco, sino en sus obras en otros géneros; también, la Segunda Guerra Mundial, sus antecedentes y sus consecuencias a plazos mediatos e inmediatos (varios cuentos de El principio del placer, “Tarde de agosto” en El viento distante, Las batallas en el desierto y sobre todo Morirás lejos); la no tan inesperada e inadvertida presencia de varios capítulos mitológicos, también presentes en la obra de Pacheco, y en especial la erudición, que ilustra pasajes que pudieran parecer oscuros en el poema; erudición borgeana, y con la misma intención: mostrar que la cultura, antes que entorpecer la lectura, la hace menos densa, más clara.
                Si se compara con las “versiones” y “traducciones” de Gaos y de Valverde, es clara la superioridad de la “aproximación” de Pacheco: un solo ejemplo: los versos iniciales “El tiempo presente y el tiempo pasado / Están tal vez ambos presentes en el tiempo futuro / Y el tiempo futuro contenido en el tiempo pasado” (Gaos); “El tiempo presente y el tiempo pasado /están quizá presentes los dos en el tiempo futuro / y el tiempo futuro contenido en el tiempo pasado” (Valverde), en Pacheco quedan “El tiempo presente y el tiempo pasado / Acaso estén presentes en el tiempo futuro. Tal vez a ese futuro lo contenga el pasado.” Dice lo mismo pero mejor, sin calcar el “both” de Eliot, que en español queda implícito y obvio. En alguno de sus célebres “Calendarios” Pacheco recordaba que para ser buen traductor no es indispensable el manejo del idioma del que se traduce, sino el dominio del idioma al que se traduce.
                Sin mencionarlos, Pacheco hace evidente que sigue la ruta de “el mejor artesano”, según calificación de Eliot al fuego purificador de Ezra Pound, quien aconseja que la poesía debe estar tan bien escrita como la prosa, sin redundancias, sinalefas innecesarias, sin rimas involuntarias, que pueda leerse con claridad aunque el poema sea difícil, hermético, lleno de citas eruditas. Pound en El arte de la poesía (Joaquín Mortiz, 1970) y en Introducción a Ezra Pound (Barral Editores, 1973), traducciones de una parte de Ensayos literarios, seleccionados por Eliot, da lecciones claras sobre cómo leer y escribir poesía, consejos seguidos fielmente por Eliot y por Pacheco.

                Eliot o una de sus esposas dio preferencia a Vicente Gaos para que vertiera los Cuatro cuartetos al español; él y Valverde tradujeron palabra por palabra a Eliot; Pacheco reescribió el poema, como lo hubiera hecho Eliot (lector, por cierto, de los Modernistas, aunque no apreció a su coetáneo López Velarde, tan parecidos en ciertos aspectos). Excelente libro, excepto por la abundancia de erratas, sobre todo en la Cronología.