lunes, 23 de marzo de 2015

El que se ríe se lleva; EU vs CDMX

Dice un has been que prefiere no leer aunque tenga que hacer reseñas, antes que leer libros de vampiros, zombis, consejos para mejorar (debería leer los que ayudan a redactar mejor) y best-sellers; muestra menosprecio por otros escritores; creyéndose joven, adopta una actitud insolente por quienes se ganan la vida escribiendo libros que entretienen a los lectores menos exigentes, sin darse cuenta que la mayoría ejercen su oficio con eficacia; ya quisiera tener (lo tuvo) un poder narrativo de autores como Stephen King, Jeffery Deaver, Michael Connelly, John Connolly, John Katzenback, Henning Mankell, John Green, y en otras épocas Ian Flemming, Irving Wallace, Mario Puzo, Morris West, que tenían, y tienen, a sus lectores pegados a los libros, divertidos, emocionados, en suspenso; y de sus novelas han derivado excelentes filmes como la saga de El padrino, Carrie, The Thing (nuestro personaje seguro lo traduce como La tinga), El coleccionista de huesos, El informe pelícano, La firma, El cliente, Cementerio de mascotas, series televisivas encabezadas incluso por el shakespereano Kenneth Branagh, todas las de James Bond.
                En México, gente con renombre o con nombre como Homero Aridjis, José Luis Trueba, y hasta el mismo Carlos Fuentes, han incursionado en alguno de esos géneros, sin merma de su calidad literaria; devalúan su calidad, si la tienen, los que escriben a destajo, sin cuidar ya no digamos la buena prosa, sino los detalles que hacen verosímiles los libros. Y se dicen escritores sólo porque ganan premios.
                Ejemplos, aunque repita algunos que ya he señalado: son muchos autores los que hacen que sus personajes aborden taxis en la ciudad de México, antes de que les pusieran taxímetro a sus unidades; antes de que Ernesto P. Uruchurtu ordenara que se uniformaran los autos que prestaban servicios de alquiler, que andaban como ruleta en busca de pasaje (por ello le decían “ruleteros”, óigase a Pérez Prado), cobraban por tarifa convencional (¿cuánto al pueblo de Tacuba?, ¿cuánto a México? –se referían a lo que se conoce ahora como Centro Histórico—, ¿cuánto a la Villita?) y cualquiera se prestaba a llevar a los necesitados de transportarse con más premura que en los camiones, tranvías, trolebuses (alguno de esos que se creen escritores sólo porque publican asegura que había tranvías que transitaban por el Paseo de la Reforma); hay quien afirma que los taxis conocidos como cocodrilos tuvieron su apogeo a mediados de los cincuenta, cuando fue a finales (aún puede verse uno en Cinco de chocolate y uno de fresa, de 1967). Otra autora, aunque dice que estudió la época en que sucede su novela (principios de los cincuenta) habla de guaruras, término que comenzó a usarse durante la campaña electoral de Luis Echeverría, cuando un jerarca de los tarahumaras le dijo al candidato priista que era bienvenido junto con sus guaruras, y se propagó (LE hizo su campaña en 1970); hablan de escuelas que no conocen, y hacen contemporáneos a gente que vivió en la misma ciudad pero en otros tiempos, como Frida Kahlo con José Luis Cuevas; esa autora habla de las meseras de La Luz, la cantina que estaba en Venustiano Carranza esquina con Gante; al contrario de La Ópera, a dos o tres cuadras, que tenía un apartado, como las pulquerías, en donde admitían mujeres como clientas, en La Luz no había ni siquiera cocineras; también dice que en La Luz (llamada así porque enfrente estaba la Compañía de Luz y Fuerza –luego estuvo un banco—; por ello, sus clientes eran jugadores del Necaxa, aunque también iban con frecuencia beisbolistas como Rubén Esquivias) se jugaba dominó y cubilete, y daban botanas; nada de eso pasaba; La Luz se enorgullecía de ser la única cantina donde no necesitaban dar botana, y por lo reducido del espacio y lo pequeño de las mesas, no se jugaba ni cartas ni dominó ni cubilete. Meseras había en El Negresco, y admitieron clientas hasta finales de los ochenta.
                Un narrador que no carece de cierto buen estilo, pone a su personaje palabras irresponsables: como estoy bien del corazón puedo tomarme dos viagras diario y así darte pa’ tus tunas muchas veces; ignora el personaje, y desde luego el autor, que los investigadores descubrieron las ventajas del Viagra por serendipia, es decir, buscando otra cosa, en especial, un medicamento para combatir la hipertensión; si alguien con presión arterial normal toma Viagra, tendrá una baja en ella, que puede recuperar  en algunas horas, ayudado por el acelerón en el pulso a la hora de la relación sexual; pero si toma dos diarias tendrá una braquicardia bárbara, y si sobrevive, probablemente priapismo. Una audaz narradora anuncia que su protagonista hará un largo viaje a la playa, y enumera su vestuario, compuesto por varias blusas, faldas, pantalones, pero ninguna pantaleta; hubiera sido mejor que prolongara sus aventuras, producidas por la ausencia de esa prenda antiestética, seguramente incómoda, pero que proporciona higiene.
                Carlos Fuentes fustigó las novelas de adormideras, que sólo entretenían sin otras propuestas, y mencionó las obras de Wallace y de Jacqueline Susan (en ¿Quién se comió mis enchiladas? mejor conocida como Alguien nos quiere matar, José Agustín castiga a una computadora con la lectura de algunos párrafos de El valle de las muñecas); no le tocó en esa época un fenómeno mayor: los “profesionales” que escriben a destajo, publican dos, tres, hasta cuatro libros al año, con los descuidos subsecuentes: ponen a boxear a un peso gallo con uno medio, lo que ningún promotor haría: la desventaja del primero sería peligrosa, y hasta mortal. Le otorgan “humanidad” a los animales, al ignorar que “humano” viene de “hombre”; los visten con prendas que no existían en las épocas en que se desarrollan sus anécdotas (la marquesa –en el virreinato— mostró las pantaletas al bajar de la carreta), comían hamburguesas de una marca que no se había inventado, sino que aún no llegaba ese platillo a la ciudad de México (aparecieron hasta finales de los cuarenta), compran dulces que no se producían (chocolates, de una fábrica que sólo vendía leche en polvo o condensada y comida para lactantes) o los ponen en situaciones imposibles.
                Esa falta de respeto para con sus colegas no se justificaría ni siquiera si fuera superior a ellos, pero no es el caso; hay libros de autoayuda que ayudan sólo a quienes sufren de inseguridad, que carecen de estímulos, que no pueden ligar, que se angustian en la chamba, que creen que con una vestimenta específica ascenderán más rápido, ganarán mejor, aunque su trabajo no sea tan eficiente; pero hay algunos libros de este género que son muy divertidos, que entretienen aunque no ayuden, e incluso dan ideas, involuntariamente; algunos, por tontos; otros, en cambio, por el sentido del humor de sus autores. Pero no son más aburridos que los libros de estos escritores profesionales.
Ni modo: mejor que los que se creen jóvenes (de casi 50 años) escritores, escriben los que escriben para entretener.

Una semana en Estados Unidos me hizo ver lo inocuo de la vida de sus ciudadanos comunes; comida horrible, insípida, llena de grasas; a cambio, muy abundante; los taxistas regulares, ignorantes de su ciudad, sólo conocen los atractivos turísticos; tienen una tarifa más o menos razonable: 60 centavos por cada cuarto de milla; en espera, por embotellamientos o semáforos en rojo muy prolongados, 60 centavos cada 80 segundos; pero hay tolerados que se parecen a los protegidos por el GDF de la CDMX (siglas cursis): en embotellamientos, cada 20 segundos aumentan 120 centavos; los choferes de éstos son majaderos, arrogantes, violan (los únicos en la ciudad) los límites de velocidad, se le meten a otros automovilistas, y exigen, con gestos amenazantes, una propina casi igual a lo que marca su taxímetro pirata.
                En cambio, los automovilistas no taxistas son muy correctos, ceden el paso a los peatones, contestan los agradecimientos con otro gesto de cortesía y muchas veces con sonrisas; respetan las señales de tránsito y ni por equivocación invaden espacios peatonales; los transeúntes tienen un minuto exacto para cruzar las calles, y si no les alcanza el tiempo, no tienen que andar toreando, porque nadie arranca; los motociclistas, pese a lo ruidoso, no avientan sus vehículos a los peatones, y nunca invaden las banquetas; hay espacios específicos para ciclistas, y éstos no se le adelantan a los automóviles, no se pasan los altos, no se suben a las banquetas ni andan en sentido contrario. El jefe de Gobierno debería de darse una vueltecita.
                También los del PVEM, aunque sólo harían berrinche: hay un espectáculo, de casi media hora, en que los protagonistas son unos cuantos humanos (dos o tres), seis perros, tres gatos gandallas, varios patos, un halcón, un cerdito (como de dos años, pero no pueden cargarlo) que se contonea al caminar, gallinas, palomas, cacatúas, guacamayas y otros animales muy disciplinados; el número es muy divertido, tiene una escena muy pícara que hará enojar a las diputadas y asambleístas que lo vean; si nuestros ignorantes legisladores ecologistas leyeran a Gerald Durrell, entenderían que esa vida (de esos animales) es la mejor que pueden tener; pero no vaya siendo que lleguen a clausurarlo, y mandar a una vida indigna y cruel al remitirlos a albergues donde encontrarán una muerte infeliz, sino es que más rápida.
                Otra desventaja: en esa ciudad no hay buenas librerías, incluso dos de una misma cadena no tienen los mismos títulos, y en cambio hay disparidad de precios; no hay más que amontonadero de CD y DVD, aunque su catálogo en línea hace creer que tienen muchos títulos; igualmente, pudimos conseguir el  volumen 11 de NCIS a 25 dólares, aunque en dos librerías estaba a 51 y a 61 dólares; como dice Nahúm, deberían tener el mismo precio en todas las tiendas, ya sea en discos, películas, series y Legos. Y desde luego, los taxistas ignoran la dirección de esas librerías, lo mismo que los guías de turistas.

¿A quién creerle? Billy Wyman dice en su autobiografía (Stone Alone) que Jagger y Richards no cogían porque se la pasaban componiendo; Richards es más discreto aunque no deja de presumir que Anita pasó por casi todos los miembros, literalmente, de los Stones, especialmente por el suyo; el biógrafo profesional, Philip Norman, aquel que develó el nombre de la rubia con la que cogía Lennon a espaldas del marido de ella y de Cynthia y que inspiró “Noregian Wood”, dice que Jagger se echaba a quien se le acercara, a veces sin importar si no se trataba de hembras; indiscreto, da los nombres de las que fornicaron con él varias veces, y de una que otra anónima que no deja de serlo aunque digan su nombre; lo más curioso es que completa la anécdota narrada en el libro autocompasivo de Eric Clapton: una mujer de la que estaba enamorado le pidió que la llevara al vestidor de los Stones, al final de un concierto, y que por más que le rogó “a ésta no, Mick, por favor, a ésta sí la quiero”, Jagger no le hizo caso y se la bajó; Norman revela el nombre de esa grupi: Carla Bruni.

En una ocasión, un hombre aspiraba a ser secretario de redacción en El Financiero; no le fue mal en  la primera prueba, aunque se tardó más de lo normal en realizarla (no supe que algunos, gentiles, le habían echado la mano); se le dio un contrato por 30 días, el primero de tres, pasados los cuales podría obtener la plaza; pero a los diez días lo cancelé: se tardaba en una página mientras los demás hacían cuatro o cinco, y eso que seguían echándole la mano. Me demandó ante la Secretaría del Trabajo y Previsión Social: quería los 80 restantes, y de ser posible, la planta laboral; se demostró que había mentido al afirmar que conocía el programa que usábamos, y había inventado un currículo. No duró más que una audiencia.
                Otros se buscaron el despido, que me pedía Rogelio Cárdenas que ejecutara, o directamente lo hacía Reclusos Humanos.
                Pero hubo otros dos casos, que recuerdo ahora en que se habla de ética periodística; el primero fue un corresponsal en el sureste, simpático y relajiento y no mal reportero; un día me llamó un empresario de esa región, y me contó que nuestro corresponsal lo había amenazado con un juicio y con hacer público el conflicto que tenían, y lo había hecho en papel membretado de El Financiero; no duró un día más; el periódico no podía tolerar que usaran el nombre de la empresa para arreglar asuntos particulares, y menos un documento que, al ser membretado, involucraba al diario; en otro caso, el subdirector del periódico me advirtió que un editor se quejaba de que, al entrar a junta, se le desaparecían los adelantos (el resumen de las notas que cada sección anunciaba para la edición del día siguiente); se sospechaba que alguien los utilizaba para beneficio de otro diario; recorrí todos los departamentos donde había fax, vigilé a qué hora se usaba, y advertí a los responsables que se me avisaran en caso de que alguien enviara documentos, a excepción del jefe de esas secciones, claramente conscientes de su trabajo; en menos de una semana sorprendimos a un corrector que los mandaba a otro diario; avisé al subdirector, al sujeto se le echó de las instalaciones, y se le dijo que se presentara al día siguiente muy temprano; se le entabló un juicio; estábamos dos personas de Reclusos Humanos, el subdirector y yo, además del juzgado; admitió que de otro diario le pagaban para que les enviara los adelantos; en el contrato se esclarecía que el material era exclusivo de la empresa hasta que apareciera la edición impresa; pasarla a otros medios constituía un delito; no se le despidió: se la rescindió el contrato; se negó a firmar los papeles y amenazó con juicio para que se le pagaran antigüedad, vacaciones, indemnización por despido injustificado y quién sabe cuántas cosas más. Desde luego, nada prosperó.
                Entre periódicos es común que se echen la mano: cuando al mismo tiempo se transmiten una pelea de boxeo y un juego de futbol, un reportero ve el juego y le pasa los datos al reportero de otro periódico, quien a su vez le da los detalles de la pelea; como en El Financiero no teníamos televisión, y en la que había sólo recibía la señal de las telenovelas, uno de mis reporteros se iba a la redacción de Ovaciones, donde Óscar Alarcón nos permitía ver la pelea, y que desde sus teléfonos nos mandara los datos para hacer la reseña; en muchas ocasiones, reporteros con agenda apretada faltan a la conferencia de prensa de un funcionario o una empresa, y le piden a un colega que le ayude con lo más importante; nadie, desde luego, le pasa la entrevista que, en exclusiva, le dio el conferenciante, eso sólo le pertenece al periódico que le paga su sueldo; nadie falta a esa ética periodística. Lo que hizo nuestro corrector faltaba a esa ética. Los contratos también piden que, al firmarlos, se entienda que ése es su trabajo primario, que no se debe de trabajar en otra empresa similar, y que la mayor parte de su tiempo laboral le pertenece al diario; eso no sucede con los colaboradores, que pueden publicar en varios diarios y revistas, pero no debe publicar lo mismo en otras. Eso, a la luz de lo que ahora sucede, parece que a nadie le importa esa ética.

En un juego de pretemporada, Cleton Kershaw, pitcher estrella de los Dodgers y de todas las Ligas Mayores, recibió un batazo en pleno rostro; no lo lesionó, pues la línea era débil, pero por la mente de todos (el beisbol es un deporte de conocedores) pasaron algunos episodios: Alfredo Ortiz, Winston Brown, pero sobre todo Herb Score, quien en los inicios de su tercera temporada (en las dos primeras había impresionado a todos con su velocidad, control, lanzamientos poderosos), recibió un lineazo de Gil McDougald, short stop de Yanquis, poco abajo del ojo, y que hizo que todos temieran por su vida; tardó en recuperarse, pero no en su mentalidad; regresó, pero no fue el mismo aunque no perdió velocidad ni control; simplemente, le dio miedo; nadie podía culparlo: cualquier batazo lo llenaba de terror; duró muy poco su carrera; luego de un 38-19 antes del batazo, sus números cayeron a un 17-27 en los siguientes cinco años.
                ¿Kershaw podrá superar el miedo en los siguientes juegos? No se trata de valentía, sólo de instinto de supervivencia. Un jugador defensivo, líder de tacleadas en su equipo, apenas en su segunda temporada anuncia su retiro, por miedo a las lesiones. El deporte cada vez es más peligroso, y bien visto, exige un esfuerzo sobrehumano, que en cada juego pone en peligro la vida, a veces por lesiones (acaba de morir un luchador, víctima de golpes ilegales que se propinan en cada enfrentamiento y nadie hace algo por evitarlas), a veces porque el cuerpo no soporta esas exigencias.

Andre Agassi cuenta cómo arreglaba, con la alcahuetería de su entrenador y del de Graff, que coincidieran sus sesiones de entrenamiento con los de ella; trataba de hacerle plática, pese a la evidente timidez de ella; cómo se esforzó por ganar un torneo sólo para bailar juntos en la fiesta posterior; cómo la perseguía pidiéndole una cena compartida, una cita inocente sólo para platicar, cómo le telefoneaba aunque sabía que ella estaba con su novio, cómo le mandaba flores que Graff rechazaba, hasta que logró que terminara con el novio, aceptara citas, y luego, que entablaran relaciones; en aquellos años, principios del siglo XXI, muchas mujeres elogiarían esas insistencias, aceptarían los actos cursis (hacer “suya” una canción, ofrecerle un anillo de compromiso mientras se hincaba y tarareaba, no se sabe si bien o mal, “su” canción) y dirían que qué lindo; ahora eso se calificaría de acoso.

Por cierto, en un torneo en la ciudad de México, se discutía cuál de las invitadas tenía piernas más bellas (y lo demás); un editor negaba que tales características fueran las de Graff, porque su nariz era muy pronunciada: se trata de piernas y nalgas, no de nariz, le aclaró otro. Y en efecto, pocas tenistas tienen piernas feas, y todas las presumen con vestimenta cada vez menos tenística. Pero Graff supera a casi todas las demás.

En mi anterior blog, hace más de dos meses, dije que los que escriben en las redes sociales no saben leer; Francisco Elorriaga lo reprodujo en su página de facebook, y alguien contestó, dándome la razón aunque creía que me refutaba, que no hace falta ser un prodigio de escritor para escribir en esa red; lo dicho: dije que no saben leer, y él leyó que no saben escribir.

martes, 13 de enero de 2015

Famoso delincuente de cuello blanco; Leñero guionista; OFUNAM-Santanera

Le debo mucho a Xavier Velasco; por él escuché a Police, aunque ahora no me gusta como entonces; por él oí con otra perspectiva a Marianne Faithfull y la sigo admirando, chance más que el propio Xavier; gracias a sus consejos y pláticas perdí prejuicios y adquirí discos que sin él no hubiera escuchado; también es cierto que no siempre le hice caso, y que él oyó muchas cosas por mi insistencia.
                Pero, entre otras muchas cosas, la mayoría divertidas, dijo frases que conservo como guías morales, como “Dios dirá” (medida económica que también he ejercido, desde toda la vida, en otras cuestiones vitales, como las calificaciones, el trato con la gente sin importar la edad o condición socioeconómica), “May I stay forever young” como consuelo de que uno envejece y no nos resignamos, y la más valiosa: “para vivir fuera de la ley hay que ser completamente honesto”, que aprendió de Bob Dylan y que era una norma que seguía, y creo que sigue.
                La última vez que lo vi fue en una feria del libro en  Los Ángeles, y fueron tan notorios su sorpresa y su gusto que no dejaba de repetir “Mejía, Mejía, Mejía”, para azoro de Nahúm: “ese señor no conoce a mi padrino”; lo vi de lejos en Guadalajara, pero no es el mismo cuando hay cámaras delante suyo, y preferí no molestarlo.

Algo por lo que le estaré siempre agradecido es haberme presentado con Joaquín Sabina, cuando éste obsequió a la prensa, en un salón en el centro, uno de sus mejores discos, El hombre del traje gris, que me dio ese mismo día; hice mías muchas letras de Sabina, y admiré su valor por cantar sin tener voz, ni ritmo, ni cadencia, pero nadie podría cantar sus canciones como él (lo que pasa también con Dylan y, en otro plano, con Agustín Lara).
                Sabina, igual que Paco Ibáñez o que Serrat, representó mucho tiempo una conducta digna, indócil, y más que sus coterráneos, con un sentido del humor desarmante, además de que si Ibáñez cantaba poemas franceses o de la España antifranquista, Sabina hacía sus propias canciones, con un elegante juego de palabras, con una rima interna que ya la hubiera querido cualquier poeta de los años ochenta de una España en renovación, y digna del Siglo de Oro. No es que se convirtiera en  guía de conducta, pero versos como “nunca entiendo el móvil del crimen, a menos que sea pasional” me fascinaron porque hacía mucho no encontraba auténtico romanticismo en la canción moderna; muchas de sus actitudes expuestas en canciones como “Princesa”, “Pisa el acelerador”, “Güisqui sin soda”, “El joven aprendiz de pintor” “Eva con Adán” me hablaban de un autor que me gustaría haber sido como él: correr riesgos de todo tipo con tal de no traicionarme. Y de hecho corrí muchos, de muchas naturalezas; de algunos lo lamento, de ninguno me arrepiento.
                No me decepcionó Sabina cuando dejó de arriesgarse con el Paternina cuando le dio un itus, sustos como ésos no dejan de advertir que hay que arriesgarse menos o con más cuidado; me decepcionó hace unas semanas, cuando se descubrió que ha defraudado el fisco de su país, no al dejar de pagar impuestos (de eso hay mucho qué decir: que los gobiernos los usan mal, que los funcionarios los evaden o no los pagan, que desvían recursos, que cobran de más), sino al crear empresas fantasmas para no pagar o para pagar menos. Sabina, como muchos que han hecho de su actitud pública su vida íntima, ha defraudado a quienes creímos en su sinceridad. Ya sabemos de qué se trata.

No puedo decir que haya sido una influencia en lo que he hecho; quienes leyeron mis obras anteriores a que conociera los discos de Joaquín Sabina saben que mis personajes se acercaban a “el lumpen es su pedigrí”, que no ponía el pie al ladronzuelo, y que su lema era, me lo reprochaban mis amigos de entonces, “más vale lamentar que prevenir”, y era consecuencia de ciertas lecturas que me marcaron mucho (Sartre, Husserl, Fuentes, Pacheco, Borges); pero al conocerlo admiré, como admiré en Borges, estar con las causas perdidas, y que simpaticé más con los perdidos, los derrotados, que con los triunfadores; en fin, 30 años son demasiados para pedirle a la gente que no cambie, que mantenga sus ideales, su conducta; nunca fumé mucho, y una neumonía me retiró de la nicotina, no sé si para siempre (ya conté que mi último cigarro, hasta ahora, lo fumé sólo para hacer enojar a José Emilio Pacheco), que nunca bebí tanto como para chocar contra un semáforo ni caí al torito, porque no conduzco automóviles, pero no reproché que algún ingenuo lo hiciera por culpa de una pasión malsana a su sexagenaria edad.
                Pero no es lo mismo el ladrón poquitero que roba para comprar la última copa, que los fraudes millonarios que Sabina copia a su exreyecito, a la hermana de su reyecito, a los corruptos gobernantes de su pobre país. Y ahora que anuncia su nueva gira por México, seguro va a pedir que no se olvide a los estudiantes extraviados. Con qué cara, si es un delincuente de cuello blanco, los más despreciables de todos. Lo suyo ya no es un “pacto entre caballeros”, es docilidad ante el poder y sacar provecho de ello.

A la muerte de Ninón Sevilla surgen comentarios elogiosos acerca de su calidad de actriz, aunque, como siempre, sean exagerados o correspondan a otra persona. Sevilla fue protagonista de tres de las más notables películas de rumberas, Aventurera, Sensualidad y Aventura en Río, las tres dirigidas por Alberto Gout y con guiones de Álvaro Custodio; nuestra crítica endiosó a Sevilla (coqueta hasta el final, falleció a los 93 años, no a los 85 que proclamaba al ingresar al hospital), copiando los elogios que le dedicó François Truffaut cuando era crítico de cine, y que ahora recuerdan, de que no bailaba para la gloria, no way, sino para el placer; pero también hablaba de sus gestos, de su altivez; desde luego, se refieren a la mirada con que reta a su suegra Andrea Palma cuando descubre que es la misma que la madroteó en su natal Ciudad Juárez y que pretende hacerse pasar por dama decente (falla del guión: para madrotear el burdel donde la explota tiene que ausentarse de su casa largas temporadas, y nadie cuestiona qué hace todo ese tiempo).
Es mucho más vivaz su expresión cuando se levanta la falda delante del probo juez Fernando Soler quien, más turbado que nunca, sabe que ante él se está abriendo la puerta de la tragedia, la sordidez, y que irremediablemente va a caer en sus redes, o mejor dicho, entre sus piernas, las que elogia ella misma para explicar por qué roba: “¿Qué puedo hacer con estas piernas, señor juez?” Falta de imaginación, desde luego, porque al salir de la cárcel muestra lo que puede hacer con las piernas: bailar y con ello enloquecer a la audiencia masculina y provocar bajas pasiones. La expresión vivaz, remarcada por la nariz chata y la mirada sexual más que sensual, marca la diferencia entre su placer por bailar, tirando caderazos, aunque por dentro se la lleva la chingada por saberse culpable de la muerte de su madre, del suicidio de su padre, de haber pecado antes de casarse. ¿Cómo puede gozar tanto del baile mientras todo a su paso es tragedia?
Las cintas son divertidas de tan exageradas, de tan irreales; mucho más verosímil es su actuación en Víctimas del pecado, aunque Emilio Fernández no fuera mejor director que Gout, aunque sí más inspirado, más lírico.
Sevilla es un mito del cine mexicano pese a que de sus cuarenta y tantos créditos sólo 18 corresponden a filmes, y no a apariciones especiales, bailes esporádicos, o series televisivas donde actuaba de sí misma; en alguna entrevista se quejó de que en su época las actrices podían enseñar las piernas pero no las pantaletas; mostraban el ombligo, y menos de 50 años después las adolescentes a punto de entrar a la edad de merecer andaban con el ombligo de fuera sin que nadie le dijera exóticas.
Sevilla no actuaba, sólo bailaba; ¿mejor que sus competidoras? No era más audaz que Tongolele, y no hay muchos testimonios fílmicos sobre la capacidad de Su Mu Key, pero a ésta la exalta Pacheco en Las batallas; Meche Barba, Rosa Carmina, Lilia Prado (mucho mejor actriz que las demás), Elsa Aguirre, hasta Gloria Marín, tenían idea de cómo mover la cadera (según expresión de García Riera para definir el cine de rumberas); ¿qué hacía excepcional a Sevilla? ¿El mito?
Álvaro Custodio lo explicaba bien en sus notas sobre cine, y él fue el encargado de los guiones de las cintas más célebres de Sevilla; García Riera, en su revisión de Aventurera modera su entusiasmo y explica el éxito de las tres películas célebres a la casualidad: Custodio trabajaba más por la papa que por sus ganas de trascender en el cine; Gout no era un perfeccionista aunque sí cuidadoso con los detalles y, sobre todo, por la protección a los rostros femeninos (eso salva una película tan reaccionaria y pedestre como ¡Viva el amor!, eso y las piernas de Silvia Pinal y los escotes de Christian Martell, protegidos por Gout; eso hace visible una cinta como Adán y Eva, con todos los obstáculos posibles). Sevilla era bailarina, no actriz; sin embargo no puede negarse su simpatía.
La veía cada semana, hace unos 25 años, comiendo tortas en el puesto del papá de Pepe, en Thiers y Leibnitz; allí terminaba comiendo cuando pasaba a cobrar a la ANDI; hermosa nunca fue, pero sí guapa; de pronto dejó de aparecer en público, cuando Héctor de Mauleón, en una de sus audaces investigaciones, descubrió lazos misteriosos entre Sevilla y Miroslava; se sabe que Sevilla encontró el  cadáver de la suicida checa, y suponen que modificó la escena de la muerte, como dicen en los programas de televisión; que sólo permitió que encontraran alguna de las cartas que dicen que dejó, y que la más misteriosa, con detalles macabros, Sevilla la guardó, y dejó que culparan del suicidio al matrimonio entre Luis Domínguez, torero, con Lucía Bosé; Miroslava amaba al torero y el matrimonio la desquició, o eso se supone por la fotografía de Domínguez encontrada en la recámara de Miroslava; durante años se creyó en esa versión, hasta que De Mauleón encendió las dudas e insinuó que el amor de Miroslava no podía decir su nombre; dudas razonables, que se enredan cuando involucran a La Chula Prieto, a Mario Moreno Reyes, y a Jorge Pasquel (de ser cierta una de las versiones, de que Miroslava fue víctima de un pasón con cocaína en una fiesta con políticos, podría pensarse en otras coincidencias, sobre todo la muerte o accidente o suicidio de Mariana, la madre de Jimmy, de quien se enamora Carlitos en Las batallas…).

De todas las posibilidades y versiones, Vicente Leñero escogió la más común, la más conocida y la más plana para el guión de Miroslava, una horrenda película que pretende recrear el mito de una de las mujeres más hermosas que haya actuado (es un decir) en el cine mexicano, y que sale de un cuento de Guadalupe Loaeza.
Al hablar de Leñero, no mencioné su actividad como guionista. La página especializada en cine le acredita 31 participaciones, como autor del libro en que se basa el filme, como autor del argumento, como guionista, como consultor; hay dos excepcionales: El callejón de los milagros, de Jorge Fons, y Cadena perpetua, de Ripstein, basada en una de las mejores novelas de Luis Spota, Lo de antes, que alguna vez dije era la mejor cinta mexicana; eso fue en 1979, y no tengo empacho en insistir en ello: la sobria dirección de Arturo Ripstein, las actuaciones soberbias de Armendáriz, Gómez Cruz, Pellicer, Martin, Busquets, Murgía, Cobo; bueno, hasta Angélica Chaín está visible y no sólo por el desnudo por esa vez nada vulgar; la escena en que Rodrigo Puebla cae balaceado es una de las muertes más naturales en nuestro cine, y llama la atención la presencia imponente de Ana Martin, aunque prácticamente no dice una palabra.
A cambio, echó a perder Los albañiles, vulgarizó El monasterio de los buitres con la presencia de Irma Serrano y Macaria que nada tenían que hacer en la trama; permitió que se trivializara Estudio Q, enredó El crimen del padre Amaro, y enredó más aún La habitación azul hasta hacerlo una trama policial inocua, desperdiciando la turbante (más) belleza de Ana Claudia; permitió desnudos gratuitos cortesía de Francisco del Villar (Cecilia Pezet en El llanto de la tortuga, nada perturbante; Alma Muriel en Cuando tejen las arañas); sobre todo, echó a perder Las batallas en el desierto, haciéndola obvia, aplastando una anécdota y olvidando las otras, ambiguas y terribles; la sacó de contexto, aprovechó el terremoto de 1985 que nada tenía que ver con la novela; la simplificó, en resumen.
Lo dicho: lo suyo era la novela de búsqueda, que dejó de gustarle para quedarse en el planteamiento plano. Pero pocos podrán alcanzar lo que él logró con Los albañiles, Estudio Q y sobre todo Redil de ovejas, que cada vez me gusta más.

Esperamos con entusiasmo el ensamble OFUNAM-la Sonora Santanera (la única, la auténtica, la original, la internacional: una de ellas, al fin todas se dicen las herederas de la primera, la de Carlos Colorado, la que grabó con Sonia López uno de los mejores discos hechos en México, en donde en la contraportada posan como espiando las piernas –delgadísimas— de Sonia); el video de Los Ángeles Azules con la Orquesta Sinfónica de la Ciudad de México, en verdad sabroso, hacía concebir la esperanza de que la Santanera se iba a lucir; pero la Sonora se lució, no así la OFUNAM; los arreglos no aprovecharon la música tropical, los buenos arreglos a “Perfume de gardenias”, por ejemplo; me emocionaba escuchar a James Ready, trompetista principal de la OFUNAM y de Minería, tocando los solos de “La boa”, o de “Bómboro quiñá quiñá”, o de cualquiera; la Sonora Santanera, aunque la mayoría de las letras de sus canciones carecen de calidad, sus interpretaciones son magníficas; sus trompetas, sus percusiones, su piano, son insuperables; pero Ready fue opacado y sólo lo enfocaban bailando, y como la mayoría de los sinfónicos, lo hacía torpe, sin ritmo, demasiado pudoroso; y en general, en todo el concierto, se escuchaba  a la Santanera, y la orquesta con un acompañamiento tímido, discreto… Es una lástima, la han reducido a acompañar a una Santanera que los superó, y antes a un sobreafectadísimo Fernando de la Mora. Debe recuperar su nivel, como cuando acompañó a Stephanie Chace, la mejor violinista actual.

Murió Julio Scherer; ¿alguien se atreverá a desmentir el mnito?

Facebook es una muestra de lo grave de la proliferación de redes sociales: escriben los que no saben leer.


lunes, 8 de diciembre de 2014

Vino el remolino y nos alevantó

¿Qué político mexicano perdió en dos ocasiones las elecciones presidenciales y, ante su fracaso, intentó una revolución para hacerse de la presidencia?

Cuatro muertes en una semana estremecen, de una u otra forma, a la opinión pública, en diferentes ámbitos: Silvio Zavala, uno de los grandes historiadores del periodo colonial mexicano (y centroamericano) con énfasis en la explotación laboral, pero también en la majestuosidad artística; Luis Herrera de la Fuente, director de la Orquesta Sinfónica Nacional en varias ocasiones, director del Departamento de Música del Instituto Nacional de Bellas Artes otras tantas, y autor de uno de los discos más célebres de la música mexicana, en donde reunió varias de las piezas más populares (Huapango de Moncayo, los Sones de mariachi de Blas Galindo, el Homenaje a García Lorca de Revueltas, y el Concertino de Bernal Jiménez); fue mejor como maestro y funcionario; como director, lo superaron cuando menos Carlos Chávez y Eduardo Mata.
                Más notorios, para el espectador medio, Vicente Leñero y Roberto Gómez Bolaños; este último actuó primordialmente en programas cómicos; al principio, con expresión inmóvil, quería imitar a Chaplin, a Buster Keaton pero más al genial Stan Laurel; tuvo la oportunidad de crear varios personajes, sobre todo a los que él protagonizó; como quería inmortalizar el sonido del díptico ch, así comenzaban los nombre de casi todos sus personajes: Chavo, Chapulín, Chapatín (algún bromista, por su proliferación con guiones, le dijo que era Shakespeare en miniatura); hizo populares frases que se volvieron lugares comunes, aunque no tenían nada de ingeniosas y menos de originales; una, en voz de su compañera Florinda Meza, fue copiada de una pareja de cómicos populares en Siempre en domingo, pero Gómez Bolaños se negó a reconocerlo. Se negó a tratar con más dignidad a sus compañeros, mejores actores que él (Ramón Valdés, con los genes de Tin Tan y El Loco, sus hermanos; Carlos Villagrán, multifacético; Édgar Vivar, de extracción universitaria, y María Antonieta de las Nieves, infaltable en cualquier doblaje en los años sesenta y setenta), y cuando los fue corriendo, sus programas se desplomaron; pero si como actor era malo, era ingenioso como guionista; quieren hacer creer que escribía poemas y componía canciones, pero la versificación no es poesía; sus obras en nada pueden compararse a la poesía mexicana contemporánea de lo que él intentó; sin embargo, insisto, como guionista era mejor.
Cuando Emilio García Riera publicó su primera versión de la Historia documental del  cine mexicano (Ediciones Era),  omitió comentar las películas de Viruta y Capulina; para él, todo eran pastelazos y bromas tontas, pueriles; cuando comenté el noveno y final tomo de esa colección, se me ocurrió decir que si era un esfuerzo enciclopédico, debería de incluir todas las cintas, no sólo las que le gustaban o que le parecían interesantes; sé que le molestó, me lo dijo nuestra amiga mutua Alba Rojo; cuando apareció la segunda edición (Universidad de Guadalajara) aceptó el golpe: en la primera versión de esta historia, alguien (nunca mencionó mi nombre, ni en este ni en otros casos en que llamé su atención) me reclamó que no comentara estas cosas (gloso, no cito); al principio, todos los comentarios eran del mismo tono: ñoños, desgraciados (es decir, sin gracia), repetitivos, limitados, sin originalidad; de pronto fue más benévolo, algunas de esas cintas le parecieron graciosas, o menos ñoñas; algún chiste le causó risa, encontró que las historias eran cuando menos coherentes y los pastelazos, justificados; él mismo encontró la razón: eran cintas con guiones de Roberto Gómez Bolaños.
El otro fallecido fue Vicente Leñero; cuando Antonio Sandoval me notificó la gravedad de su mal quise llamarle, pero me pareció que sabría el motivo de mi llamada; pocas veces le telefoneé: para que contestara una encuesta, para agradecerle el envío de algún libro, para invitarlo a que asistiera a la última cátedra del curso que dicté sobre sus novelas (apareció e impresionó a los asistentes), para comentarle que en el Taller de Lectura en El Financiero habían leído con placer Los albañiles, y le pareció conmovedor que muchos de los comentarios se refirieran a escenas conmovedoras de la novela; le emocionó que a 40 años de publicada le siguiera gustando a la gente, y le impresionó que los asistentes hayan leído 40 libros en el año que duró el Taller: “como profesionales”, exclamó; la última vez, para invitarlo a una mesa redonda que se titularía “Cuando los clásicos eran jóvenes”, en la Feria del Libro de Xalapa, donde participaría con Emilio Carballido, José de la Colina, Eraclio Zepeda y no me acuerdo quién más; por desgracia, coincidiría con un viaje suyo a España. Ah, y cuando se presentó Rito de iniciación, la novela de Rosario Castellanos que me tocó en suerte descubrir y editar (su esposa es una de las mejores lectoras de Castellanos). Ah, y en una feria de clavos en el Auditorio Nacional, porque al saludarme descubrió que me había topado con un libro desconocido de Dashiell Hamett; no me atreví a decirle que yo había tomado el único ejemplar.
Tuve con él muchas comunicaciones; cuando Arturo Trejo me pidió un artículo sobre los 25 años de Cien años de soledad, y me mostró la lista de los participantes, le dije que faltaba un artículo-cuento excelente de Leñero, del hombre que no había podido leer la novela de García Márquez; le proporcioné una copia, que había aparecido en un libro poco mencionado, Cajón de sastre; le llamó para pedirle autorización, y le dijo que yo lo había puesto en la pista; Leñero comentó: Mejía conoce muy bien mi obra (gloso, no cito).
Escribí bastante sobre él; me siguen gustando mucho La voz adolorida más que la segunda versión, A fuerza de palabras; me gusta mucho también Los albañiles (que alguien dice que retrata la vida de los desposeídos), aunque me salta el detalle que me hizo ver el mejor lector que conozco: ¿a poco la policía se va a detener tanto tiempo en investigar el asesinato de un velador? Estudio Q me sigue pareciendo una de las mejores novelas mexicanas de todos los tiempos, aunque en la cuarta relectura me atoré (¿efectos de la edad? Mía, no del libro), El garabato, luego de la sorpresa inicial me habla más de aspectos técnicos que de literatura, y sólo la releo si veo en ella un retrato cruel de Emmanuel Carballo; Redil de ovejas es, creo, su mejor novela, y también una de las mejores de los tres últimos siglos; poco leída, muy enredada, con toda la lección y la influencia no sólo de la Nueva Novela Francesa, sino también con la visión de Greene (Graham y Julien). Menos me gustaron sus novelas posteriores; releída, Los periodistas, tiene una escena excelente: Regino a punto de confesar sus pecados; en cambio, la última escena, la farsa de los “Inos”, de lo más fallido de su obra; La gota de agua me aburrió, excepto el capítulo autobiográfico de sus torpes intentos de ser ingeniero; la primera vez que lo leí estaba en un restaurante ahora famoso, China Girl cuando se situaba en un sótano; en otra mesa, Héctor Aguilar Camín y Ángeles Mastretta veían, atestiguaban, curiosos e intrigados, mis carcajadas. La vida que va me hizo concebir esperanzas de su retorno a la experimentación, pero quedó trunco el intento. Reacio al teatro, y ante su proliferación, me quedé con las primeras obras y nunca me entusiasmó su dramaturgia; y lo que surgió, las confesiones de su relación con la gente del teatro, y las secuelas, donde habla mal de amigos y conocidos, me parecieron, el primer tomo, muy divertido, pero los otros no, y supongo que a los que balconeó, de broma o de mala leche, muy desafortunados.
Como periodista fue muy bueno, pero cayó en un error muy común en el actual periodismo: la sentencia contundente, frases cortas, punto y aparte, sin lugar a la interpretación y menos a la duda y a la respuesta o a la crítica; un reportaje suyo en Proceso, cuando se molesta porque a la mitad de una gira electoral el candidato priista Carlos Salinas de Gortari le retiró la invitación para la segunda etapa de la gira, me dañó mucho en mi estimación sobre su oficio; en La mafia, en una plática, Luis Guillermo Piazza y Carlos Monsiváis colocaban a Leñero en la categoría de “Los inatacables”, junto a Ramón Xirau y Vicente Rojo, entre otros. Con ese artículo, me pareció que ya no era inatacable, como él mismo lo confirmó al ser atacado con virulencia por Jorge Ibargüengoitia, por aquel pasaje en que debe aguantarse las ganas de ir a orinar, porque no se atreve a decirle a Scherer que ese viaje es urgente. Y en alguna parte se queja de que en Uno más le den, de vez en cuando, un coscorrón.
Sigo admirando, repito, algunas de sus novelas, y le agradezco profundamente las atenciones que tuvo conmigo, nuestras discusiones amigables sobre su obra, y sobre todo, le envidio que haya bateado en el Parque del  Seguro Social: fue un fanático del beisbol, aunque otras ocupaciones le hicieron olvidarse de ese deporte y de cómo se juega.

Fui a la FIL de Guadalajara; el motivo: la presentación de Lenguaje en libertad, compilado por María José y por mí, y editado con generosidad por El Colegio Nacional; los presentadores, de lujo, y generosísimos: Juan Villoro, Enrique Krauze y Eduardo Matos Moctezuma; el acto, muy lucido y los asistentes, realmente interesados; aunque Krauze había dicho que no nos retirarían sino por la fuerza de las bayonetas, debimos dejar el auditorio a Elena Poniatowska; de nuevo, la saludé muy de lejecitos: no quiero incomodarla.
                La Feria, aturdidora, con demasiada gente haciendo relaciones casi a las carreras, porque cuando entra el público y comienzan las conferencias y mesas redondas, se acaba el tiempo; algunas personas (Sandra Licona, Azucena Rodríguez, Grisel Marroquín, Roberto Rébora, Tomás Granados, Lluïsa Matarrodona, Martín Solares, afables aunque le quitaba el tiempo); Juan José Rodríguez me cuenta un rumor, que me convierte en autor de algunas de las novelas más inteligentes de los últimos tiempos; y se ha multiplicado tanto el rumor, que estoy por creérmelo; algunos encuentros, aterradores: el pasado llega como si no hubiera quedado atrás; alguna estúpida ignora la importancia de El Universal y no me ha leído una sola vez en estos últimos 40 años; los hoteles de lujo, ineficientes, ineficaces, con restaurantes caros, lentos, y aunque no son malos, sí banales; busqué birria, y en todos lados parece hecha para turistas; no se compara con la de La Polar ni menos con la de Birrias Jalisco, con lo único malo de que ésta desapareció hace años; las tortas ahogadas, también para turistas, aunque por fin entendí a Agustín Isunza cuando dice que viaja a México si le preparan unos lonches y le compran unos tíquetes; nada que ver con las loncherías, que ahora son más bien cafeses de chinos. La vida en Jalisco, lenta y aturdidora; un detalle curioso: la cantidad de mujeres que usa minifalda, dentro y fuera de la FIL.
                El libro Lenguaje en libertad, uno de los mejores en que he trabajado, y por el que nos han llovido felicitaciones, algunas inesperadas, todas generosas; si no tuviera temor del dolor, algunos me los haría tatuar. Ya platicaré cómo nació, cómo lo trabajamos, cómo lo terminamos. Acoto uno: Enrique Krauze me califica como uno de los mejores editores mexicanos, y pidió una ovación para María José.

“Vino el remolino y nos alevantó”, decía la canción y es el título de una desgarradora película de Juan Bustillo Oro con argumento de Mauricio Magdaleno, en la que una familia se separa, y cada quien pelea por una facción revolucionaria distinta; la hermana se vuelve hija de la mala vida pero no por voluntad, sino por las circunstancias.
                A ratos, leyendo las cada vez más contaminadas redes sociales, tengo la impresión de que es imposible hablar con algunos de mis mejores amigos; incapaces de sostener diálogos, sostienen frases, acusaciones, no permiten juicios ni menos si son adversos; han retomado una frase dramática de las madres, hijas, esposas, hermanas de las víctimas de las dictaduras y los golpes militares de Argentina y Chile, principalmente; aquéllos fueron desaparecidos por defender los gobiernos legales, por oponerse a la represión, exponiendo su vida por la vida y la libertad de los ciudadanos; no eran víctimas de luchas entre narcotraficantes ni cayeron enredados en enfrentamientos de bandas rivales, algunas de ellas propiciadas y protegidas por quienes se dicen militantes de un partido de izquierda que nunca fue de izquierda, que eran de centro derecha cuando sus gobiernos prohibieron que llegaran los Beatles, que había conciertos en provincia pero no en el DF, cuando andar con el cabello largo era delito, cuando entrar a las cafeterías era peligroso porque agentes policiales llevaban a los comensales a las delegaciones por el hecho de tomar café (léase De perfil, de José Agustín, y véase, si se soporta, Los juniors, de Fernando Cortés [el Papy de Mapy], cuando los supuestos jóvenes rebeldes Andrés García, Pedro Armendáriz y El Puma son apresados sólo por cafetear [y eso que para entonces ya no era regente Uruchurtu]); cuando un hombre y una mujer no podían tomarse de las manos en público, y en el Metro remitían a las delegaciones si sorprendían a una pareja besándose, aunque fueran hombre y mujer; muchos de ellos o sus herederos ahora están en la supuesta oposición pero gritan, cuando aprehenden a los que dañan edificios y asaltan comercios, que es represión. ¿Alguien entiende algo?
                No voté por ningún candidato; mucho menos por el más ignorante, que no sabe pensar, que sólo repite clichés que fueron reales cuando en Europa los gobiernos perseguían con crueldad a los guerrilleros, y se convirtió la fórmula de que quien delinquía por hambre debía de ser considerado preso político; fórmula rebasada casi desde entonces; ahora ese politiquillo plantea que si fuera gobierno crearía empleos y con eso se acabaría la iniquidad social y económica, pero no dice cómo los crearía: ¿con puestos burocráticos, aumentando la circulación de dinero, o sea con inflación? ¿Y cuántos aceptarían puestos en los que cobrarían tres o cuatro salarios mínimos si ahora, en el ambulantaje, en la informalidad, en el Metro vendiendo piratería, supuestamente prohibida, ganan en unas horas lo que ganarían en una quincena en uno de esos puestos? Curioso caso de un populista que desprecia a las masas.
                Se burlaron de un candidato que no tiene costumbre de leer, y un reportero se puso a las órdenes del politiquillo: ¿y a usted, qué libros le cambiaron la vida? La Constitución, dijo, aunque no es libro y es obvio que si la leyó, no la entendió; la Historia Moderna de México, de Cosío Villegas, y Poemas, de Carlos Pellicer. Nadie refutó que ningún libro de Pellicer se llama Poemas, aunque cuando dirigía la campaña del poeta para senador por Tabasco, publicó, si eso fue publicar, un folletito con poemas de Pellicer; tampoco aclaró que leyó a Cosío Villegas como parte de su trabajo para terminar sus estudios. Allí debo aceptar que lo leyó, porque sigue los pasos de Porfirio Díaz, quien dos veces fue derrotado en elecciones presidenciales, pero llegó a la presidencia, y se sostuvo más de 30 años, por la fuerza de las bayonetas.
                En lo demás, no le entendió: Cosío lo hubiera corrido de su cátedra, o de sus oficinas, si hubiera dicho delante suyo: “él empezó primero”.

Sí, he perdido si no familiares, a muchos amigos entrañables, pero no voy a tratar de convencerlos ni voy a dejar que traten de convencerme; prefiero que se calmen los ánimos; y si no, podré lamentarme: vino el remolino y nos alevantó.

PD. ¿Estarán saladas las ferias de libros? Hace un par de años, cuando estábamos en Los Ángeles, llegó la noticia del fallecimiento de Fuentes; ahora, en lo más emocionante de la FIL, se van Leñero, Zavala y Herrera de la Fuente.




miércoles, 29 de octubre de 2014

Nuevo DRAE, políticamente correcto

Con puntualidad no siempre acostumbrada, apareció la nueva edición, la XXIII, del Diccionario de la Lengua Española, editado por la Real Academia Española y publicado por Espasa; el primero es conocido como DRAE, y la segunda como RAE, siglas que facilitan la redacción pero no la pronunciación.
                La RAE fue puntual en presentar a la prensa el DRAE, de manera simultánea, en los países que oficialmente hablan y escriben en español (o castellano, ya no sé; España es donde menos bien hablan el idioma, dijeron Reyes y Borges), pero Espasa no lo fue en ponerlo a la venta; en las librerías que me quedan cerca, aunque cercadas por las obras en Mazarik, no lo tenían; en Porrúa ignoraban que se hubiera presentado el jueves 16  de octubre, y con la información, afirmaron que lo tendrían pasado el fin de semana siguiente, porque ya lo tenían en las bodegas; en la Gandhi ya lo tenían, aunque la persona que atiende por teléfono ignoraba que ya hubiera aparecido, y me exigió el ISBN, que conseguí en la misma página de la Gandhi en Internet; como pedí el DRAE, me regañó: no se llama DRAE, sino Diccionario de la Lengua Española; lo apartó en mi nombre y me dio tres días para pasar a recogerlo, es decir, entre sábado y lunes; pasé dos horas después, y en efecto, estaba en la caja, a mi nombre; cuesta dos pesos menos que la edición anterior, aunque está encuadernado en rústica, y es mucho más voluminoso.
                (Esto de las nuevas librerías es un desastre: los vendedores, aunque tengan localizada la sección donde están los géneros, o las editoriales, tienen que acudir a la computadora para encontrar el libro que uno le pide; en la Gandhi de Polanco había un empleado melenudo, eficaz, informado y atento [todos son atentos, en realidad], que no necesitaba la computadora; no sé si lo ascendieron o se fue a otro lugar; los que se quedaron no son tan eficaces. Pero en todas las librerías pasa lo mismo: consultan en computadora en vez de ir a la sección de poesía, o novela hispanoamericana, o europea, a buscar el título requerido; suelo preguntar por libros agotados, aunque no necesariamente inexistentes; casi nunca encuentran lo que pido; llevo casi un año buscando una edición decente del  Quijote de Avellaneda; si cuento las respuestas creerán que las invento, como si tuviera tan grande imaginación.)

La primera tentación es ver la lista de los académicos; subsiste en muchos países premiar la calidad o la popularidad de los escritores con el nombramiento de académicos; hay algunos que pertenecen a dos academias y en ambas viola las más elementales normas gramaticales; hay alguno que ha confesado que ignora la diferencia entre verbos y preposiciones, otros que no saben conjugar verbos y muchos que no saben contar número de sílabas, o de plano que no saben qué es una sílaba. Aunque hay muchos que por su calidad de científicos, o filólogos su aportación es valiosa; otros, porque manejan el lenguaje coloquial aunque sean derrotados por los que abominan el lenguaje coloquial; pero más de uno ha demostrado ignorancia no sólo gramatical, también en otras áreas.
                La segunda tentación es ver cuál fue el criterio para aceptar o desechar palabras; se supone que, por orden histórico, muchas palabras de uso antiguo van antes que en la acepción moderna; sin embargo, la de “vestuario”, la que en 1970 era la novena acepción ahora es la tercera, y la más usada en la prensa deportiva española (y sus repetidoras Televisa y Canal 13) aunque existe la palabra “vestidor”, que sólo tiene esa acepción.
                Alguno de sus amigos me contaba que Antonio Alatorre pensaba que las reuniones de académicos serían aburridas, por lo que ni siquiera consideraba formar parte de la AM; lástima, se hubiera divertido muchísimo al encontrar que la definición de “a” es “el sonido de la letra a”; que “noviazgo” es el tiempo que dura el noviazgo (ya lo dije en mi reseña en El Librero, de El Universal, pero no deja de divertirme), y que desaparece “puta”, o más bien se une a “puto”, pero ya no se habla de la mujer que ejerce la prostitución, sino en un muy discreto cuarto lugar, y con terminación masculina; persiste “prostituta” como persona que mantiene relaciones sexuales a cambio de dinero, con lo que ignoran a quienes lo ejercen para conseguir un ascenso, una calificación o por simple gusto de la variedad en que se encuentra el gusto, variedad determinada por la palabra “piruja”, que si en México es sinónimo de puta, en el DRAE tiene una acepción más reconfortante, que es “mujer —ellos son los que lo dicen—joven, libre y desenvuelta”, aunque en la práctica eso remitiría a coqueta, que según el DRAE es quien gusta agradar por el simple gusto de agradar, pero más aún la que gusta de agradar a muchos, sin que conlleve cópula, que en su segunda acepción es juntarse sexualmente; coquetear es tener una relación en la que no se compromete quien coquetea, aunque para eso ya adoptaron un término de las revistas del corazón, el ”amigovio”, que se distingue del amante en que se toma las cosas más a la ligera y no anda veriguando si la pareja coge o no con la esposa/so, o con otras personas. En la realidad, amante es la persona que exige exclusividad sexual, que no económica.
                No se entiende por qué, si todas las acepciones de período (que prefieren a periodo) conllevan la noción de tiempo, cada vez que lo mencionan le dicen “período de tiempo”, lo que es una redundancia (“repetición o uso excesivo de una palabra o concepto”), pero la limitan a éste, no lo usan en subir; nunca dicen “subir para arriba”, aunque todas las acepciones tienen ese sentido: “ir hacia arriba”, “llegar a un nivel más alto”…
                Ha habido muchos críticos al DRAE a lo largo del tiempo; Raúl Prieto se especializó en leer lo que él llamaba El Mamotreto, y se burlaba despiadadamente de cada error que encontraba, cuando menos uno por página, tanto por la ceguera, el empecinamiento de la RAE de creer que el idioma se centraba en el habla madrileña y menospreciaba las muy ricas variantes en toda la América española; los madrazos eran memorables y muy divertidos (Madre Academia y variantes, en diversas ediciones y editoriales); muchos académicos mexicanos, me consta, insistían en que tenía tanta razón que debería tener un sillón confortable en la Academia donde pescara todos los errores y ayudara a enmendarlos. Él veía esa invitación, o insinuación, como una afrenta y pensaba que hacía más bien con la crítica que con los consejos; consejos que, además, aunque los mexicanos aceptaran en España desecharían. Por ejemplo, allá siguen diciendo “mejicanidad” y “mejicano”, sin que la Academia Mejicana proteste, o ponga una nota manifestando su inconformidad.
                Pero las críticas y puyas calaron; la actitud de la RAE ha sido menos arrogante, menos altanera, y aunque subsiste su lema de pulir, fijar y dar esplendor al lenguaje, es más permisiva o tolerante o de plano negligente, y se pasa de dejada; acepta, por ejemplo, lonchera, el recipiente pequeño, de plástico, metal u otro material que sirve para llevar comida ligera, especialmente los niños a la escuela; ¿por qué decir “comida ligera” si arribita de esa definición aceptan la de “lonche”, que es precisamente la “comida ligera” (ligera en qué: ¿en carbohidratos, calorías, proteínas?); ¿por qué no poner que es un recipiente para llevar lonche? Ora que, ¿dónde se dice lonche? Según Gilberto Martínez Solares, es un vocablo regiomontano en boca de Agustín Isunza, pero en el DF, aunque las loncherías se llamen loncherías, pronunciamos “lonch” y escribimos "lunch"; ¿y por qué en especial los niños? ¿No han visto a los obreros con su lonchera en glorietas y parques y banquetas a la hora del lonch? Y si oficializan lonch, ¿por qué no “guajolota”, que es un alimento matutino tan popular y nutritivo como el lonch, o más? ¿Y si quieren llevar los huevos duros, dicho sea inocentemente, como ya no es comida ligera pierde el apelativo de lonchera? ¿O se refiere al peso del alimento?
                En donde más se advierte que la RAE busca si no complacer cuando menos no enmuinar a los hispanohablantes no hispanos, es en su aceptación de que la “v”, en la actualidad, se pronuncia como “b”, aunque no lo acepte Gutiérrez Vivó. Lo enfatiza (y pongo enfatiza nomás por hacer enmuinar a Juan José Utrilla, pero más muina debe darle saber que la RAE ya oficializó “enfatizar”): se pronuncia como “b”, sin darse cuenta, como dijimos hace unos pocos meses, que no se pronuncia como “b” en “envase”, “envío”, “envidia”, a menos que pronunciemos “embase”, “embío”, “embidia”; si se pronuncia la “n”, por fuerza la “v” se pronuncia como “v” y no como “b”; ¿cómo ven? También acepta “desapercibido” como sinónimo de inadvertido,  lo cual empobrece el lenguaje y pierde el sentido de dejar de percibir.
                Trescientos años en la vida de una institución pueden ser muchos o muy pocos; en caso de la RAE, es muy reciente que aceptó que su actitud en la política, la ciencia, la religión y en cuestiones sociales era, cuando menos, conservadora, y en muchos casos reaccionaria; pensaba que América, todavía muy entrado el siglo XX, seguía siendo una colonia que permitía que en sus (con)dominios no se metiera el Sol, aunque frente a otros idiomas era sumisa, más que humilde; incapaz de darle nombre a las prendas que adoptaba para la vida diaria, aceptó “suéter” aunque permitía que se escribiera sweater; al fondo le llama combinación (menos mal que no lo nombra como los cubanos, fondillo);  a los calzones  o pantaletas (derivación de calzas o de pantalones), bragas, cuando las mujeres no tienen qué bragarse; al brassier o sostén, sujetador (¡y en una edición española, de Ultramar, de Mirándola dormir le hicieron ese cambio a Homero Aridjis, sin considerar ritmo y acentuación); para estacionar un auto emplean un horrible anglicismo, españolizado: aparcar, aunque alegan que no viene de parking, sino de parque, pues en su sexta acepción es el lugar donde guardan transitoriamente algunos vehículos; y aún se atreven a decir que en México (¿o Méjico?) decimos parqueo, sin que los hayan desmentido (a quién le habrán preguntado o dónde lo habrán leído? Sospecho el nombre de la culpable, que estudia las palabras desde un cubículo sin oír ni leer fuera de él.)
                Frente a una literatura combativa, audaz, experimental tanto en estructura como en lenguaje, con una posición social respetable y honesta, como es la española desde hace tres siglos; frente a un cine divertido, inteligente, singular, original, desinhibido; frente a una música que no desmerece de otras artes y que respeta a sus clásicos (aunque Serrat, Autie, Sabina, canten feo), la RAE y el DRAE desmerecen muchísimo, están muy a la zaga, y no comparten los adelantos hispanos, desdeñan a todo un continente (hispanohablantes en Estados Unidos inclusive), e ignoran que el español está vivo, se transforma sin perder elegancia ni formalidad; muchas palabras (quizá y quizás; incluso e inclusive, por ejemplo) son tratadas con ligereza y descuido. Insisto: la RAE, por miedo a las críticas, admitió voces que no tenían por qué estar en el DRAE, y ya desde hace dos ediciones antes ha cambiado: ya no es normativo, es un diccionario de uso, pero muy inferior al de María Moliner (útil sobre todo para escritores, más que para lectores) y el de Manuel Seco. Y muy atrás, en el caso de la utilidad para los mexicanos, del excelente Diccionario del Español de México.

Llega una noticia cómica de tan dramática: en Australia se prohibirá la puesta en escena de Carmen, la ópera,  no porque la protagonista sea ligera de cascos (¿coqueta, piruja, puta?) sino porque es cigarrera (no los vende, los fabrica) y porque en la obra se fuma, y ya sabemos que los hitlerianos guardianes de la vida ajena se molestan cuando ven que alguien fuma, y se arrogan atribuciones que no son suyas, alegan cuestiones científicas falsas apoyados en la muy mentirosa OMS; ¿podríamos imaginar qué va a pasar si no detenemos a esos guardianes del orden y la vida sana? Modificar la portada de Abbey Road, suprimir las escenas de Help!, Casablanca, Cartas marcadas, Manhattan, La Cucaracha y omitir de la lista de nuestras favoritas “Fumando espero”, igual de buena con Sarita Montiel que con Nacha Guevara, ambas, enemigas de lo políticamente correcto.
                No lo digo de ardido: ayer 28 hizo un año fumé mi último cigarro, aunque puedo recaer y seguramente lo haré; lo hice sin ganas, porque se me ha desaparecido el apetito del tabaco, que disfruté muchos años sin abusar (los agentes de seguros me decían: eso no es fumar, aunque las autoridades perredistas ahora dirían que un cigarrillo es suficiente para provocar las muertes propia y varias ajenas –sin que uno pueda escoger a la víctima involuntaria o pasiva); fumé por hacer enojar a José Emilio Pacheco, no porque él me prohibiera fumar, sino porque decía que como ya nadie fumaba, todos le gorreaban los cigarros; le volé uno, pero su muina duró menos de un minuto, y se dedicó a contarnos chistes, anécdotas, sucesos, durante más de una hora. Creo que podré reproducir cada una de las las palabras que nos dijo ese memorable día; lo malo es que podré repetir muy pocas de ellas; si dijera todo, molestaría a muchos.
                Vigilan que no fumemos, que pongamos poca azúcar y nada de sal a nuestros alimentos, y permiten a los fotógrafos indiscretos que anden cazando a las famosas que, deliberada o inadvertidamente muestran las piernas, el aguayón (que, me repito, en la edición conmemorativa de La región más transparente de la RAE aseguran que se refiere a los pechos femeninos), las tarzaneras  o las chichis.
                Y aquí es cuando vuelvo a discordiar con la RAE; para nosotros, chichi es pecho, derivado del náhuatl (como cacahuate); de allí también chichón, chipote y Chichonal; para el DRAE, eso es chiche y en cambio chichi es coño (vulva [¿bulba?] y vagina); y en otra acepción, es “inútil”. Allá ellos.
                ¿Por qué vigilan la vida privada y permiten que invadan la vida privada de los famosos, célebres o populares? ¿Será que las fotografías, como los cadáveres en los clósets, no pueden ocultarse, aunque uno las desniegue?


(Como ven, en algunos párrafos quiero molestar, aunque espero que mis amigos no se molesten.)

miércoles, 8 de octubre de 2014

De futbolistas, de inteligentes, los libros de MM y de la conciencia de la historia

Más frases de futbolistas: Los primeros 90 minutos son los más importantes; Quiero que mi hijo sea cristianizado, pero no sé todavía en qué religión; A veces en el futbol tienes que hacer goles; Perdimos porque no ganamos; Voy a dar un pronóstico: puede pasar cualquier cosa; Tengo uno (un pulmón), como toda la gente; El futbol es lo más importante de las cosas menos importantes (ésta es una variante menor de una de las mejores sentencias de Woody Allen: “el sexo sin amor es una experiencia vacía, pero es la mejor de las experiencias vacías”); No sé si vaya a Madrid o a Milán, pero en Italia; En qué país (lo contratarían), no puedo decirlo, sólo puedo adelantar que se trata de un equipo brasileño. En las páginas de la red de internet hay decenas, o centenares de frases similares, y muchas son atribuidas a dos o tres de las más grandes glorias del balompié, así que no hay por qué poner a los autores. Pero no puedo omitir uno más de Franz Beckenbauer, repito, uno de los considerados jugadores más inteligentes en los últimos dos siglos: “hubo un año en que jugué quince meses”. Me sigo preguntando cómo es que estos futbolistas tienen tantos admiradores mucho más inteligentes y cultos que ellos.

Luego de 20 temporadas se retira Derek Jeter; preguntan los cronistas en qué lugar lo colocarían entre los short stop, y antes que los refuten, comienzan a hacer un recuento: junto a Ozzie Smith, Carl Ripken, Ernie Banks; ninguno mencionó a Eddie Brikman, ni a Joe Cronin, Luke Appling, Joe Tinker; los tres últimos están en el Salón de la Fama; Cronin conectó 170 jonrones; Appling 45, Tinker, 31, y Brikman, 60: Jeter pegó un número mucho más aparatoso, 260, que bien mirado, significan 13 por año, muy lejano de los muchos cuadrangulares de Ripken. Ni qué decir que se trataba de otras épocas, con estadios con bardas muy lejanas, y proliferaban los buenos lanzadores. Brikman, en los años setenta, tuvo una temporada de ensueño, en la que cometió sólo siete errores en toda la temporada; si se toma en cuenta que su compañero en la tercera base era Aurelio Rodriguez, quien pifió sólo 17 veces en la posición más difícil, se entiende que Tigres de Detroit haya ganado el campeonato de la Liga Americana.
                Aunque haga mi mayor esfuerzo, no lograré recordar el nombre del dentista, amigo de mi padre, que una vez por semana nos inyectaba calcio en las encías a mi hermana y a mí; no sé si reforzaron mi dentadura, sólo recuerdo que cuando me preguntó qué posición jugaba cuando me elegían para integrar algún equipo en el recreo, me contestó que con un soplido me harían a un lado los delanteros; que en cambio podía ser short stop, porque para esa posición se necesita agilidad, buena vista, buenas manos, y mucho coraje; en los escasos libros que aparecían en México, cuando aconsejaban cómo armar un orden al bat, decían que el short stop debería ser el primero en el orden, porque sabía manejar el bat para colocar la bola donde no hubiera nadie; el segundo sería el segunda base, igual de chaparro pero más malicioso, y haría avanzar al short que se embasaría por un sencillo que apenas rebasaba el cuadro, o por una base por bolas gracias a su corta estatura; el segundo bat lo adelantaría a la siguiente base con un sacrificio, con un hit al jardín derecho, y ya vendrían tercero, cuarto y quinto bats, por lo regular el jardinero central, el primera base y el jardinero izquierdo, que eran los que empujaban las carreras; completaban el orden el tercera base, con poder pero sin mucha consistencia,  el jardinero derecho, poderoso pero que se ponchaba mucho, y el catcher, al que no le pedían más sacrificio que el de estar en cuclillas, levantándose en cada pitcheada, y además dirigiendo el juego desde atrás de home; como no había bateador designado, el noveno era el pitcher, aunque si era como Arturo Cacheux, Lino Donoso, Martín Dihigo, Lázaro Salazar en México (que llegaban a ser, los dos últimos, cuarto bat; los otros, séptimo u octavo), o Warren Spahn o Don Drysdale o Walter Johnson en las Mayores, entonces el noveno escaño era para el short stop. ¿Ejemplos? En los Diablos Rojos, Chero Mayer y Natas García; en Tigres, Carlitos Ramírez y Beto Ávila; o años después, Fernando Remes y Kiko Castro; en Puebla, Jorge Fitch y Moi Camacho; en los Yanquis de los sesenta, Tony Kubek y Bobby Richardson, en Orioles, Luis Aparicio y Jerry Adair; en los Dodgers, Maury Willis y Jim Gilliam; en Cardenales, Dick Groat y Julian Javier; en Filis, Bobby Wine (o Rubén Amaro) y Tony Taylor.
                El dentista tenía razón; los delanteros me esquivaban sin esfuerzo; en el beisbol, en cambio, cumplí con una de las sentencias: sólo pegué dos jonrones, uno de zurdo, un batazo muy fuerte y lejano, por el center, y uno de diestro, y no por poder, sino porque me enredé (expresión que sólo entienden quienes hayan jugado beisbol; la sensación es indescriptible: uno pierde de vista la bola, el swing no es natural, sin querer se contrae el codo izquierdo en el momento adecuado, y cuando uno se da cuenta la bola va de línea, elevada, hasta pasar la barda). Tuve buenas manos, pero no buen brazo, lo que me explico (o quiero explicarme)  por el pie plano y varo, nunca atendido; era tan lento corriendo que una vez vacié las bases con una línea por toda la raya del derecho, hasta el fondo, y apenas pude llegar a primera, ante el azoro de Víctor Tovar, quien me aseguraba que debería de haber sido triple.
                A lo que iba: ¿en qué momento se rompieron los esquemas y comenzaron a llegar los jugadores de 6’3 como short stop? ¿Cuándo los segundas bases llegaron a ser más altos que los terceras bases? ¿Mejoró el beisbol? ¿No se perdieron los grandes fildeadores, y sólo quedaron los espectaculares? Finalmente, Ernie Banks fue convertido en primera base, donde se desenvolvía muy bien; ganó dos veces el título de fildeo como parador en corto y uno como primera base, pero de por vida, como inicialista tuvo el lugar 55 de todos los tiempos, y como short, el 92. Su estatura, de 6’1, era más adecuada para la primera base. Jeter, con su 6’3, ganó dos títulos de fildeo, lo que no quiere decir mucho; su trigésimo lugar de todos los tiempos está muy por debajo del decimoséptimo del mexicano Juan Gabriel Castro, a quien apodaban Manos de Oro, rivales y compañeros.

Pocos jugadores del pasado están entre los mejores fildeadores, en porcentaje; las condiciones han cambiado: cubrían más terreno, eran un cuarto jardinero además de un quinto jugador de cuadro; los guantes ahora son más grandes y cómodos, permiten más seguridad; el porcentaje de fildeo no es un punto de comparación; Jeter, sin duda, es uno de los mejores short stop que ha habido, tomando en cuenta el bateo; fue de los más valiosos de los Yanquis en una época en que los Yanquis no tenían tantos jugadores valiosos; fue más disciplinado que Álex Rodríguez, más oportuno, y en la vida íntima, copuló con más y más guapas mujeres que su rival Rodríguez, aunque tuvo la desgracia de que una de ellas, y de las más famosas, lo contagió de herpes. En los años veinte y treinta, ¿se hubiera comparado con Ruth, Gehrig, Tony Lazzeri? ¿Hubiera desbancado a Kouning? En los cuarenta y cincuenta, ¿le hubiera bajado a DiMaggio a Marilyn Monroe, hubiera competido en fiereza con Rizzuto? En los sesenta, ¿le hubieran hecho lugar Mantle, Maris, Berra, Tresh, Howard, hubiera visto a la cara a Cletis Boyer, le hubiera cargado el guante a Kubek, hubiera competido en popularidad con Pepitone, le hubieran hecho caso Doris Day o Mammie van Doren? Hay que agradecerle su entereza, su entrega, sus ganas de ganar. Pero como dijo Horacio Rodríguez cuando escuchó muchos panegíricos en la muerte de Parménides García Saldaña: “ahora resulta que se murió Joyce”.

No puedo recordar la obra ni el autor, y los eruditos Víctor Díaz Arciniega y Héctor Perea tampoco, pero en un drama un personaje exclama una frase que divirtió mucho a Alfonso Reyes: “Nosotros, los hombres de la Edad Media”. Ni en la Prehistoria ni en la Antigüedad ni en la Edad Media ni en el Renacimiento ni en la Edad Moderna la gente sabía en qué período vivía, a qué etapa pertenecían; ahora sabemos que pertenecemos a la Edad Contemporánea, que dentro de poco, parece, sufrirá un cambio de nombre porque ya no seremos contemporáneos de los del futuro; pero al tener conciencia de ese privilegio, saber en qué época histórica se vive, se sobrevaloran los actos, las personalidades, las obras. Obra maestra, decía Luis Guillermo Piazza, es el producto de alguien a quien podemos saludar; en las redes sociales proliferan los elogios, los superlativos; hay quien publica uno o dos libros al año, y de inmediato son calificados como magistrales.
                Con tantos adjetivos se acaban, se devalúan los que debemos de aplicar a los mejores. Repito, no trato de restar méritos a Derek Jeter, ¿pero es mejor que Honus Wagner? Los números apenas pueden compararse: en porcentaje de bateo, dobles, triple, producidas, robos, Wagner es muy superior; en hits, ahi se van, y en campeonatos de fildeo, con números menores, tuvo más Wagner; si se observa la evolución del fildeo a lo largo de la historia, puede verse que ahora tienen más facilidad para buenos números, lo que no refleja habilidad, brazo, colocación, alcance. Por las diferencias en la época, los jugadores de hace cien años nos parecen mejores que los de ahora, pero es difícil saber si en igualdad de condiciones se desempeñarían igual: distintos parques, diferencias en el campo, más tolerancia para los bateadores en contra de los pítchers. ¿Cómo compararlos? Sobre todo, ¿qué necesidad? ¿Simplemente por asentar que somos testigos de la historia? No se tenía conciencia de la historia: Willie Keeller se retiró cuando le faltaban 45 hits para llegar a los 3,000, y hubiera sido de los muy pocos con tantos batazos; en realidad, el segundo en alcanzarlos, sólo abajo de Cap Anson, y si hubiera pegado 68 más, hubiera sido el mayor hitero de la historia, hasta ese momento. Ahora pierden porcentaje, respeto, habilidad, con tal de alcanzar una cifra conmemorativa o significativa.
   
Me detuvo Claudia Fernández: con una sonrisa amable me dijo que (olvidé el nombre) el presidente de la Concanaco, o de la Coparmex, o del CCC, le había manifestado su admiración por algunos de mis escritos en la sección de Deportes de El Financiero, en especial un par donde objetaba los méritos de Hugo Sánchez en el futbol español; expliqué, en unas columnas que desataron cierto escándalo, que los goles de Sánchez en el Real Madrid, y antes en el Atlético de Madrid (excepto en el primer año) no le servían al equipo, sólo a Sánchez; no es extraño: en sus mejores tiempos, los propios compañeros de Rod Carew se quejaban de que su habilidad bateadora la usaba sólo para tener un mejor porcentaje, aunque la mayoría de sus hits ayudaban poco a sus equipos; por esas épocas, en cambio, Tony Oliva llamaba la atención sobre la actuación del mexicano Jorge Orta, entre los primeros de su equipo en todos los aspectos aunque aficionados y periodistas sólo se fijaban en Carew que, insistía Oliva, hacía menos por el equipo que por sus récords.
                Alegué, en aquellas columnas, que los goles de Sánchez no daban puntos a su equipo, aunque a él le daban el famoso trofeo con nombre estúpido; los goles de Sánchez eran el tercero y cuarto de un 5-1; el tercero de un 3-1, nunca el primero de su equipo, que por lo regular anotaban Sanchís o Butragueño o Valdano; Hugo, un cazagoles, se aprovechaba de que el equipo contrario, urgido del empate, se iba al ataque dejando sólo un defensa y el portero, cuando mucho, y los demás trataban de acortar distancias o anularlas; mientas el campo del contrincante estaba ocupado por medios y defensas, Sánchez no sobresalía; lo hizo, en cambio, sin muchos defensas, o a veces ninguno.
                En uno de los debuts del mexicano Hernández consiguió dos goles, el séptimo y el octavo de un 8-0. Y sonaron los claros clarines, y proclamaron que ahi la lleva, en el mismo camino que Sánchez. Tienen razón: anotó sin defensas, contra un equipo al que le daba lo mismo perder por 6-0 que por 8-0, lo que buscaban, amontonados, era anotar para perder al menos por 6-1 o 6-2.

Ya llevan cuatro jornadas en el futbol americano, del que decía Manuel Seyde que es un deporte para brutos que los brutos no pueden jugar; tampoco lo pueden ver, porque creen que sólo con chingadazos derrotan a los contrincantes; el Jefe Raúl Rodríguez preguntaba con sensatez: ¿cómo detiene un hombre que pesa cien kilos a otro que pesa 120? No es con fuerza, sino con maña, inteligencia. De pronto hubo demasiada violencia: es el deporte con más contacto físico, y paradójico: la defensiva ataca, la ofensiva defiende; algunos coaches ordenaban a sus jugadores que lastimaran a los contrincantes, y hubo desmanes, golpes tardíos cuando el rival no los esperaba y no podían defenderse; golpes directos a la cabeza que producían conmociones que los asistentes no detectaban, y jugaban sin darse cuenta de su estado físico y mental; las autoridades, incapaces de contener las rudezas innecesarias, pues los castigos impuestos eran menores a las multas y suspensiones en sus equipos, decidieron marcar todo exceso o que parezca intencional; el resultado: ahora parece tochito; como el juego defensivo es mucho más rudo que el ofensivo, ahora sancionan hasta las miradas frías; ahora todos los resultados son apabullantes, y desmienten que se trata del deporte más equilibrado. Ahora, en vez de que los juegos terminen con diferencia de tres o siete puntos, hay cada vez más victorias donde anotan 40 o más puntos, y los defensivos fueron despojados de sus armas, y ya no hay manera de defender un buen pase. Lo peor: si continúan así, será un juego de nenitas, como dice El Doctor Netas.

Publican en facebook la lista completa de los 430 libros que tenía Marilyn Monroe; no es la primera vez que se habla de ellos, e incluso alguna redactora que se decía feminista intentó burlarse: serán guiones, porque libros, seguramente no; tuve el placer de contradecirla y afirmarle que era prejuicio suyo pensar que por ser bella, por representar papeles de tonta (Cómo atrapar a un millonario,  Monkey bussines –que los españoles llaman Me siento rejuvenecer—, Los caballeros las prefieren rubias y algunas otras) era incapaz de leer, como la que pretendía burlarse de MM. Ahora desglosan esa pequeña pero bien nutrida biblioteca; cierto, hay biografías y ensayos sobre ella, algunas obras de teatro que seguramente le dio Arthur Miller, películas noveladas, recetas de cocina –porque aparentemente sabía cocinar, para completar el catálogo de sus virtudes—, pero tenía completo En busca del tiempo perdido, dos novelas, las más amargas, de Bernard Mallamud, uno de mis novelistas favoritos (legado de Gustavo Sainz), una antología de James Thurber, tres libros de Joyce, entre ellos el Ulises que leyó, como consta una fotografía muy famosa que fui de los primeros en divulgar en México; el más intenso de los libros de Dylan Thomas, a quien conoció; un par de novelas, y no de las más fáciles, de Norman Mailer; una novela de Kazantsakis (la tercera mujer que sé que lo leyó), algunos de F. Scott Fitzgerald, varios de Thomas Mann, de John Steinbeck, William Styron, Hemingway, Ellis, Dreiser, Sherwood Anderson, James Agee (nada menos que Una muerte en la familia, chance mi novela favorita en los últimos años); James Purdy, ¡Max Weber!, Aristóteles, Zola, los cuatro tomos de Ernst Jones sobre Freud (que me tardé como tres meses en leer), Dostoievski, Tolstoi, Lawrence Durrell, Graham Greene, Faulkner (y no los sencillos, más bien los más difíciles), Emily Dickinson, Schopenhauer (entre otros, El amor, la muerte, las mujeres), Alexander Pope, Ludwig, Somerset Maugham (Henry Hathaway, comentan en la lista, quería filmar Servidumbre humana con MM y James Dean), Rilke, Emerson, Einstein, Yeats, Frazer…
                La pregunta de quien subió a la red esta página no es si MM leyó esos libros, y no sólo los que le dedicaron los autores (alguno, ella se lo obsequió a DiMaggio); la pregunta es al lector de la página: ¿cuántos de estos libros has leído?

                Asombra la diversidad de temas, autores, géneros, épocas, estilos. Siempre se ha elogiado su inteligencia, de la que fueron testigos muchos de sus contemporáneos, aunque también han hablado de su informalidad, su inseguridad, sus caprichos (uno de los cuales, se dice, provocó directa o indirectamente su muerte –¿o asesinato?) Se asegura que Jayne Maynsfield era tanto o más inteligente que MM, pero que tuvo peor suerte como actriz, con pocas cintas relevantes, y pocas oportunidades de mostrar sus talentos, más que los físicos. ¿Qué otras actrices han mostrado tanta inteligencia como ellas? ¿Katherine Hepburn, Audrey Hepburn, Sharon Stone, Susan Sarandon, Emma Watson, Wynona Ryder, Lisa Kudrow, Heddy LaMar, Natalie Portman, Katherine Turner, Diane Keaton, Emma Thompson, Jodie Forster? ¿Podríamos agregar a algunas mexicanas? Por el momento, no se me ocurren, espero para la próxima estar más inspirado. También espero sugerencias.

Carlos Ramírez promueve castigos a quienes incurran en maltrato a los animales. Le respondo que a los cuatro, a los siete y a los 19 años me mordieron perros sin que los hubiera mordido antes; que duran te casi un año el Peluso no me dejaba entrar a la casa y tenían que salir los hijos de la portera a detenerlo; que las arañas me descubren y me persiguen, que en sueños recurrentes me topo con leones que me asedian como a Laurel y a Hardy, que la perra de una vecina fue educada y ya no le ladra a nadie, más que a mí. ¿Puedo promover una asociación para evitar la crueldad de ciertos animales? Sólo debo excluir a una llama que en el viejo Zoológico de Chapultepec me coqueteó, se me acercaba y demostraba disgusto cuando me alejaba de su jaula. Pero ha sido la única.

martes, 16 de septiembre de 2014

En defensa de lo correcto; deporte vs cultura; ¿cacahuates o cacahuetes?

Una comisión que revise el pasado desde nuestra óptica actual debe de prohibir la exhibición de ciertas películas de nuestros mayores ídolos cinematográficos y discográficos; por ejemplo, Jorge Negrete golpeando el trasero de Lilia Michel, puesta en sus rodillas, en No basta ser charro, nada más para quitarle lo caprichuda y voluntariosa, ante la mirada complaciente de don Manuel Noriega, su papá de ella, que no supo educarla; Michel, por su parte, pronuncia un provocativo “respeta mi dolor” mientras se soba los glúteos; al mismo Negrete cuando le canta a Gloria Marín “quiera Dios que si es bonita le dé la viruela loca” por burlarse de sus características físicas; Tin-Tan debe ser excomulgado no sólo por la lascivia con que observa a propias y extrañas, sino por decirle “enano” a Tun-Tun en vez de “Pequeñín”; deben de prohibir también El mil amores, sobre todo la escena en la que Infante le canta a varias adolescentes arrobadas “te miras re mona, de pies a cabeza”, tanto por alusión a su semejanza con una especie no humana, como por la insinuación de pederastia; y por la escena en que Martha Alicia Rivas recibe el epíteto, de parte de Infante, de “escuincla” en vez de llamarle la atención, con maneras suaves, para que no ande divulgando los varios romances que tiene el que ella cree que es su padre; y la escena en la que Infante (aunque me regañen los que se la saben de memoria) le canta a la supuesta quinceañera Anabelle Gutiérrez una canción sentimental, y le dice que le gusta un montón, también por pederastia; y la escena en que varios niños turbados comentan que las piernas de Rosita Quintana no pueden ser de niña, mientras ella se las muestra a un más turbado aún Abel Salazar en Menores de edad; y por violencia doméstica, cuando la misma Quintana es sometida a nalgadas por un brutal Pedro Armendáriz en El charro y la dama, en vez de mostrarle con ejemplos cómo se calienta el café; por lo mismo, se debe suprimir todo El inocente, porque Infante es incapaz de tolerar la ineficiencia de Silvia Pinal como ama de casa. Y todas las cintas donde Mario Moreno Reyes le dice “changuita” a cualquier dama apetecible, y donde Marín lo moteja de Chato; y las canciones de José Alfredo Jiménez donde se queja de que, a pesar de ser muy macho, tiene ganas de llorar; o en las que muestra su dolor en una cantina, donde de tan borracho se le caen la copas sin darse cuenta; o las de Lara en donde se desquita del desprecio de su enamorada espetándole que vende caro su amor; o en la que insinúa un amasiato en donde le advierte a su compañera que mostrará su deseo arrodillándose para besarla, sea por la insinuación de cunnilingus o por la de su baja estatura, que más bien debe decirse “su talla menuda”; la historia deportiva de nuestro país deberá borrar las páginas donde se hable de Rodolfo Casanova como El Chango; a Raúl Macías nunca más se le deberá motejar como El Ratón; el Club Deportivo América no mencionará nunca más a varios de sus jugadores paradigmáticos, como El Monito Rodríguez, El Gato Lemus o El Tigre Gómez; el Club Guadalajara borrará las referencias al Tigre Sepúlveda (estos últimos, por compararlos con especies animales) y al Jamaicón Villegas por su proclividad a llorar cuando extrañaba el ají (para evitar la alusión sexual al mencionar el chile) insinuando una discriminación por falta de machismo; o al Pájaro Huerta o el Piolín Mota, por su talla menuda; en el beisbol, entre otros, no debe mencionarse al Tribilín Cabrera por burlarse de su estatura descomunal, lo mismo que al Grandote Peña; al Superratón Zamudio y al Cañitas Moreno, ambos por su estatura menuda; al Charolito Orta por su color afroamericano (como, en el boxeo, al Canelo Urbina) ni, en general al Galliña Peña, al Avestruz Rivera, al Becerril Fernández, al Bicho Pedrozo, al Borrego Álvarez, al Pulpo Remes, al Burro Hernández, al Camaleón García, al Camarón Álvarez, la Coyota Ríos, el Canguro Amaro, el Pajarito Guerrero o el Pajarito  Moreno, el Gato  Gastélum, el Mosco Reyes, la Rata Vargas, el Toro Valenzuela, el Conejo Díaz, la Coyota Ríos, la Tuza Ramírez, por sus motes con que los semejan a animales, o la Lulú Palmer por su prudencia a la hora de los cocolazos, al Chololo Díaz por sus calzonzotes (literalmente), o los apodos despectivos dependiendo de sus rasgos, su cabello, la Muñeca el Peluche Peña, Huevo  y Huevito Romo, Toche Peláez, el Mamerto Dandrige, el Zurdo Ortiz, el Pecas Serrano. En otras actividades, nadie tiene derecho a burlarse del Samurai de la Canción, de La Estatua de Canela, El Yeti de la Canción, CapulinaLa Güera Rodríguez. Nunca más debe de leerse al doctor Spock, porque aunque recomendaba educar con dulzura, llegó a decir que una nalgada a tiempo evitaba travesuras peligrosas.
                (A propósito de la persecución en las redes sociales, nadie se queja de las acusaciones a personajes públicos por delitos o actitudes no probadas, por sospechas injuriosas, por inventar cuestiones sexuales que en todo caso son privadas o íntimas, sin recibir por ello castigos o reprimendas, sino aplausos, y casi siempre de manera anónima, como los cobardes que llaman pendejos a quienes opinan, critican, juzgan con los pelos en la mano, basándose en ese anonimato que le da valentía, incapaces de dar la cara ni el nombre, aunque su nombre sea insignificante.)

Hay rivalidades mayores que las propiciadas por el futbol , pero que no enfrentan a los contendientes; bueno, a veces, se terminan amistades no tan firmes como se creería; en la música no pueden estar juntos en la misma sala los que admiran a Herbert von Karajan y los que rinden pleitesía a Wilhelm Furtwängler; los primeros admiran la disciplina, la perfección técnica y la puntualidad de Karajan para tocar, casi sin variaciones, sus piezas favoritas, entre ellas las Séptima y Novena Sinfonías de Beethoven, que son las que emocionan a quienes creen que Furtwängler pone un acento marcial, pero no militar, a esas obras, a las que le da un ritmo insuperable que hace que se enchine la piel al descubrir el diálogo entre una flauta delicada y un bajo impetuoso, y que a 60 años de haber sido interpretada, esa versión de la Novena reverenciada por los melómanos, nada menos que en Beirut, sigue estremeciendo a quienes la escuchan en una versión discográfica no tan perfecta como la ejecución.
Viene a cuento porque el 31 de agosto el director de varias orquestas, entre ellas la de Minería de la UNAM, Carlos Miguel Prieto, estaba a punto del llanto al terminar su versión de esa Novena de Beethoven que, como él mismo explicó, es una de las obras más conocidas por los públicos de todo el mundo, incluso los que no saben de música pero les gusta, o a los que no les gusta pero van a las salas a dormir plácidamente.
                Lo que no sabemos es si lloró emocionado, o por el resultado de su interpretación; estaría disculpado, porque ese domingo se demostró que el deporte sí es enemigo del arte; ese día se le ocurrió a las autoridades del Distrito Federal organizar un maratón para desquiciar el tránsito de la ciudad, y obligó a los músicos a recorrer casi diez kilómetros cargando sus instrumentos para tratar de llegar a la hora sideral, la que gustaba a Silvestre Revueltas, Carlos Chávez, Luis Herrera de la Fuente y Eduardo Mata para comenzar puntuales sus conciertos; el violinista que tocó muy bien el concierto para violín de Brahams (uno de los considerados como los cinco mejores hasta la fecha, junto al de Beethoven, al de Tchaikovski, el primero de Mendehlsson y al segundo o al cuarto de Paganini), superando por mucho a la orquesta, llegó agotado por la carencia de vías y porque la mayoría de las arterias estaban cerradas para que los corredores simularan que corrían mientras contaminaban las calles por detenerse a orinar sin importar que los vieran los vecinos curiosos (de las categorías premiadas, las autoridades no nos informaron del resultado de la más difícil: correr —o trotar o caminar— mientras hablaban por su teléfono celular o enviaban mensajes de texto); el propio Prieto presumió de haber recorrido a pie esos ocho kilómetros, demasiados para quienes no caminan su media hora reglamentaria.
                Prieto nada más cargaba la batuta, y algunos violín, o viola, o trompeta; pero los que llevaban el tololoche, o el arpa, o el piano, o los timbales, ¿cómo le hacían? No todos llegaron a tiempo. Los cantantes llegaron hasta el tercer movimiento. Fue evidente que los músicos estaban cansados, que empezaron media hora tarde, y que les urgía tocar con rapidez, así que los compases maestosos del primer movimiento de la Novena de Beethoven los interpretaron no majestuosamente, sino con prisa, lejanos de la majestuosidad de las versiones de Karajan y de Furtwängler, sino de la inquietud de Toscanini, un director al que no aprecia ningún ferviente beethoveniano. Luego desperdició el tercer movimiento, el favorito de los mismos beethovenianos, y el cuarto fue un desastre: al bajo se le iba la voz, el tenor parecía más barítono, y la diferencia de altos entre la soprano y la contralto era notabilísima. Los coros los superaron por mucho.
                Tenía razón Prieto para llorar: Mancera le echó a perder el lujo de una pieza que se sabe de memoria todo forofo de la música; le queda el consuelo de que no fue peor que la versión de Simon Rattle, tan sobrevalorado.

Que Mancera presuma el maratón es lógico: ahora no le dio patatús a ningún corredor, nadie se colapsó, y sólo hubo unos cuantos desmayados; pero las autoridades siguen pensando que la política deportiva es presionar para los ejercicios domingueros, y privilegiar a una elite de por sí privilegiada por la naturaleza; pero la verdadera educación deportiva no consiste en lograr que una mínima parte de la población alcance niveles competitivos, sino que la gente aprecie todos los deportes y no sólo el más ñoño, que se divierta y se entusiasme con el golf, que no crea que el futbol (el mal llamado americano) consiste sólo en la fuerza bruta, y que no menosprecie a los que no consiguen el triunfo o el campeonato; que la gente aprenda a beber, a comer, como debe ser, no que deban poner a correr a todos, cuando es evidente que la mayoría no tenía posibilidades de competir, sólo de participar: por mi ventana vi a los que iban en los primeros lugares, y luego vi pasar a los restantes veintitantos mil; sólo que cuando nada más habían pasado unos pocos centenares, los triunfadores ya iban llegando a la ex Ciudad Universitaria, y que cuando estaba la ceremonia de premiación seguían desfilando frente a mi ventana unos cuantos miles.
                Lo que no puede entenderse es que Mancera o sus asesores no advirtieran que con su carrera (en la que ganan siempre extranjeros) entorpecieran un concierto, que se retrasó, y que por ello posiblemente no fue lo que pudo haber sido. Ora que ya está acostumbrado, porque los domingos hace que se contamine la ciudad al cerrar largas calles para que los ciclistas de domingo las ocupen toda la mañana hasta mediodía, y cierra la mitad de Chapultepec, y permite que esos deportistas dominicales anden en las banquetas, o con patrullas que les abren el paso aunque estén en alto los semáforos sin preocuparse de los peatones. ¿Mancera ignora que los cardiólogos, y en general los médicos, advierten que los deportistas dominicales en vez de ganar salud se exponen a una muerte más temprana? Lo mismo en el Metro Polanco, donde aconsejan subir las escaleras sonoras, y con eso ignoran que el abuso en el uso de las escaleras, estando a disposición del público los ascensores y las escaleras eléctricas, arruina las rodillas. Deberían consultar a especialistas.

Hace poco dije que a Sandra Bullock le tocan los glúteos más que a ninguna otra actriz, cuando menos públicamente; debo incluir también a Jessica Alba, a Jennifer Anniston y a Maddona, a quien la manosea Al Pacino en Dick Tracy como si intentara corregirle sus errores coreográficos. Pero repito una de mis escenas favoritas de butt grab: en apenas su sexta película Faye Dunaway fue dirigida por Vittorio de Sica y alternaba con Marcello Mastroianni, en Amantes; ella, como Marnie, es una ladrona, una carterista, y le quita la cartera a Mastroianni; éste advierte el robo y la sigue, con sigilo; Dunaway ya había mostrado brevemente un pecho en Bonnie and Clyde  y los glúteos, recostada en una playa, absolutamente desnuda, durante varios segundos, en El arreglo; claro, la toma es lejana, y desde arriba, y puede que haya sido una extra. Mastroianni la alcanza, y le quita la cartera de la bolsa trasera del pantalón; ella debe respingar, pero no le salía, y De Sica cortaba la escena para pedirle que respingara con naturalidad, pero el director no quedaba satisfecho, hasta que, sin avisarle, él le quitó la cartera dándole una nalgada que la hizo respingar; la conclusión de los técnicos fue que a Dunaway le gustaba cómo la tocaba Mastroianni; parece que al final no tuvieron que doblar a ninguno de los dos.

¿De dónde saca Gibbs a tanta pelirroja? ¿Habrá alguna o varias artificiales? Seguramente no muchas podrán presumir, como Julianne Moore, que ella es tan pelirroja que sus desnudos tienen un plus.

En la entrevista de Myriam Moscona a Raúl Ortiz y Ortiz, recogida en El imperio de la armonía  se lee “se lo dije (a ellos)”; son muy pocos los escritores que entienden esa regla; lo mismo las diferencias entre “incluso” o “inclusive”, o entre “quizá” y “quizás”; lo grave ya ni siquiera es que los escritores ignoren eso, sino sus editores. Lo malo fue que no le dijo que a las mujeres que escriben poesía se le dice poetisa.

Se lee en algunos libros: por el Paseo de la Reforma transitaban tranvías (en algún punto lo cruzaban, solamente, y ni era Reforma, sino Rosales); que en la primera mitad del siglo XX había taxis (sólo aparecieron con ese nombre cuando fueron obligados a poner taxímetros, en tiempos del regente Uruchurtu; antes el costo del viaje era a juicio del ruletero —porque daban vueltas por la ciudad como una ruleta—, a quien se le preguntaba “¿cuánto al pueblo de Tacuba?”); que el emperador Maximiliano dormía de piyama; que manoseaba a meseras por debajo de las pantaletas (ninguna de esas prendas se usaba cuando Maximiliano llegó aquí a la nación); estas fallas deberían de ser detectadas por los editores, que en cambio, a la manera de las protagonistas de películas cursis, se atreven a hacer sugerencias en la trama de las novelas.


Se lee en los programas de televisión, e incluso en cabezas (y notas) de periódicos “béisbol” y “fútbol”: se lee en el Nuevo diccionario de de dudas y dificultades de la lengua española “en América —no en todas partes— la forma preferida es futbol,  con acentuación aguda”; ¿por qué esa subordinación a la gramática hispana, al grado de hablar de “cacahuetes”, aunque el original nahua es cacahuate; más indignante que en el Diccionario de Mexicanismos, de la Academia Mexicana de la Lengua, la entrada correspondiente remite al hispano cacahuete. Eso se llama subordinación, dependencia y colonialismo, o cómo se le ocurre a la Academia encargar un diccionario de mexicanismos a una española.