viernes, 5 de agosto de 2016

Contemporáneos y otros accidentes

A partir de la República Restaurada los escritores comenzaron a agruparse por tendencias estéticas, políticas, éticas, aunque entre ellos hubiera rivalidades y hasta enfrentamientos, y a veces hasta rencores.
                Podría pensarse que, ya fuera de las similitudes políticas (progresistas, conservadores), la generación que se juntó en la Escuela Nacional Preparatoria en las fechas cercanas a la conmemoración del Centenario de la Independencia es el primer grupo formal, con paralelismo y tendencias similares; se le conoce como la generación del Ateneo, y es bastante más numerosa que la que por lo regular nombran estudiosos y catedráticos; cierto, tal vez los principales son los discípulos de Pedro Henríquez Ureña, escritor dominicano homónimo del que dio su nombre a una calle en la delegación Coyoacán (Pedro Enríquez Ureña), pero tiene miembros poco renombrados o reconocidos como de ese grupo: Alfonso Reyes, José Vasconcelos, Julio Torri, Martín Luis Guzmán, Enrique González Martínez, Rafael López, Roberto Argüelles Bringas, Eduardo Colín, Joaquín Méndez Rivas, Antonio Médiz Bolio, Alfonso Cravioto, Jesús Acevedo (¿el modelo de Don Chucho, el de México de mi recuerdos?), Diego Rivera, Roberto Montenegro, Manuel Ponce, Julián Carrillo, Carlos González Peña, Isidro Fabela, Manuel de la Parra, Mariano Silva y Aceves, Federico Mariscal, según el  recuento que hace Julián Hernández Luna en Conferencias del Ateneo de la Juventud. Hay que agregar la cercanía de los Caso, Antonio y Alfonso, aunque ellos son un poco posteriores.
                Claro que hay nombres que se repiten en otros grupos, porque tanto los Agoristas como los Estridentistas presumían de tener en sus filas a Diego Rivera y a Rafael López (éste no debe de haber estado contento: renegaba de ser recluido por cualquier grupo, y hasta se dio el lujo de rechazar el honor, entonces era un honor, de pertenecer a la Academia Mexicana de la Lengua).
                Un grupo apenas posterior, menos numeroso, el de los Siete Sabios, recluyó a políticos y funcionarios sobresalientes, y a un escritor que se dedicó a hacer encabronar a sus contemporáneos y a sus seguidores, y muchos investigadores actuales aún se indignan por sus comentarios, sus descalificaciones y aun por sus antologías (Antonio Castro Leal, a quien se deben, sin embargo, estimables ediciones de grandes poetas Modernistas); entre esos sabios estaban los hermanos Caso; contemporáneos de estos sabios brillaron en las letras y como funcionarios. Con una diferencia de edades mínima, la generación de 1915 completa las labores e intenciones de los Sabios.
                Pero la generación más renombrada es la de Contemporáneos, aunque no está bien definida, porque insisten en incluir en ella a Carlos Pellicer, poeta mayor, y que pertenece por edad al grupo, y tuvo afinidades y amistades con ellos, o con la mayoría, pero al que también le disgustaba ser catalogado; el grupo presumía de ser un “grupo sin grupo”, de soledades aisladas pero con muchas afinidades. El nombre lo recibieron, un poco a contracorriente de ellos, por la revista que fundaron, Contemporáneos, que era editada por un mecenas que no pertenecía ni al grupo ni a la generación, pero al que mucho le debe la cultura mexicana, Bernardo Gastélum, escritor apreciable aunque no a la altura de sus protegidos, y funcionario de varios gobiernos revolucionarios.
                El nombre de la revista se  debió a Jaime Torres Bodet, quien en publicaciones anteriores (Gladios, San-Ev-Ank) dio muestras de humor y gracia que poco se le reconocen; estuvo entre los editores, junto a Bernardo Ortiz de Montellano y Enrique González Rojo. Entre otros, además de ellos, incluyen en el grupo a Jorge Cuesta, Gilberto Owen, Salvador Novo, Xavier Villaurrutia, José Gorostiza; miembros menores, como Elías Nandino, Celestino Gorostiza, Samuel Ramos, Manuel Rodríguez Lozano, Antonieta Rivas Mercado (otra mecenas), Agustín Lazo, y algunos más insisten en nombrar junto a ellos a Rubén Salazar Mallén, a Carlos Chávez y a Rufino Tamayo, en sus etapas iniciales (alguna mujer preguntó, indignada, que cuándo un homenaje a  las contemporáneas). La ausencia más notable: Rodolfo Usigli.
                La revista, que aún puede conseguirse en su edición facsimilar editada por el Fondo de Cultura Económica cuando era dirigido por José Luis Martínez, fue excelente, pero no única; la generación, hecha en revistas, participó en las mencionadas Gladios y San-Ev-Ank, El Maestro, El Hijo Pródigo, Ulises; no todos colaboraban de manera consuetudinaria en Contemporáneos; Salvador Novo, por ejemplo, participó apenas en sus páginas. Una obra cumbre fue la Antología de la poesía mexicana moderna, en la que están incluidos todos ellos, aunque comenzaban a publicar; en ella hicieron juicios sumarios contra escritores respetados como Salvador Díaz Mirón, Amado Nervo (alguno otro, como Manuel Gutiérrez Nájera, fue juzgado al no ser incluido), y excluyeron a otros que ya eran populares en esos días; incluyeron a  Manuel  Maples Arce, el más respetado de un grupo antagónico, los Estridentistas (éste se vengó pocos años después en una antología donde los minimizó, aunque hubieron de reconocer, lugar común, que Pellicer y Novo hacían mejores poemas estridentistas que ellos; tuvieron reconocimiento en el extranjero, donde Borges los mencionó con respeto, y fueron ídolos de las generaciones iconoclastas de los años setenta y ochenta en México).
                Una generación posterior, la de Taller, se hizo eco de sus propuestas y tendencias, y se consideró su heredera; Paz hizo trabajos resaltando la poesía de Villaurrutia, el pensamiento de Cuesta, y en general de la revista. Igual respeto guardaron la Generación de Medio Siglo, y tuvieron estudios más lúcidos que generosos en Carlos Monsiváis y José Emilio Pacheco. Contemporáneo de éstos, Miguel Capistrán trabajó rescatando obras de Novo, y participó en el rescate de las obras de Cuesta, de Villaurrutia y de Celestino Gorostiza; los sobrevivientes le tuvieron afecto y le concedieron entrevistas reveladoras, simpáticas.

En estos momentos el Instituto Nacional de Bellas Artes (que dirigió Carlos Chávez, afín a los Contemporáneos, cuyos cimientos los estableció Gorostiza, los solidificó Novo –el verdadero director, decían—, dirigió sus obras allí Villaurrutia, y expusieron los pintores afines) monta una exposición con el nombre de ellos. Consta de fotografías, ninguna muy desconocida, exhiben algunas ediciones que presumen que son primeras, números sueltos de algunas revistas, cuadros de sus amigos pintores o retratos de ellos, fragmentos de algunas pocas películas con argumentos de alguno de ellos, y se dijo, pero no las vi ni las oí, canciones en las que participaron, como “Usted”, y “La cuenta perdida”.
                Desde que leí la nota en la sección que dirige Víctor Manuel Torres con humor y puntería, me asombré: “Usted” es de Gabriel Ruiz, compositor fino de música popular que en efecto musicalizó algún poema, o  mejor, le pidió a sus amigos poetas que compusieran canciones para que él le pusiera música, pero ninguna es muy estimable (tanto, que no las rescataron); “Usted”, que le atribuyen a Elías Nandino, en realidad es de José Antonio Rodríguez, Monís, y “La cuenta perdida”, que se llama “Cuenta perdida”, no utiliza un verso de Novo, es una canción que escribió Novo, no es un poema musicalizado, con música de Ramón de Flórez, el de los Violines Mágicos de Villafontana.
                Ya Pável Granados echó a perder la oportunidad de una buena antología de fin de siglo (XIX) confundiendo fechas, autores, mezclando géneros; pensé que la cercanía que tuvo después con Miguel Capistrán, quien no tenía buena opinión de él, enmendaría errores, pero no fue así.
                La exposición parece, más que de Contemporáneos, de la estimable biblioteca de Arturo Saucedo… Prestó Reflejos, de Villaurrutia, que me consta que no la tenía ni Capistrán, pero ponen algunos títulos de Alfonso Reyes, al que ellos no consideraban su maestro (preferían a Ramón López Velarde y a González Martínez, al que rindieron homenaje con “calcas” de algunos de sus poemas más conocidos), y exhiben un capítulo de Los de abajo, que ni siquiera es contemporáneo de ellos, más bien es de cuando eran infantes; lo que exhiben es un capítulo de la sexta edición; tienen cuadros de Diego Rivera, quien fue enemigo de algunos de ellos, al menos en privado, y los ridiculizó en algunos murales renombrados, y en uno de ellos los bautizó como “los anales”.
                Algunas de las ediciones más preciadas son de Carlos Pellicer, que se autoexcluyó del grupo, que por otra parte se dispersó cuando fueron enjuiciados por la publicación de un fragmento de novela de Salazar Mallén en una revista dirigida por Jorge Cuesta, Examen, que aunque fueron exonerados le costó el puesto a varios de ellos en la Secretaría de Educación Pública.
                Novo explicó muy bien la diferencia entre algunos de los miembros del grupo que ellos no reconocieron como grupo: algunos fueron protegidos por José Vasconcelos, otros por Genaro Estrada, y otros por Manuel Puig Casauranc.
                Obviamente, Contemporáneos es importante porque hay coincidencias en la estética, en la tendencia a desnacionalizar la cultura, en buscar horizontes en otros idiomas (incluso intentaron traducir Ulysses de Joyce y hasta nombraron con ese título una de sus revistas y un grupo de teatro que montaba obras contemporáneas); fueron acusados de extranjerizantes (gracias a eso fue el resurgimiento de la popularidad de Azuela, puesto como ejemplo de virilidad y hasta de machismo —pecados actuales—frente a la literatura de Contemporáneos; la rivalidad persistió hasta 1964, cuando en una obra de teatro, Diálogo de ilustres en la Rotonda, Novo hace decir a Mariano Azuela que no sabe hablar, y lo increpa José Juan Tablada: “¿tampoco leer? ¿Qué no te enseñaron en… el Colegio?” —mención irónica hacia El Colegio Nacional); su propuesta renovó la literatura mexicana, y entre ellos se defendieron aunque también se atacaron: las opiniones de Novo acerca de sus compañeros son poco amables, y hasta célebres algunos comentarios sobre Jaime Torres Bodet, alguno de los cuales debe haberle provocado carcajadas, pero otro le dolió hasta el alma, al grado de que en uno de sus últimos poemas se pregunta si, en efecto, tuvo biografía en vez de vida.

No intento negar la importancia del grupo; creo que ha habido otros que la minimizan y no reconocen el valor que tiene su obra; en defensa de Novo surgió la voz de Julio Torri, que sabía harto de poesía, y dijo que “frente a Novo poeta hasta Pellicer es de segunda”; demasiado fuerte, pero necesaria porque le restan calidad a Novo, en sus opiniones; devalúan la gigantesca obra de Pellicer y la dejan en unos cuantos momentos; creo, como decía Capistrán, que no todos son parejos aunque todos sean buenos. Lo que me asombra es la calidad de la exposición: si tienen a la mano, aunque sea en calidad de préstamo, varias bibliotecas bien nutridas, por qué hay tan pocas ediciones de Novo (falta Nuevo amor, Florido Laude, En defensa de lo usado, tienen la edición rústica de la Historia de la fiebre amarilla y la segunda de El sexo, el amor y los burdeles; tienen la segunda edición de Nostalgia de la muerte de Villaurrutia, y no tienen la original de Poesía y teatro de Xavier Villaurrutia; sólo tienen algo de Pellicer, raro, eso sí; hay poco de Owen y apenas un ejemplar de González Rojo. Hay mucho de Torres Bodet, pero muy al alcance de Donceles y de La Torre de Lulio). Además, muy mal expuesto: un libro y arribita, una fotografía, nada desconocida (salvo González Rojo, el más menospreciado de todos); los libros, alguno de ellos encuadernado, lo que podría hacer sospechar a los malpensados que puede ser encuadernación falsa; fotografías de grupo pero, insisto, nada que desconozcan los conocedores.
                No hay imaginación en la exposición, no hay humor, no hay comodidad, nada que refleje la cultura innegable de los responsables, nada que invite a leer a ese grupo, el más renombrado de la literatura mexicana.

Además de la inseguridad en las calles por el mal funcionamiento del reglamento de tránsito y su nula aplicación, hay otros síntomas más graves: los trenecitos han chocado con alarmante frecuencia: en el parque del Espejo en Polanco, en Pabellón Polanco, en el mismo bosque de Chapultepec (aunque no es el que tripuló Germán Valdés en El rey del barrio), en Aragón; ya ni en ese transporte puede haber confianza; sólo falta que en el trayecto asalten a los niños para quitarle los dulces.











lunes, 25 de julio de 2016

Una comedia de John Ford; AMLO recula; consejos para políticas; la mejor novela de Hornby

Para todo cinéfilo el nombre de John Ford es sagrado; autor de innúmeras obras maestras, hizo del western la épica moderna, según el dicho de Guillermo Cabrera Infante (de quien están publicando su obra completa y sus sobras, en ediciones carísimas). Poco puede agregarse a lo que han dicho el propio Cain –de pasada: nunca reseñó ningún filme de él—, Ayala Blanco, Peter Bogdanovich sobre todo, cuando mucho una lista de sus mejores cintas: La diligencia, El joven Lincoln, El último hurra, Los tres padrinos, Los buscadores, su trilogía sobre el ejército con las maravillosas actuaciones de John Wayne, Victor McLaglen, Pedro Armendáriz, Henry Fonda, Maureen O’Hara, Miguel Inclán; y luego la extraordinaria El hombre que mató a Liberty Valance, y la formidable El hombre quieto;  hay otras cintas que salen de su ámbito peculiar, que no suceden en el oeste sin perder su tono épico, y que muestran sentido del humor más del acostumbrado.
                Ford, como Shakespeare, sabía que nadie puede aguantar dos horas de pura tragedia, y en sus mayores dramas destensan la acción, y meten algunas escenas cómicas; en El ocaso de los cheyenes, en medio de la diáspora, de la caravana que llevará a los cheyenes a un refugio, y en el que una mártir deja su clase socioeconómica para unirse a los desposeídos, pasan por Tucson, donde Wyatt Earp debe atender un estallido de violencia, y para ello interrumpe una partida de poker; para evitar que le hagan trampa, pone su puro encima de las cartas; si se cae la ceniza, advierte, es que tocaron el mazo y entonces los ajusticiará; el nerviosismo de los otros jugadores es comiquísimo. Esa misma distensión es la que aparece en varias escenas de Romeo y Julieta, por ejemplo. En Escritos bajo el sol (Las alas de las águilas) la mayor parte del tiempo, un increíblemente ágil John Wayne, que al principio de la cinta baila de manera aceptable, se la pasa en cama, paralítico, sin síntomas de tragedia; en Bill, qué grande eres, la acción que pudiera parecer inverosímil presenta a un personaje que anhela ir a la guerra, pero su increíble puntería se lo impide; es compensado con una acción inesperada, tan fulminante que nadie la cree.
                Pero he visto ya tres veces una cinta de la que habla poco en sus largas entrevistas con Bogdanovich, quien tampoco insiste en su singularidad: La taberna del irlandés (o El paraíso de Donovan); filmada poco después de El hombre que mató a Liberty Valance, aprovecha la vitalidad de Lee Marvin para ponerlo a madrearse otra vez con John Wayne con un pretexto muy divertido; sólo lo hacen una vez al año, cuando celebran, el mismo día, su cumpleaños; la trama carece de trama; un mínimo pretexto lleva a una isla pacífica a una mujer de negocios a mostrar que su padre es un desbalagado e inmoral, para reclamar la totalidad de las acciones de una empresa naviera, y se encuentra con que tres niños pueden disputársela; la mujer, una actriz poco renombrada, Elizabeth Allen (más protagonista de series televisivas como Dr. Kildare, Ruta 66, 77 Sunset Strip, El fugitivo, La ciudad desnuda, Barnaby Jones, El hombre de CIPOL, Texas, y que aparece también en El ocaso de los cheyenes, muestra las piernas, algo inusitado en alguna cinta de Ford (excepto cuando se insinúan las de Dorothy Lamour en Huracán), y no sólo una vez; tres niños cantan y tocan al piano “Martinillo” que repentinamente convierten en rock, que también bailan; Wayne, quien se sintió incómodo aunque no se nota en la cinta, enamora a la mujer aunque ambos se resisten a aceptarlo, y además debe aceptar que ella lo vence en una carrera de natación y en otras cuestiones; además, trata a Allen como a Marvin, o como en cintas de otro director pero discípulo de Ford (Howard Hawks), a Robert Mitchum o a Dean Martin: con cariñosa rudeza; como en pocas cintas de Ford, se anticipa el final alegre, pero no complaciente: las competencias seguirán. Por si fuera poco, un par de niños, que debieran de ser disciplinados, son unos vándalos divertidísimos: de grandes serán como Mississippi o como Ricky Nelson.
Un dato extra: Ford, quien admiraba la presencia de John Wayne, responde a Hawks en una materia sorpresiva: en Río Bravo, Angie Dickinson, luego de besar a Wayne, sentencia: “es mejor cuando no lo hace una sola”; antes, en Tener y no tener, Lauren Bacall dice algo parecido cuando besa a un reacio Bogart (“es mejor cuando lo hacen dos”), y en El Dorado, Charlene Holt es también la que besa a Wayne y dice una frase similar; en Hatari  Elsa Martinelli le pregunta cómo le gusta que lo besen, y al principio la experiencia es decepcionante; en La taberna del irlandés Allen reta a Wayne a besarla, y como lo ve dudar, le avisa: me han besado antes; Wayne la toma sin mucha delicadeza, y aunque ella lo espera, al terminar, exclama: “yo pensaba que antes me habían besado”. Más mezcla, maistro, o le remojo los adobes, hubiera dicho Germán Valdés. Al final de la cinta la arrastra como arrastra a O´Hara en El hombre quieto, y la doma a nalgadas, como Jorge Negrete a Lilia Michel en No basta  ser charro o Pedro Armendáriz a Rosita Quintana en El charro y la dama.
                Ford, quien sin filmar una sola cinta con obras de Shakespeare es quien más se le acerca en intensidad y manejo del drama, hizo una cinta sonriente, divertida, y sin drama, por una vez en su carrera.

En alguna competencia olímpica los expertos estaban seguros de que un corredor mexicano, quien tenía las mejores marcas en su especialidad (los 800 metros libres) en esos momentos, obtendría una medalla cuando menos de plata, para orgullo de la nación (muchos países dependen de la habilidad de algunos deportistas para mostrar el avance de su cultura, de la eficacia de su gobierno, o cuando menos de la superioridad de su raza); pero terminó en un decepcionante sexto o séptimo lugar entre ocho competidores; la decepción fue tan inmediata como cuando Raúl Macías fue vencido por Alphonse Halimi o un equipo mexicano cayó 8-0 el 10 de mayo de 1960 ante un equipo inglés (si hubiera sido en esta época, con el periodismo sensacionalista actual, entonces sólo reservado a Tabloide hubieran cabeceado “Nos Dieron en la Madre” o “¡Qué Poca Madre!”). Cuando le preguntaron a ese corredor el por qué de su derrota sólo alcanzó a responder, tajante: “pos es que los otros corrieron más rápido”; de ese tono fue la respuesta del “jefe” de “gobierno” capitalino, cuando lo interrogaron sobre las inundaciones en una de las zonas privilegiadas de la ciudad (aunque construida sobre minas, lo que representa un riesgo ante seísmos de intensidad violenta, que están esperando los sismólogos alarmistas): pos es que llovió más fuerte de lo normal. Si es uno de los candidatos de la izquierda, ante los titubeos y temores del gobierno (sobre todo del qué dirán, pues pide perdón aunque no haya cometido delitos), podemos anticipar que la caballada está flaca (para seguir con las metáforas deportivas, un boxeador fino y elegante como Lalo Guerrero, titubeaba y hasta dicen que retrocedía cuando un rival de menor categoría pero mucha mayor valentía como José Toluco López hacía como que lo embestía, echando “el bulto” por delante; el público celebraba el triunfo del macho sobre el temeroso). El “jefe” de “gobierno” enmudeció cuando un engallado chamaco le dijo fascista porque no deja que las manifestaciones de los maistros lleguen al Zócalo. Cuando a Luis Echeverría lo apedrearon en CU (¿cuál es la bebida favorita de los estudiantes?: Presidente con sangrita), él los encaró y les gritó “jóvenes fascistas”. Los patos le tiran…

Un chiste conocido pero siempre vigente, por la moraleja: cuentan que una ranita desenfrenada quiso desafiar la velocidad de un tren, pero fue vencida, y el tren la arrolló y le arrancó las ancas; repuesta del aturdimiento, quiso regresar por ellas ancas, pero no calculó y otro tren la arrolló, aplastándole la cabeza; la moraleja es que no hay que perder la cabeza por unas nalgas. Deberían entenderlo algunas mujeres dedicadas a la política, que arriesgan el puesto, la integridad y su futuro por unas nalgas masculinas.

Las normas son para violarlas, decía un amigo enamorado de una vecina llamada Norma; pero corresponde al Reglamento de Tránsito del Estado del Valle de Anáhuac; la mayoría de los automovilistas conduce con el teléfono portátil encendido, y muchas veces enviando mensajes de texto; las rayas o cebras, si no están despintadas y pálidas, sirven de estacionamiento, no de cruce peatonal; las luces preventivas no sirven para prevenir sino para que los conductores aceleren, y cuando se pone el semáforo en rojo, dos tres o cuatro automóviles se lo brincan; los motociclistas y ciclistas andan por el carril de la derecha, y rebasan por la derecha, y todavía reclaman cuando se estrellan contra autos estacionados o con peatones que intentan cruzar las calles; los ciclistas andan por la banqueta y echan bronca cuando se les reclama, porque saben que si atropellan a alguien, los dejan libres, excepto si los asesinan; los agentes policiales sólo observan, si es que dejan el teléfono portátil sin usar, por unos segundos; ni siquiera Julio Hubard, el segundo mejor boxeador entre los escritores mexicanos de los  siglos XX y XXI, se atreve a reclamar porque muchos automovilistas traen armas que desenfundan aunque ellos sean los que cometen infracciones; cualquier rozón, cualquier reclamo, lo resuelven a golpes o balazos, de ellos o de sus guaruras. Y peor: ya los conductores del Metro (línea 7, viernes a mediodía) manejan con portátil en mano, aunque no se pudo verificar si también enviaban textos escritos.

Reculó AMLO; ya no exige que derroquemos a Peña Nieto ni que se deroguen las leyes, sólo que le suavicen la transición para cuando se haga elegir presidente, sino en 2018 o 2024, en 2030; pero las redes sociales, donde sus seguidores llaman a derrocar al gobierno tirano (y lo dicen quienes deberían de conocer la historia) lo han exhibido arrogante, derrochador, con lujos de lo que carecen los políticos a los que ataca; con sus mismos errores, es decir, sacando provecho de la amistad que tienen con potentados que lo invitan a palcos lujosos; no es delito, pero es inadecuado; y cuando quiere limar asperezas le hacen ver sus incongruencias, sus llamados a la violencia. Sobre todo, su insistencia en que cuando sea presidente revertirá leyes, tratados, reformas, obviando que el presidente no manda, obedece; ése es también el dilema de Donald Trump, quien asegura que tomará medidas a las que no tendrá derecho, si es que gana las elecciones, sino que debe obedecer a las Cámaras, y que, en su país, los estados son libres, y no podrá ordenarles nada; fracasará, como ha fracasado como empresario; debería ver lo que pasó en otros países que le dieron la presidencia a empresarios, y los llevaron a la quiebra (moral, cuando menos).

Ya he hablado en este blog de Nick Hornby, cuando encontré y me maravillé con Fiebre en las gradas, que habla de la pasión por el futbol en Inglaterra; pero más que eso es un retrato de la generación que va de mediados de los cuarenta a finales de los cincuenta, de José Agustín a Juan  Villoro; más que Murakami, del que difícilmente volveré a leer ningún libro más que para desmentir algún elogio que le hice, deslumbrado, Hornby llena sus libros de música, de la música con la que crecimos y nos desarrollamos; no por nada una de sus mejores novelas, Alta fidelidad, está hecha a base de las listas que hacemos los forofos del rock y sus aledaños, y con la integración y desintegración de parejas sentimentales; no por nada la cinta basada en la novela, dirigida por Stephens Frears y con John Cusack en su mejor papel, es un fiel retrato de las tiendas de discos (Ameba, por ejemplo), que ya no existen porque MixUp ya no trae ni siquiera los discos de Paul Simon, por ejemplo, y espera que lo descarguemos de Internet, porque a los nuevos compradores no les importa la fidelidad ni el sonido de las piezas.
                Juliete desnuda, Todo por una chica, 31 canciones, aunque no tan deslumbrantes, son igualmente buenas; pero acaba de llegar, en edición mexicana pero con lamentable traducción madrileña de Jesús Zulaika, Funny Girl, una novela tramposísima que nos hace creer que la historia que cuenta es real, porque aparecen personajes como Harold Wilson (con un trato burlón aunque no tan brutal como el que le dedica George Harrison en Taxman), Lucille Ball, en quien se inspira para el personaje principal, y hasta retrata portadas de libros inexistentes y fotografías de personas ficticias.
                La trama es lo de menos, aunque le sirve para hacer un retrato de varias generaciones, en especial la nacida dentro de ese lapso generacional, y que llega a la ancianidad sin haber sido ni adulta ni madura, y que le queda el consuelo de que ya nadie muere antes de los 80 años, y debe sobrellevar una vejez a la que no se resigna, todavía intenta ligar y no desecha la idea de completar una “asignatura pendiente”; sólo los calvos olvidan el cabello largo y las mujeres conservan la figura de cuando veinteañeras; uno de los protagonistas, cuando son reconvenidos por los jóvenes, le recuerda que son de la misma edad de Bob Dylan y Dustin Hofman que, por otra parte, se conservan más jóvenes que Bono y que Brad Pitt(y).
                La anécdota comienza cuando Barbara Parker gana un concurso de belleza, título al que renuncia porque sabe que su porvenir será el que le soben las nalgas todo el tiempo, y se va a buscar otros caminos; de vendedora de cosméticos pasa a ser actriz, con un brevísimo intermedio como posible edecán padroteada por un agente de actores; su inteligencia, audacia, atrevimiento la convierten en una estrella inmediata que imita a su idolatrada Lucille Ball, que sobrevivió a la decadencia gracias a su programa I Love Lucy, que en México se siguió trasmitiendo hasta los años sesenta patrocinado por General Electric, creo recordar, y antes de que fuera desplazado por Domingos Herdez.
                Cómo hacen para que el programa, convertida en serie, dure varias temporadas, se narra con agilidad, intensidad, y un profundo sentido de la visión social; cómo ven el programa viejos, maduros, jóvenes y niños; cómo se deterioran las relaciones entre los personajes, cómo se describe el despertar sexual y una revolución que en muchos medios se limitó a un mayor tránsito a muchas camas sin que las mujeres, quienes mejor lo vivieron, fueran calificadas de lagartonas ni siquiera por sus ex parejas; los primeros atisbos del destape de los homosexuales; la infidelidad descarada, la pedantería de los intelectuales que sólo viven para desprestigiar el trabajo de los demás sin argumentos, sólo con diatribas y descalificaciones.
                Varias generaciones son enjuiciadas por Hornby, abuelos, padres, protagonistas y los hijos de éstos; sin embargo, no se trata de juicios sumarios, sólo son expuestas sus vivencias, su imposibilidad de madurar, su tortura de no tener dónde morir con dignidad; las masas que responden con exactitud a lo que los productores, periodistas, políticos, esperan de ellos.
                Es un libro lleno de humor; y como todos los libros con humor, es amargo e infeliz, aunque el sabor que deja es maravilloso, deslumbrante por su ingenio y por su exactitud, excitante a ratos. Hornby es uno de los mejores autores de esa generación, y su descripción de Londres parece corresponder, con dos o tres décadas de retraso, a lo vivido en México en los años setenta y ochenta.

domingo, 3 de julio de 2016

Perico; Juan Domingo Argüelles; Villanos divertidos; el retiro de dos músicos

Lo conté en El juego de las sensaciones elementales, único libro firmado por Gustavo Sainz que no va a reeditarse: estábamos en Nazas cuando llegó un adolescente, casi niño, y de inmediato albureó a Sainz, se puso a echar relajo con Alfonso y con Cuauhtémoc; poco días después Alfonso me llamó, en plena madrugada, para avisarme que había chocado el VW rojo de Sainz, que había heridos, que le ayudara; fui con Mario Magallón a la delegación, en el centro y me puse a hacer llamadas, para juntar lana y sacarlo antes de que lo entambaran. Mario se quedó a ayudarlo y yo me fui a recolectar dinero; uno de los lugares fue a la casa de Cuauhtémoc, en la Del Valle, un departamento pequeñísimo, nada parecido al lujo con el que vivía, vestía, presumía; en el patio estaba ese adolescente que había visto semanas antes de visita en Nazas; me guió hacia la  morada de Cuauhtémoc, quien me avisó que le habían hablado, que ya no era necesaria su aportación, que Alfonso ya estaba fuera.
                Volví a ver a ese adolescente en La Onda, donde me reclutó Cuauhtémoc para que fuera parte del equipo que haría el suplemento; al principio, además de Jorge D’Angeli y Cuauhtémoc estábamos Héctor Rivera y yo; Perico (Raúl Cuevas, née Pedro Raúl Pérez Cuevas) era el office boy; antes de que saliera el primer número Héctor fue reemplazado por Abel Ramos, excelente reportero harto relajiento.
                Perico iba a recoger discos con Luis Arturo Cárcamo, Rossy quién sabe qué, Óscar Mendoza, Pepe Návar; a veces, libros a editoriales, aunque más bien yo iba Joaquín Mortiz, Siglo XXI; luego, con Manuel Gutiérrez quien me sustituyó un tiempo, al Fondo de Cultura Económica, más a platicar con mi amiga Alba Rojo y con Andrea Huerta.
                Otra labor de Perico era llevar los materiales con Raúl Rodríguez, con Héctor Dávalos, asistirnos en la formación; era más amigo que asistente, y más asistente de Cuauhtémoc que de los demás, pero era muy divertido.
                Desde los tiempos de Nazas comenzó a tomar clases con Aníbal Angulo, y luego más formalmente a trabajar con él; después trabajó como fotógrafo para diversas revistas, y posaron para él lo mismo vedetes que actrices con más renombre; cuando Aníbal emigró a vivir más a sus anchas, Perico se convirtió en el fotógrafo favorito de las artistas dispuestas, antes mucho menos que ahora, a desnudarse.
                De vez en cuando me lo topaba en la calle, y con más frecuencia trataba de alburearme, aunque más bien era víctima de mis bromas, en las redes sociales. Cada vez que nos comunicábamos decía que iba a invitarme a desayunar, y siempre bromeaba por mi obediencia a Lourdes (él estuvo cuando nos casamos hace 43 años). No dejaba de invitarme a los estrenos de las obras donde actuaba su hija. Reacio a salir, más bien iba María José antes que yo.
                Un día me llamó para pedirme el prólogo para un libro que iban a editar con fotografías suyas; le correspondería a Cuauhtémoc, pero fue asesinado hace algunos años.

¿Por qué consentir en hacer una introducción para unas fotografías? No se trata de que esas fotografías sean de Raúl Cuevas, a quien conocí desde 1970 en que compartíamos labores en una oficina que tuvo, entre otros, a Cuauhtémoc Zúñiga, Óscar Mata, Anamari Gomis, Arturo Jiménez, Alfonso Rodríguez, bajo el mando de Gustavo Sainz; y después, con Cuauhtémoc Zúñiga, Óscar Sarquiz, Manuel Gutiérrez Oropeza, y las constantes visitas de Gabriel Careaga, Elena Urrutia, Alaíde Foppa, Luis Arrieta, Julio Amador, bajo la dirección de Giorgio De’Angeli. Su humor, su vitalidad, su capacidad para distorsionar cualquier situación en un momento desternillante convivían con su disciplina, que sabía ocultar, así como sus ganas de transformar y perpetuar esos momentos; bajo la guía de Aníbal Angulo pudo concretar esos deseos de que la realidad se eternizara.
                “¿Por qué consentir en hacerle una introducción a una colección de fotografías? La fotografía es una conjunción de artesanía (habilidad para enfocar, encuadrar y resaltar un objetivo) con inspiración y sentido de la oportunidad (capturar un momento gracioso, humorístico, sensual); todo arte necesita de esas cualidades, pero los fotógrafos, muchísimos fotógrafos, se han especializado en eternizar un gesto, para resaltar lo grotesco de una persona o de una calle o de una construcción; se dice que algunas de las fotografías más célebres fueron posadas, violaron la intimidad de quien fue retratado, que se consiguieron gracias a la repetición forzada de una postura o, más recientemente, que se fabricaron artificialmente por las técnicas modernas semejantes a las que hacen que canten juntos cantantes que vivieron en épocas diferentes. Además, no sé nada de fotografía, y sólo puedo decir que algo me gusta o que no me gusta (como nos pasa a todos con el cine).
                “Pero me encuentro con unas fotografías que no son periodismo ni sociología, que no se burlan de la pobreza ni resaltan la majestuosidad de un espectáculo que se repite a diario (un amanecer,  la belleza incomprensible, temeraria, del mar; o la opulencia de una montaña, o el pánico ante un abismo insondable); no son reproducciones de la realidad, son recreaciones y transformaciones de una realidad que ansía ser vista desde todos los puntos de vista posibles, de producir emociones diferentes.
                “En las fotografías de Raúl Cuevas encontré algo que no encuentro más que en unos cuantos artistas ora sí que de la lente: una manera distinta de lo que tenemos enfrente, pero en forma plástica; estos retratos me hicieron pensar en la pintura que, a principios del siglo XX, hizo que nos fijáramos en las partes ocultas de la vida, que viéramos una mesa, una silla, una mesa de operaciones, en pleno movimiento; que nos encontráramos con bañistas, o con naturalezas muertas, pero en tercera dimensión; que nos fijáramos no en las sonrisas enigmáticas sino en los paisajes emotivos, transfigurados, detrás de esas sonrisas enigmáticas; Leonardo imaginaba un cuadro perfecto que consistiría en un punto rojo en medio de un lienzo blanco; eso lo pueden hacer sólo los artistas.
                “Los retratos de Raúl Cuevas semejan ese cubismo, ese abstraccionismo que encuentra, desde una sola posición, todos los ángulos de una calle, de un templo, de un pueblito o del fragmento de una ciudad.
                “Raúl no los inventó, sólo nos los descubre y nos permite a los espectadores reinventarlo y ver un mundo que estaba detrás; es un fotógrafo singular que invierte su humor, su capacidad de distorsionarlo, en darle otro sentido a lo cotidiano.”
                El libro no apareció, y cuando lo interrogaba, sólo me decía que me platicaría en un desayuno. Ese desayuno es imposible: hace algunas semanas me escribió el entrañable Aníbal Angulo para avisarme que Perico ya no está con nosotros, víctima de una rara enfermedad, tan rara que apenas un puñado la padece; había puesto en sorteo alguna de sus cámaras para adquirir un aparato que lo ayudara con ese mal que le impedía respirar con naturalidad, él, que se la pasaba sin aire porque lo gastaba en carcajadas. Me quedó a deber ese desayuno, y unos cuantos chistes más.

La siempre seria pero sonriente Sandra Licona me telefonea para avisarme que en la presentación de Aquiles, la nueva y peor novela de Carlos Fuentes, un imbécil, aprovechándose de mi ausencia en ese acto, se hizo pasar por “Eduardo Mejía, de El Universal”, y uno de los empleados, de los pocos que no me conocen, le entregó un ejemplar. Sospecho quién fue, o por lo menos quién lo envió, alguien tan anónimo como cobarde. Quienes hacen presentaciones de libros saben que si voy a ellas no tengo tiempo de leer, como hacen muchos que hacen reseñas sin leer el libro, o que hablan de poesía sin entenderla. Recibí apoyo unánime, excepto de alguien que debería de haberme apoyado y que por lo tanto se convierte en el principal sospechoso. Agradezco las muestras de solidaridad, y resalto la coincidencia entre la opinión de mi querido amigo Sergio Romano (“sólo hay un Eduardo Mejía”) y de Alejandra Valadez (“Lalito sólo hay uno”): a ambos, y a todos los demás, muchas gracias.

Mi amigo Juan (nombre) Domingo (de parte de padre) Argüelles (de parte de madre), mártir e incansable promotor de un género cada vez más practicado y cada vez peor ejercido, el de la poesía, y más mártir promotor de la lectura, acaba de publicar un libro imperdible: El libro de los disparates. 500 barbarismos y desbarres que decimos y escribimos en español, en una edición (Ediciones B) muy aceptable y manuable pese a sus más de 500 páginas, aunque con un acento de más en la contraportada.
                Juan, que soporta la lectura de cientos de aspirantes a poetas, señala una cantidad gigantesca de errores que se cometen, sobre todo en la escritura; Juan apunta que algunos escritores inciden en esas pifias, aunque las vemos con mucha más frecuencia en los periódicos, que cuando menos tienen la excusa de que no están escritos en español, sino en periodiqués, un lenguaje que nació corrompido, y que corrompe a los redactores más dotados (en el ejercicio periodístico, digo); hasta los dirigidos o coordinados por dizque literatos utilizan desapercibido en vez de inadvertido; sobretodo (abrigo) por sobre todo; abordo por a bordo; lenguaje binario en vez de maniqueísmo, e ignoran las diferencias entre homófonos.
                Podría ser un buen manual para quienes nos dedicamos a teclear para elegir bien las palabras adecuadas, sólo que en los diarios tecleamos de prisa, muchas veces sin tiempo para enmendar erratas ni errores; los manuales y gramáticas enseñan cómo no escribir mal, pero ninguna cómo escribir bien (adivine mi cita); es de lamentar que los reporteros y los redactores desaprovechen este libro, que sin embargo no es ésa su función; no sé qué tanto quiso Juan engañar al decir que es un manual, cuando en realidad es una muestra de la inutilidad de las enciclopedias por Internet; Wikipedia –dicen amigos, conocidos y otras especímenes— tiene diez mil menos errores que la Enciclopedia Británica, y casi siempre, a menos que no quiera pelearme, pido que me señalen los mil más graves, y me gano su encono.
                Un técnico en computación, mientras componía en la que trabajo, escuchó una canción en una antología que puse en el tocadiscos, y me dijo que le gustaba mucho ese cantante; ¿de qué año será?, se preguntó al tiempo que se puso a buscar en la enciclopedia electrónica de su mayor confianza: lo encontró y me dijo orondo la fecha de nacimiento de ese cantante; al mismo tiempo le mostré en una enciclopedia de rock la fecha real; ésa fue una victoria más, pero inútil, porque para todos es más rápido consultar en la computadora que levantarse a verificar en alguna enciclopedia; yo no digo que consulto la Británica: no tengo espacio ni para ésa ni para la Espasa, que es mi favorita por su precisión para describir enfermedades, lo que alimenta mi hipocondria, pero hay varias confiables, exactas y precisas, más que las cibernéticas.
                La mayor cualidad del libro de Juan es mostrar la falacia de Internet, de Google, que incurren en errores e inexactitudes literalmente en miles, decenas de miles, centenares de miles de veces, y hasta millones, cuando es tan fácil tomar un diccionario; y allí está otra cualidad de Juan, cuando exhibe la torpeza de la Real Academia de la Lengua al admitir equívocos sólo por complacer a críticos sin sentido, al grado de que han convertido su Diccionario en un diccionario de uso en vez de un diccionario normativo, y muy complaciente.
                Juan es riguroso, pero tiene fallas; una curiosa: confunde pleonasmos con redundancias (rebuznancias, decimos en las redacciones), no advierte una falacia bastante común: decir inequitativo por inicuo, e inequidad por iniquidad, ni sanciona a los que dicen “la poeta” en vez de poetisa, error en que ya incurre la machista Real Academia, que sin embargo sigue diciéndole actriz en vez de “la actor” a la mujer que actúa, o hace como que, como correspondería, si se tratara de que las ignorantes poetisas piensen que un adjetivo dedicado exclusivamente a ellas es denigrante. Tampoco sanciona “modisto”, que sólo es adecuado en la cinta de René Cardona hijo con Mauricio Garcés en uno de sus mejores papeles, pero no registra dentisto, futbolisto, ensayisto; tampoco corrige a quienes escriben “se los dije”. Pero son errores pequeños, y muy difundidos.
                Por cierto, hace días alguien quiso regañarme en facebook cuando dije que se dice gasolinera en vez de gasolinería (Roberto Gómez Bolaños corrigió, incorrectamente, a Chinchulín, al decirle que se dice gasolinería al lugar donde se expende y gasolinera a la que lo vende, y Chinchulún, imbécil, se quedó callado), y me dijo que “era” y “ería” eran etimologías; tardé varios cuartos de hora en dejar de reírme a carcajadas. Quien quiera ver la razón de por qué se dice gasolinera, vea el libro de Juan, quien, por desgracia, donde más tiene razón es en mostrar que
no sólo los redactores y reporteros fallan al escribir, sino muchos que se dicen escritores.

A propósito de nada, la excelente, exigente, rigurosa poetisa Mariana Bernárdez se queja del comadrazgo en la poesía femenina, y tiene razón, Me quejo más de que haya tan pocos lectores de un género al que tanto le debemos.

Anuncian con pesar que, por culpa de un dolor periférico, Eric Clapton se retira, cuando menos de los conciertos, y seguramente de las grabaciones, porque  ya le es imposible tocar la guitarra; hace pocas horas Paul Simon anunció que se retira de la música, nomás acabe la gira donde promueve (no promociona, como dicen de manera incorrecta periodistas, editores y publicistas; Juan tampoco sanciona ese mal uso del idioma, aunque sanciona “precuela”, que demuestra cuán tontos son los neocríticos de cine) su más reciente disco; lo hace justo cuando encuentra un nuevo lenguaje, nuevos instrumentos, nuevos ritmos, y acerca más su muy peculiar ritmo a la música sinfónica; por cierto, dedica una canción muy divertida a Papa Cool Bell, quien tuvo el prestigio de ser el hombre más rápido del planeta, capaz, decía, la leyenda, de apagar la luz y antes de que ésta desapareciera del todo, él ya estaba en la cama, metido en las cobijas; la leyenda puede exagerar (la hazaña se la adjudicaron en los años cincuenta a Remolinillo, cuyas acciones se narraban en prosa en los cómics de La Pequeña Lulú), pero Simon comenta algo más real: en una ocasión, con un toque de bola, logró llegar a tercera base; no se narra que Babe Ruth pegó un jonrón de cuadro.
                Clapton ya había acusado decadencia y sus discos eran muy caseros, a lo que tiene derecho, pero sus forofos admiramos su incitación a la inconformidad, su manera genial de manifestar sus males de amor, y cómo hacía llorar la guitarra; Simon había perdido vitalidad, pero no mucho. Es lástima que se retire, aunque lo hace en plena forma, no como Axl o como Slash: debieran de ser otros los que no volvieran a tocar ni en vivo ni en estudio.
               
Cada vez admiro más a Arturo Martínez, no sólo de los mejores villanos de  nuestro cine, buen rival de Lalo González Piporro, no sólo un artesano hábil como director de churros divertidos y coherentes (casi todos), sino el protagonista de dos de los mejores momentos de un villano; en Quiéreme porque me muero, de Chano Urueta, borra al galán Abel Salazar, en un papel muy secundario, como el insoportable jefe de personal Señor Rodríguez, muy amaneradito, pero sin exagerar, a lo que eran tan aficionados quienes hacían papeles de afeminados (otra excepción: Guillermo Rivas, en Ensalada de locos); pese a lo breve de su papel, se come a todos en esa cinta; y en Policías y ladrones, como El Cocholoco, jefe de una pandilla de gánsteres compuesta por luchadores profesionales en la vida real, que secuestra al insoportable Adalberto Martínez y a una bella y discreta Lucy González, a los que van a asesinar exponiéndolos al olor de gas lp, y para que no se oigan sus gritos en la calle, ponen en un tocadiscos Garrard un chachachá muy sabroso, “tócale bien al compás”, y mientras esperan que se rindan, en otro cuarto, Martínez y sus secuaces comienzan, con discreción pero harto ritmo, a bailar ese chachachá, cinta con un humor inusual en el director Alejandro Galindo.
                No olvido que Arturo Martínez fue el que disparó la bala que atravesó el corazón de Juan Charrasqueado, su rival de amores de Miroslava, lo que se comprende, aunque se hace odioso cuando le explica que, muerto Charrasqueado (lo que le hacen creer a Miroslava), está dispuesto a sustituirlo, pero como ya fue de él (de Pedro Armendáriz), no tiene por qué ser por las tres leyes. Reviso la filmografía de Arturo Martínez y creo recordar haber visto cuando menos 111 de las 180 cintas en que participó, Juan Charrasqueado la primera.


viernes, 3 de junio de 2016

Bendito sea el árbol... Librerías muy distinguidas

En algún recuento de los piropos pasados de moda (“bendito sea el bosque donde cortaron el árbol de donde sacaron la madera con que hicieron la cuna donde te mecieron… etcétera”, “bendito sea el mármol del que construyeron la pila del agua bendita donde te bautizaron…) Carlos Monsiváis afirmaba que la manera correcta de emitir un contundente “mamacita” era adelantar la mandíbula y apretar los dientes, con los labios semicerrados; hay que agregar que  debe murmurarse la palabra de tal manera que sólo la escuche la pretendida, que por lo regular es una desconocida, y que elogiarla remitiéndola a las más oscuras veredas del complejo de Edipo, pocas veces tenía consecuencias favorables; por lo regular se hacían las desentendidas, y alguna que otra reaccionaba con un “¡atrevido!”, en la literatura o el cine, o un “pelado” en la vida real. Mi amigo Marco Antonio Pulido aseguraba sin embargo que un conocido suyo tenía éxito cuando menos una vez al día y encontraba respuesta favorable para hacer que las pasiones se conservaran encendidas, y lograba, cuando menos una vez al día, un encuentro furtivo sin más consecuencias que un par de horas de las que no tenían que hacer aclaraciones a sus respectivas parejas.
                La reciente propuesta del “jefe” de “gobierno” del Distrito Federal, de proporcionar silbatos con colores no aprobados por la mayoría, para que las mujeres se defiendan de los acosadores, más allá de las bromas por lo inoportuno de las palabras, de los colores y de los malos entendidos, puede alejar a los acosadores, que de plano demuestran y exponen sus complejos y sus frustraciones; lo malo es que puede acabar con la tradición de elogiar la belleza femenina; en alguna canción, Jorge Negrete declara que “me gusta echar mis piropos cara a cara a la mujer, y no chifliditos tontos (fiu-fiu, en una torpe onomatopeya) copiados no sé de quién”, sin que hubiera protestas de parte las aludidas; en Dos tipos de cuidado Infante intenta pedalearle una bicicleta a Negrete diciéndole que si no (una serie de sonidos intencionados e ininteligibles) nomás un ratito, y lo único que ella contesta es un coqueto “no seas malora, Perico”. En la misma cinta, poco antes, Yolanda Varela reclama a Infante una serie de aventuras fugaces, y éste las explica de manera poco convincente, hasta que ella señala a una empleada de correos, e Infante, gozoso, califica esa aventura como una “entrega inmediata”. Varela termina la relación, y después dice que sólo lo quiso presionar, pero que se le pasó la mano.
                Negrete, ante la negativa de Carmelita González de asistir a una kermés, no encuentra inapropiado conseguir la compañía de otra jovencita (la que Infante intenta bajarle), y caballeroso, dice a González que no la puede dejar plantada porque es un caballero. Cuando Infante le había querido jugar contras, estaba con otra cariñito de un instante, a la que busca embriagar, y uno puede suponer las intenciones: en una kermés hay bodas falsas que permiten a los participantes simular el maridaje y jugar de manera un poco más atrevida. Todas las escenas de Dos tipos de cuidado serían impensables en estos meses, porque hay acoso, asedio, conspiración, y los dos galanes, ya entrados en años pero que se fingen veinteañeros, sólo respetan a la que va a ser su esposa. Después, ni volverlas a ver.
                Desde luego que no es la única cinta donde hay acoso sexual, donde las mujeres reciben casi siempre orgullosas piropos y galanteos: “¡qué buena estás!”, grita a Infante a una Marga López agringada y a quien Infante supone ignorante del español; un grupo de enlutadas llora cuando Víctor Manuel Mendoza, en una fantasía, elige a López para esposa: ¿quiénes son?, pregunta ella, y Mendoza, orgulloso, declara que son “las abandonadas”, por lo que uno puede suponer que hubo razones de peso para que esas abandonadas lo sean, y no sólo suspirantes; en esa misma cinta, cuando ve las cadeiras bamboleantes de una transeúnte, después de un titubeante (a propósito) “álgame Dios, cuerpo de tentación”, ella, de cara no tan agradable como el nalgatorio, se acerca, ofrecida, mientras la abuela Sara García, en vez de reprenderlo por faltarle el respeto a una mujer, completa la frase: “y cara de arrepentimiento”; la escena termina cuando Infante dice que no se dirigía a ella, sino a su abuela (¿diciéndole cuerpo de tentación?) la ofendida completa: “su abuela”, pero en tono de mentada (o mencionada). En Calabacitas tiernas Germán Valdés atisba con mirada golosa los traseros de Nelly Montiel, Amalia Aguilar, Rosina Pagés y sobre todo el de Rosita Quintana, mirada ante la cual las transeúntes de ahora pitarían el silbato y acusarían lascivia. Igualmente, Antonio Badú e Infante inspeccionan con la mirada los traseros de Carmelita González e Irma Dorantes, suponiéndolas sirvientas de la casa del presidente municipal que los tiene presos no por acosadores, él mismo lo es, sino por tramposos y alborotadores; ellas no protestan, más bien se muestran complacidas (ya se ha comentado en este blog que, en una ceremonia de coronación municipal, las invitadas reaccionan con respingos cuando Infante pasa tras ellas, lo que hace suponer “tocamientos”); más asombrada que ofendida, Margot Kidder se queda paralizada cuando Christipher Reeves le hace un “tocamiento” en los glúteos no tan inocente pero que parece involuntario cuando Kidder le muestra las oficinas de El Planeta, en la primera cinta de la saga de Supermán de los años ochenta; más complaciente Kim Bassinger permite que Michael Keaton le quite el rollo de fotografías que había escondido en el escote. En Sí, mi vida Rafael Baledón pregunta su su supuesta prima Silva Pinal que cómo está, y ella, orgullosa, proclama que “muy buena”, que se presta más a la descripción física que a la espiritual; sólo queda confirmar que Pinal no mentía. A propósito de esa frase, un grupo de mujeres, que en grupo se envalentonan, preguntan a Infante que si su amigo Jorge Bueno “está bueno”. Abundan en nuestro cine las alusiones a lo buena que está una mujer, que por lo regular agradece la observación. No sólo: en el cine y la literatura: Roy Orbison, Elvis Presley y Jim Morrison en alguna canción aluden a la belleza física de una mujer, sin que nadie se ofenda.
                ¿Cómo diferenciar el acoso del coqueteo? En tiempos menos feroces se decía que el hombre avanzaba hasta donde la mujer lo permitiera, y que debería entender que ante un “no”, tendría que detenerse, aunque luego algunas reclamaran: dije que no pero no quería decir no, con tono de “estúpido, sí quería”. ¿Detenerse ante la resistencia? ¿Y si ellas veían al hombre como diciendo “por qué te detienes”? ¿Cómo saber si se sienten halagadas u ofendidas ante un piropo?
                Las mismas palabras, la misma mirada, el mismo piropo dirigidos a la misma mujer por parte de dos hombres diferentes pueden tener distinto impacto: los de uno las irritan, molestan, insultan; las de otro las halagan, se sienten mimadas, elogiadas, agradecidas; ¿es la lujuria en el tono, en la mirada? Por no hablar de otra posibilidad: la de quienes esperan que algún hombre las piropee, para dar a entender lo dispuestas que están a seguir escuchando esos piropos. A veces son ellas las que sostienen la mirada, las que parecen sonreír con los ojos, que es más insinuante que la sonrisa; ellas las que sonríen en un encuentro inesperado o fortuito, incluso a un desconocido, sin que signifique coqueteo, o por lo menos no tan inmediato. Conozco el caso de una mujer a la que el suegro le decía: “esos ojos, esos ojos”, y en Colombia un joven, apellidado Mejía, denunció que una morena bastante hermosa lo acosaba, se le repegaba, lo rosaba (sic; así está la ortografía en los periódicos mexicanos); por temor a ser acusado de acoso, no se alejó mucho; en respuesta a su queja, lo han llamado gay.
                Esto sucede en tiempos en que la iniciación sexual tiene lugar casi seis años más temprana que cuando se creía que era demasiado pronto, algo que alarma porque, dice Salma Hayek, coger diario hace que se pierda el encanto; o como decía la grupie mayor de la cultura mexicana, “de tanto que se da una se queda vacía”. Las que pueden divulgar sus intimidades confiesan que a los 14 años y que les dolió, lo que habla de un desequilibrio, que no va a arreglarse con la nueva orden de que no pueden matrimoniarse los menores de 18 años, ni siquiera con la venia de los padres, que mediante la tintorería de la boda limpiaban muchas manchas (Guillermo Álvarez Bianchi, a Enrique Rambal, en El día de la boda). Una cosa es la realidad y otra la teoría. ¿La represión conlleva violencia?, ¿los abusos, los tocamientos, los acosos, las palabras lujuriosas son producto de la incapacidad de relacionarse hombres y mujeres?
                Grace Kelly no se molesta cuando, al alejarse, Bing Crosby le pregunta si ha adelgazado; la protagonista de la canción de Beni Moré usaba relleno para que los hombres la tuvieran que mirar aunque después, sin siquiera averiguar, se supo que las mujeres son muy bobas si nos tratan de engañar (como la protagonista de un relato de Cristina Pacheco, que con tarzaneras con relleno vuelve a enamorar al marido). ¿Son tiempos de mojigatería, o para atenuar las soledades arrepentidas de las que arrastran un niño y recuerdan a un hombre.

Al caminar de Reforma y Juárez a Juárez y San Juan de Letrán, o del otro lado de la Alameda, por avenida Hidalgo de Juan Ruiz de Alarcón a Rosales, uno se encontraba con un buen número de librerías: El Caballito, Librería del Prado, Porrúa, Librería del Sótano, Otero, Libros Escogidos, Librería de Cristal, más dos o tres de lance; además estaba el recuerdo de la Zaplana, pero quedaba otra Zaplana, por San Juan de Letrán, tres cuadritas hacia el sur  más otra en Juárez (¿Libros Técnicos, se llamaba?) y otra en San Juan de Letrán; podía cruzarse San Juan de Letrán (entonces se podía, además de que había camellón a la mitad de la calle) y llegar a la Madero, en Madero, y en 5 de Mayo estaba otra De Cristal, otra Porrúa, Munguía, y tras pequeñas pero bien surtidas, hasta llegar al Zócalo, donde aún quedaba una con nombre de otras épocas, como El Volador.
                Quien atendía Otero (¿era el nombre del dueño o de la librería?) era seco y áspero, pero encaminaba al cliente hacia lo que él imaginaba que podía interesarle; en Libros Escogidos Polo Duarte siempre tenía un tema para platicar, chistes de moda, y apenas entraba alguno de los habituales, se le iluminaba la cara, y sacaba quién sabe de dónde un libro, novedad o una edición rara, que sabía que lo iba a entusiasmar; los más frecuentes esperaban la hora del cierre para compartir con Polo una o dos cervezas en El Golfo de México o en El Horreo; menos familiar era la Librería del Prado, pero cualquiera que recibiera al cliente (don Félix, Carlos Hernández, Humberto, Álvaro) conocían sus gustos, ya le habían apartado lo que pedía, o ya lo habían telefoneado para avisarle de un embarque de España, con títulos interesantes; cada semana, durante un año, las Selecciones del Séptimo Círculo; cada mes, un tomo de Peanuts; era frecuente encontrar a periodistas, actores, escritores, en amable tertulia, más discreta pero no menos entusiasta que las que hacía Duarte, mero enfrente. A veces, en la pequeña oficina al lado del local abierto, la invitación de un café o un té, acompañada de una petición, siempre extraña pero siempre incitante: localizar un texto antiguo que usarían para una edición especial, o el regaño por una reseña apresurada; con Carlos Hernández, un  café en el Sorrento o en el Sanborns, lleno de pláticas divertidísimas que siempre desembocaban en el relato de un encuentro casual que había originado un libro; en la Del Sótano, un siempre ocupado Gerardo López Gallo salía de su despacho para informar que había encontrado un título raro que nos había guardado antes que lo encontraran Otaola, o Raúl Renán; la invitación: espérese a que termine esto y luego nos tomamos una copa (antes, llevar a Irma, la cajera, a su casa en Tlatelolco), y la plática durante dos o tres horas siempre hablando de literatura; si en la Del Prado y en Libros Escogidos los clientes tenían crédito, en la Del Sótano, un descuento mayor al habitual.
                Cada lunes la Porrúa cambiaba el orden de la vitrina exterior y ponía al frente las novedades de la semana; era la única de todas que atendían en un mostrador, aunque los empleados, amables, mostraban con rapidez el título que se pidiera; el mostrador de Libros Escogidos era pequeño, y el visitante podía revisar a placer los plúteos y todos los libreros, retacados de piso a techo; en la Del Prado el mostrador ocupaba un lugar apenas mayor que la caja, y los libros estaban expuestos en un anaquel y en las paredes; en la Del Sótano había, además de libreros por todas las paredes (al principio, pequeña, fue creciendo hasta abarcar un tamaño casi tan grande como los de las Zaplana), y mesas que mostraban títulos por especialidades; en la entrada, libros de lujo, y ya en el interior, por novedades, y luego por editoriales.
                La Zaplana parecía descuidada, pero la vigilaban rigurosamente, porque las mesas, bien dispuestas y con libros arriba y abajo, propiciaban que se agacharan los clientes y se escondieran de las miradas de los empleados.
                Las Librerías de Cristal combinaban el local cerrado con los espacios abiertos, y en las vitrinas exteriores, las novedades, pero cada módulo albergaba especialidades.
                Más allá del corredor de librerías asentadas en la Alameda, en Insurgentes Centro y principios del sur, reinaba la Hamburgo, con Navarrete que había comprado el local al fallecimiento de don Andrés Zaplana; cualquier día de la semana se topaba el visitante con escritores ilustres, unos amables y otros muy mamones, que escudriñaban las apretadas mesas con novedades, las cercanas a la caja, por especialidades o editoriales las lejanas (cerca de la entrada, en un muro de carga, las policiales, donde podía uno encontrar más o menos la mitad de El Séptimo Círculo, la original). El “Quihubo campeón”, el saludo de Navarrete (o el más discreto pero también cálido de Islas) reconfortaba, y anunciaba también que nos tenía una sorpresa.
                En Reforma, en un espacio pequeño, dos librerías entrañables: una variante de las Porrúa donde conseguí casi todos los primeros libros de José Donoso; en donde había estado una librería del Fondo, la Antigua Robredo; la original Robredo fue afectada por las obras del Templo Mayor, y emigró; dos Rafael Porrúa atendían con timidez no exenta de amabilidad. Escondidos, los tesoros que rescataron del local original, y donde conseguí, azorado, la primera edición de A la orilla del mundo, de Octavio Paz. (Aún tengo buena memoria: recorro mis libreros y recuerdo en qué librería encontré, conseguí, compré, casi todos ellos; de casi todos, si no la fecha, la semana; por eso me estremeció la anécdota contada por García Márquez del jubilado que acomodó sus libros no por autores ni por editoriales, sino por el orden en que los fue leyendo.)
                Más al sur, además de la Universitaria, con Raúl Guzmán, siempre irónico, no parecía la bodega de clavos en que después se convirtieron las libreras de la UNAM; y cerca de la glorieta del Metro Insurgentes, Roberto, pirateado de la Del Sótano, regenteaba una pequeña librería que tenía tesoros importados de Cuba o de Argentina (y cerca, una disquería asombraba con las rarezas que ofrecía y que los Mercados de Discos escondían).
                En casi todas esas librerías los empleados, los dueños, los encargados, conocían a todos sus clientes a partir de la tercera visita, sabían sus gustos, qué los entusiasmaba; si no llevábamos dinero nos permitían llevárnoslo a crédito, o lo guardaban o lo escondían hasta que regresáramos por él.
                Las nuevas librerías, que se atribuyen un hilo negro que ya existía desde principios del siglo XX, carecen de la calidez, la magia, la plática, la tertulia; queda uno que otro librero que sobrevive de aquella época que, mucho me temo, comenzó a derrumbarse con el sismo del 19 de septiembre de 1985. Ya no encontramos a Polo, a don Félix, a Carlos, a Gerardo, a Roberto, a los anónimos pero amigables de la Porrúa; a lo mejor existen locales, pero apenas uno que otro librero que sabe.

Una iniciativa para poner en alguna de las treinta y tantas constituciones reglamentar horarios y salarios del personal doméstico me hace recordar una anécdota que me contó mi amiga Margarita García Flores, de cuando algunas intelectuales mexicanas intentaban sentirse feministas, y en la lujosa casa de una de ellas, muy famosa y muy premiada, discutían sobre cómo promover y reivindicar los derechos de las mujeres, y se enardecían ante el recuento de las injusticias e iniquidades sufridas por la mitad (más o menos) de la población; y cuando más embaladas estaban, la anfitriona preguntó “muchachas, ¿quieren más café y galletitas?”, al tiempo que agitaba con delicadeza una campanita para llamar a su sirvienta.


viernes, 29 de abril de 2016

Gatos muy distinguidos / De rebeldes/ El beisbol contra nosotros / Menos amigos

La primera mascota fue obsequio de Sergio Galindo, casi como pago de cuando le dimos a Candy; en donde vivíamos, unos vecinos tenían a Candy, una perrita a la que el esposo maltrataba, pateaba, impedía que le dieran de comer; la mujer, desesperada, le pidió ayuda a Lourdes, y ella le preguntó a Sergio, amante de los perros, si la quería; la aceptó, pero no la llevó a su casa sino a la sede de la Editorial de la Universidad Veracruzana; a los pocos días Candy enfermó, tal vez por el cambio de hogar, de alimentación; llevamos a un veterinario que estaba frente a la revista nexos y la sacó de la crisis, pero el siguiente fin de semana se la volvieron a llevar; Manuel Montoro y Guillermo Barclay, de lo mejor del teatro en México, visitaron a Sergio y le contaron que su mascota por cerca de 15 años había fallecido, y estaban tristísimos. Sergio los llevó a la editorial, vieron a la Candy, y se entusiasmaron. Vivió con ellos más de 15 años, la llevaron por todo el mundo, y tuvieron por muchos años a sus hijos y nietos con un cariño entrañable.
                En la editorial había otro habitante, una gata de mal carácter, aunque muy inteligente, Atila, por nombre; paseaba por los jardines de la editorial, donde le daban de comer, y se ausentaba por días, pero regresaba, como el gato de barrio de Cri-Cri. Un día la mujer que aseaba la editorial advirtió que Atila tendría crías; Sergio me advirtió que una de ellas sería nuestra; aunque me opuse, Lourdes aceptó entusiasmada; en efecto, a los dos meses de nacidas repartieron a las crías entre algunos de los empleados o asiduos de la editorial. Por esos días Lourdes devoraba, en ejemplares prestados por Sergio, la saga de los Rougon-Macquard, de Zola, en traducción de Aurelio Garzón del Camino, y bautizó a la gata obsequiada como Naná, uno de los personajes más intensos de esas historias maravillosas.
                Naná creció con mis hijos, hizo travesuras con ellos, y fue acompañante de todos; conmigo tuvo una relación distante, pero respetuosa, aunque cuando me recostaba para oír música solía echarse en mis piernas; disfrutaba mucho con la voz de Garfunkel; en cambio no le gustaba la música folclórica; daba muestras de ingenio, inteligencia y humor, que los expertos dicen que los gatos no tienen.
                A los pocos años llegó otra mascota, de manera inesperada; en uno de los días de mayores lluvias cayó en el balcón un perico australiano; Lourdes no se dio cuenta qué era hasta que recogió lo que parecía una pelotita; lo encerró en una recámara para evitar que Naná lo masacrara, y fue a comprar una jaula; travieso y juguetón, se expresaba a picotazos; nunca supimos su género, pero lo bautizamos como Kali (si era hembra) o Calígula (por si era macho); me obedecía, cantaba con la música que ponía, regañaba a Diego y a María José a petición mía, y bailaba. Una de sus mayores travesuras era gritar como si lo atacaran, y por instinto regañábamos a Naná, aunque ni siquiera estuviera cerca; cuando lo hacíamos, parecía que Kali se burlara de la gata.
                Otro día, cuando Lourdes sacaba el auto del estacionamiento, advirtió la presencia de un gato pequeño; lo recogió, vio que estaba muy lastimado, y lo llevó al veterinario; tenía la cola gangrenada, estaba lleno de parásitos, y desnutrido; a los pocos días Érik estaba sano, y fue compañía de Naná los últimos años de ésta; poco agresivo, tenía otras travesuras: pisaba tan fuerte por la noche que más de una vez pensamos que se había metido algún intruso; o caminaba por la cabecera y se sentaba sobre el interruptor de una lámpara, a las dos o tres de la mañana; casi sin falta, a las siete nos despertaba prendiendo la luz. Ambos sabían cuando era sábado, domingo o día de guardar.
                Entre Érik (pelirrojo) y Naná dieron muestras de inteligencia sorprendente: Érik enfermó, por comer algo que lo indispuso, y había que darle tres veces al día una medicina; para ello se usaba una jeringa, sin aguja; había que sostenerlo e inmovilizarlo para meterle la jeringa en el hocico, y cuidar que no escupiera el medicamento. Un día la jeringa desapareció; Érik la había escondido; sacamos otra que teníamos de reserva, pero llegó Naná, que había encontrado la que estaba escondida, y la llevaba para que le administráramos la medicina a Érik. En otra ocasión Érik mordió un billete de 50 pesos, y como si Naná supiera lo que significaba, le dio dos golpes, a manera de regaño.
                Los gatos son dueños del territorio, y del afecto de sus amos; o como dicen, los humanos somos sus mascotas. Durante mucho tiempo Naná impidió a Érik que subiera a las habitaciones del piso superior, y cuando consideraba que había hecho alguna travesura, le golpeaba la cabeza, con suavidad pero con autoridad. Cuando los encerrábamos en el pasillo, porque hubiera visitas o para serviles la comida, se las arreglaban para abrir la puerta entre los dos, aunque estuviera bien cerrada, no sólo atorada. Sabíamos si tendríamos visitas inesperadas porque Érik, nada coqueto, ese día se limpiaba con esmero, se peinaba (era muy peludo) y se ponía cerca de la puerta; nunca falló.
                Un día Kali pegó un grito que se escuchó en todo el edificio, y cayó muerto, supongo que del corazón; vivió casi lo doble de lo que dicen los que saben de animales que viven esas aves.
                A los 13 años Naná dio muestras de debilidad, sin que le faltara la entereza, y una tarde cayó fulminada; Lourdes le dio un masaje con el que casi logró que reviviera, pero no lo consiguió; Luis Durán, quien la quería como nosotros, nos ayudó a darle buena sepultura.
                Aunque nos dolió a todos, Érik fue quien más lo resintió; dejó de comer, de correr, de jugar; se echó en un sillón, abatido, dejándose morir; una buena amiga le avisó a María José de una camada en donde ella vive, y nos llevó a Kalhúa, sin una raya, sin una mancha, toda gris; en cuanto entró a la casa Érik revivió, y la cuidó como si se tratara de Naná reencarnada.
                También a los 13 años Érik enfermó, dejó de comer, se debilitó; como todos los gatos callejeros, le dio una enfermedad incurable: tómenle muchas fotos, cuídenlo, que pase contento sus últimos días: era inútil que lo operaran; un día entero dejó de comer; sin fuerzas, lo llevamos a que se fuera sin mayor dolor.
                Kalhúa no lo resintió tanto, y vivió hasta los 13 años hasta que comenzó a sangrar; no hubo manera de sanarla; toda su vida se acomodaba en las piernas de cualquiera de nosotros; conmigo, cuando escuchaba Traffic; una noche, luego de regresar del veterinario, le dio un infarto; en la clínica nos dijeron que ya había fallecido; los restos de los cuatro nos han acompañado. Pocos días después me visito Rogelio Cárdenas, y sintió un peso en las piernas; es Kalhúa, que se aparece. ¿No te da miedo? Al contrario, nos cuidan.
                Nahúm la conoció y jugó con ella, pero, sin poder cargarla. La extrañó durante mucho tiempo, pero hace unos meses nos advirtió que nos regalaría uno nuevo; llegó con Gibbs, un bengalí pequeñísimo, tanto que su primer nombre fue Pedacito; ahora es el más alto, fornido de todos; tiene paciencia de cazador, y un cálculo perfecto de dónde rebotarán las pelotas con las que juega; para llamar la atención anda con sus juguetes por toda la casa, los mete bajo las puertas y las recupera; le llaman la atención los pies descalzos, y corretea a mordiscos a quien ande así, sobre todo a Nahúm; a veces, es Nahúm quien lo corretea.
                Al contrario de la mayoría de los felinos, es dependiente y no le gusta estar solo; al contrario de la mayoría de las mascotas, no sólo no le molesta que lo veamos comer: quiere testigos. Le gusta la música, y no le aburre oír el mismo concierto varias veces seguido, con Hahn, Jansen, Bell, Menuhin, Szeryng, Oistrach, Chase o Kopatchinskaja.
                Gracias a Gibbs tenemos un modelo con el cual comparar: Hobbes. No se trata del filósofo  inglés, apasionado de las polémicas, crítico de Descartes, y estudioso de la conducta humana en términos sociales y políticos, aunque este Hobbes comparte esas creencias y esas deducciones, de que la conducta depende de los conocimientos y las deducciones; se trata de la mascota de Calvin, no su casi contemporáneo impugnador, que criticó las costumbres eclesiásticas y dio lugar a una de las reformas religiosas más importantes de la historia. Calvin y Hobbes son dos de los personajes de tiras cómicas más importantes de los últimos años.
                Los conocí en las oficinas de Promexa, mientras esperaba que Arlette de Alba me diera un original para trabajarlo; sin los antecedentes, no entendí que una familia llevara un tigre en el auto, ni que se peleara con un niño al invadir, con un dedo, su espacio vital, sólo por hacerlo enojar. Patricia Bueno me regaló, al ver mi desconcierto, el primero de los cuadernos que recopilaba las aventuras de esos personajes, creados por Bill Waterson; en excelentes traducciones de Yolanda Moreno, René Solís y algunos discípulos, comenzamos a seguir esas aventuras; Calvin detesta la escuela, como la mayoría de los niños inteligentes; tiene problemas con la maestra autoritaria, se pelea con Susie, condiscípula y vecina que, como la mayoría de las niñas, apela por la razón y detesta las actitudes de Calvin, a quien le llama la atención lo grotesco, lo gore, la imaginación desbordada; tiene mucho de los personajes de Peanuts, como la altanería, la división y enfrentamiento con el mundo adulto; Hobbes es su tigre, amigo imaginario a falta de convivencia con otros niños que no entienden que los vampiros son insectos (¿qué, no vuelan?), que a veces comparte con Calvin su guerra contra las niñas pero a veces se deja seducir por ellas; es leal pero competitivo, y es cómplice en las tareas que, invariablemente, rechazan la lógica.
                Después de 15 o 17 cuadernos, dejaron de aparecer en México y los tomaron editores españoles que con pésimas traducciones (¿a quién se le ocurre hacer decir a un niño, así sea de caricatura, “puñeta”?) lo echaron a perder.
                Ahora lo retoma Océano; anuncian diez títulos más  que supongo recrearán la historia que apareció en varios diarios estadounidenses a lo largo de diez años; este primero es una antología, muy bien traducida por Sandra Sepúlveda Martín, en que Watterson explica la conducta de Calvin, Hobbes, Susie, los padres (a diferencia de Peanuts, aquí sí se ve a los adultos; el padre es a veces peor que Calvin; la madre, cariñosa, a veces se pregunta si no hubiera sido mejor tener un perro; esclava del hogar, no sufre como Raquel, la madre de Mafalda, pero no siempre comprende la conducta de su hijo). Watterson debió luchar contra la censura, contra la crítica por su crítica a los valores sociales; debió pelear contra la inercia, debió imaginar a diario, durante diez años, por nuevas aventuras, por no repetirse, por enmendar errores, por explorar nuevos territorios sin adulterar el ámbito infantil, el buleo incluido; a veces explica que no siempre triunfa el bien; como todo creador, bueno o malo, mucho de su trabajo es autobiográfico (excepto que Watterson es buen ciclista y Calvin no lo es; a veces incluso la bicicleta lo ataca, lo acecha, lo sorprende); muchas de las explicaciones del padre (el origen de los niños, que el mundo era en blanco y gris, que enamoraba a la madre con danzas de apareo) son parecidas a las que daba su propio padre.
                El mundo de Calvin y Hobbes (me complació ver que los personajes son nombrados en honor de un rebelde y un heterodoxo) es alucinante; es de celebrar esta aparición, porque hay compilaciones en inglés, pero Watterson usa un argot no siempre fácil, no siempre asequible, dirigido a los forofos de los Hermanos Marx, y los leía con lentitud.
                Esta antología (Calvin y Hobbes, 10 añois), que presenta varias aventuras que no aparecieron en las publicaciones de Promexa, es una excelente presentación de unos protagonistas no tan complejos como los personajes de Charles M. Schulz, pero bastante más parecidos a los niños actuales.

Cuanbdo la Adabi nos publicó nuestro libro sobre México en el beisbol (no el beisbol en México, como leyeron los que no saben leer) nos acusaron de no incluir a la Liga del Pacífico; teníamos nuestras razones: es una liga que se juega en México, pero no es mexicana, es para que se fogueen los novatos y para que no se entuman los veteranos de las Mayores, y para que los mexicanos acabalen con el gasto; algunos cronistas lo entendieron: situamos el deporte en el país en términos más allá de los deportivos, lo vimos desde la historia, la política, la economía, en términos sociales; varios años después la Liga Mexicana publicó un libro casi oficial, con los mismos nombres de siempre, o casi; entendieron lo que hicimos, o alguien se los hizo entender, y mejoraron lo que habían hecho años antes; sin embargo persisten en halagar a los patrones y patrocinadores, en el chayote, en barbear a los poderosos, en los autocebollazos, y lo peor, en la mala redacción. Pero hay avances.

En los últimos meses no han sido tan sencillos; además de la separación de El Librero, que apareció primero los domingos y luego los sábados durante casi siete años, he sentido y resentido algunas ausencias ya irremediables: Leopoldo Mejía Díaz, hermano menor de mi padre y mi padrino de confirmación (lo que me convierte en el más mayor de los Mejía de Zacatecas); no convivimos mucho los últimos años, pero me deleitaba cuando contaba las hazañas beisboleras suyas y de sus hermanos, que heredé a medias. Rafael Cervantes, secretario de redacción de la sección de Deportes, y cómplice divertidísimo de las travesuras que hacíamos en El Financiero, víctima de un infarto cuando no había llegado a los 50 años. Mucho mayor era Raúl Ortiz y Ortiz, si no el mejor traductor mexicano, por lo menos autor de la mejor traducción, de un libro tan arduo, difícil y complejo como Bajo el volcán, mucho mejor que las cuatro traducciones que hay del Ulises, al que se le compara en dificultad. Raúl, a quien Rosario Castellanos, de quien fue su mejor amigo, le dedicó El eterno femenino (que ahora será vista como políticamente incorrecta), era un poliglota prodigioso, aunque él decía que por su vocación de portero de hotel de seis estrellas, fue maestro, diplomático, poseedor de los chismes más sabrosos. Perdió la felicidad el día que murió Rosario Castellanos, a quien veneró y preservó su gloria, pero no dejó de trabajar con ahínco, de disfrutar el cine, de enojarse al leer mala literatura, al ver el lenguaje de los periodistas y de las feministas; amigo de Evelyn Waugh y de Graham Greene, me distinguió, como a muchos, con su amistad; por desgracia, sus enfermedades le irritaron el carácter a momentos.

¿Por qué unos provincianos quieren endilgarnos un adjetivo descalificativo como gentilicio? Además, como desconocen la Constitución, quieren crear una exclusiva para los anahuaquenses, que por definición será menor a la Constitución Federal, que es la que hasta ahora nos rige.
                ¿Y los anuncios que dicen que los fumadores acortan su vida, por qué no dicen que la mariajuana acorta la vida de quienes rodean a los que la consumen?


lunes, 7 de diciembre de 2015

Dos mismos idiomas separados por un continente; adiós a Pepe

Dice Arturo Pérez-Reverte que cuando el español (el idioma) adquiere vocablos y modismos de otras tierras donde se habla el mismo idioma no es contaminación, es enriquecimiento; mal haría en opinar lo contrario, porque el idioma original, que no era español sino el latín que hablaban los soldados que ocuparon el territorio de Hispania, contaminado con el habla de los originarios de esas tierras, tiene un alto porcentaje de vocablos, palabras, expresiones que heredaron del árabe, y otros muchos que adquirieron de las tierras americanas que invadieron en el siglo XVI, y que saquearon hasta comienzos del siglo XIX (y hay cantantes, compositores, bailarines, futbolistas que, al fracasar en España, vienen a América, en especial a México, a cambiar oro por espejitos —y como en la Cantata del adelantado don Rodrigo Díaz de Carreras, se llevan los espejitos creyendo que es oro, pero tampoco dejan oro) (no hablo de los científicos, escritores, pintores, intelectuales, economistas que hicieron de México no un territorio de conquista sino su nuevo país, y en muchos casos, su único país).
                Aboga Pérez-Reverte por una actitud más abierta, dejar de ser hispanocentristas; arguye que es el mismo idioma el que se habla en España como en Hispanoamérica. Es de aplaudir esa postura, pero me temo que sólo es políticamente correcta, porque sigue considerando que es su idioma el que se contamina con los americanismos; si lee los periódicos, revistas, redes sociales, y oye los parlamentos en televisión y radio, tiene razón: ¿en qué momento comenzó a considerarse que se escucha bien decir “cumple, peli, prosti, progre, boli”, o acentuar futbol, al modo que proliferan en las revistas del corazón hispanas?
                Se equivoca en otra cosa: dice que al contrario de lo que pasa con el portugués, en que no es el mismo el que aparece en los libros portugueses que en los brasileños (omite, no sé si involuntariamente, que el inglés de Inglaterra es muy diferente al del estadounidense, tanto en el hablado como en el literario), los libros escritos en español se entienden en todos lados donde el español es la lengua más común: vaya, ni siquiera entre editoriales lo es, porque no es igual el español en los libros de Alianza Editorial que en los de Anagrama; incluso, ni siquiera en algunas colecciones de una misma editorial, como en Tusquets o en Alfaguara.
                Ningún hispanoamericano dice “tía” al mencionar a una mujer de mediana edad con la que se tiene una relación efímera, poco seria, o casual o de paga; nadie en América califica a un hombre fornido como “cachas” (ni en España le dirían “mamado”), ni a un trabajador eficaz como “pilas”; si un libro infantil editado en España contiene una frase como “ya todos los niños fueron cogidos” en vez de seleccionados, puede ser calificado como descripción pederasta en América Latina. O “A este capullo le pegamos la picha en la mano con cola de alto impacto” no se le ve el lado pederasta; o los personajes que leían todas las mañanas los cuadros de boxeo, o su descripción de un hit al left field: “pega un golpe a la izquierda del campo”, se le entiende en Cuba, México, Colombia o Venezuela.
                Vicente Leñero reclamó a Jorge Herralde las traducciones de Anagrama, y éste contestó con desdén que no le importaba el público de América hispanoparlante, sin reconocer que sin sus exportaciones no sobreviviría.
                Lo malo es que hay muchos en América Latina que cuando son sorprendidos en el mal uso del idioma recurren a la autoridad del Diccionario de la Real Academia Española; cuando Gustavo Madero calificó al perredista Miguel Barbosa de pendejo, se justificó diciendo que se trataba de una expresión coloquial, que es lo que dice el DRAE; en primer lugar una palabra no es una expresión, y coloquial, según la definición del mismo DRAE, es un adjetivo perteneciente al coloquio, y propio de una conversación informal y distendida; el coloquio es una conversación entre dos o más personas, o una discusión que puede seguir a una disertación sobre las cuestiones tratadas en ella (cuestión es, en primer lugar, una pregunta que se hace con intención dialéctica para averiguar la verdad de algo; claro, en la segunda acepción es una gresca o riña; en el caso de Madero contra Barbosa no era riña, era bravata).
                Si los asesores de Madero, que no creo que haya sido él, hubieran consultado el Diccionario del Español de México reconocerían que el adjetivo es, en México, una grosería; y en el más manual Pequeño Larousse, ya más permisivo que en los cincuenta cuando pendejo sólo era un pelo del pubis, es un “pendón, una persona de vida irregular y desordenada” (que no es Barbosa, cuadrado y previsible), y en su segunda acepción, un cobarde o tonto; de ninguna manera, en la más reciente de las ediciones, se dice que sea coloquial.
                Ahora que si sus asesores (o, en un caso extremo, el mismo Madero) leyeran novelas mexicanas, se darían cuenta que es un insulto, aunque sea una expresión informar y familiar.
                Claro, si los españoles leyeran libros mexicanos se darían cuenta que no entenderían mucho, pues hablamos un idioma diferente; no sólo con los mexicanos; en las novelas de Mario Vargas Llosa leemos que los personajes elegantes usan “terno” (traje de tres piezas, incluido chaleco); los peruanos y los españoles, al leer una novela mexicana se sorprenderían que sirven té o café en un terno, que para nosotros es el juego de taza y platito.
                En Tres tristes tigres Cabrera Infante tiene una sección con los escritores prohibidos en algunos países; muchos se asombrarán al ver que poetisas tan finas como Concha Espino o Concha Urquiza estarían vetadas en Argentina y Chile, como en México es innombrable Giovanni Verga, ese notable seguidor del verismo.
                Bueno, el propio Pérez-Reverte olvida que uno de sus libros, La sombra del águila, debió tener una versión mexicana porque la española sólo la entenderían en España.

En el segundo libro que leo completo de René Avilés Fabila se asegura que los superhéroes no tienen hijos, y menciona a varios, entre ellos a Tarzán: ¿y Boy?

Él tenía diez años cuando nací, y me cuidaba y jugaba conmigo cuanto podía; uno de mis recuerdos más antiguos fue cuando entró a la recámara, donde dormía, y me avisó que había muerto Jorge Negrete; hay otros recuerdos, más difusos, menos concretos, pero en mis primeros años estuvo siempre cercano, igual que Enrique; un día desapareció de las visitas diarias, dejó de ir a las fiestas que terminaban tardísimo y no se alejaba de mí y de mi incertidumbre hasta que pensaba que me había dormido, aunque muchas veces lo simulé, porque le gustaba estar con los de su edad; no recuerdo haberlo visto bailar, como Enrique, que era un trompo; en mi adolescencia me convenció de que cada domingo lo acompañara a las instalaciones del INJM en la Guadalupe Tepeyac, y jugábamos frontón desde las ocho de la mañana hasta mediodía, siempre como pareja; me ponía a sacar, y me dejaba los remates cortos, que pronto aprendí a colocarlos lejos de los contrincantes.
Un día apareció en la secundaria, en clase de Química; alguna de mis amigas me dijo que iba a acusarme; motivos tendría, pero no sucedió más que la maestra me dijo que tomara mis útiles y saliera con él; en el camino me dijo que mi tía Bela había fallecido durante la noche; todo el tramo desde fuera del salón hasta que abordamos el taxi que nos esperaba se me borró, no supe qué me dijo, sólo que el tono de su voz me confortó; así fue siempre; por esos días mi abuela materna, madre de él, estaba internada en el hospital Colonia, con cuidados por su corazón; ¿cómo decirle lo que había sucedido sin que le afectara? Fue él, con su tranquilidad, quien lo comunicó; desapareció unos meses, porque se fue a trabajar en Conasupo, creo que a Aguascalientes, luego a Saltillo; apareció el 1 de enero de 1965 acompañado de Patricia, con quien había casado días antes; él regresó a Saltillo, Patricia, simpatiquísima, cariñosa, como diez centímetros más alta que él, se quedó en la casa paterna, y cuidó a mamá Consuelo con devoción, y le lloró como cualquiera de nosotros cuando un año tres meses más tarde amaneció sin vida pero sin sufrimiento.
                Después de eso lo veíamos dos veces por año, en Semana Santa y en Año Nuevo; cuando los hermanos se dispersaron siguió visitándonos; tacaño, se quedaban en mi casa, pero se sentía incómodo; resolvió hospedarse en un hotel en la calzada de Guadalupe y Joyas, un hotel supongo demasiado barato como para que muchos lo ocuparan por algunas horas; una tarde cuando salían a pasear los detuvieron unos patrulleros: ¿qué está haciendo con la dama? Respondió indignado: “ninguna dama, señor, es mi esposa”.
                Menos bullicioso que mis otros tíos, tenía un humor más cercano a la sonrisa que a las carcajadas, como Alfonso y Enrique, y menos contundente que Ignacio, pero nos hacía reír, y cerca de él nos sentíamos confortados, protegidos; de hecho, en una época de carencias nos apoyó, sobre todo a mis hermanas.
                Aunque no le gustaba hacer gastos superfluos, no dejaba de llamarnos en nuestros cumpleaños, y cuando podía, nos visitaba; sus últimas visitas eran incómodas porque se volvió vegetariano y nos costaba mucho imaginar qué ofrecerle en sus visitas, en que lo acompañaba su hija, Gaba. Patricia, ocupada con múltiples trabajos, no le impedía sus poco frecuentes viajes, y se acompañaban de maneras muy divertidas, complementándose aunque eran muy diferentes.
                Hace unos meses, poco más de medio año, me llamó muy temprano para avisarme de la partida de Patricia, luego de 50 años de matrimonio; fue la única vez que lo oí llorar, pues se contenía en todas las otras muertes que hemos vivido: estuvo firme, aunque con la expresión contrita, cuando partieron Ignacio, después mi padre y después mi hermana Laura; estuvo entero cuando Alfonso, Celia, mi abuelo; ese día supe más de él que en todos los años que llevaba de conocerlo, cómo observaba la vida, cómo se enteraba de la de los demás, pues vivieron siempre en una calle cortada por un internado y por una calle larguísima; ni lloró cuando me llamó para avisarme que nunca más veríamos a Enrique, al que habíamos dejado de ver hacía casi diez años.
                Un día escribí en este blog que los pecados del mexicano son, al contrario de lo que dice Leñero (que caben en un dedo: uña y carne), las piernas horneadas y las piernas torneadas, y una lectora me escribió para decirme que si yo era el sobrino de un señor muy agradable que, durante un viaje, le habló de mí. Cuando María José le preguntó cómo era esa joven, él contestó, con tranquilidad, “como de 18 años”. Sí, ejercía esa fascinación que hace temer a los casanovas, porque con su silencio y tranquilidad llaman la atención de las mujeres a las que ellos asedian.
                Hace unos días me avisaron que estaba hospitalizado, con insuficiencia, neumonía y una embolia; resistió casi dos semanas; nada de eso lo acabó, sino la ausencia de Patricia, lo que los cardiólogos llaman “corazón roto” y Fernando Soler, con más propiedad, “corazón rompido”.
                Habíamos hablado dos veces en octubre, en mi cumpleaños y luego en el suyo; le había escrito por facebook, pero él ya no entraba a esa red, aunque antes la visitaba para hacer chistes o para ver las fotografías de Tsvetana Pironkova que inserto cada vez que ella agrega una nueva. ¿Qué dice Lulucita de esas muchachas que pones?, me decía. Le recordé la tenista para contradecir su afirmación de que ya no veía internet; fue el último tono alegre en su plática: su voz ya no era jovial, ya no transmitía la tranquilidad que siempre nos dio.
                Ya no veré a Pepe cada Semana Santa, aunque hace como cinco años que ya no viajaba a esta ciudad que ya no era la suya, pero sé que me consolará cuando lo necesite. Algo me queda; es a él a quien más me parecí: me río como él, soy antigregario como él, rehúyo las fiestas, como él cuando creció, y pienso como él en muchas cuestiones éticas, filosóficas y religiosas. Él trabajó desde niño, moviéndole la panza a una marchanta del mercado de la Industrial; se abstenía de opinar porque, decía, no hay que dejar que nos vean la cara de lo que la tenemos; no compartí con él otros gustos, como el rock y los western y las películas de guerra, ni la pasión por el futbol americano, como con Enrique, pero me legó un sobrenombre, con el que me conocieron los Alemanes, el Banano, Toy y sus hermanos, aunque ese apodo no salió de Escuela Industrial. Nunca juzgó, no se metía en la vida de los demás, pero se divirtió como pocos.


Una última moda: los editores que no leen. Y así nos va.